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Autor: S. S Benedicto XVI | Fuente: http://www.fluvium.org En la crisis, salir al encuentro de los más necesitados
"Jesús, ¿qué quieres que haga yo contigo y por ti?"
En la crisis, salir al encuentro de los más necesitados
Queridos hermanos y hermanas:
En el pasaje evangélico de hoy, san Juan
refiere un episodio que aconteció en la última fase de
la vida pública de Cristo, en la inminencia de la
Pascua judía, que sería su Pascua de muerte y resurrección.
Narra el evangelista que, mientras se encontraba en Jerusalén, algunos
griegos, prosélitos del judaísmo, por curiosidad y atraídos por lo
que Jesús estaba haciendo, se acercaron a Felipe, uno de
los Doce, que tenía un nombre griego y procedía de
Galilea. "Señor -le dijeron-, queremos ver a Jesús" (Jn 12,
21). Felipe, a su vez, llamó a Andrés, uno de
los primeros apóstoles, muy cercano al Señor, y que también
tenía un nombre griego; y ambos "fueron a decírselo a
Jesús" (Jn 12, 22).
En la petición de estos griegos anónimos podemos
descubrir la sed de ver y conocer a Cristo que
experimenta el corazón de todo hombre. Y la respuesta de
Jesús nos orienta al misterio de la Pascua, manifestación gloriosa
de su misión salvífica. "Ha llegado la hora de que
sea glorificado el Hijo del hombre" (Jn 12, 23). Sí,
está a punto de llegar la hora de la glorificación
del Hijo del hombre, pero esto conllevará el paso doloroso
por la pasión y la muerte en cruz. De hecho,
sólo así se realizará el plan divino de la salvación,
que es para todos, judíos y paganos, pues todos están
invitados a formar parte del único pueblo de la alianza
nueva y definitiva.
A esta luz comprendemos también la solemne proclamación con
la que se concluye el pasaje evangélico: "Yo, cuando sea
levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí" (Jn
12, 32), así como el comentario del Evangelista: "Decía esto
para significar de qué muerte iba a morir" (Jn 12,
33). La cruz: la altura del amor es la altura
de Jesús, y a esta altura nos atrae a todos.
Muy oportunamente
la liturgia nos hace meditar este texto del evangelio de
san Juan en este quinto domingo de Cuaresma, mientras se
acercan los días de la Pasión del Señor, en la
que nos sumergiremos espiritualmente desde el próximo domingo, llamado precisamente
domingo de Ramos y de la Pasión del Señor. Es
como si la Iglesia nos estimulara a compartir el estado
de ánimo de Jesús, queriéndonos preparar para revivir el misterio
de su crucifixión, muerte y resurrección, no como espectadores extraños,
sino como protagonistas juntamente con él, implicados en su misterio
de cruz y resurrección. De hecho, donde está Cristo, allí
deben encontrarse también sus discípulos, que están llamados a seguirlo,
a solidarizarse con él en el momento del combate, para
ser asimismo partícipes de su victoria.
El Señor mismo nos explica cómo
podemos asociarnos a su misión. Hablando de su muerte gloriosa
ya cercana, utiliza una imagen sencilla y a la vez
sugestiva: "Si el grano de trigo no cae en tierra
y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho
fruto" (Jn 12, 24). Se compara a sí mismo con
un "grano de trigo deshecho, para dar a todos mucho
fruto", como dice de forma eficaz san Atanasio. Y sólo
mediante la muerte, mediante la cruz, Cristo da mucho fruto
para todos los siglos. De hecho, no bastaba que el
Hijo de Dios se hubiera encarnado. Para llevar a cabo
el plan divino de la salvación universal era necesario que
muriera y fuera sepultado: sólo así toda la realidad humana
sería aceptada y, mediante su muerte y resurrección, se haría
manifiesto el triunfo de la Vida, el triunfo del Amor;
así se demostraría que el amor es más fuerte que
la muerte.
Con todo, el hombre Jesús, que era un hombre verdadero,
con nuestros mismos sentimientos, sentía el peso de la prueba
y la amarga tristeza por el trágico fin que le
esperaba. Precisamente por ser hombre-Dios, experimentaba con mayor fuerza el
terror frente al abismo del pecado humano y a cuanto
hay de sucio en la humanidad, que él debía llevar
consigo y consumar en el fuego de su amor. Todo
esto él lo debía llevar consigo y transformar en su
amor. "Ahora -confiesa- mi alma está turbada. Y ¿que voy
a decir? ¿Padre, líbrame de esta hora?" (Jn 12, 27).
Le asalta la tentación de pedir: "Sálvame, no permitas la
cruz, dame la vida". En esta apremiante invocación percibimos una
anticipación de la conmovedora oración de Getsemaní, cuando, al experimentar
el drama de la soledad y el miedo, implorará al
Padre que aleje de él el cáliz de la pasión.
Sin embargo,
al mismo tiempo, mantiene su adhesión filial al plan divino,
porque sabe que precisamente para eso ha llegado a esta
hora, y con confianza ora: "Padre, glorifica tu nombre" (Jn
12, 28). Con esto quiere decir: "Acepto la cruz", en
la que se glorifica el nombre de Dios, es decir,
la grandeza de su amor. También aquí Jesús anticipa las
palabras del Monte de los Olivos: "No se haga mi
voluntad, sino la tuya" (Lc 22, 42). Transforma su voluntad
humana y la identifica con la de Dios. Este es
el gran acontecimiento del Monte de los Olivos, el itinerario
que deberíamos seguir fundamentalmente en todas nuestras oraciones: transformar, dejar
que la gracia transforme nuestra voluntad egoísta y la impulse
a uniformarse a la voluntad divina.
Los mismos sentimientos afloran en el
pasaje de la carta a los Hebreos que se ha
proclamado en la segunda lectura. Postrado por una angustia extrema
a causa de la muerte que se cierne sobre él,
Jesús ofrece a Dios ruegos y súplicas "con poderoso clamor
y lágrimas" (Hb 5, 7). Invoca ayuda de Aquel que
puede liberarlo, pero abandonándose siempre en las manos del Padre.
Y precisamente por esta filial confianza en Dios -nota el
autor- fue escuchado, en el sentido de que resucitó, recibió
la vida nueva y definitiva. La carta a los Hebreos
nos da a entender que estas insistentes oraciones de Jesús,
con clamor y lágrimas, eran el verdadero acto del sumo
sacerdote, con el que se ofrecía a sí mismo y
a la humanidad al Padre, transformando así el mundo.
Queridos hermanos y
hermanas, este es el camino exigente de la cruz que
Jesús indica a todos sus discípulos. En diversas ocasiones dijo:
"Si alguno me quiere servir, sígame". No hay alternativa para
el cristiano que quiera realizar su vocación. Es la "ley"
de la cruz descrita con la imagen del grano de
trigo que muere para germinar a una nueva vida; es
la "lógica" de la cruz de la que nos habla
también el pasaje evangélico de hoy: "El que ama su
vida, la pierde; y el que odia su vida en
este mundo, la guardará para la vida eterna" (Jn 12,
25). "Odiar" la propia vida es una expresión semítica fuerte
y encierra una paradoja; subraya muy bien la totalidad radical
que debe caracterizar a quien sigue a Cristo y, por
su amor, se pone al servicio de los hermanos: pierde
la vida y así la encuentra. No existe otro camino
para experimentar la alegría y la verdadera fecundidad del Amor:
el camino de darse, entregarse, perderse para encontrarse.
Queridos amigos, la invitación
de Jesús resuena de forma muy elocuente en la celebración
de hoy en vuestra parroquia, pues está dedicada al Santo
Rostro de Jesús: el Rostro que "algunos griegos", de los
que habla el evangelio, deseaban ver; el Rostro que en
los próximos días de la Pasión contemplaremos desfigurado a causa
de los pecados, la indiferencia y la ingratitud de los
hombres; el Rostro radiante de luz y resplandeciente de gloria,
que brillará en el alba del día de Pascua.
Mantengamos fijos el
corazón y la mente en el Rostro de Cristo, queridos
fieles, a quienes saludo con afecto, comenzando por vuestro párroco,
don Luigi Coluzzi, a quien expreso mi agradecimiento por haberse
hecho intérprete de vuestros sentimientos. Gracias por vuestra cordial acogida:
me alegra de verdad encontrarme entre vosotros con ocasión del
tercer aniversario de la dedicación de vuestra iglesia y os
saludo a todos con afecto. Dirijo un saludo especial al
cardenal vicario, así como al cardenal Fiorenzo Angelini, que contribuyó
a la realización de este nuevo complejo parroquial, al obispo
auxiliar del sector, al obispo monseñor Marcello Costalunga y a
los demás prelados presentes, a los sacerdotes colaboradores parroquiales, a
las beneméritas religiosas de la congregación de las Hijas Pobres
de la Visitación, que precisamente frente a esta hermosa iglesia
atienden a los huéspedes en su residencia de ancianos. Saludo
a los catequistas, al consejo y a los agentes pastorales,
así como a todos los que colaboran en la vida
de la parroquia. Saludo a los niños, a los jóvenes
y a las familias. De buen grado extiendo mi saludo
a los habitantes de la Magliana, en particular a los
ancianos, a los enfermos, a las personas solas y a
las que atraviesan dificultades. Por todos y cada uno pido
en esta santa misa.
Queridos hermanos y hermanas, dejaos iluminar por el
esplendor del Rostro de Cristo, y vuestra joven comunidad -que
ya puede gozar de un nuevo complejo parroquial, moderno en
su estructura y funcional- caminará unida en el compromiso común
de anunciar y testimoniar el Evangelio en este barrio. Sé
cuánto esmero ponéis en la formación litúrgica, valorando todos los
recursos de vuestra comunidad: los lectores, el coro y las
personas que se dedican a la animación de las celebraciones.
Es importante que la oración, tanto personal como litúrgica, ocupe
siempre el primer lugar en nuestra vida. Sé con cuánto
empeño os dedicáis a la catequesis, para que responda a
las expectativas de los muchachos, tanto de los que se
preparan para recibir los sacramentos de la primera Comunión y
la Confirmación, como de los que frecuentan el Oratorio. Asimismo,
os preocupáis de impartir una catequesis adaptada a los padres
de familia, a los que invitáis a seguir un itinerario
de formación cristiana juntamente con sus hijos. Así queréis ayudar
a las familias a vivir juntas las citas sacramentales educando
y educándose en la fe "en familia", que debe ser
la primera y natural "escuela" de vida cristiana para todos
sus miembros.
Me alegro con vosotros porque vuestra parroquia es abierta y
acogedora, y está animada y vivificada por un amor sincero
a Dios y a todos los hermanos, a imitación de
san Maximiliano María Kolbe, al que estaba dedicada inicialmente. En
Auschwitz, con valentía heroica, se sacrificó a sí mismo para
salvar la vida de otra persona. En nuestro tiempo, marcado
por una crisis social y económica general, es muy loable
el esfuerzo que estáis llevando a cabo, sobre todo mediante
la Cáritas parroquial y el grupo de San Egidio, para
salir al encuentro, en la medida de las posibilidades, de
las expectativas de los más pobres y necesitados.
A vosotros, queridos jóvenes,
quiero dirigiros en particular unas palabras de aliento: dejaos atraer
por la fascinación de Cristo. Contemplando su Rostro con los
ojos de la fe, pedidle: "Jesús, ¿qué quieres que haga
yo contigo y por ti?". Luego, permaneced a la escucha
y, guiados por su Espíritu, cumplid el plan que él
tiene para cada uno de vosotros. Preparaos seriamente para construir
familias unidas y fieles al Evangelio, y para ser sus
testigos en la sociedad. Y si él os llama, estad
dispuestos a dedicar totalmente vuestra vida a su servicio en
la Iglesia como sacerdotes o como religiosos y religiosas. Yo
os aseguro mi oración; en particular, os espero el jueves
próximo en la basílica de San Pedro para prepararnos a
la Jornada mundial de la juventud, que, como sabéis, este
año se celebra a nivel diocesano el domingo próximo. Juntos
recordaremos a mi querido y venerado predecesor Juan Pablo ii
en el cuarto aniversario de su muerte. En muchas circunstancias
él animó a los jóvenes a encontrarse con Cristo y
a seguirlo con entusiasmo y generosidad.
Queridos hermanos y hermanas de esta
comunidad parroquial, el amor infinito de Cristo que brilla en
su Rostro resplandezca en todas vuestras actitudes, y se convierta
en vuestra "cotidianidad". Como exhortaba san Agustín en una homilía
pascual, "Cristo padeció; muramos al pecado. Cristo resucitó; vivamos para
Dios. Cristo pasó de este mundo al Padre; que no
se apegue aquí nuestro corazón, sino que lo siga en
las cosas de arriba. Nuestro jefe fue colgado de un
madero; crucifiquemos la concupiscencia de la carne. Yació en el
sepulcro; sepultados con él, olvidemos las cosas pasadas. Está sentado
en el cielo; traslademos nuestros deseos a las cosas supremas"
(Discurso 229, D, 1).
Animados por esta convicción, prosigamos la celebración eucarística,
invocando la intercesión maternal de María para que nuestra vida
sea un reflejo de la de Cristo. Oremos para que
todos aquellos con quienes nos encontremos perciban siempre en nuestros
gestos y en nuestras palabras la bondad pacificadora y consoladora
de su Rostro. Amén.
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