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Autor: Benedicto XVI | Fuente: Vatican.va Mensaje de Benedicto XVI para el Domingo Mundial de las Misiones 2007
Mensaje que ha escrito Benedicto XVI con motivo del Domingo Mundial de las Misiones (DOMUND) 2007, que se celebrará el 21 de octubre sobre el tema: «Todas las Iglesias para todo el mundo».
Mensaje de Benedicto XVI para el Domingo Mundial de las Misiones 2007
Queridos hermanos y hermanas:
Con ocasión de la próxima Jornada mundial
de las misiones quisiera invitar a todo el pueblo de
Dios —pastores, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos— a una reflexión
común sobre la urgencia y la importancia que tiene, también
en nuestro tiempo, la acción misionera de la Iglesia. En
efecto, no dejan de resonar, como exhortación universal y llamada
apremiante, las palabras con las que Jesucristo, crucificado y resucitado,
antes de subir al cielo, encomendó a los Apóstoles el
mandato misionero: «Id, pues, y haced discípulos a todas las
gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo
y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo
que yo os he mandado. Y he aquí que yo
estoy con vosotros todos los días hasta el fin del
mundo» (Mt 28, 19-20).
En la ardua labor de evangelización
nos sostiene y acompaña la certeza de que él, el
Dueño de la mies, está con nosotros y guía sin
cesar a su pueblo. Cristo es la fuente inagotable de
la misión de la Iglesia. Este año, además, un nuevo
motivo nos impulsa a un renovado compromiso misionero: se celebra
el 50° aniversario de la encíclica «Fidei donum» del siervo
de Dios Pío XII, con la que se promovió y
estimuló la cooperación entre las Iglesias para la misión ad
gentes.
El tema elegido para la próxima Jornada mundial de
las misiones —«Todas las Iglesias para todo el mundo»— invita
a las Iglesias locales de los diversos continentes a tomar
conciencia de la urgente necesidad de impulsar nuevamente la acción
misionera ante los múltiples y graves desafíos de nuestro tiempo.
Ciertamente, han cambiado las condiciones en que vive la humanidad,
y durante estos decenios, especialmente desde el concilio Vaticano II,
se ha realizado un gran esfuerzo con vistas a la
difusión del Evangelio.
Con todo, queda aún mucho por hacer
para responder al llamamiento misionero que el Señor no deja
de dirigir a todos los bautizados. Sigue llamando, en primer
lugar, a las Iglesias de antigua tradición, que en el
pasado proporcionaron a las misiones, además de medios materiales, también
un número consistente de sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, llevando
a cabo una eficaz cooperación entre comunidades cristianas. De esa
cooperación han brotado abundantes frutos apostólicos tanto para las Iglesias
jóvenes en tierras de misión como para las realidades eclesiales
de donde procedían los misioneros.
Ante el avance de la
cultura secularizada, que a veces parece penetrar cada vez más
en las sociedades occidentales, considerando además la crisis de la
familia, la disminución de las vocaciones y el progresivo envejecimiento
del clero, esas Iglesias corren el peligro de encerrarse en
sí mismas, de mirar con poca esperanza al futuro y
de disminuir su esfuerzo misionero. Pero este es precisamente el
momento de abrirse con confianza a la Providencia de Dios,
que nunca abandona a su pueblo y que, con la
fuerza del Espíritu Santo, lo guía hacia el cumplimiento de
su plan eterno de salvación.
El buen Pastor invita también
a las Iglesias de reciente evangelización a dedicarse generosamente a
la misión ad gentes. A pesar de encontrar no pocas
dificultades y obstáculos en su desarrollo, esas comunidades aumentan sin
cesar. Algunas, afortunadamente, cuentan con abundantes sacerdotes y personas consagradas,
no pocos de los cuales, aun siendo numerosas las necesidades
de sus diócesis, son enviados a desempeñar su ministerio pastoral
y su servicio apostólico a otras partes, incluso a tierras
de antigua evangelización.
De este modo, se asiste a un
providencial «intercambio de dones», que redunda en beneficio de todo
el Cuerpo místico de Cristo. Deseo vivamente que la cooperación
misionera se intensifique, aprovechando las potencialidades y los carismas de
cada uno. Asimismo, deseo que la Jornada mundial de las
misiones contribuya a que todas las comunidades cristianas y todos
los bautizados tomen cada vez mayor conciencia de que la
llamada de Cristo a propagar su reino hasta los últimos
confines de la tierra es universal.
«La Iglesia es misionera
por su propia naturaleza —escribe Juan Pablo II en la
encíclica «Redemptoris missio»—, ya que el mandato de Cristo no
es algo contingente y externo, sino que alcanza al corazón
mismo de la Iglesia. Por esto, toda la Iglesia y
cada Iglesia es enviada a las gentes. Las mismas Iglesias
más jóvenes (...) deben participar cuanto antes y de hecho
en la misión universal de la Iglesia, enviando también ellas
misioneros a predicar por todas las partes del mundo el
Evangelio, aunque sufran escasez de clero» (n. 62).
A cincuenta
años del histórico llamamiento de mi predecesor Pío XII con
la encíclica «Fidei donum» para una cooperación entre las Iglesias
al servicio de la misión, quisiera reafirmar que el anuncio
del Evangelio sigue teniendo suma actualidad y urgencia. En la
citada encíclica «Redemptoris missio», el Papa Juan Pablo II, por
su parte, reconocía que «la misión de la Iglesia es
más vasta que la "comunión entre las Iglesias"; esta (...)
debe tener sobre todo una orientación con miras a la
específica índole misionera» (n. 64).
Por consiguiente, como se ha
reafirmado muchas veces, el compromiso misionero sigue siendo el primer
servicio que la Iglesia debe prestar a la humanidad de
hoy, para orientar y evangelizar los cambios culturales, sociales y
éticos; para ofrecer la salvación de Cristo al hombre de
nuestro tiempo, en muchas partes del mundo humillado y oprimido
a causa de pobrezas endémicas, de violencia, de negación sistemática
de derechos humanos.
La Iglesia no puede eximirse de esta
misión universal; para ella constituye una obligación. Dado que Cristo
encomendó el mandato misionero en primer lugar a Pedro y
a los Apóstoles, ese mandato hoy compete ante todo al
Sucesor de Pedro, que la divina Providencia ha elegido como
fundamento visible de la unidad de la Iglesia, y a
los obispos, directamente responsables de la evangelización, sea como miembros
del Colegio episcopal, sea como pastores de las Iglesias particulares
(cf. ib., 63).
Por tanto, me dirijo a los pastores
de todas las Iglesias, puestos por el Señor como guías
de su único rebaño, para que compartan el celo por
el anuncio y la difusión del Evangelio. Fue precisamente esta
preocupación la que impulsó, hace cincuenta años, al siervo de
Dios Pío XII a procurar que la cooperación misionera respondiera
mejor a las exigencias de los tiempos. Especialmente ante las
perspectivas de la evangelización, pidió a las comunidades de antigua
evangelización que enviaran sacerdotes para ayudar a las Iglesias de
reciente fundación. Así dio vida a un nuevo «sujeto misionero»,
que precisamente de las primeras palabras de la encíclica tomó
el nombre de "fidei donum".
A este respecto, escribió: «Considerando,
por un lado, las innumerables legiones de hijos nuestros que,
sobre todo en los países de antigua tradición cristiana, participan
del bien de la fe, y, por otro, la masa
aún más numerosa de los que todavía esperan el mensaje
de la salvación, sentimos el ardiente deseo de exhortaros, venerables
hermanos, a que con vuestro celo sostengáis la causa santa
de la expansión de la Iglesia en el mundo». Y
añadió: «Quiera Dios que, como consecuencia de nuestro llamamiento, el
espíritu misionero penetre más a fondo en el corazón de
todos los sacerdotes y que, a través de su ministerio,
inflame a todos los fieles» («Fidei donum», 1: El Magisterio
pontificio contemporáneo, II, BAC, Madrid 1992, p. 57).
Demos gracias
al Señor por los abundantes frutos que se han obtenido
en África y en otras regiones de la tierra mediante
esta cooperación misionera. Incontables sacerdotes, abandonando sus comunidades de origen,
han puesto sus energías apostólicas al servicio de comunidades a
veces recién fundadas, en zonas pobres y en vías de
desarrollo. Entre ellos ha habido no pocos mártires que, además
del testimonio de la palabra y la entrega apostólica, han
ofrecido el sacrificio de su vida.
No podemos olvidar tampoco
a los numerosos religiosos, religiosas y laicos voluntarios que, juntamente
con los presbíteros, se han prodigado por difundir el Evangelio
hasta los últimos confines del mundo. La Jornada mundial de
las misiones es ocasión propicia para recordar en la oración
a estos hermanos y hermanas nuestros en la fe, y
a los que siguen prodigándose en el vasto campo misionero.
Pidamos a Dios que su ejemplo suscite por doquier nuevas
vocaciones y una renovada conciencia misionera en el pueblo cristiano.
Efectivamente, toda comunidad cristiana nace misionera, y el amor de
los creyentes a su Señor se mide precisamente según su
compromiso evangelizador. Podríamos decir que, para los fieles, no se
trata simplemente de colaborar en la actividad de evangelización, sino
de sentirse ellos mismos protagonistas y corresponsables de la misión
de la Iglesia. Esta corresponsabilidad conlleva que crezca la comunión
entre las comunidades y se incremente la ayuda mutua, tanto
en lo que atañe al personal (sacerdotes, religiosos, religiosas y
laicos voluntarios), como en la utilización de los medios hoy
necesarios para evangelizar.
Queridos hermanos y hermanas, verdaderamente el mandato
misionero encomendado por Cristo a los Apóstoles nos compromete a
todos. Por tanto, la Jornada mundial de las misiones debe
ser ocasión propicia para tomar cada vez mayor conciencia de
ese mandato y para elaborar juntos itinerarios espirituales y formativos
adecuados que favorezcan la cooperación entre las Iglesias y la
preparación de nuevos misioneros para la difusión del Evangelio en
nuestro tiempo.
Con todo, no conviene olvidar que la primera
y principal aportación que debemos dar a la acción misionera
de la Iglesia es la oración. «La mies es mucha
—dice el Señor— y los obreros pocos. Rogad, pues, al
Dueño de la mies que envíe obreros a su mies»
(Lc 10, 2). "Orad, pues venerables hermanos y amados hijos
—escribió hace cincuenta años el Papa Pío XII de venerada
memoria—: orad más y más, y sin cesar. No dejéis
de llevar vuestro pensamiento y vuestra preocupación hacia las inmensas
necesidades espirituales de tantos pueblos todavía tan alejados de la
verdadera fe, o bien tan privados de socorros para perseverar
en ella" («Fidei donum», 13: El Magisterio pontificio contemporáneo, II,
BAC, Madrid 1992, p. 64). Y exhortaba a multiplicar las
misas celebradas por las misiones, pues «son las intenciones mismas
de nuestro Señor, que ama a su Iglesia y que
la quisiera ver extendida y floreciente por todos los lugares
de la tierra» (ib., p. 63).
Queridos hermanos y hermanas,
también yo renuevo esta invitación tan actual. Es preciso que
todas las comunidades eleven su oración al «Padre nuestro que
está en el cielo», para que venga su reino a
la tierra. Hago un llamamiento en particular a los niños
y a los jóvenes, siempre dispuestos a generosos impulsos misioneros.
Me dirijo a los enfermos y a los que sufren,
recordando el valor de su misteriosa e indispensable colaboración en
la obra de la salvación.
Pido a las personas consagradas,
y especialmente a los monasterios de clausura, que intensifiquen su
oración por las misiones. Gracias al compromiso de todos los
creyentes debe ampliarse en toda la Iglesia la red espiritual
de oración en apoyo de la evangelización.
Que la Virgen
María, que acompañó con solicitud materna el camino de la
Iglesia naciente, guíe nuestros pasos también en esta época y
nos obtenga un nuevo Pentecostés de amor. En particular, que
nos ayude a todos a tomar conciencia de que somos
misioneros, es decir, enviados por el Señor a ser sus
testigos en todos los momentos de nuestra existencia.
A los
sacerdotes "fidei donum", a los religiosos, a las religiosas, a
los laicos voluntarios comprometidos en las fronteras de la evangelización,
así como a quienes de diversos modos se dedican al
anuncio del Evangelio, les aseguro un recuerdo diario en mi
oración, a la vez que imparto con afecto a todos
la bendición apostólica.
BENEDICTUS PP. XVI
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