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Autor: Alberto Hurtado SJ Un Cristianismo que tomo todo el hombre
Extracto de un texto “Elementos de vida espiritual” Este texto ha sido propuesto como fuente inspiradora para el mes de la Solidaridad 2007 en la arquidiócesis de La Serena por el Arzobispo, Mons. Manuel Donoso
Un Cristianismo que tomo todo el hombre
Al comparar el Evangelio con la vida de la mayor
parte de nosotros, los cristianos, se siente un malestar... La
mayor parte de nosotros ha olvidado que somos la sal
de la tierra, la luz del mundo, la levadura de
la masa...(Mt 5,13-15). El soplo del Espíritu no anima a
muchos cristianos; un espíritu de mediocridad nos consume. Hay entre
nosotros activos, y más que activos, más aún, agitados, pero
las causas que nos consumen no son la causa del
cristianismo.
Después de mirar y volver a mirarse a sí mismo
y lo que uno encuentra en torno a sí, tomo
el Evangelio, voy a San Pablo, y allí encuentro un
cristianismo todo fuego, todo vida, conquistador; un cristianismo verdadero que
toma a todo el hombre, rectifica toda la vida, agota
toda actividad. Es como un río de lava ardiendo, incandescente,
que sale del fondo mismo de la religión.
En nuestro tiempo,
se hace de la Religión una formalidad mundana, un sentimentalismo
piadoso, una policía pacífica: “No romper nada, ¡¡no permitir que
nadie rompa nada!!”. Así se podría expresar este cristianismo de
buen tono, negativo, vacío de pasión, vacío de sustancia, vacío
de Cristo, vacío de Dios. Un cristiano sin fuego y
sin amor, de gente tranquila, de personas satisfechas, de hombres
temerosos, o de los que gozan con mandar y desean
ser obedecidos. Un cristianismo así no hace falta.
Pero, felizmente, se
encuentran en todas partes grupitos de cristianos que han comprendido
el sentido del Evangelio. Jóvenes deseosos de servir a sus
hermanos; sacerdotes que llevan abierta la herida que no cesa
de sangrar al ver tanto dolor, tanta injusticia, tanta miseria;
hombres y mujeres que nos prolongan la presencia de Cristo
entre nosotros, bajo una sotana, un uniforme de trabajo, o
un traje de fiesta. Son luminosos como Cristo, y bienhechores
como Él. Cristo está en ellos, y esto nos basta.
No podemos menos de amarlos, nos tomamos de su mano
y por ellos entramos en ese Cuerpo inmenso que anima
el Espíritu.
Estos son los cristianos verdaderos, aquellos en los cuales
Cristo ha entrado a fondo, ha tomado todo en ellos,
ha transformado toda su vida; un cristianismo que los ha
transfigurado, que se comunica, que ilumina. Son el consuelo del
mundo. Son la Buena Nueva permanentemente anunciada. Todo predica en ellos:
la palabra, sin duda, pero también la sonrisa y la
bondad, y la mano tendida, la resignación, la ausencia total
de ambición, la alegría constante.
Van siempre adelante, rotos quizás en
su interior, abrazándose serenamente a las dificultades, olvidados de sí
mismos, entregados... Nada los detiene: ni el menosprecio de los
grandes, ni la oposición sistemática de los poderosos, ni la
pobreza, ni la enfermedad, ni las burlas. ¡¡¡Aman y eso
les basta!!! Tienen fe, esperan. En medio de sus dolores,
son los felices del mundo. Su corazón, dilatado hasta el
infinito, se alimenta de Dios.
Son la Iglesia naciente entre nosotros.
Son Cristo viviente entre nosotros y de Él les viene
su nobleza, de Él, al cual se han entregado al
entregarse a sus hermanos desgraciados. El haber comprendido que los
otros eran también hijos de Dios, hermanos de Cristo, eso
los ha hecho crecer. Entre ellos, Dios, Cristo y los
otros, hay ahora un vínculo definitivo. Ellos comprenden que su
misión es ser el puente hacia el Padre, puente para
todos. Todos juntamente, todos los hijos del Padre, llevados por
el Hijo Jesucristo, todos por Él llegando al Padre, y
esto mediante nuestra acción, la de cada uno de nosotros. Toda
la humanidad trabajando en esta obra, ayudados por los militantes
de ayer, que en la tarde de su trabajo recibieron
ya su recompensa.
¿Cómo puede ser que no vivamos más en
esta perspectiva? Al sabernos consagrados a Dios, no podemos seguir
viviendo inclinados sobre nosotros mismos, ni sobre nuestros méritos, ni
siquiera sobre nuestros pecados...sino en imitar al Salvador, enérgico y
dulce, que “amó a los hombres hasta el extremo” (Jn
13,1).
Una condición
Una condición para que el cristianismo tome todas nuestras
vidas es conocer íntimamente a Cristo, su mensaje, y conocer
a los hombres de nuestro tiempo a los cuales va
este mensaje.
Pocos apóstoles, sacerdotes o seglares, están preparados para el
apostolado moderno. La acción no penetra, se queda en la
superficie. ¿Quién no ha sentido en su interior deseos ardientes
que, al comunicarlos a otros, no producen en ellos sino
resultados superficiales? Nuestros ensamientos más claros no encuentran fácilmente
el camino de la inteligencia, ni el del corazón, para
llegar a los demás.
Predicamos una doctrina segura. Repetimos el Evangelio,
los Padres, Santo Tomás, las Encíclicas... sin embargo, el contacto
es superficial, nuestro dinamismo no ha movido a los que
queríamos mover.
Más aún, si vamos a los que parecen los
grandes conductores de hombres, a los que han tenido éxito
en su acción social o cívica, a los que han
logrado poner un poco más de justicia y de felicidad
en el mundo, si a éstos les preguntamos si están
contentos de su acción, nos responderán que se dan perfectamente
cuenta que no tocan el problema sino en su superficie,
que la sociedad siempre escapa de toda acción moralizadora y
más aún santificadora. Se necesitaría genios y santos para remediar
a los males tan hondos... ¡¡y estos deberían ser perseverantes!!
Cuando
un apóstol parte demasiado pronto para la acción o cesa
en su trabajo de formación, sufre las consecuencias. Uno queda
en la acción apostólica al nivel de su verdadero valer.
Sólo el santo santifica; sólo la luz alumbra; sólo el
amor calienta. Ordinariamente, frente al apóstol, grupitos fáciles se dejan
penetrar por su acción: niños, religiosas, almas piadosas... Ante los hombres
sobre todo, están como desarmados, no teniendo para ellos sino
fórmulas hechas, abstractas o gastadas, sacadas de manuales... Aun de las
encíclicas, no saben servirse, porque no conocen el ambiente en
que ellas se aplican.
Muchos apóstoles de hoy fallan por haber
partido demasiado pronto, o haberse contentado demasiado luego con lo
que tenían de ciencia, de experiencia, de virtud. Demasiado pronto
se sintieron completos. Laicos... quedaron militantes mediocres, sin verdadera formación. Sacerdotes, indefinidamente
fuera de la vida, fuera de lo real, inadaptados o
mal comprendidos, repitiendo siempre los mismos clichés, ante una clientela
demasiado fácil, mientras la inmensa masa sigue ignorando aun que
hay Dios, y que Cristo ha venido... sin que haya
quién les recuerde a los poderosos, a los superiores, como
a los humildes, sus deberes, ni quién señale el camino
en los momentos críticos.
Conocer, con el conocimiento de Sabiduría, que
es más rico, más profundo que el de la simple
ciencia; conocer a los hombres y amarlos apasionadamente como hermanos
de Cristo e hijos de Dios; conocer nuestra sociedad enferma,
como lo hace el médico para auscultarla. ¿Cuántos son los que
se dan tiempo para estudiar la trama compleja de nuestra
vida social, de sus corrientes intelectuales, de sus engranajes
económicos, de sus imperios legales, de sus tendencias políticas? Para
obrar con prudencia hay que conocer. El precio de nuestra
conquista tiene que ser poner en acción todas nuestras energías
para colaborar con la gracia.
Conocimiento hondo de Cristo. La teología
en píldoras de tesis no puede bastar. La sabiduría se
impone. La mirada del humilde que se acerca a fuerza
de pureza a la mirada de Dios; la mirada del
contemplativo sobre Cristo, en quien todo se resume, esperanza de
nuestra salvación. El apóstol debe integrar su acción en el
plan de Cristo sobre nuestro tiempo; conocer bien a Cristo
y conocer bien nuestro tiempo para acercarlos con amor. Ahí
está todo (esto supone esa inmensa humildad que es la
que dispone para recibir las gracias de lo alto).
Espiritualidad sana
que no consiste sólo en prácticas piadosas, ni en sentimentalismos,
sino de los que se dejan tomar enteros por Cristo
que llena sus vidas. Espiritualidad que se alimenta de honda
contemplación, en la cual aprende a conocer y amar a
Dios y a sus hermanos, los hombres del propio tiempo.
Esta espiritualidad es la que hará de la Iglesia la
levadura del mundo.
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