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Acción pastoral de los laicos | categoría
Adoración Eucarística | tema
Autor: José María Iraburu | Fuente: mercaba.org
La devoción eucarística después del Vaticano II
Hoy se hace necesario en el cristianismo elegir entre secularización y sacralidad
 
La devoción eucarística después del Vaticano II
La devoción eucarística después del Vaticano II

La piedad eucarística es en este siglo una parte integrante de la espiritualidad cristiana común. Por eso San Pío X no hace sino afirmar una convicción general cuando dice:

«Todas bellas, todas santas son las devociones de la Iglesia Católica, pero la devoción al Santísimo Sacramento es, entre todas, la más sublime, la más tierna, la más fructuosa» (A la Adoración Nocturna Española 6-VII-1908).

¿Y después del Vaticano II? La gran renovación litúrgica impulsada por el Concilio también se ha ocupado de la piedad eucarística.

Concretamente, el Ritual de la sagrada comunión y del culto a la Eucaristía fuera de la Misa es una realización de la Iglesia postconciliar. Antes no había un Ritual, y la devoción eucarística discurría por los simples cauces de la piadosa costumbre. Ahora se ha ordenado por rito litúrgico esta devoción.

Por otra parte, en el Ritual de la dedicación de iglesias y de altares, de 1977, después de la comunión, se incluye un rito para la «inauguración de la capilla del Santísimo Sacramento». Antes tampoco existía ese rito. Es nuevo.

Son éstos, sin duda, gestos importantes de la renovación litúrgica postconciliar. Y los recientes documentos magistrales sobre la adoración eucarística que hemos recordado, más explícitamente todavía, nos muestran el gran aprecio que la Iglesia actual tiene por esta devoción y este culto. Por eso, si la doctrina y la disciplina de la Iglesia ha querido en nuestro tiempo podar el árbol de la piedad eucarística, lo ha hecho ciertamente a fin de que crezca más fuerte y dé aún mejores y más abundantes frutos.

Y por eso aquéllos que, en vez de podar el árbol de la devoción al Sacramento, lo cortan de raíz se están alejando de la tradición católica y, sin saberlo normalmente, se oponen al impulso renovador de la Iglesia actual.

Ya en 1983 observaba Pere Tena: «sabemos y constatamos cómo en muchos lugares se ha silenciado absolutamente el sentido espiritual de la oración personal ante el santísimo sacramento, y cómo esto, juntamente con la supresión de las procesiones eucarísticas y de las exposiciones prolongadas, se considera como un progreso» (209). En esta línea, podemos añadir, hay parroquias hoy que no tienen custodia, y en las que el sagrario, si existe, no está asequible a la devoción de los fieles.

La supresión de la piedad eucarística no es un progreso, evidentemente, sino más bien una decadencia en la fe, en la fuerza teologal de la esperanza y en el amor a Jesucristo. Y no parece aventurado estimar que entre la eliminación de la devoción eucarística y la disminución de las vocaciones sacerdotales y religiosas existe una relación cierta, aunque no exclusiva.

Juan Pablo II, en su exhortación apostólica Dominicæ Coenæ, no sólamente manifiesta con fuerza su voluntad de estimular todas las formas tradicionales de la devoción eucarística, «oraciones personales ante el Santísimo, horas de adoración, exposiciones breves, prolongadas, anuales -las cuarenta horas-, bendiciones y procesiones eucarísticas, congresos eucarísticos», sino que afirma incluso que «la animación y el fortalecimiento del culto eucarístico son una prueba de esa auténtica renovación que el Concilio se ha propuesto y de la que es el punto central».

Y es que «la Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las graves faltas y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración» (3).


Secularización o sacralidad

Hoy se hace necesario en el cristianismo elegir entre secularización y sacralidad.

-El cristianismo secularizado, de claras raíces nestorianas y pelagianas, deja en la duda la divinidad de Jesús y la virginidad de María, busca la salvación en el hombre mismo, ignorando la necesidad de la fe y de la gracia para la salvación, olvida la vida eterna, y aleja al pueblo cristiano de la Misa y de los sacramentos, especialmente del sacramento de la penitencia.

Este «cristianismo», por supuesto, suprime la adoración eucarística, vacía los templos, y consigue así tenerlos cerrados. De este modo evita que los cristianos se pierdan en pietismos alienantes, y fomenta que vayan entre los hombres, que es donde deben estar.

Hoy es bien conocido este falso cristianismo (+Iraburu, Sacralidad y secularización, Fundación GRATIS DATE, Pamplona 1996): falsifica la acción misionera, niega la necesidad de la Iglesia, elimina la finalidad sobrenatural de las obras misioneras y educativas, caritativas y asistenciales, y secularizando todo en un horizontalismo inmanentista, acaba, claro está, con las vocaciones sacerdotales y religiosas.

-El cristianismo sagrado, por el contrario, el bíblico y tradicional, el propugnado por el Magisterio apostólico, confiesa firmemente a Cristo como verdadero Dios y verdadero hombre, afirma que su gracia es en absoluto necesaria para el hombre, y que su presencia en la Eucaristía, real y verdadera, debe ser adorada.

Los cristianos, en este verdadero cristianismo, permanecen en el mismo Señor Jesucristo, como sarmientos en la Vid santa, y se unen a él por el amor servicial y la oración, por la penitencia sacramental, y muy especialmente por la celebración y la adoración de la Eucaristía. Ésta es la Iglesia que, centrada en el Mysterium fidei, florece en vocaciones, en familias cristianas y en innumerables obras misioneras y educativas, sociales, culturales y asistenciales.

Escuchemos, pues, de nuevo a Juan Pablo II (Dominicæ Coenæ 3): «La animación y el fortalecimiento del culto eucarístico son una prueba de esa auténtica renovación que el Concilio se ha propuesto, y de la que es el punto central. La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico».



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