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Autor: Arzobispo Stanislaw Rylko Los movimientos eclesiales, respuesta del Espíritu Santo a los desafíos de la evangelización
Intervención que pronunció el 9 de marzo del 2006 el arzobispo Stanislaw Rylko,
presidente del Consejo Pontificio para los Laicos, al inaugurar el primer congreso de movimientos eclesiales y de las nuevas comunidades de América Latina
Los movimientos eclesiales, respuesta del Espíritu Santo a los desafíos de la evangelización
1. El mayor desafío lanzado a la Iglesia, a principios
de este milenio, es la tarea que le ha sido
confiada desde siempre: la evangelización. En toda época, y por
tanto en la nuestra, la Iglesia está llamada a acoger
nuevamente el mandato misionero de Cristo resucitado: «Poneos, pues en
camino, haced discípulos a todos los pueblos y bautizadlos para
consagrarlos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo,
enseñándoles a poner por obra todo lo que os he
mandado» (Mt 28, 19-20) Para Mateo, hacerse «discípulos» y
hacerse «cristianos» significa lo mismo [1]. «Hacer discípulos» es el
núcleo de la vocación de la Iglesia y de su
misión en todos los tiempos. La Iglesia fundada por Cristo
es enviada al mundo para evangelizar, vive permanentemente en estado
de misión y tiene su razón de ser en la
misión.
La evangelización del mundo actual - la nueva evangelización
de la que tanto se habla y que tanto interesaba
al Siervo de Dios Juan Pablo II -es una tarea
en la cual la Iglesia pone muchas esperanzas; pero también
tiene plena conciencia de los innumerables obstáculos que se presentan
a su obra, tanto por los cambios extraordinarios que se
han realizado en la vida de los individuos y en
las sociedades, como, y sobre todo, por una cultura postmoderna
en grave crisis. El creciente proceso de secularización y una
auténtica «dictadura del relativismo» (Benedicto XVI) van generando en muchos
de nuestros contemporáneos una tremenda carencia de valores, acompañada por
un alegre nihilismo, y termina en una alarmante erosión de
la fe, en una especie de «apostasía silenciosa» (Juan Pablo
II), en un «extraño olvido de Dios» (Benedicto XVI). A
esta situación, que se puede verificar tristemente en los países
de antigua tradición cristiana, sirve de contra-altar, por decirlo así,
un «boom religioso» ambivalente y ambiguo. El Papa habló de
esto en Colonia, en el mes de agosto del año
pasado, diciendo: «No quiero desacreditar todo lo que se sitúa
en este contexto (...). Pero a menudo , la religión
se convierte casi en un producto de consumo. Se escoge
aquello que gusta, y algunos saben también sacarle provecho» [2]Piénsese
en la invasión de las sectas , en la difusión
de modos de vida y actitudes dictados por el New
Age, en los fenómenos para-religiosos como el ocultismo y la
magia. El mundo globalizado se ha vuelto, en verdad, una
gigantesca tierra de misión. Como dice el Salmista con tonos
dramáticos: «El Señor mira desde los cielos a los hombres
para ver si queda alguien juicioso que busque a Dios»
(Sal 14, 2).
En nuestros días, es más urgente que
nunca anunciar a Jesucristo en los grandes areópagos modernos de
la cultura, de la ciencia, de la economía, de la
política y de los mass-media. La mies evangélica es mucha
y los obreros son pocos (cfr. Mt 9, 37). En
este campo vital para la Iglesia es preciso, hoy, un
viraje radical de las mentalidades, un auténtico, nuevo despertar de
las conciencias de todos. Se necesitan nuevos métodos, nuevas expresiones
y un nuevo coraje [3]. Al comenzar el tercer milenio,
el Siervo de Dios Juan Pablo II exhortaba así a
la Iglesia: «He repetido muchas veces en estos años la
llamada a la nueva evangelización.
La reitero ahora, sobre todo
para indicar que hace falta reavivar en nosotros el impulso
de los orígenes, dejándonos impregnar por el ardor de la
predicación apostólica después de Pentecostés. Hemos de revivir en nosotros
el sentimiento apremiante de Pablo, que exclamaba: ¡Ay de mí
si no predicara el Evangelio!» (1Cor 9, 16) [4].
Hablando
a los Obispos alemanes en Colonia, el Papa Benedicto XVI
pronunció al respecto unas palabras que dejan entrever un profundo
anhelo apostólico: «Deberíamos reflexionar seriamente sobre el modo como
podemos realizar hoy una verdadera evangelización, no sólo una nueva
evangelización, sino con frecuencia una auténtica primera evangelización. Las
personas no conocen a Dios, no conocen a Cristo. Existe
un nuevo paganismo y no basta que tratemos de conservar
a la comunidad creyente, aunque esto es muy importante (...).
Creo que todos juntos debemos tratar de encontrar modos
nuevos de llevar el Evangelio al mundo actual, anunciar de
nuevo a Cristo y establecer la fe» [5]. Estas orientaciones
de los dos Sumos Pontífices servirán para guiar nuestra reflexión
por el hilo que une la evangelización del mundo actual
a los movimientos eclesiales y a las nuevas comunidades.
2. Entre
los muchos frutos generados por el Concilio Vaticano II a
la vida de la Iglesia, ocupa un lugar destacado y
especial, sin lugar a dudas, la «nueva época asociativa» de
los fieles laicos. Gracias a la eclesiología y a la
telogía del laicado desarrolladas porel Concilio, junto a las asociaciones
tradicionales han surgido muchas otras agrupaciones denominadas hoy «movimientos eclesiales»
o «nuevas comunidades» [6]. Una vez más, el Espíritu ha
intervenido en la historia de la Iglesia dándole nuevos carismas
portadores de un extraordinario dinamismo misionero, y respondiendo oportunamente a
los grandes y dramáticos desafíos de nuestra época. El Siervo
de Dios Juan Pablo II, que seguía con cariño y
con una especial solicitud pastoral estas nuevas realidades eclesiales, afirmaba:
«Uno de los dones del Espíritu a nuestro tiempo es,
ciertamente, el florecimiento de los movimientos eclesiales, que desde el
inicio de mi pontificado he señalado y sigo señalando como
motivo de esperanza para la Iglesia y para los hombres»
[7].El papa Wojtyla estaba profundamente convencido de que los movimientos
eclesiales eran la expresión de un «nuevo adviento misionero», de
la «gran primavera cristiana» preparada por Dios al aproximarse el
tercer milenio de la Redención [8]. Este fue uno de
los grandes desafíos proféticos de su pontificado.
Los movimientos eclesiales y
las nuevas comunidades son portadores de un precioso potencial evangelizador,
del que la Iglesia tiene urgente necesidad, hoy. Representan una
riqueza aún no conocida ni valorizada plenamente. Juan Pablo II
decía: «En nuestro mundo, frecuentemente dominado por una cultura secularizada
que fomenta y propone modelos de vida sin Dios, la
fe de muchos es puesta a dura prueba y no
pocas veces sofocada y apagada. Se siente, entonces, con urgencia,
la necesidad de un anuncio fuerte y de na sólida
y profunda formación cristiana. ¡Cuánta necesidad existe hoy de personalidades
cristianas maduras, conscientes de su identidad bautismal, de su vocación
y misión en la Iglesia y en el mundo! ¡Cuánta
necesidad de comunidades cristianas vivas! Y aquí entran los movimientos
y las nuevas comunidades eclesiales: son la respuesta, suscitada por
el Espíritu Santo, a este dramático desafío del fin del
milenio. ¡Vosotros sois esta respuesta providencial!» [9]
El Papa indicaba
aquí dos prioridades fundamentales de la evangelización, del hacer discípulos»
de Jesucristo, hoy: una «sólida y profunda formación» y un
«anuncio fuerte». Dos ámbitos en los cuales los movimientos eclesiales
y las nuevas comunidades dan frutos estupendos para la vida
de la Iglesia, llegando a ser, para miles de cristianos
de todos los rincones del mundo, verdaderos «laboratorios de la
fe», auténticas escuelas de vida cristiana, de santidad y de
misión.
3. La primera, y gran prioridad es, pues, la formación
cristiana. Y aquí tocamos un punto neurálgico. Porque hoy se
minan los cimientos mismos del proceso educativo de la persona.
Como advertía el Cardenal Ratzinger, «se va constituyendo una dictadura
del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que
deja como última medida sólo el propio yo y sus
antojos» [10]. La cultura dominante de nuestros días genera personalidades
fragmentadas, débiles, incoherentes. Alguien pone en guardia: «Está en crisis
la capacidad de una generación de adultos, de educar a
sus propios hijos. Durante años, desde los nuevos púlpitos -
escuelas y universidades, periódicos y televisiones - se ha predicado
que la libertad es la ausencia de vínculos y de
historia; que se puede llegar a ser grandes sin pertenecer
a nada y a nadie, siguiendo simplemente el propio gusto
o antojo. Se ha vuelto normal pensar que todo es
igual, que nada, en el fondo, tiene valor, sólo el
dinero, el poder y la posición social. Se vive como
si la verdad no existiera, como si el deseo de
felicidad del que está hecho el corazón del hombre estuviera
destinado a permanecer sin respuesta» [11]. La influencia de esta
cultura no descuida a los bautizados. De ahí, entonces, identidades
cristianas débiles y confusas; la fe, que asume el aspecto
de una práctica rutinaria, bajo la influencia de un peligroso
sincretismo de superstición, magia y New Age; una pertenencia a
la Iglesia superficial y distraída, que no se repercute de
manera significativa en las opciones y en los comportamientos. Se
asiste, hoy, a una preocupante carencia de ambientes educativos, no
sólo fuera de la Iglesia, sino también en su interior.
La familia cristiana, por sí sola, ya no es capaz
de transmitir la fe a las nuevas generaciones, ni tampoco
la parroquia es suficiente para ello, aunque sigue siendo la
estructura indispensable para la pastoral de la Iglesia en el
territorio. Las parroquias, sobre todo en las grandes ciudades, abarcan
con frecuencia barrios demasiado extensos - cuando no se trata
de auténticos barrios-dormitorio - en los que es difícil establecer
relaciones personales y hacer que se vuelvan lugares de una
verdadera iniciación cristiana. ¿Qué hacer, entonces? En este caso, precisamente,
se presentan los movimientos eclesiales como lugares de una profunda
y sólida formación cristiana. Los movimientos y las nuevas comunidades
se caracterizan, en efecto, por una rica variedad de métodos
y de itinerarios educativos extraordinariamente eficaces. Pero ¿cuál es el
motivo de su fuerza pedagógica? Este «secreto», por decirlo así,
está encerrado en los carismas que los han generado y
que constituyen su alma. El carisma genera esa «afinidad espiritual
entre las personas» [12] que da vida a la comunidad
y al movimiento. Gracias a ese carisma, la fascinante experiencia
original del acontecimiento cristiano, de la que es testigo particular
todo fundador, puede reproducirse en la vida de muchas personas
y en varias generaciones de personas sin perder nada de
su novedad y frescura. El carisma es la fuente de
la extraordinaria fuerza educadora de los movimientos y de las
nuevas comunidades. Se trata de una formación que tiene como
punto de partida una profunda conversión del corazón. No por
casualidad, estas nuevas realidades eclesiales cuentan entre sus miembros a
muchos convertidos, gente que «viene de lejos». Al principio de
este proceso hay siempre un encuentro personal con Cristo, el
encuentro que cambia radicalmente la vida. Un encuentro facilitado por
testigos creíbles, que han revivido en el movimiento la experiencia
de los primeros discípulos: «Ven y lo verás» (Jn 1,
46). En la vida de los miembros de los movimientos
eclesiales y de las nuevas comunidades hay siempre un «antes»
y un «después». La conversión del corazón es a veces
un proceso gradual que requiere tiempo. Otras veces es como
un rayo, inesperado y sobrecogedor. Pero siempre se vive como
un don gratuito de Dios que hace rebosar el corazón
de felicidad y se transforma en una riqueza espiritual para
toda la vida. «Dios existe, yo lo he encontrado». ¡Cuántos
miembros de movimientos eclesiales y nuevas comunidades podrían hacer suyas
las palabras de André Frossard, otro convertido!
La formación es el
ámbito por excelencia donde se expresa la originalidad de los
carismas de los distintos movimientos y comunidades, cada uno de
los cuales funda el proceso educativo de la persona en
una pedagogía propia y específica. Por lo general, una pedagogía
cristocéntrica, que se concentra en lo esencial, es decir, en
despertar en la persona la vocación bautismal propia de los
discípulos de Cristo. Una pedagogía radical que no dilluye el
Evangelio, que exige y plantea la meta de la santidad.
Una pedagogía que se desarrolla en el interior de las
pequeñas comunidades cristianas que - sobre todo en una sociedad
«atomizada», en la que reinan la soledad y la despersonalización
de las relaciones humanas - llegan a constituir un punto
indispensable de referencia y de apoyo. Una pedagogía integral que,
al abaracar y comprometer todas las dimensiones de la existencia
de una persona, genera un sentido de pertenencia «total» al
movimiento. Una pertenencia diferente a cualquier otra adhesión a grupos
o círculos sectoriales de distinto tipo y que se traduce
en un fuerte sentido de pertenencia a la Iglesia y
en un vivo amor a ella. Por eso no es
arriesgado afirmar que los movimientos y las nuevas comunidades son
verdaderas escuelas para la formación de cristianos «adultos». Como escribía
hace algunos años el Cardenal Joseph Ratzinger, son «modos fuertes
de vivir la fe que estimulan a las personas y
les dan vitalidad y alegría; una presencia de fe, pues,
que significa algo para el mundo» [13]. Para completar el
cuadro, merece por lo menos una mención el papel que
pueden desempeñar estas realidades, en el contexto de la Iglesia
latinoamericana, con relación al fenómeno arraigado y difundido de la
piedad popular. Los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades ofrecen,
en efecto, pedagogías de evangelización que pueden contribuir con eficacia
a orientar bien esa religiosidad, captando y profundizando aspectos importantes,
sin rebajar su valor en la vida del pueblo [14].
4.
La segunda, gran urgencia a la que responden los movimientos
y las nuevas comunidades es el «anuncio fuerte». La formación
cristiana debe tener siempre un gran alcance misionero, porque la
vocación cristiana es, por su misma naturaleza, vocación al apostolado.
La misión ayuda a descubrir en plenitud la propia vocación
de bautizados, defiende de la tentación de un repliegue egoísta
sobre sí mismos, protege del peligro de considerar el propio
movimiento de pertenencia como una especie de refugio, en un
clima de cálida amistad, para resguardarse de los problemas del
mundo.
Entre las características del compromiso misionero de los movimientos eclesiales
y de las nuevas comunidades hay que señalar su capacidad
indiscutible de despertar nuevamente en los laicos el entusiasmo apostólico
y el coraje misionero. Ellos saben sacar el potencial espiritual
de las personas. Ayudan a superar las barreras de la
timidez, del miedo y de los falsos complejos de inferioridad
que la cultura laicista infunde en tantos cristianos. Son muchos
los que han vivido una tal transformación interior, incluso con
profundo asombro. Nunca se habrían imaginado que iban a ser
capaces de anunciar así el Evangelio, y de participar de
ese modo en la misión de la Iglesia. El anhelo
de «hacer discípulos» de Jesucristo que saben despertar los movimientos
anima a los individuos, a las parejas de matrimonios y
a familias enteras a dejar todo para salir a la
misión. Porque, sin olvidar el testimonio personal, los movimientos y
las nuevas comunidades se proponen, ante todo, el anuncio directo
del acontecimiento cristiano, redescubriendo el valor del kerigma como método
de catequesis y de predicación. De este modo, responden a
una de las necesidades más urgentes de la Iglesia de
nuestros tiempos, es decir, la catequesis de los adultos, entendida
como auténtica iniciación cristiana que les revela todo el valor
y la belleza del sacramento del Bautismo.
Desde siempre, uno de
los mayores obstáculos para la obra de la evangelización es
la rutina, la costumbre, que quita la frescura y la
fuerza de persuasión al anuncio y al testimonio cristiano. Pues
bien, los movimientos rompen con los esquemas habituales del apostolado,
reexaminan formas y métodos, y los proponen de un modo
nuevo. Se dirigen con naturalidad y coraje hacia las difíciles
fronteras de los modernos areópagos de la cultura, de los
medios de comunicación de masa, de la economía y de
la política. Prestan una especial atención a los que sufren,
a los pobres y a los marginados. ¡Cuántas obras sociales
han nacido por iniciativa de ellos! No esperan que los
que se han alejado de la fe regresen por sí
solos a la Iglesia, van a buscarlos. Para anunciar a
Cristo, no dudan en salir por las calles y por
las plazas de las ciudades, en entrar a los supermercados,
a los bancos, a las escuelas y a las universidades,
dondequiera que viva el hombre. El celo misionero los lleva
«hasta el final de este mundo»... Y se difunden, demostrando
que los carismas que los han generado pueden alimentar la
vida cristiana de hombres y mujeres de todas las latitudes,
culturas y tradiciones. No sólo. Insertándose en el tejido de
las Iglesias locales, se transforman en signos elocuentes de la
universalidad de la Iglesia y de su misión. De aquí
nace, precisamente, su relación particular con el ministerio del Sucesor
de Pedro. Es sorprendente la fantasía misionera que, mediante estos
nuevos carismas, el Espíritu Santo suscita en la Iglesia de
nuestros días. Para muchos laicos, los movimientos y las nuevas
comunidades llegan a ser verdaderas escuelas de misión. Hoy, en
la Iglesia, se habla mucho de evangelización: se organizan congresos,
simposios, seminarios de estudio y se publican libros, artículos y
documentos oficiales sobre dicho tema. Pues bien, hay que hablar
de él, porque la evangelización es causa vital para la
Iglesia y para el mundo. Sin embargo, existe un peligro
real, el de permanecer inmóviles en el nivel teórico, en
el nivel de los proyectos que quedan en el papel...
Pero he aquí los nuevos carismas que generan agrupaciones de
personas - hombres y mujeres, jóvenes y adultos –, sólidamente
formadas en la fe, llenas de celo, listas a anunciar
el Evangelio. Por consiguiente, no se trata de estrategias estudiadas
en un escritorio, sino de proyectos «vivos», experimentados en muchas
historias personales concretas y en la vida de tantas comunidades
cristianas. Proyectos, por decirlo así, listos para realizar... Esta es
la gran riqueza de la Iglesia de nuestro tiempo.
¡Cómo no
asombrarse ante la cantidad y la calidad de los frutos
generados por los nuevos carismas en la Iglesia! El principio
evangélico, «por sus frutos los conoceréis» (Mt 7, 16), es
siempre válido. Son muchas las personas que, gracias a estos
carismas, han encontrado a Cristo y hallado la fe, o
han vuelto a la Iglesia y a la práctica de
los sacramentos después de largos años. Tantas personas han pasado
de un cristianismo meramente anagráfico a un cristianismo «adulto», convencido
y comprometido. ¡Cuántos frutos de una auténtica santidad de vida!
¡Cuántas familias reconstruidas en la fidelidad y en el amor
recíproco! ¡Cuántas vocaciones al sacerdocio, a la vida consagrada y
a las nuevas formas de vida laical según los consejos
evangélicos! El mensaje importante que estos nuevos carismas lanzan al
mundo actual es, fundamentalmente, el siguiente: vale la pena ser
cristianos, Vale la pena responder al desafío de Cristo. ¡Ensaya
tú también!
5. Como hemos visto, los movimientos eclesiales y las
nuevas comunidades son, en realidad, un «don providencial» que la
Iglesia debe acoger con gratitud y con un vivo sentido
de esponsabilidad, para no desperdiciar la oportunidad que ellos representan.
Un don que, al mismo tiempo, es una tarea y
un reto para los fieles laicos, así como para los
Pastores. ¿Cuál tarea y cuál reto? Juan Pablo II insistía
mucho en que los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades
están llamados a insertarse en las diócesis y en las
parroquias «con humildad», es decir, con una actitud de servicio
a la misión de la Iglesia, evitando cualquier forma de
orgullo y de sentido de superioridad con relación a otras
realidades, con un espíritu de comunión eclesial y de sincera
colaboración. Al mismo tiempo, el Papa insistía a los Pastores
- obispos y párrocos - en que los acogieran «con
cordialidad», reconociendo y respetando sus respectivos carismas y acompañándolos con
paterna solicitud [15]. La regla de oro formulada por San
Pablo vale también en este caso: «No apaguéis la fuerza
del Espíritu; no menospreciéis los dones proféticos. Examinadlo todo y
quedaos con lo bueno» (1Ts 5, 19-20).
Desde luego, la enorme
novedad que los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades aportan
a la Iglesia suscita a menudo asombro, obliga a plantearse
interrogantes y puede causar una cierta confusión en la praxis
establecida de la llamada pastoral ordinaria. Decía el Papa Wojtyla:
«Siempre, cuando interviene, el Espíritu nos deja asombrados. Suscita eventos
cuya novedad desconcierta» [16]. Como hemos repetido varias veces, los
movimientos constituyen también un desafío, una provocación saludable a la
que la Iglesia está llamada a responder y a la
que debe responder. Los movimientos, con su modo radical de
«ser cristianos» en el mundo, ponen en tela de juicio
el «cristianismo cansado» (Benedicto XVI) de muchos bautizados, un cristianismo
de mera fachada, lleno de implicaciones y confuso. Alexander Men,
sacerdote disidente ruso asesinado en 1990, todavía en los años
oscuros de las persecuciones religiosas, decía en tono provocador, en
uno de sus sermones, que el mayor enemigo de los
cristianos, en el fondo, no era el ateísmo militante del
Estado soviético, sino más que todo el pseudo-cristianismo de muchos
bautizados [17]. Palabras que no pueden sino sacudir nuestras conciencias.
En fin de cuentas, para el cristiano, el verdadero y
gran enemigo es la mediocridad, la resistencia a creer realmente
en el Evangelio. Los movimientos, con su desbordante pasión misionera,
ponen en tela de juicio también una cierta manera de
«ser Iglesia» quizás demasiado cómoda y adaptable. El Cardenal Joseph
Ratzinger hace unos años se refería a «un gris pragmatismo
de la vida cotidiana de la Iglesia (...) en el
que, en apariencia, toda cosa procede normalmente, pero en realidad
la fe se deteriora y precipita en la mezquindad» [18].
A una Iglesia de «tranquila conservación» - tipo bastante difundido
hoy –, los movimientos lanzan el desafío de una Iglesia
misionera valientemente proyectada hacia nuevas fronteras, y ayudan a la
pastoral parroquial y diocesana a recuperar la combatividad profética y
el impulso necesario. En nuestros tiempos, la Iglesia tiene gran
necesidad de esto. Debe abrirse a esta novedad generada por
el Espíritu: «Mirad, voy a hacer algo nuevo, ya está
brotando, ¿no lo notáis? (Is 43, 19).
El magisterio del Papa
Benedicto XVI se coloca en perfecta continuidad con el de
Juan Pablo II con relación a los movimientos eclesiales y
a las nuevas comunidades, pues ha tenido siempre muy en
cuenta su obra al servicio de la misión de la
Iglesia y, cuando era todavía Prefecto de la Congregación para
la Doctrina de la Fe, afirmaba: «En ellos hay que
observar que está comenzando algo nuevo: el cristianismo está presente
como un acontecimiento nuevo, y es percibido por personas que
a menudo llegan desde muy lejos como la posibilidad de
vivir, de poder vivir en este siglo». Y agregaba: «Hoy
hay cristianos «aislados» que se colocan fuera de este extraño
consenso de la existencia moderna e intentan nuevas formas de
vida; ellos, sin lugar a dudas, no llaman particularmente la
atención de la opinión pública, pero hacen algo que en
realidad indica el futuro» [19]. Según el entonces Cardenal Ratzinger,
la novedad que aportan los movimientos eclesiales y las nuevas
comunidades hace de ellas algo así como una profecía del
futuro. Ya elegido Papa, Benedicto XVI ha permanecido fiel a
esta lectura sutil, suya propia, de la situación de la
Iglesia y, al terminar la Jornada Mundial de la Juventud
celebrada en Colonia, en agosto de 2005, decía a los
obispos alemanes: «La Iglesia ha de valorizar estas realidades y,
al mismo tiempo,conducirlas con sabiduría pastoral, para que contribuyan del
mejor modo, con sus propios dones, a la edificación
de la comunidad». Y terminaba con eficacia: «Las Iglesias locales
y los movimientos no están en contraste entre sí, sino
que constituyen la estructura viva de la Iglesia» [20]. Se
trata de orientaciones importantes que deben servir de brújula en
la misión evangelizadora de la Iglesia, hoy.
NOTAS [ ] Cfr.
L. SABOURIN, Il Vangelo di Matteo. Teologia e Esegesi, vol.
II, Roma 1977, pp. 1069-1070. [2] BENEDICTO XVI, Santa Misa
en la explanada de Marienfeld, «L’Osservatore Romano», edic. en lengua
española, 26 de agosto, 2005. [3] Cfr. JUAN PABLO II,
Discurso a la XIX Asamblea General del CELAM, 9 de
marzo, 983, «Insegnamenti di Giovanni Paolo II» VI, 1 (1983),
pp. 690-699. [4] JUAN PABLO II, Carta apostólica Novo millennio
ineunte, n. 40. [5] BENEDICTO XVI, Encuentro con los Obispos
lemanes, «L’Osservatore Romano», edic. en lengua española, 26 de agosto,
2005. [6] Cfr. JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Christifideles laici,
n. 29. [7] JUAN PABLO II, Homilía en la vigilia
de Pentecostés, «L’Osservatore Romano», edic. en lengua española, 31 de
mayo, 1996, n. 7. [8] Cfr. JUAN PABLO II, Carta
encíclica Redemptoris missio, n. 86. [9] JUAN PABLO II, A
los pertenecientes a los movimientos eclesiales y a las nuevas
comunidades, en la vigilia de Pentecostés, «L’Osservatore Romano», edic. en
lengua española, 5 de junio, 1998. [10] J. RATZINGER, Santa
Misa «Pro eligendo Pontifice, «L’ Osservatore Romano», edic. en lengua
española, 22 de abril, 2005. [11] Se ci fosse una
educazione del popolo tutti starebbero meglio. Appello (Si existiera una
educación del pueblo, todos estarían mejor. Llamamiento) , «Atlantide», n.
4/12/2005, p. 119. [12] JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Christifideles
laici, n. 24. [13] Cfr. J. RATZINGER, Il sale della
terra. Cristianesimo e Chiesa cattolica nella svolta del millennio, Edizioni
San Paolo, Milano 1997, p. 18. [14] Cfr. PABLO VI,
Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, n. 48. [15] Cfr. JUAN PABLO
II, Carta encíclica Redemptoris missio, n. 72. [16] JUAN PABLO
II, A los miembros de los movimientos eclesiales y de
las nuevas comunidades, cit. «L’Osservatore Romano» edic. en lengua española,
5 de junio, 1998. [17] Cfr. T. PIKUS, Aleksander Mien,
Verbinum Warzawa 1997, p. 37. [18] Cfr. J. RATZINGER, Fede,
Verità, Tolleranza. Il cristianesimo e le religioni del mondo, Cantagalli,
Siena 2003, p. 134. [19] Cfr. J. RATZINGER, Il sale
della terra, op. Cit., pp. 145-146. [20] BENEDICTO XVI, Encuentro
con los obispos alemanes, cit.
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