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Autor: + Luis Bambarén Gastelumendi, S.J. | Fuente: Comisión Episcopal de Apostolado Laical, Perú 3. La riqueza de los carismas
Los carismas pueden ser muchos y muy distintos, aunque todos tienen el mismo origen
3. La riqueza de los carismas
3.1.Los carismas en la Iglesia
Los movimientos y asociaciones eclesiales testimonian ante el mundo la
riqueza de los dones que el Espíritu derrama para el
enriquecimiento del Pueblo de Dios. «Cristo ha dotado a la
Iglesia, su Cuerpo, de la plenitud de los bienes y
medios de salvación; el Espíritu Santo mora en ella, la
vivifica con sus dones y carismas, la santifica, la guía
y la renueva sin cesar» (105).
La palabra carisma -que viene del griego charis y se
traduce por gracia- expresa la realidad de un don gratuito
que nos es dado por obra del Espíritu Santo en
orden a la edificación de la Iglesia. «Sean extraordinarios, sean
simples y sencillos, los carismas -señala el Papa Juan Pablo
II- son siempre gracias del Espíritu Santo que tienen, directa
o indirectamente, una utilidad eclesial, ya que están ordenados a
la edificación de la Iglesia, al bien de los hombres
y a las necesidades del mundo» (106). Estos dones o
carismas «son la fuente de toda genuina experiencia asociativa» (107).
Los carismas pueden ser muchos y
muy distintos, aunque todos tienen el mismo origen. Como dice
San Pablo: «Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es
el mismo» (1 Cor 12,4). No existe un número determinado
de ellos; surgen siempre en función de las necesidades del
Pueblo de Dios. Por esta razón San Pablo ofrece diversas
listas de carismas (cf. Rm 12,6-8ss; 1 Cor 12,8-10.28-30).
En el Concilio Vaticano II se explicitó
y desarrolló el sentido e importancia de los carismas para
el Pueblo de Dios. En sus documentos se señala con
toda claridad que el Espíritu Santo no sólo santifica y
edifica a su Iglesia mediante los sacramentos y los ministros,
sino que «también reparte gracias especiales entre los fieles de
cualquier estado o condición» (108). Se trata de edificar el
Cuerpo de Cristo en un proceso de distribución de dones
que se da dentro de una armonía en medio de
la pluralidad y complementariedad de funciones y estados de vida
(109). Todo carisma, explica San Pablo, debe vivirse en unidad
y armonía con los restantes carismas (cf. 1 Tes 5,12.19-21;
1 Cor 3,8). En la Apostolicam actuositatem se dice: «Para
ejercer este apostolado, el Espíritu Santo opera la santificación del
Pueblo de Dios por el ministerio y los sacramentos, concede
también dones peculiares a los fieles (cf. 1 Cor 12,7),
"distribuyéndolos a cada uno según quiere" (1Cor 12,11), para que
todos, "poniendo cada uno la gracia recibida al servicio de
los demás", sean "buenos administradores de la multiforme gracia de
Dios" (1 Pe 4,10), en orden a la edificación de
todo el cuerpo en el amor (cf. Ef 4,16)» (110).
La pluralidad y la diversidad de
miembros y estilos de vida en la Iglesia es expresión
del único Cuerpo de Cristo. Y esta pluralidad es posible
y legítima solamente a partir de la unidad del Cuerpo
y en cuanto tiende a su unidad, de modo que
todas las particularidades existan en función de las otras y
para la totalidad del Cuerpo. Así pues, la variedad de
los carismas no pone en peligro la unidad, antes bien
la fortalece (111). El Espíritu Santo no sólo es principio
de permanente renovación en orden a la santidad, sino que
es también fundamento de unidad y comunión.
La Iglesia, sabemos bien, es una, santa, católica y
apostólica. Al interior de ella se da una rica variedad
que contribuye al fortalecimiento de la comunión en la unidad
de la fe. Desde la singularidad de cada carisma se
construye y fortalece la comunión. «La comunión en la Iglesia
no es pues uniformidad -señala el Papa Juan Pablo II-,
sino don del Espíritu que pasa también a través de
la variedad de los carismas y de los estados de
vida. Éstos serán tanto más útiles a la Iglesia y
a su misión, cuanto mayor sea el respeto de su
identidad. En efecto, todo don del Espíritu es concedido con
objeto de que fructifique para el Señor en el crecimiento
de la fraternidad y de la misión» (112). Los carismas
se fundamentan en la caridad y tienen a ésta como
regla suprema (cf. 1 Cor 13,2; Ga 5,22). En ese
sentido es útil tener siempre presente aquel axioma agustiniano: «En
lo necesario unidad, en la duda libertad, en todo caridad»
(113).
Aunque los carismas se otorgan
a personas concretas, pueden ser participados y vividos por otros.
De ahí que se pueda hablar del carisma de una
determinada asociación (114). La vida asociada se inicia cuando el
Espíritu inspira a unas personas la formación de una comunidad
que asume características propias en respuesta a los signos de
los tiempos. Estas personas que el Paráclito convoca son los
fundadores y fundadoras. Todas las comunidades y asociaciones eclesiales a
lo largo de la historia han tenido su comienzo en
la respuesta de personas concretas a la gracia que el
Espíritu derramó en ellos. «El carisma mismo de los fundadores
se revela como una experiencia del Espíritu (cf. S.S. Pablo
VI, Evangelii nuntiandi, 11), transmitida a los propios discípulos para
ser por ellos vivida, custodiada, profundizada y desarrollada constantemente en
sintonía con el Cuerpo de Cristo en crecimiento perenne» (115).
Los carismas, una vez que han sido reconocidos por la
autoridad eclesial, encuentran una forma de institucionalización jurídica y dan
origen a servicios y formas de vida estable.
Por otro lado, los carismas no se
refieren únicamente a la vida privada de los fieles; tienen
siempre una resonancia comunitaria. «A cada cual se le otorga
la manifestación del Espíritu para provecho común» (1 Cor 12,7).
A lo largo de la historia de la Iglesia se
han suscitado movimientos y fermentos colectivos que han puesto de
manifiesto la presencia del Espíritu Santo guiando y renovando a
la Iglesia. Los carismas infundidos han generado en las comunidades
una singular capacidad de lectura de los signos de los
tiempos a la vez que un impulso a dar respuesta
a los desafíos de cada momento y circunstancia. El florecimiento
de nuevas formas de vida asociada en los tiempos actuales
claramente evidencia la presencia dinamizadora del Espíritu en la Iglesia.
Los movimientos y asociaciones eclesiales son una de las significativas
expresiones de esta presencia carismática en la vida del Pueblo
de Dios que peregrina en nuestro tiempo.
3.2.El discernimiento de los
carismas
En la porción del Pueblo
de Dios encomendada a su cuidado pastoral, el Obispo es
principio y fundamento visible de comunión y unidad en la
fe, en la caridad y en el apostolado, por virtud
del don del Espíritu Santo que ha recibido. Para ello
es dotado de una potestad de gobierno ordinaria, propia e
inmediata (116), que ejerce directamente sobre todos los fieles de
la Iglesia particular, individual o asociadamente, ya sean clérigos, consagrados
-en sus diversas expresiones- o laicos.
Corresponde a los Obispos discernir la autenticidad de los diversos
carismas. Como se indica en la Lumen gentium, «el juicio
acerca de su autenticidad y la regulación de su ejercicio
pertenece a los que dirigen la Iglesia. A ellos compete
sobre todo no apagar el Espíritu, sino examinarlo todo y
quedarse con lo bueno (cf. 1 Tes 5,12 y 19-21)»
(117). A los Obispos les compete el ministerio de discernir
los carismas, así como confirmarlos según la fe de la
Iglesia. Este discernimiento siempre es un paso necesario, tanto para
comprobar que sean dones del Espíritu Santo, como para velar
por que sean ejercidos en fidelidad a la fe de
la Iglesia, pues precisamente la vida asociada está ordenada a
la misión de la Iglesia (118).
No siempre, sin embargo, es fácil realizar este discernimiento.
Es necesario tener en cuenta que el Espíritu Santo sopla
donde quiere y como quiere (cf. Jn 3,8 y 1
Cor 12,7), y que lo hace además en relación a
circunstancias históricas concretas. La acción del Espíritu no puede ser
encuadrada en un determinado patrón, ni reducida a un determinado
estilo. De allí precisamente la legítima pluralidad de espiritualidades y
estilos que existen en la unidad de la Iglesia.
La novedad del carisma trae también
en ocasiones dificultades para su comprensión y discernimiento. «Todo carisma
auténtico lleva consigo una carga de genuina novedad en la
vida espiritual de la Iglesia, así como de peculiar efectividad,
que puede resultar tal vez incómoda e incluso crear situaciones
difíciles, dado que no siempre es fácil e inmediato el
reconocimiento de su proveniencia del Espíritu» (119).
Las diversas dificultades que en algunos casos se pueden
presentar hacen tanto más importante y delicado el proceso de
discernimiento, exigiendo por su misma naturaleza que se ponga en
él una especial atención y reverencia. Sólo una auténtica apertura
a la acción del Espíritu, en una actitud y un
clima de oración, permiten las condiciones para un recto y
fructuoso discernimiento. Se ha de cultivar también la sensibilidad para
percibir los signos de los tiempos en atención a las
cambiantes circunstancias en medio de las que peregrina la Iglesia
y se manifiesta el divino Plan. La presencia de los
frutos que confirman el origen de una obra en el
Espíritu Santo es, asimismo, característica fundamental del discernimiento y confirmación
del mismo: «Por sus frutos los conoceréis» (Mt 7,16).
Este servicio de discernimiento de la
eclesialidad de las manifestaciones de apostolado y vida cristiana asociada
es una responsabilidad irrenunciable de la Jerarquía. «Los Pastores en
la Iglesia no pueden renunciar al servicio de su autoridad,
incluso ante posibles y comprensibles dificultades de algunas formas asociativas
y ante el afianzamiento de otras nuevas, no sólo por
el bien de la Iglesia, sino además por el bien
de las mismas asociaciones laicales» (120).
Junto con el proceso de discernimiento de los carismas
también les corresponde a los Obispos el servicio de fomentar
y promover el apostolado asociado en sus diversas expresiones, pues
la Iglesia aprecia «todas las formas de apostolado» (121). En
esta tarea al Pastor le compete una atención especial a
las asociaciones cuyo carisma ha sido reconocido y aprobado (122).
Forma parte de su ministerio protegerlas y acompañarlas con su
autoridad y cuidado pastoral alentándolas a la fidelidad al propio
carisma. El Obispo, en virtud de su propio ministerio, es
responsable del crecimiento en la santidad de todos los fieles,
en cuanto que es el principal dispensador de los misterios
de Dios y perfeccionador de su grey según la vocación
de cada uno (123). Es claro, por lo demás, que
al Obispo le ha sido confiado el cuidado de los
diversos carismas. Así pues, el discernimiento debe estar acompañado de
la acogida, el aliento, la guía y la orientación pastoral,
así como del estímulo a un crecimiento de las asociaciones
y movimientos eclesiales, según su estilo propio, en la comunión
y misión de la Iglesia.
La
Iglesia cuida que no sea obstaculizada la acción del Espíritu
Santo. Igualmente expresa su respeto por la dignidad de las
personas convocadas por el Paráclito para recibir un carisma y
para llevar una determinada forma de vida asociada en la
comunidad eclesial. Los Pastores sagrados se preocupan, igualmente, de comunicar
los bienes espirituales de la Iglesia, principalmente la Palabra de
Dios y los sacramentos (124). Para todo ello los Pastores
reciben una abundancia de especiales dones del Espíritu Santo para
poder obrar según el designio divino.
Los movimientos y asociaciones, por su parte, dan muestras de
autenticidad eclesial sometiéndose con docilidad al discernimiento de los Pastores,
acogiendo con humildad (125) sus orientaciones pastorales y dejándose guiar
en la comunión de la Iglesia y con su Pastor
universal. De ahí que cuando se habla en el Magisterio
de los movimientos y asociaciones se explicite, como una señal
inequívoca de su eclesialidad, la fidelidad a la comunión en
la Iglesia bajo los legítimos Pastores y el Magisterio universal.
Son aplicables a la realidad de
las asociaciones y movimientos eclesiales no pocas de las orientaciones
del documento sobre la vida consagrada Mutuae relationis, dada la
analogía de las diversas formas de vida asociada en la
Iglesia. «La caracterización carismática propia de cada instituto requiere, tanto
por parte del fundador cuanto por parte de sus discípulos,
el verificar constantemente la propia fidelidad al Señor, la docilidad
al Espíritu, la atención a las circunstancias y la visión
cauta de los signos de los tiempos, la voluntad de
inserción en la Iglesia, la conciencia de la propia subordinación
a la sagrada Jerarquía, la audacia en las iniciativas, la
constancia en la entrega, la humildad en sobrellevar los contratiempos»
(126).
Para que se lleve
debidamente a cabo el proceso de discernimiento, las asociaciones y
movimientos eclesiales deben hacer conocer a la autoridad competente de
manera precisa su existencia y su experiencia de vida cristiana
asociada de modo que ésta pueda examinar su naturaleza y
la finalidad de los mismos, confirmar su autenticidad eclesial y
valorar la oportunidad de su reconocimiento jurídico. Es muy importante
para ello el conocimiento de los Estatutos. Por reconocimiento jurídico
se debe entender una aprobación explícita de la autoridad eclesial
competente.
Algunas asociaciones han solicitado y
obtenido reconocimiento formal por parte de la Iglesia. Las autoridades
competentes para este reconocimiento jurídico en la Iglesia son: la
Santa Sede para asociaciones internacionales; las Conferencias Episcopales para las
que operan a nivel nacional; el Obispo diocesano -o quien
se le equipara en derecho- para las que operan en
su territorio (127). En el proceso de inserción en una
Iglesia particular el Pastor debe tener presente tanto el discernimiento
de la Sede Apostólica, como el realizado por sus hermanos
en el Episcopado. El reconocimiento de la Santa Sede se
extiende a toda la Iglesia universal.
Los Obispos cumplen un servicio sumamente importante discerniendo el carisma
y animando a las asociaciones en su desarrollo e inserción
en la Iglesia particular. El gobierno pastoral del Obispo en
la porción del Pueblo de Dios a él encomendada cuida
que sea respetada la justa autonomía de vida y de
gobierno de las asociaciones y movimientos. Asimismo procura que sean
apreciadas y reconocidas las características propias y los diferentes modos
de obrar, buscando crear en todos la conciencia de que
de esa rica pluralidad de dones se han venido produciendo
abundantes frutos para el Reino de Cristo.
Corresponde a los moderadores (128) de cada comunidad
determinar no sólo los aspectos de la vida interna sino
también las obras y proyectos que pueden asumir en fidelidad
a su carisma e identidad. Esto vale también para los
moderadores que son laicos, a los que se les reconoce
la capacidad general de ejercer el gobierno de la asociación
a la que pertenecen (129).
La capacidad de gobierno y autonomía de vida que se
reconoce a las asociaciones y movimientos eclesiales no resta en
lo más mínimo el debido reconocimiento de las orientaciones pastorales
que el Obispo da para el gobierno de la Iglesia
particular a su cuidado, especialmente en lo referente al ejercicio
del culto divino, la enseñanza de la fe y lo
que se conoce como la cura pastoral.
Por lo demás es claro, según el derecho de
la Iglesia, que el consentimiento de un Obispo para constituir
una asociación o movimiento implica el derecho de los integrantes
de estas instituciones a ejercitar sus obras propias, y a
hacerlo según sus métodos, espiritualidad, modo de proceder y disciplina
propios. De ahí que no sea correcto pedirle a una
asociación o movimiento que asuma proyectos que no corresponden a
su carisma, estilo y fines particulares. Como tampoco parece correcto
solicitarle a algún miembro de estas asociaciones eclesiales que asuma
obras que lo aparten del vínculo que tiene con su
comunidad. Es oportuno, por ello, fijar siempre de común acuerdo
-entre los Obispos y las asociaciones- los términos del servicio
y presencia en cada Iglesia particular. Este reconocimiento de una
justa autonomía de vida y acción de las asociaciones y
movimientos eclesiales debe integrarse adecuadamente con las exigencias de una
comunión orgánica, según la naturaleza de la Iglesia, requerida por
una sana vida eclesial.
La autonomía
de vida a la que tienen derecho las asociaciones debidamente
reconocidas está protegida y normada por su derecho propio -es
decir sus Estatutos y normas propias-. Este derecho interno brota
de la experiencia eclesial de la asociación o movimiento confirmada
por la Iglesia. Una vez reconocido este derecho le corresponde
al Obispo tutelar el nuevo carisma. Para ello la autoridad
competente aprueba unas normas o Estatutos que deben regir la
vida de la asociación tanto interna -gobierno, forma de vida,
etc.- como externamente -su proyección y servicio apostólico-. La aprobación
de estos Estatutos es una garantía de eclesialidad y una
forma de tutelar los derechos de la nueva asociación y
de sus miembros.
3.3.Carisma y Jerarquía al servicio de la comunión
«El Espíritu Santo -indica el
Papa Juan Pablo II- no sólo confía diversos ministerios a
la Iglesia-Comunión, sino que también la enriquece con otros dones
e impulsos particulares, llamados carismas» (130). Se trata de dones
complementarios -los dones carismáticos y los dones jerárquico-ministeriales- suscitados por
un mismo Espíritu, con un mismo fin: la edificación de
la Iglesia. El carisma auténtico no sólo expresa y fomenta
la comunión y la unidad de la Iglesia, en la
rica pluralidad de sus expresiones de vida, sino que en
el fondo el don -carisma- por excelencia es la Iglesia
misma, signo e instrumento de comunión y reconciliación en Cristo.
El carisma no ha de
presentarse al margen de la Jerarquía, a quien le compete,
en comunión con el sucesor del apóstol San Pedro, ser
principio y fundamento de la unidad de la Iglesia. Como
se afirma en Puebla, los Obispos, sucesores de los Apóstoles,
constituyen «el centro visible donde se ata, aquí en la
tierra, la unidad de la Iglesia» (131). A los Pastores
sagrados les corresponde velar por la comunión en el Pueblo
de Dios. El Papa Juan Pablo II tocó el tema
en su importante Discurso inaugural de la IV Conferencia General
del Episcopado Latinoamericano celebrada en Santo Domingo: «En torno al
Obispo y en perfecta comunión con él tienen que florecer
las parroquias y comunidades cristianas como células pujantes de vida
eclesial» (132). En esa dinámica se sitúa la misión del
Obispo de estimular el «crecimiento de las asociaciones de los
fieles laicos en la comunión y misión de la Iglesia»
(133).
Al llevar a cabo
el proceso de discernimiento eclesial no se debe oponer jamás
la Jerarquía y los dones carismáticos. Como afirmó el Papa
Juan Pablo II en su importante mensaje a los movimientos
y asociaciones eclesiales reunidos en Rocca di Papa en 1987:
«Los dones carismáticos y los dones jerárquicos son distintos, pero
también recíprocamente complementarios» (134). En esa misma oportunidad citó el
Santo Padre dos pasajes de las cartas de San Pablo
que fundamentan y explicitan esta complementariedad. Como dice la Carta
a los Romanos, nosotros los cristianos, «siendo muchos, somos un
solo cuerpo en Cristo, pero cada miembro está al servicio
de los otros miembros» (Rm 12,5). Y en la Primera
Carta a los Corintios, se afirma cómo es que Dios
ha querido que «no hubiera escisiones en el cuerpo, antes
todos los miembros se preocupen por igual unos de otros»
(1 Cor 12,25), cada cual según su propia vocación y
función. Un claro signo de nuestro tiempo es el acento
de la comunión eclesial. Cobran hoy en día un especial
sentido histórico las palabras de nuestro Señor: «Éste es el
mandamiento mío: que os améis los unos a los otros
como yo os he amado» (Jn 15,12).
Como enseña el Papa Juan Pablo II, «en la
Iglesia, tanto el aspecto institucional, como el carismático... son coesenciales
y contribuyen a la vida, a la renovación, a la
santificación, aunque de modo diverso y de tal manera que
haya un intercambio y una comunión recíprocas: los Pastores de
la Iglesia son los "ecónomos de la gracia" (cf. LG,
26), que salva, purifica y santifica; guardan el "depósito" de
la Palabra de Dios y gobernando al Pueblo de Dios,
tienen también la responsabilidad de dar el juicio definitivo sobre
la autenticidad de los carismas (cf. LG, 12)» (135). La
Iglesia es una realidad jerárquica y carismática a una misma
vez, que tiene un aspecto visible y otro invisible. Podría
añadirse la cita de San Pablo que habla de los
cristianos, «edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas,
siendo la piedra angular Cristo mismo» (Ef 2,20).
Los movimientos y asociaciones congregan a los fieles
por impulso del Espíritu Santo, no por una mera motivación
humana. Leer esta rica realidad asociativa sin los ojos de
la fe es exponerse a desnaturalizar su verdadero sentido, cuyo
origen está en Dios mismo. La tendencia que se presentó
en algunos sectores después del Concilio Vaticano II de contraponer
carisma a Jerarquía constituyó un grave daño a la comunión
de la Iglesia. A tenor de esta situación el Papa
Juan Pablo II llamó la atención sobre esta falsa dicotomía
tan característica del pensar ideológico, e invitó a «evitar esa
lamentable contraposición entre carisma e institución, que tan nociva resulta
no sólo para la unidad de la Iglesia, sino también
para la credibilidad de su misión en el mundo, y
para la misma salvación de las almas» (136).
A los Obispos, como servidores de la
comunión y unidad de la Iglesia, les toca velar para
que la comunión no se resquebraje. «Ser responsables del don
de la comunión -dice el Papa Juan Pablo II- significa,
antes que nada, estar decididos a vencer toda tentación de
división y de contraposición que insidie la vida y el
empeño apostólico de los cristianos» (137). Todo aquello que de
alguna manera rompa esta comunión, ya sea en palabras -escritas
o dichas- o en hechos -acción u omisión- debe ser
objeto de especial preocupación pastoral por parte del Obispo. Es
éste un aspecto muy importante del papel del Pastor sagrado
como centro visible de la comunión de la Iglesia particular.
Como enseña el Papa Juan Pablo II, la vida de
comunión eclesial será «un signo para el mundo y una
fuerza atractiva que conduce a creer en Cristo... De este
modo la comunión se abre a la misión, haciéndose ella
misma misión» (138).
Si tienes alguna duda, conoces algún caso que quieras
compartir, o quieres darnos tu opinión, te esperamos en los
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otro lado de la pantalla, que agradecerá tus comentarios y
los enriquecerá con su propia experiencia.
NOTAS
105.S.S. Juan Pablo II, RMi,
18.
106.S.S. Juan Pablo II, ChL, 24.
107.S.S. Juan
Pablo II, Discurso a los miembros de la asamblea plenaria
del Pontificio Consejo para los Laicos, 14-V-1992, 2.
108.LG, 12.
Cf. también LG, 4 y AG, 4.
109.Cf. AG,
28; PO, 9.
110.AA, 3.
111.Cf. LG, 13;
AG, 22.
112.S.S. Juan Pablo II, Vita consecrata (VC),
4.
113.Cf. Unitatis redintegratio, 4; GS, 92.
114.Cf.
S.S. Juan Pablo II, ChL, 24.
115.Congregación para los
Obispos y Congregación para los Religiosos e Institutos Seculares, Mutuae
relationis, 14-V-1978, 11. Este documento, aunque se refiere a la
vida consagrada, ofrece criterios de orientación aplicables a todo el
fenómeno de la vida asociada en la Iglesia.
116.Cf. LG,
27; CD, 11; C.I.C., c. 381 § 1.
117.LG, 12.
Cf. AA, 3.
118.Cf. AA, 19.
119.Congregación para
los Obispos y Congregación para los Religiosos e Institutos Seculares,
Mutuae relationis, 14-V-1978, 12.
120.S.S. Juan Pablo II, ChL,
31.
121.AA, 21.
122.Cf. loc. cit.
123.Cf.
CD, 15.
124.Cf. C.I.C., c. 213.
125.Cf. S.S.
Juan Pablo II, RMi, 72.
126.Congregación para los Obispos
y Congregación para los Religiosos e Institutos Seculares, Mutuae relationis,
14-V-1978, 12.
127.Cf. C.I.C., c. 312 § 1.
128.Es decir, quienes las dirigen. Cf. por ejemplo para las
asociaciones públicas y privadas de fieles: C.I.C., cc. 309, 317,
321 y 324.
129.Cf. C.I.C., c. 129 § 2.
130.S.S. Juan Pablo II, ChL, 24.
131.Puebla, 247.
132.S.S. Juan Pablo II, Discurso inaugural en Santo Domingo, 12-X-1992,
25.
133.S.S. Juan Pablo II, ChL, 31.
134.S.S.
Juan Pablo II, Discurso a los participantes en el II
Coloquio internacional de los movimientos eclesiales, Rocca di Papa, 2-III-1987,
3.
135.Loc. cit.
136.Ib., 4.
137.S.S. Juan
Pablo II, ChL, 31.
138.Loc. cit.
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