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Autor: Rubén Robles Monge | Fuente: anmconsamex.homestead.com La fe que culmina en el Señor de la Eucaristía
La fe del adorador nocturno culmina con la aceptación, por parte de nuestra mente y nuestro corazón, de la presencia del Señor Jesús en los dones consagrados: la Eucaristía
La fe que culmina en el Señor de la Eucaristía
La fe como búsqueda
Todos los hombres y mujeres, sin
duda los cristianos y, en particular los adoradores nocturnos, somos
seres limitados pero de aspiraciones ilimitadas, individuos en búsqueda constante.
Cada
uno, en primer lugar se busca a sí mismo y
si, con esfuerzo, se da cuenta de quién es, inmediatamente
ve la necesidad de ir más allá en su búsqueda
y ésta se prolonga queriendo encontrar la fuente, el principio,
el fundamento de su identidad: de saber quién es y
para qué existe y hacia dónde va y cuál es
su fín.
En su búsqueda, el ser humano va encontrando cosas,
ideas, creencias, que se van fijando en su mente y
en su corazón y las va haciendo vida, es decir,
su actuar, pensar y decir se va haciendo conforme
a eso que encontró.
Cuando esa búsqueda se relaciona con Dios,
lo que es cierto para nosotros los cristianos, eso que
transforma nuestra vida se llama fe.
La fe no es un
simple creer sin hacer algo; la fe nos exige
cambios en todo lo que es nuestra vida, en todas
partes donde nos desarrollamos: vida familiar, trabajo, vida civil, etc.
Porque tener fe significa tener a Dios con nosotros; dejar
que Él actúe en nosotros y mostrar la actividad que
Él realiza en el mundo por el trabajo que nosotros
realizamos en su nombre.
Fe es la confianza en Dios puesta
en su palabra; es creer en una persona, como Abraham
creyó en Dios. La fe nos une a Dios Infinito
y Todopoderoso.
Fe es también tener la entrega de la Virgen
María, cuando se le anunció que de ella nacería el
que es Santo, el Hijo de Dios, y así preparó
su cuerpo, se preparó ella para recibir la vida que
es Vida.
Así, si la fe que tenemos no da muestra
de su existencia por nuestras obras buenas, se dice que
es una fe muerta, del todo diferente de la fe
verdadera y activa.
Los hombres y mujeres podemos creer muchas cosas,
pero podemos engañarnos al buscar la verdad: "Tú crees que
Dios es uno: bien haces. También los demonios creen y
tiemblan. ¿Porqué no te enteras de una vez, pobre hombre,
de que la fe sin obras es estéril" (Sant 2,
19.20).
El creer personalmente, comprometiéndonos activamente, es la verdadera fe que
da gozo y paz.
"Lo que cuenta es la fe, un
fe activa por medio del amor" (Gal 5, 6b).
La fe
en Jesucristo Nuestro Señor
¿Cuál es el amor por el cual
debemos vivir nuestra vida activa y comprometida?
Ese amor lo obtenemos
en Jesucristo Nuestro Señor, porque Él es el Amor que
nos inunda y nosotros lo desbordamos entre nuestros hermanos y
nuestro ambiente donde habitan los demás seres vivos: animales y
plantas.
Como cristianos tener fe significa aceptar al Señor Jesús como
nuestro fundamento, el vivo ejemplo y por quien obtenemos la
salvación buscada por esa fe. La fe es un encuentro
con Él.
El anhelo de este encuentro nace de la seguridad
de que "Cristo, redentor del mundo, es el único mediador
entre Dios y los hombres, porque no hay bajo el
cielo otro nombre por el que podamos ser salvados" (Hech
4, 12).
La mirada que se alza hacia la persona
de nuestro Señor Jesucristo es una mirada que busca en
Él la respuesta sobre nuestro destino como seres humanos, sobre
el sentido de nuestra existencia y sobre nuestra dignidad; es
una mirada que busca encontrarse con Dios en y a
través del Señor Jesús.
La fe en Jesucristo Señor está en
el origen de la existencia renovada que Él nos trajo.
El bautismo es nuestro primer acto de fe, es el
primer encuentro con el Señor. Por ello el bautismo, que
es el "fundamento de toda la vida cristiana", es también
"el sacramento de la fe"
La fe por medio de la
Iglesia
Esta fe que abarca la vida entera y exige coherencia
con el divino Modelo y lo que Él implica,
tal como nos es enseñado por la Iglesia, es el
principio que nos impulsa en la vida cristiana que "debe
crecer después del bautismo" hasta perfeccionarse en la caridad.
Es la
Iglesia a través de la cual nos llega la fe,
por la predicación de nuestros pastores a quienes el mismo
Señor confió la transmisión de lo que debemos creer. Si
no escuchamos la voz del Papa y de nuestros obispos
y presbíteros, nuestra fe entra en crisis.
Somos la Iglesia viva,
en ella nacemos, vivimos y realizamos nuestra pascua hacia la
vida eterna. La fe nos impulsa en ella a vivir
la vida sacramental que nos anticipa la participación de esa
vida que buscamos. Siguiendo la enseñanaza de nuestros guías y
pastores, hay garantía de vivir la verdad que nos trajo
nuestro Salvador.
Fe que culmina en el Señor de la Eucaristía
Por nuestra fe sabemos que el Señor resucitó de
entre los muertos y no muere más, que "subió al
cielo y está sentado a la derecha del Padre..." pero
que antes de morir prometió estar con nosotros "hasta el
final de los tiempos".
El Señor Resucitado es el que
permanece en la Eucaristía, en quien debemos tener fijos nuestros
ojos: en el hijo de la Virgen María,
"en Jesús, autor y perfeccionador de nuestra fe"
(Heb 12, 2a).
La fe del adorador nocturno, como nosotros, pueblo
especialmente llamado por Dios, culmina con la aceptación,
por parte de nuestra mente y nuestro corazón, de la
presencia del Señor Jesús en los dones consagrados: la Eucaristía.
Esto
es válido para todos los hombres y mujeres de la
Tierra; pero no todos poseen el conocimiento de ese amor
desbordante que brota de la Eucaristía; el adorador nocturno, por
su fe, tiene ese privilegio: el compromiso de ser profeta
de la Eucaristía.
Como adoradores nocturnos, nuestra fe nos debe
impulsar a hablar del Resucitado presente en la Eucaristía y
hacer que otros lo conozcan y participen de ese amor,
como nosotros lo hacemos en nuestras vigilias, en nuestras horas
de guardia.
Hacer sentir, a los demás que no tienen esa
vocación, que nuestro Salvador eterno no nos ha abandonado, que
ha puesto "su tienda" junto a la nuestra y se
ha hecho nuestro vecino, nuestro amigo, nuestro prójimo.
Tener fe es
dejarse amar por Dios, sin recelos ni egoísmos, para que
nosotros también amemos como él nos ama en la Eucaristía
y como Él ama: a nuestros hermanos y a
la creación entera.
Dios ama a todos, pero no todos se
siente amados por Él. Si nuestra fe nos lleva a
este conocimiento del amor de Dios, entonces sentimos el impulso
de tomar la decisión de amar, tomando un cambio radical
de rumbo: pasar de la búsqueda de ser amados a
la opción de amar a los demás de forma madura
y desinteresada.
Y entonces descubrimos y experimentamos el amor. Al decidir
amar, como Dios ama, nos vemos amados; damos generosamente y
nos hacemos capaces de recibir; decidimos ya no buscar afecto,
estima o comprensión y descubrimos que todo eso ya lo
teníamos y nos llenamos de alegría. No es que no
fuésemos amados antes sino que nuestro corazón no era todo
lo libre para darnos cuenta de ello y llenarnos de
gozo. La fe libera nuestro corazón y nos hace percibir
el amor que brota de los demás.
Dejarse amar por Dios
es sentirse fascinado por la persona del Señor Jesús en
la Eucaristía, revelación humana del amor divino; nuestra fe nos
impulsa a buscarlo y encontrarlo cada vez que celebramos nuestras
vigilias, sobre todo en la intimidad grandiosa de nuestras vigilias
ordinarias,
Y al final de nuestra vida, en nuestra pascua personal,
la fe que nos cubrió como un manto de amor
nos hará decir al Señor Jesús cuando nos reciba: "Señor,
permite que descanse; todo mi tiempo lo usé para trabajar
contigo en el mundo, dando amor como el que me
diste en abundancia".
¡Adorado sea el Santísimo Sacramento! ¡Ave
María Purísima!
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