La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Autor: Card. Joseph Ratzinger | Fuente: Zenit.org (27 de mayo, 1998) Movimientos Eclesiales: Institución y carisma
En la Iglesia existen instituciones destinadas a múltiples formas de administración, organización, coordinación, que pueden y deben desarrollarse según las exigencias de los tiempos
Movimientos Eclesiales: Institución y carisma
Para la solución del problema se ofrece sobre todo
como esquema fundamental, la dualidad de Institución y evento, Institución
y Carisma. Pero, dado que se intenta iluminar más a
fondo las dos nociones, para dar con reglas sobre las
que precisar válidamente su relación recíproca, se perfila algo inesperado.
El concepto de «Institución» se escapa de entre las manos
de quien intenta definirlo con rigor teológico. ¿Qué cosa son,
en efecto, los elementos institucionales implicados que orientan a la
Iglesia en su vida como estructura estable? Obviamente, el ministerio
sacramental en sus diversos grados: episcopado, presbiterado, diaconado. El sacramento,
que -significativamente- lleva consigo el nombre de «Orden», es en
definitiva la única estructura permanente y vinculante que, diríamos, da
a la Iglesia su estructura estable originaria y la constituye
como «Institución». Pero sólo en nuestro siglo, ciertamente por razones
de conveniencia ecuménica, se ha hecho de uso común designar
el sacramento del Orden simplemente como «ministerio», puesto que aparece
a partir del único punto de vista de la Institución,
de la realidad institucional. Sólo que, este ministerio es un
sacramento y, por lo tanto, es evidente que se rompe
la común concepción sociológica de Institución. Que el único elemento
estructural permanente de la Iglesia sea un «sacramento», significa, al
mismo tiempo, que éste debe ser continuamente actualizado por Dios.
La Iglesia no dispone autónomamente de él, no se trata
de algo que exista simplemente y por determinar según las
propias decisiones. Sólo secundariamente se realiza por una llamada de
la Iglesia; primariamente, por el contrario, se actúa por una
llamada de Dios dirigida a estos hombres, digamos en modo
carismático-pneumatológico. Se sigue que puede ser acogido y vivido, incesantemente,
sólo en fuerza de la novedad de la vocación, de
la indisponibilidad del Espíritu. Puesto que las cosas están así,
puesto que la Iglesia no puede instituir ella misma simplemente
unos «funcionarios», sino debe esperar a la llamada de Dios,
es por esta misma razón -y, en definitiva, sólo por
ésta- que puede tenerse penuria de sacerdotes. Por lo tanto,
desde el inicio ha sido claro que este ministerio no
puede ser producido por la Institución, sino que es impetrado
a Dios. Desde el inicio es verdadera la palabra de
Jesús: «¡La mies es mucha, y los operarios pocos. Rogad,
pues, al dueño de la mies que envíe operarios a
su mies!» (Mt 9, 37ss). Se entiende de este modo,
por lo tanto, que la llamada de los doce apóstoles
haya sido fruto de una noche de oración de Jesús
(Lc 6, 12ss).
La Iglesia latina ha subrayado explícitamente tal
carácter rigurosamente carismático del ministerio presbiteral, y lo ha hecho
-en coherencia con antiquísimas tradiciones eclesiales- vinculando la condición presbiteral
con el celibato, que con toda evidencia puede ser entendido
sólo como carisma personal, y no simplemente como la peculiaridad
de un oficio. La pretensión de separar la una de
la otra se apoya, en definitiva, sobre la idea de
que el estado presbiteral pueda ser considerado no carismático, sino
-para la seguridad de la Institución y de sus exigencias-
como puro y simple ministerio que toca a la Institución
misma conferir. Si de este modo se quiere integrar totalmente
el estado presbiteral en la propia realidad administrativa, con sus
seguridades institucionales, he aquí que el vínculo carismático, que se
encuentra en la exigencia del celibato, se vuelve un escándalo
por eliminar lo antes posible. Pero, después, también la Iglesia
en su totalidad se entiende como una estructura puramente humana,
y nunca alcanzará la seguridad que de esa forma se
buscaba. Que la Iglesia no sea una Institución nuestra, no
obstante la irrupción de alguna otra cosa, puesto que es
por su naturaleza «iuris divini», de derecho divino, es un
hecho del que se sigue que nosotros no podemos jamás
creárnosla por nosotros mismos. Equivale a decir que no nos
es lícito jamás aplicarle un criterio puramente institucional; equivale a
decir que la Iglesia es enteramente ella misma sólo a
partir de momento en que se trascienden los criterios y
las modalidades de las instituciones humanas.
Naturalmente, junto con esta
estructura fundamental verdadera y propia -el sacramento-, en la Iglesia
existen también instituciones de derecho meramente humano, destinadas a múltiples
formas de administración, organización, coordinación, que pueden y deben desarrollarse
según las exigencias de los tiempos. Sin embargo, hay que
decir a renglón seguido, que la Iglesia tiene, sí, necesidad
de semejantes instituciones; pero, que si éstas se hacen demasiado
numerosas y preponderantes, ponen en peligro la estructura y la
vitalidad de su naturaleza espiritual. La Iglesia debe continuamente verificar
su propio conjunto institucional, para que no se revista de
indebida importancia, no se endurezca en una armadura que sofoque
aquella vida espiritual que le es propia y peculiar. Naturalmente
es comprensible que si desde hace mucho tiempo faltan vocaciones
sacerdotales, la Iglesia sienta la tentación de procurarse, por así
decir, un clero sustitutivo de derecho puramente humano. Ella puede
encontrarse realmente en la necesidad de instituir estructuras de emergencia,
y se ha valido de esto frecuentemente y con gusto
en las misiones y en situaciones análogas. No se puede
estar más que agradecidos a cuantos en semejantes situaciones eclesiales
de emergencia han servido y sirven como animadores de la
oración y primeros predicadores del Evangelio. Pero si en todo
esto se descuidase la oración por las vocaciones al Sacramento,
si aquí o allá la Iglesia comenzase a bastarse en
tal modo a sí misma y, podríamos decir, a volverse
casi autónoma del don de Dios, ella se comportaría como
Saúl, que en la gran tribulación filistea esperó largamente a
Samuel, pero tan pronto como éste no se hizo ver
y el pueblo comenzó a despedirse, perdió la paciencia y
ofreció él mismo el holocausto. A él, que había pensado
precisamente que no podía actuar de otra manera en en
caso de emergencia y que se podía, más aún se
debía permitir tomar en mano él mismo la causa de
Dios, le fue dicho que precisamente por esto se había
jugado todo: «Obediencia yo quiero, no sacrificio» (cf. 1 Sam,
13, 8-14; 15, 22).
Volvamos a nuestra pregunta: ¿cómo es
la relación recíproca entre estructuras eclesiales estables y los continuos
brotes carismáticos? No nos da una respuesta satisfactoria el esquema
Institución-Carisma, ya que la contraposición dualista de estos dos aspectos
describe insuficientemente la realidad de la Iglesia. Esto no quita
que, de cuanto se ha dicho hasta ahora, pueda tomarse
un primer principio orientativo:
a) Es importante que el ministerio
sacro, el sacerdocio, sea entendido y vivido también él carismáticamente.
El sacerdote tiene también el deber de ser un «pneumático»,
un homo spiritualis, un hombre suscitado, estimulado, inspirado por el
Espíritu Santo. Es un deber de la Iglesia hacer que
este carácter del sacramento sea considerado y aceptado. En la
preocupación por la sobrevivencia de sus estructuras, no le está
permitido poner en primer plano el número, reduciendo las exigencias
espirituales. Si lo hiciese, volvería irreconocibles el sentido mismo del
sacerdocio y la fe. La Iglesia debe ser fiel y
reconocer al Señor como aquél que crea y sostiene la
Iglesia. Y debe ayudar de todas maneras al llamado a
permanecer fiel más allá de sus inicios, a no caer
lentamente en la rutina, pero sobre todo a volverse cada
día más un verdadero hombre del Espíritu.
b) Allá donde
el ministerio sacro haya sido vivido así, pneumáticamente y carismáticamente,
no se da ninguna rigidez institucional: subsiste, en cambio, un
apertura interior al Carisma, una especie de «olfato» para el
Espíritu Santo y su actuar. Y entonces también el Carisma
puede reconocer nuevamente su propio origen en el hombre del
ministerio, y se encontrarán vías de fecunda colaboración en el
discernimiento de los espíritus.
c) En situaciones de emergencia la
Iglesia debe instituir estructuras de emergencia. Pero estas últimas, deben
entenderse a sí mismas en apertura interior al sacramento, dirigirse
a él, no alejarse de él. En líneas generales, la
Iglesia deberá mantener las instituciones administrativas lo más reducidas posible.
Lejos de sobreinstitucionalizarse, deberá permanecer siempre abierta a las imprevistas,
improgramables llamadas del Señor.
Si tienes alguna duda, conoces algún caso
que quieras compartir, o quieres darnos tu opinión, te esperamos
en los FOROS DE CATHOLIC.NET donde siempre encontrarás a
alguien al otro lado de la pantalla, que agradecerá tus
comentarios y los enriquecerá con su propia experiencia.
Imagen: jmarti.ciberia.es
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR
Consultores
de la comunidad Consejo y asesoría a personas interesadas en los servicios, funciones, ministerios y formas de animación de la vida cristiana de las distintas asociaciones, movimientos y hermandades de la Iglesia católica
Ver todos los consultores