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Autor: Juan Cardenal Sandoval Íñiguez | Fuente: Congreso Eucarístico Queremos ver tu rostro Señor
Meditaciones sobre la Eucaristía
Así como aquellos peregrinos griegos que acudieron a Jerusalén para
la celebración pascual le dijeron a Felipe que querían ver
a Jesús, (cfr. Jn 12,21) también los hombres de nuestro
tiempo, quizás no siempre en forma consciente, piden a los
cristianos de hoy no sólo que les hablemos de Jesús,
sino en cierto modo hacérselos ver. ¡Esta es precisamente la
tarea de la Iglesia!: reflejar la luz de Cristo en
cada época de la historia y hacer resplandecer también su
rostro ante las generaciones del nuevo milenio.
Pero no podremos cumplir
con tal cometido si no somos los primeros contempladores del
rostro de Cristo (cfr. NMI 16). Por consiguiente, es indispensable
que primero vivamos la experiencia que nos expresa el apóstol
Juan: "Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos,
para que también vosotros estéis en comunión con nosotros" (1Jn
1,3).
8 ¿Cómo podemos, hoy, ver y contemplar esa Vida, luz
de los hombres (cfr. Jn 1,4) que se nos ha
manifestado? Gracias a la Encarnación del Hijo de Dios (cfr.
NMI 22), Cristo se ha hecho visible, ha puesto su
morada entre nosotros (cfr. Jn 1,14). Gracias a ello, los
Apóstoles pudieron contemplar en el rostro humano de Jesús el
rostro del Padre, sobre todo al ser testigos de sus
múltiples signos y señales (cfr. Jn 20,30-31; cfr. NMI 24).
Contemplaron también el rostro doliente de Cristo, expuesto en la
Cruz, Misterio en el misterio, ante el cual el ser
humano ha de postrarse en adoración (cfr. NMI 25). Y,
sobre todo, contemplaron el rostro del Resucitado (cfr. NMI 28)
que les devolvió toda la paz y la alegría perdidas
(cfr. Lc 24,36-43). Todo esto lo experimenta la Iglesia en
la contemplación del misterio Eucarístico.
Pues es ahí donde nos encontramos
diariamente con ese Jesús, Dios y hombre verdadero; ahí mismo
se actualizan, en forma incruenta, su pasión y su muerte;
finalmente, ahí nos encontramos con Jesús resucitado, Pan de vida
eterna, prenda de nuestra resurrección.
9 Jesús es luz y vida
(cfr. Jn 8,18). Por tanto, urge se busquen los medios
adecuados para que su Palabra se proclame y su Eucaristía
sea frecuentada en las comunidades eclesiales, y desde ahí trascienda
a todos los ámbitos de la sociedad, como fermento de
una nueva civilización.
Creemos en la presencia real de Jesús en
la Eucaristía
10 ¿Podemos encontrarnos realmente con Jesús en la Eucaristía?
A partir de la Última Cena (cfr. Mt 26, 17ss;
Lc 22,15), la Iglesia cree en la presencia real del
Cuerpo y de la Sangre de Cristo, con su alma
y divinidad, en las especies del pan y del vino:
"En el corazón de la celebración de la Eucaristía se
encuentran el pan y el vino que, por las palabras
de Cristo y por la invocación del Espíritu Santo, se
convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo" (CEC
1333). Es cierto, como nos lo enseña la Iglesia, que
Cristo se hace presente de muchas maneras en ella, pero,
sobre todo, bajo las especies eucarísticas del pan y del
vino (cfr. CEC 1373).
11 Recogiendo una serie de testimonios de
la Tradición, el Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña
que "el modo de presencia de Cristo bajo las especies
eucarísticas es singular. Eleva la Eucaristía por encima de todos
los sacramentos y hace de ella ‘como la perfección de
la vida espiritual y el fin al que tienden todos
los sacramentos’" (CEC 1374).
La Iglesia siempre entendió el realismo de
las palabras de Jesús a la hora de la institución
de la Eucaristía; por eso, el Concilio de Trento resumió
la fe en la presencia real diciendo: "Porque Cristo, nuestro
Redentor, dijo que lo que ofrecía bajo la especie de
pan era verdaderamente su Cuerpo, se ha mantenido siempre en
la Iglesia esta convicción, que declara de nuevo el Santo
Concilio" (CEC 1376).
12 El discurso de Jesús en Cafarnaum, después
de la multiplicación de los panes (cfr. Jn 6,1-71), resalta
el realismo de las palabras de Jesús al revelarnos que
Él es el "pan bajado del cielo" (v. 51), y
por tanto debemos comer su cuerpo y su sangre (v.
53) para poder tener la vida que nos ofrece el
"pan de la vida" (v. 48). Fue tal el impacto
del realismo de las palabras de Jesús, que la gente
discutía: "¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?" (v.
52). Y ante la insistencia de parte de Cristo en
la veracidad literal de sus afirmaciones: "porque mi carne es
verdadera comida y mi sangre verdadera bebida" (v. 55), se
escandalizaron muchos de sus discípulos, hasta el punto de abandonar
a Jesús (v. 66).
Al final del discurso interpela también a
sus Apóstoles, preguntándoles si también ellos quieren marcharse (v. 67).
Las palabras de Pedro manifiestan a Jesús que ellos sí
creen en la veracidad de sus palabras: "Señor, ¿a quién
vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna" (v.
68). Lamentablemente hubo y hay quienes no creen en la
presencia real de Jesús en el pan eucarístico (v. 64).
La Iglesia, al inicio del tercer milenio, se tiene que
preguntar: ¿por qué resulta difícil descubrir el rostro de Jesús
en la Eucaristía? ¿Qué hacer para que más personas aprecien
y gocen a ese Cristo que se nos entrega? ¿Qué
hacer para que en silencio sea adorado ante el sagrario
o aclamado solemnemente en la fiesta del Corpus Christi?
"Los discípulos
se alegraron de ver al Señor" (Jn 20,20): el itinerario del
espíritu
13 El rostro que los Apóstoles contemplaron después de la
resurrección, era el mismo de aquel Jesús con quien habían
vivido tres años, y que ahora les daba pruebas de
la verdad asombrosa de su nueva vida, mostrándoles las manos
y el costado. Ciertamente no fue fácil creer. Los discípulos
de Emaús creyeron sólo después de un laborioso itinerario del
espíritu (cfr. Lc 24,13-35). El apóstol Tomás creyó sólo después
de haber sido invitado a tocar al Resucitado (cfr. Jn
20,24-29). En realidad, ver y tocar, de suyo, no bastan
para creer, sólo la fe puede franquear el misterio. Ésta
era la experiencia que los discípulos debían haber hecho ya
en la vida mortal de Cristo, interpelados a diario por
sus prodigios y sus palabras. A Jesús no se llega
verdaderamente mas que por la fe, a través de un
camino cuyas etapas nos presenta el Evangelio en la bien
conocida escena de Cesarea de Filipo: "‘Tú eres el Cristo,
el Hijo de Dios vivo’. Replicando Jesús, le dijo: ‘Bienaventurado
eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado
esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que
está en los cielos’" (Mt 16,16-17; cfr. NMI 19).
14 San
Pedro fue capaz de afirmar la fe en Jesús Eucaristía
porque no procedió al modo humano, sino que recibió de
Dios esa gracia (cfr. NMI 20). Por tanto, "no es,
pues, a través de los sentidos como lo percibimos y
estamos cerca de Él. Bajo las especies de pan y
de vino, es la fe y el amor lo que
nos lleva a reconocer al Señor".4 Hoy, más que en
otros tiempos, es importante señalar que "sólo la experiencia del
silencio y de la oración ofrece el horizonte adecuado en
el que puede madurar y desarrollarse el conocimiento más auténtico,
fiel y coherente de aquel misterio" (NMI 20).
"Señor, busco tu
rostro" (Sal 27,8): el rostro eucarístico de Jesús
15 "El antiguo
anhelo del salmista no podía recibir una respuesta mejor y
más sorprendente que en la contemplación del rostro de Cristo.
En Él, Dios nos ha bendecido verdaderamente y ha hecho
‘brillar su rostro sobre nosotros’ (Sal 67,2). Al mismo tiempo,
Dios y hombre como es, Cristo nos revela también el
auténtico rostro del hombre, ‘manifiesta plenamente el hombre al propio
hombre’" (NMI 23).
Este anhelo del salmista está presente en el
corazón de todo ser humano, pero specialmente en quien por
la fe, ya ha sido tocado por Dios. Este anhelo
de contemplar el rostro de Dios no es vano, porque
Cristo no se ha ido, sino que cumple su promesa:
"He aquí que Yo estoy con vosotros todos los días
hasta el fin del mundo" (Mt 28,20).
16 Conscientes de esta
presencia del Resucitado entre nosotros, gracias a la Eucaristía, y
"después de dos mil años de estos acontecimientos, la Iglesia
los vive como si hubieran sucedido hoy. En el rostro
de Cristo, ella, su Esposa, contempla su tesoro y su
alegría. ‘Dulcis Iesu memoria, dans vera cordis gaudia’: ¡Cuán dulce
es el recuerdo de Jesús, fuente de verdadera alegría del
corazón! La Iglesia, animada por esta experiencia, retoma hoy su
camino para anunciar a Cristo al mundo, al inicio del
tercer milenio: Él ‘es el mismo ayer, hoy y siempre’
(Hb 13,8)" (NMI 28).
17 Siguiendo la invitación de Su Santidad
Juan Pablo II, de "dejar abierta más que nunca la
Puerta viva que es Cristo" (NMI 59), conviene reflexionar sobre
el modo de compartir la experiencia de la contemplación eucarística,
que ilumine nuestras comunidades y las transforme en comunidades llenas
de gozo y esperanza.
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