Autor: Salvador Casadevall | Fuente: Catholic.net El hombre es un ser curioso
El hombre que descubre que la felicidad es hacer lo que debo por encima de lo que quiero, ¿por qué nace en él esta sensación de ser feliz?
Porque con su actitud se ensambló en el hacer de lo que es el Reino de Dios
El hombre es un ser curioso
Tiene permanentemente deseos de saber y no solamente de saber
para sí, sino de transmitir ese saber a los demás.
Durante
siglos el conocimiento que iba acumulando se transmitía de uno
a otro oralmente, lo que dificultaba mucho el desarrollo del
saber, hasta que nació la escritura.
La escritura dió una nueva
proyección al pensamiento y al saber. Los conocimientos adquiridos tuvieron una
nueva dimensión en el tiempo y en el espacio, ya
que no se necesitaba transmitir el saber, de generación en
generación, sino que al estar escrito, se podía incluso saltar
varias generaciones sin que ese saber se perdiera en el
tiempo.
Lo mismo pasó con el lugar geográfico; uno podía tener
acceso a los conocimientos de otros sitios con el simple
traslado de los manuscritos, como fue el caso de Grecia
en la antigüedad.
Todo comenzó a estar determinado por la palabra
escrita: aparecieron los manuscritos y los libros sagrados, donde se
reflejaban los testimonios de las verdades, que antes se pasaban
de padres a hijos.
El hombre culto era el que sabía
leer y escribir. Antes de la escritura, el hombre apreciado por
culto era el que sabía transmitir lo que sabía en
forma oral. Era el que meditaba sobre la conducta de
los hombres, elaboraba sus pensamientos y los transmitía oralmente.
A fines
del siglo XV, con la aparición de la imprenta, se
dió un nuevo salto. Nuestra cultura pasó a ser la cultura
de lo escrito. Lo que se escribió pasó a ser
la base formativa de la humanidad por varios siglos.
Para ser
verdad, tenía que estar escrito. Las verdades, para ser creídas como
verdades, debían estar escritas. Las verdades debían poder ser leídas. Y
así el hombre por años siguió reflexionando y pensando todo
lo que las lecturas de lo escrito le proponían. Vivía convencido
que lo escrito era el resultado de lo meditado, reflexionado
y elaborado y por lo tanto era verdad. La verdad reinó
de la mano de la escritura.
El leer, que duda cabe,
ayuda por su misma lectura a imaginar. El mundo de
la escritura es creadora de cosas imaginadas.
Durante la última mitad
del siglo pasado, la palabra escrita fue perdiendo vigencia y
este campo fue ocupado por la imagen. El ver, desplazó el
acto de leer, pensar y reflexionar.
La computadora nos coloca en
una situación en la que estamos comunicados con todos, pero
al mismo tiempo estamos más solos que nunca. La computadora
nos facilita una nueva manera de dialogar con extraños y
ello hace que si bien podemos intercambiar ideas, formas de
ver las cosas, nunca nos llevará a la comunión de
un dialogo de persona a persona. Nos comunicaremos pero no
habrá el calor humano.
La palabra diálogo significa “palabra de a
dos”, es decir una palabra encontrada juntos. Es pasar a
saber lo que uno sabe para convertirse en el saber
de los dos. Es pasar del yo sé al nosotros
sabemos. Y es un camino para entender al otro como es
y no como yo quiero que sea. Un dialogo mano a
mano nos lleva a practicar el ser paciente con la
cultura diferente. En favor de la computadora deberíamos decir que es
un camino tecnológico que facilita el no enojarse con el
que piensa diferente. Y si te enojas, el enojo no
se sale de la computadora.
Vamos en camino de una
nueva forma de pensar, de sentir, en una palabra de
ser. Y aquí debemos empezar a hacernos algunas preguntas.
¿Para ser
qué? ¿Qué es el saber? ¿Para qué
querer saber? Para todo hombre es importante lo que hacemos, pero
más importante es saber para qué hacer lo que hacemos. Estamos
atravesando un momento de la humanidad donde hemos perdido en
gran medida, la dimensión del porque se vive.
El hombre
de hoy sabe mucho más que aquel hombre de la
antigüedad. Esto lo lleva, ¿a ser más feliz? Usa lo que sabe,
¿para hacerlo más feliz y hacer feliz? Hay que tener siempre
presente que el saber lo convierte a uno en sabio
siempre que tenga presente los límites de su saber. Sabio es
el que conoce los límites de lo que sabe. Un
sabio de la antigüedad, decía: “La alegría y felicidad de
un hombre es hacer lo que es propio de un
hombre. Lo propio de un hombre es la bondad, es
el pensar, es el reflexionar sobre lo que pasa a
nuestro alrededor y desde todo esto, hacer lo que debo
y no lo que quiero.”
La imagen no ayuda a pensar,
no ayuda a reflexionar. Ser atrapado por la imagen me lleva
a hacer lo que me gusta y me olvido de
hacer lo que debo. La felicidad del hombre está en hacer
lo que debo y no lo que quiero.
Cada día somos
más esclavos de la imagen. Cada día deberemos hacer el esfuerzo
de no dejarnos atrapar por ella. Sólo así, seguiremos pensando. Y
si reflexionamos me ayudará a hacer lo que debo, actitud
para llegar a ser un hombre feliz.
El hombre que descubre
que la felicidad es hacer lo que debo por encima
de lo que quiero, ¿por qué nace en él esta
sensación de ser feliz? Porque con su actitud se ensambló en
el hacer de lo que es el Reino de Dios. ¿Qué
es el Reino de Dios? Todo lo que tú hagas
por el otro. Y el hacer por el otro siempre nace
de la actitud de hacer lo que debo. Recuerda, tu primer
otro es aquel que duerme contigo.
Salvador Casadevall
salvadorcasadevall@yahoo.com.ar
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del Plata 2007 Programa “Día Internacional de la Mujer” Galardonado
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