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Autor: + Luis Bambarén Gastelumendi, S.J. | Fuente: Comisión Episcopal de Apostolado Laical, Perú 6. La nueva evangelización y las asociaciones y movimientos eclesiales
La tarea de la evangelización no es una mera estrategia pastoral; es una exigencia que brota del bautismo
6. La nueva evangelización y las asociaciones y movimientos eclesiales
6.1.Una renovada evangelización de cara a los nuevos tiempos
La llamada a una nueva evangelización,
nueva en su ardor, en sus métodos y en sus
expresiones que ha hecho el Papa Juan Pablo II constituye
un inmenso desafío para el Pueblo de Dios. Se trata
de impulsar un dinamismo evangelizador que profundice y renueve la
vida cristiana de los fieles e ilumine la convivencia social,
tratando de llevar el mensaje del Evangelio tanto a quien
habiendo recibido el bautismo se ha alejado de Dios, como
a quienes aún no han tenido la gracia de recibir
el don de la fe. Este nuevo empeño debe llevar
a evangelizar «no de una manera decorativa, como un barniz
superficial, sino de manera vital, en profundidad y hasta sus
mismas raíces la cultura y las culturas del hombre» (200).
El punto de partida de este
renovado impulso evangelizador es la certeza de que en Cristo
hay una «"inescrutable riqueza" (Ef 3,8), que no agota ninguna
cultura, ni ninguna época, y a la cual podemos acudir
siempre los hombres para enriquecernos» (201). Se trata de renovar
nuestro compromiso y nuestra presentación del único Evangelio de donde
siempre se «pueden sacar luces nuevas para los problemas nuevos»
(202). Es una invitación a enfrentar con renovado ímpetu los
nuevos desafíos que se están presentando para ofrecerles la permanente
novedad del Evangelio del Señor Jesús.
Cuando el Papa Juan Pablo II convocó a emprender
una nueva evangelización pidió a todo el Pueblo de Dios
que se movilizara. Ningún bautizado debe quedar al margen de
este inmenso desafío, cada cual desde su vocación, circunstancia y
estado de vida (203), individual y asociadamente (204), puesto que
todos en la Iglesia debemos cooperar decididamente en la tarea
común (205). Como señala el Romano Pontífice, «a nadie le
es lícito permanecer ocioso» en esta «magnífica y dramática hora
de la historia ante la inminente llegada del Tercer Milenio»
(206). Los laicos tienen en esta nueva etapa de la
historia una enorme responsabilidad. Como en otros momentos del bimilenario
peregrinar de la Iglesia, los laicos deben asumir su lugar
en esta gesta misionera. La historia guarda memoria del testimonio
de fieles laicos que desde los primeros tiempos anunciaron con
ardor el Evangelio de Cristo en los diversos ambientes y
circunstancias, llegando incluso muchos a dar la vida por la
causa del Reino de Dios.
La
invitación a que todos los hijos de la Iglesia se
comprometan con la tarea de la evangelización no es una
mera estrategia pastoral; es una exigencia que brota del bautismo.
La enseñanza del Concilio Vaticano II lo destaca de manera
singular: «...se impone a todos los cristianos la obligación gloriosa
de colaborar para que todos los hombres, en todo el
mundo, conozcan y acepten el mensaje divino de salvación» (207).
El Papa Pablo VI lo ponía de manifiesto comentando las
enseñanzas conciliares sobre el ser y misión del laico: «¿Y
qué diremos del apostolado de los seglares? Este apostolado es
una vocación, y por ello es libre, pero moralmente es
un deber. Una de las verdades afirmadas con mayor energía,
es ésta: la participación en la misión de la Iglesia
está abierta a todos los cristianos, hijos suyos; abierta, pero
obligatoria» (208). El Papa Juan Pablo II indica también: «La
necesidad de que todos los fieles compartan tal responsabilidad no
es sólo cuestión de eficacia apostólica, sino de un deber-derecho
basado en la dignidad bautismal, por la cual "los fieles
laicos participan, según el modo que les es propio, en
el triple oficio -sacerdotal, profético y real- de Jesucristo"» (209).
La nueva evangelización surge, pues,
como una respuesta de todo el Pueblo de Dios a
los nuevos desafíos y a las nuevas situaciones de nuestro
tiempo y cultura. Santo Domingo, recogiendo las enseñanzas de Juan
Pablo II, señala que es algo operativo y dinámico: «Es
ante todo una llamada a la conversión (cf. S.S. Juan
Pablo II, Discurso inaugural, 1) y a la esperanza, que
se apoya en las promesas de Dios y que tiene
como certeza inquebrantable la Resurrección de Cristo, primer anuncio y
raíz de toda evangelización, fundamento de toda promoción humana, principio
de toda auténtica cultura cristiana (cf. ib., 25). Es también
un nuevo ámbito vital, un nuevo Pentecostés (cf. ib., 30-31)
donde la acogida del Espíritu Santo hará surgir un pueblo
renovado constituido por hombres libres conscientes de su dignidad (cf.
ib., 19) y capaces de forjar una historia verdaderamente humana.
Es el conjunto de medios, acciones y actitudes aptos para
colocar el Evangelio en diálogo activo con la modernidad y
lo post-moderno, sea para interpelarlos, sea para dejarse interpelar por
ellos» (210).
6.2.Desafíos de la cultura adveniente
¿Cuáles son los desafíos en nuestro medio de este
tiempo que algunos han llamado post-modernidad? Quizá el punto principal
sea el proceso de descristianización de nuestra sociedad, tradicionalmente católica,
que está alcanzado niveles inimaginables hace unos años. Se descubre
en muchos bautizados un abandono de una vida verdaderamente cristiana,
agudizándose así la ruptura entre fe y vida; de ahí
que se hable de los bautizados alejados (211).
A la luz de la situación actual
son dramáticamente actuales las palabras de la constitución pastoral Gaudium
et spes: «...muchedumbres cada vez más numerosas se alejan prácticamente
de la religión. Negar a Dios o la religión, o
bien prescindir de ellos, no constituye ya, como en épocas
anteriores, algo insólito e individual; hoy en día aparecen muchas
veces casi como exigencias del progreso científico y de un
cierto humanismo nuevo. En muchas regiones, estas actitudes se encuentran
expresadas no sólo en las opiniones de los filósofos, sino
que afectan también profundamente a las letras, las artes, la
interpretación de las ciencias humanas y de la historia e
incluso a las mismas leyes civiles, no sin la consiguiente
turbación de muchos» (212).
Se
está así difundiendo una suerte de agnosticismo funcional, que muchas
veces no niega directamente a Dios, sino que prescinde de
Él en la vida diaria. En muchos casos se actúa
simplemente como si no existiera. Se ignora además toda referencia
a una norma moral objetiva, cayéndose a menudo en un
total relativismo. Es una especie de reedición del deísmo de
la Ilustración sólo que con características mucho más graves, tanto
por la manera sutil de difundirse como por la amplitud
de ámbitos de la vida del ser humano que van
siendo invadidos por estas actitudes. Juega un papel muy importante
aquí el llamado secularismo en sus distintas y complejas expresiones
(213). El Papa Juan Pablo II en su carta apostólica
Tertio millennio adveniente manifiesta su preocupación sobre el particular: «¿Cómo
callar, por ejemplo, ante la indiferencia religiosa que lleva a
muchos hombres de hoy a vivir como si Dios no
existiera o a conformarse con una religión vaga, incapaz de
enfrentarse con el problema de la verdad y con el
deber de la coherencia? A esto hay que añadir aún
la extendida pérdida del sentido trascendente de la existencia humana
y el extravío en el campo ético...» (214).
Esto, entre otras cosas, ha ido generando
una paulatina pero creciente marginación de la Iglesia de los
espacios públicos, causada en gran medida por la difusión del
secularismo y la mentalidad consumista que se propaga a través
de la ideología liberal -ahora remozada después del fracaso del
llamado socialismo real-. Así, algunos pretenden una suerte de cristianismo
sin Iglesia -para éstos la Iglesia no sería necesaria para
lograr un nivel "desarrollado" de vida espiritual y de "conexión
con lo divino"-. O, si se acepta a la Iglesia,
se pretende reducirla al ámbito subjetivo y personal de cada
cual. De esta manera se quiere convertir a la Iglesia
en algo privado y opcional, sin ninguna incidencia en la
vida pública social y cultural de los pueblos.
Paralelamente a lo dicho, se difunden todo tipo
de sectas que practican un proselitismo agresivo. En muchos aspectos
ofrecen un supuesto espacio de encuentro con Dios y de
experiencia de fe, generándose así un peligroso espejismo. Debemos reconocer
con pena que en muchos casos estas sectas se introducen
a partir de vacíos que los hijos de la Iglesia
hemos dejado. Descubrimos la triste situación de algunos bautizados que
terminan buscando en dichas sectas lo que debieron encontrar en
la Iglesia y quizá no supimos presentar. Cabría preguntarse si
el sesgo sociologizante que asumieron algunos en las décadas pasadas
no ha restado fuerza para el anuncio del Evangelio.
Han crecido también en los últimos tiempos
todo tipo de grupos esotéricos que ofertan supuestos caminos de
apertura a lo espiritual. Se mezclan en ellos el recurso
a lo mágico y a lo fantástico, con la "promesa"
de métodos de felicidad y crecimiento espiritual que hacen uso
indiscriminado e irresponsable de un cierto sicologismo. Se difunden en
una línea semejante grupos y métodos que vienen del Oriente.
Se debe mencionar también propuestas como las del new age,
que en muchos sentidos viene a ser una penosa reedición
del gnosticismo. En estas expresiones y grupos se llega a
una suerte de religión sin Cristo, y, más aún, a
un espiritualismo sin trascendencia.
Frente a
esta situación se presenta como una exigencia de fidelidad a
Dios el compromiso por promover un profundo y radical programa
de nueva evangelización. Ésa es la gran misión para el
Pueblo de Dios de cara al Tercer Milenio. El núcleo
de esa nueva evangelización no puede ser otro que el
testimonio de vida que surge de una conversión a Jesucristo,
que va creciendo cada día más con la fuerza de
la gracia. Santo Domingo ha subrayado este elemento nuclear de
la vida de la Iglesia señalando que Jesucristo es el
contenido central de la nueva evangelización. Jesucristo, «Evangelio del Padre»,
es quien «rompe el horizonte estrecho en que el secularismo
encierra al hombre, le devuelve su verdad y dignidad de
hijo de Dios y no permite que ninguna realidad temporal,
ni los estados, ni la economía, ni la técnica se
conviertan para los hombres en la realidad última a la
que deban someterse» (215).
La nueva
evangelización necesita de hombres y mujeres, de toda edad y
estado, que puedan dar testimonio en primera persona de Jesucristo
salvador y evangelizador. Personas que puedan hablar de Él porque
se han encontrado con Él. Personas que vivan coherentemente las
consecuencias de su bautismo en la vida cotidiana. Personas que
muestren con su vida la riqueza de la fe en
el Señor Jesús, y que pongan de manifiesto que esta
fe nos ofrece la posibilidad de una vida verdaderamente humana.
Personas que puedan mostrar la fuerza transformadora del amor. De
esta manera, por el testimonio y el anuncio de la
persona de Jesucristo con la propia vida, se hará más
comprensible para el hombre actual la Buena Nueva y se
podrá construir una cultura verdaderamente humana, una cultura cristiana.
6.3.Comunidades
evangelizadas y evangelizadoras
Para ello tenemos
necesidad de comunidades donde se viva con radicalidad la vida
cristiana y donde se fortalezca el compromiso con el Señor.
Comunidades que además puedan traducir en la vida cotidiana la
fuerza de liberación y reconciliación que nos trae el Evangelio
y pongan de manifiesto el misterio de comunión evangelizadora que
es la Iglesia. Comunidades que, abiertas al impulso del Espíritu
Santo, puedan hablarle al hombre actual en su lenguaje y
sepan afrontar de manera crítica y creativa los desafíos de
la compleja cultura adveniente. Comunidades, en suma, que puedan ser
fermento en la masa (cf. 1 Cor 5,6) y puedan
llegar a aquellos ambientes que están alejados del Evangelio de
Cristo. Ante los grandes desafíos de los tiempos actuales se
debe tomar conciencia de lo que enseña el Papa Juan
Pablo II: «La gran tarea en el momento actual es
la de favorecer la renovada evangelización y reconciliación de vuestras
Iglesias locales, para que así evangelizadas y reconciliadas sean a
su vez evangelizadoras y reconciliadoras de todos cuantos lo necesitan
(cf. Evangelii nuntiandi, 13; Reconciliatio et paenitentia, 8)» (216).
Dentro de esta perspectiva, los movimientos y
asociaciones eclesiales ofrecen una singular y rica ocasión de renovación.
La vitalidad que han demostrado plantea un horizonte lleno de
posibilidades que debe germinar para bien de todo el Pueblo
de Dios. Por lo demás, ya se ven frutos concretos
que son elocuente manifestación de lo que se está suscitando
en muchas de estas comunidades, tanto en lo que se
refiere a la formación y coherencia de vida como en
la proyección misionera en la sociedad actual a través de
nuevas maneras de anunciar el mismo y único Evangelio, como
también en la solidaridad social desde el Señor. De ahí
que el Papa Juan Pablo II destaque a menudo el
importante papel que deben desempeñar en el compromiso de la
nueva evangelización. En su encíclica Redemptoris missio afirma: «...los movimientos
representan un verdadero don de Dios para la nueva evangelización
y para la actividad misionera propiamente dicha» (217).
El Papa Pablo VI destacaba en su
tiempo el florecimiento de la vida asociada y el singular
aporte que hacían las asociaciones y movimientos eclesiales en el
Pueblo de Dios: «También se ha hecho necesario buscar -y
ello es una suerte de nuestro tiempo- un testimonio colectivo
por parte de los cristianos, adaptado a la edad, al
ambiente y a los medios sociales y profesionales, en una
palabra, a las múltiples realidades de la vida. De esta
necesidad han surgido numerosos movimientos que sostienen el apostolado de
sus miembros por medio de intercambios, de revisión de vida
en común, de objetivos madurados y realizados comunitariamente. Más aún,
recientemente estos movimientos han adquirido el carácter de universalidad que
es propio de la Iglesia católica y responde a las
necesidades de un mundo cada vez más unificado: se han
hecho internacionales» (218).
Las asociaciones
y movimientos eclesiales se están manifestando como uno de los
medios de enorme fecundidad con los que cuenta la Iglesia
para afrontar los desafíos evangelizadores del presente. Frente a la
preocupación del porqué del abandono de tantos cristianos de una
vida de fe activa y coherente con su bautismo, constituyen
ciertamente una esperanza para el Pueblo de Dios que hace
presagiar nuevos tiempos de crecimiento en la fe. En Santo
Domingo se dice con mucho acierto: «Como respuesta a las
situaciones de secularismo, ateísmo e indiferencia religiosa y como fruto
de la aspiración y necesidad de lo religioso (cf. S.S.
Juan Pablo II, ChL, 4), el Espíritu Santo ha impulsado
el nacimiento de movimientos y asociaciones de laicos que han
producido ya muchos frutos en nuestras Iglesias» (219).
El impulso misionero y en muchos aspectos la
audacia evangelizadora que manifiestan los lleva a insertarse en ambientes
que a menudo están alejados del radio de acción de
las instancias pastorales tradicionales. Su misma conformación, mayoritariamente laical, les
permite una presencia en medio de los quehaceres de la
sociedad, desde los más cotidianos hasta los más especializados, pasando
por ámbitos tan importantes como la vida pública y los
medios de comunicación social. La pastoral en las ciudades -que
tiene tantas dificultades- puede encontrar en los movimientos instrumentos muy
eficaces, como lo ha destacado Santo Domingo (220).
El dinamismo comunitario que generan los convierte
también en ámbitos de comunión y participación tanto para la
vida de la Iglesia como para la sociedad en general.
Más aún, a la luz de las experiencias de los
últimos años, se puede decir que la promoción de la
vida asociada de los fieles fortalece espacios de participación social
y cultural en los pueblos. Estos espacios vienen siendo ámbitos
naturales de defensa de la dignidad y los derechos del
ser humano -como se ha podido ver en la promoción
de la justicia y la defensa de la vida-.
Los movimientos y asociaciones se han constituido
asimismo en espacios naturales de convocatoria de la juventud. El
Santo Padre lo ha destacado con claridad: «Hablando del futuro
no se puede olvidar a los jóvenes, que en numerosos
países representan ya más de la mitad de la población.
¿Cómo hacer llegar el mensaje de Cristo a los jóvenes
no cristianos, que son el futuro de Continentes enteros? Evidentemente
ya no bastan los medios ordinarios de la pastoral; hacen
falta asociaciones e instituciones, grupos y centros apropiados, iniciativas culturales
y sociales para los jóvenes. He ahí un campo en
el que los movimientos eclesiales modernos tienen amplio espacio para
trabajar con empeño» (221). Santo Domingo, en una línea análoga,
señala al asociacionismo juvenil como una de las características positivas
de la Iglesia en nuestro continente: «Cada vez son más
los que se congregan en grupos, movimientos y comunidades eclesiales
para orar y realizar distintos servicios de acción misionera y
apostólica» (222). Los movimientos y asociaciones son un espacio muy
adecuado para la educación en la fe de los jóvenes,
así como para el crecimiento en la vida cristiana y
en la maduración de la propia vocación (223).
Otro de los aspectos en el que
destacan las asociaciones y movimientos es la valoración de la
mujer. En ellos se descubre una gran cantidad de ocasiones
y ámbitos de participación femenina. Esto se da tanto en
el campo eclesial propiamente, como en los diversos campos sociales
y culturales. La valoración de su dignidad como hija de
Dios y el reconocimiento de sus particulares dones, son característicos
de muchas comunidades en las cuales la mujer ocupa roles
centrales.
También se debe destacar
el espacio que significan los movimientos y asociaciones en relación
a la pastoral familiar (224). Algunos movimientos se han orientado
incluso específicamente hacia este importante ámbito de la vida de
la sociedad y de la Iglesia. Como una de las
fronteras de la nueva evangelización, la familia debe ocupar un
lugar central en la pastoral de la Iglesia. En ella,
como primera comunidad evangelizadora, se forja el futuro de la
humanidad y, en cierto sentido, también de la respuesta a
la gracia de Dios en la Iglesia. El Papa Juan
Pablo II ha destacado el aporte de las asociaciones y
movimientos eclesiales en relación a la familia: «...se han de
reconocer y valorar -cada una según las características, finalidades, incidencias
y métodos propios- las varias comunidades eclesiales, grupos y movimientos
comprometidos de distintas maneras, por títulos y a niveles diversos,
en la pastoral familiar» (225). Santo Domingo también lo ha
señalado: «Los movimientos apostólicos que tienen por objetivo el matrimonio
y la familia pueden ofrecer apreciable cooperación a las Iglesias
particulares, dentro de un plan orgánico integral» (226).
Ligada a la pastoral familiar está la
defensa de la vida, verdadero desafío en la sociedad actual.
En efecto, la familia, como santuario de la vida, es
el ámbito natural de protección y promoción de la vida;
en ella se educa a valorarla según el designio de
Dios. Pero no es el único ámbito. Las asociaciones y
movimientos eclesiales también han demostrado una especial involucración en la
defensa de la vida y la promoción de una maternidad
y paternidad responsables (227). En nuestro medio hemos sufrido el
embate de las corrientes anti-vida. Los miembros de las asociaciones
y movimientos han demostrado cómo cada cual, desde su particular
competencia, puede aportar mucho en la orientación de las personas.
Así, por ejemplo, hemos visto cómo se han unido en
un mismo esfuerzo y dinamismo apostólico la profesionalidad de un
médico y la competencia jurídica de un abogado, con la
presencia ministerial de un sacerdote, para defender y promover el
respeto por la vida humana, desde su concepción hasta su
muerte natural. Se pone de manifiesto aquí el fértil campo
para el crecimiento y difusión de la fe que significan
las asociaciones y movimientos eclesiales en relación a los distintos
campos profesionales -como el de la medicina (228) o el
de las leyes, por mencionar sólo dos de los muchos-.
Las asociaciones y movimientos vienen siendo
igualmente instrumentos privilegiados de solidaridad y compromiso efectivo y afectivo
con los más necesitados. Como comunidades organizadas canalizan las muestras
de solidaridad y hacen efectivo el servicio a quienes padecen
situaciones que amenazan su dignidad humana, en aquellos en quienes
se descubre los rasgos del Cristo sufriente: los pobres, los
enfermos, los marginados, los huérfanos, las viudas, los minusválidos, los
exiliados, los encarcelados. A través de ellos se pueden generar
espacios de compromiso en los que se promueva el desarrollo
integral. Las muestras de solidaridad que se han hecho patentes
han sido muchas. A través de la acción silenciosa pero
efectiva de numerosos miembros de movimientos se ha impulsado una
verdadera y fecunda corriente de solidaridad (229). En la acción
de muchos movimientos se pone de manifiesto de manera concreta,
al margen de toda ideologización, la armonía entre evangelización y
promoción humana.
La misión ad gentes
también tiene en los movimientos un importante soporte (230). «En
la actividad misionera -señala el Papa Juan Pablo II- hay
que revalorar las varias agrupaciones del laicado, respetando su índole
y finalidades: asociaciones del laicado misionero, organismos cristianos y hermandades
de diverso tipo; que todos se entreguen a la misión
ad gentes y la colaboración con las Iglesias locales» (231).
Su capacidad de adaptación y movilidad los hace comunidades ideales
para situarse en puestos de frontera en donde se está
impulsando la plantatio Ecclesiae (232). Ya se han visto, por
ejemplo, significativas experiencias de familias misioneras pertenecientes a movimientos y
asociaciones eclesiales que han dejado sus pueblos natales para salir
a anunciar el Evangelio a otras tierras. Los movimientos ofrecen,
además del dinamismo y entusiasmo evangelizador, el ámbito para la
formación, el soporte humano y material, el espacio comunitario, para
sostener el compromiso misionero.
En
el campo de la formación y la catequesis les corresponde
una participación activa. Las asociaciones y movimientos son espacios singularmente
apropiados para la educación en la fe de la Iglesia
(233). El Papa Juan Pablo II lo puso de manifiesto
en la Catechesi tradendae, mencionándolos dentro de los ámbitos naturales
de formación en la fe. Dirigiéndose a las asociaciones, movimientos
y agrupaciones de fieles, y luego de alentarlos, precisó que
«toda asociación de fieles en la Iglesia debe ser, por
definición, educadora de la fe» (234). Debe destacarse la enorme
creatividad que vienen evidenciando muchas de estas experiencias asociativas en
el campo de la catequesis y la formación a través
de nuevos métodos y medios eclesiales.
No puede dejar de mencionarse el fructífero ámbito que
vienen siendo las asociaciones para el crecimiento espiritual. En efecto,
son numerosos los movimientos y asociaciones donde se han desarrollado
singulares iniciativas comunitarias en las que la vida espiritual y
sacramental han encontrado un sólido apoyo. El Papa Juan Pablo
II mencionaba como una señal muy alentadora de las nuevas
iniciativas de estos tiempos el hecho de que «en estos
años va aumentando también el número de personas que, en
movimientos o grupos cada vez más extendidos, dan la primacía
a la oración y en ella buscan la renovación de
la vida espiritual. Éste es un síntoma significativo y consolador,
ya que esta experiencia ha favorecido realmente la renovación de
la oración entre los fieles que han sido ayudados a
considerar mejor el Espíritu Santo, que suscita en los corazones
un profundo anhelo de santidad» (235).
Unido al tema de la vida espiritual se debe
destacar un hecho muy reconfortante: la intensa devoción a la
Virgen María que se descubre en la mayoría de las
asociaciones y movimientos. El amor filial a la Madre del
Señor es un rasgo de auténtica eclesialidad que ha encontrado
una nueva tierra fértil (236). Es una devoción que une
la vida espiritual con la sacramental (237), y que resulta
ser impulso para el compromiso apostólico y solidario. María es
para las asociaciones y movimientos motivo de alegría y fuente
de inspiración. A Ella acuden como la estrella de la
evangelización, y bajo su manto se cobijan como la Madre
de la Iglesia y de los pueblos de América Latina
(238).
Otro aspecto que encuentra una
sugerente plasmación es la dimensión de universalidad de la Iglesia.
Es notorio que en los últimos tiempos los pueblos se
están acercando cada vez más a partir del desarrollo de
la tecnología. Incluso se ha llegado a hablar de un
proceso de "globalización". Más allá del alcance de este fenómeno
es un hecho que se está desarrollando la comunicación y
la interacción entre los pueblos de manera impresionante. Este fenómeno
está generando cambios profundos que afectarán a los seres humanos
a nivel planetario. A la luz de esta situación parece
conveniente reforzar la conciencia de la dimensión universal de la
fe en Jesucristo. Las asociaciones y movimientos internacionales ofrecen a
las Iglesias locales un sugestivo aporte en este importante aspecto.
Se debe mencionar también las respuestas
que están empezando a dar algunos movimientos y asociaciones a
los desafíos que las nuevas tecnologías vienen planteando. En una
sociedad que experimenta cambios profundos en la cultura por efecto
de los medios de comunicación social es muy importante que
la Iglesia salga al frente y asuma el reto de
orientar el proceso de cambio de paradigmas culturales. Como señala
el Santo Padre: «La Iglesia tiene que utilizar los nuevos
recursos facilitados por la investigación humana en la tecnología de
computadoras y satélites para su cada vez más urgente tarea
de evangelización» (239). El umbral del Tercer Milenio, que queremos
con el Papa Juan Pablo II que sea un umbral
de la esperanza, nos sitúa ante nuevos desafíos que afectarán
profundamente a la humanidad. Los movimientos se presentan también aquí
como una promesa para orientar, discernir y asumir los desafíos
de la cultura adveniente.
Son todavía
muchos más los campos que se podrían incluir en esta
enumeración, como por ejemplo la educación (240) y el ecumenismo
(241). En ellos, como en los casos mencionados, los movimientos
y asociaciones eclesiales vienen ofreciendo un sugerente aporte.
Si tienes alguna duda,
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que agradecerá tus comentarios y los enriquecerá con su propia
experiencia.
NOTAS
200.S.S. Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 20.
201.S.S. Juan
Pablo II, Discurso inaugural en Santo Domingo, 12-X-1992, 6.
202.Santo Domingo, 24.
203.Cf. AA, 33.
204.Cf.
S.S. Juan Pablo II, RMi, 2.
205.Cf. LG,
30; AA, 2-4; AG, 6, 23, 28, 36. Es ésta
una preocupación que ha sido puesta de manifiesto por los
últimos Romanos Pontífices de manera clara. Por ejemplo Pío XII
afirmaba: «...todos los fieles están llamados a colaborar según sus
posibilidades en este apostolado (de la Iglesia)» (S.S. Pío XII,
Scoutismo, 6-VI-1952, 1). Cf. también Catecismo de la Iglesia Católica,
863.
206.S.S. Juan Pablo II, ChL, 3. Cf.
S.S. Juan Pablo II, Tertio millennio adveniente (TMA).
207.AA, 3.
208.S.S. Pablo VI, Ser y misión del
laicado según el Concilio, 11-VIII-1971.
209.S.S. Juan Pablo
II, RMi, 71.
210.Santo Domingo, 24.
211.Cf. Santo Domingo, 129ss.
212.GS, 7.
213.Cf. S.S.
Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 55.
214.S.S. Juan Pablo II,
TMA, 36.
215.Santo Domingo, 27.
216.S.S. Juan
Pablo II, Discurso a los Obispos peruanos en visita ad
Limina, 29-IX-1989, 3.
217.S.S. Juan Pablo II, RMi,
72. Razón por la cual el Santo Padre afirma: «...recomiendo
difundirlos y valerse de ellos para dar nuevo vigor, sobre
todo entre los jóvenes, a la vida cristiana y a
la evangelización, con una visión pluralista de los modos de
asociarse y de expresarse» (loc. cit.).
218.S.S. Pablo
VI, El apostolado de los laicos en la Iglesia, 2-X-1974.
219.Santo Domingo, 102.
220.Cf. Santo Domingo,
259.
221.S.S. Juan Pablo II, RMi, 37. Cf.
también Juan Pablo II, Carta apostólica a los jóvenes y
a las jóvenes del mundo con ocasión del Año Internacional
de la juventud, 31-III-1985, 14; Congregación para la Educación Católica,
Dimensión religiosa de la educación en la escuela católica, 7-IV-1988,
21.
222.Santo Domingo, 112.
223.Cf. Juan
Pablo II, PDV, 41 y 68.
224.Cf. AA,
11.
225.S.S. Juan Pablo II, Familiaris consortio, 72.
Cf. también los nn. 66, 85 y 86.
226.Santo Domingo, 222.
227.Cf. S.S. Juan Pablo II, Carta
a las familias, 23.
228.Cf. S.S. Juan Pablo II,
Evangelium vitae, 26.
229.Cf. S.S. Juan Pablo II,
RMi, 78.
230.Cf. Santo Domingo, 125.
231.S.S. Juan Pablo II, RMi, 72.
232.Cf. S.S.
Juan Pablo II, RMi, 49.
233.Cf. AA, 30.
234.S.S. Juan Pablo II, Catechesi tradendae, 70.
235.S.S. Juan Pablo II, Dominum et vivificantem, 65.
236.Cf. S.S. Pablo VI, Marialis cultus, 51.
237.Cf.
por ejemplo S.S. Juan Pablo II, Redemptoris Mater, 44.
238.Cf. Puebla, 168.
239.S.S. Juan Pablo II,
Mensaje para la XXIV Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales,
24-I-1990.
240.Cf. Congregación para la Educación Católica, El laico
católico testigo de la fe en la escuela, 15-X-1982, 75.
241.Cf. S.S. Juan Pablo II, Ut unum sint,
73.
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