La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Autor: S.S. Benedicto XVI | Fuente: Sacramentum Caritatis Forma eucarística de la vida cristiana
El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que come, vivirá por mí (Jn 6,57)
Forma eucarística de la vida cristiana
El culto espiritual – logiké latreía (Rm 12,1)
El Señor Jesús,
que por nosotros se ha hecho alimento de verdad y
de amor, hablando del don de su vida nos asegura
que « quien coma de este pan vivirá para siempre
» (Jn 6,51). Pero esta « vida eterna » se
inicia en nosotros ya en este tiempo por el cambio
que el don eucarístico realiza en nosotros: « El que
come vivirá por mí » (Jn 6,57). Estas palabras de
Jesús nos permiten comprender cómo el misterio « creído »
y « celebrado » contiene en sí un dinamismo que
hace de él principio de vida nueva en nosotros y
forma de la existencia cristiana. En efecto, comulgando el Cuerpo
y la Sangre de Jesucristo se nos hace partícipes de
la vida divina de un modo cada vez más adulto
y consciente. Análogamente a lo que san Agustín dice en
las Confesiones sobre el Logos eterno, alimento del alma, poniendo
de relieve su carácter paradójico, el santo Doctor imagina que
se le dice: « Soy el manjar de los grandes:
creces, y me comerás, sin que por eso me transforme
en ti, como el alimento de tu carne; sino que
tú te transformarás en mí ». En efecto, no es
el alimento eucarístico el que se transforma en nosotros, sino
que somos nosotros los que gracias a él acabamos por
ser cambiados misteriosamente. Cristo nos alimenta uniéndonos a él; «
nos atrae hacia sí ».
La Celebración eucarística aparece aquí con
toda su fuerza como fuente y culmen de la existencia
eclesial, ya que expresa, al mismo tiempo, tanto el inicio
como el cumplimiento del nuevo y definitivo culto, la logiké
latreía. A este respecto, las palabras de san Pablo a
los Romanos son la formulación más sintética de cómo la
Eucaristía transforma toda nuestra vida en culto espiritual agradable a
Dios: « Os exhorto, por la misericordia de Dios, a
presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios;
éste es vuestro culto razonable » (Rm 12,1). En esta
exhortación se ve la imagen del nuevo culto como ofrenda
total de la propia persona en comunión con toda la
Iglesia. La insistencia del Apóstol sobre la ofrenda de nuestros
cuerpos subraya la concreción humana de un culto que no
es para nada desencarnado. A este propósito, el santo de
Hipona nos sigue recordando que « éste es el sacrificio
de los cristianos: es decir, el llegar a ser muchos
en un solo cuerpo en Cristo. La Iglesia celebra este
misterio con el sacramento del altar, que los fieles conocen
bien, y en el que se les muestra claramente que
en lo que se ofrece ella misma es ofrecida ».
En efecto, la doctrina católica afirma que la Eucaristía, como
sacrificio de Cristo, es también sacrificio de la Iglesia, y
por tanto de los fieles. La insistencia sobre el sacrificio
—« hacer sagrado »— expresa aquí toda la densidad existencial
que se encuentra implicada en la transformación de nuestra realidad
humana ganada por Cristo (cf. Flp 3,12).
Eficacia integradora del culto
eucarístico
El nuevo culto cristiano abarca todos los aspectos de la
vida, transfigurándola: « Cuando comáis o bebáis o hagáis cualquier
otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios » (1
Co 10,31). El cristiano está llamado a expresar en cada
acto de su vida el verdadero culto a Dios. De
aquí toma forma la naturaleza intrínsecamente eucarística de la vida
cristiana. La Eucaristía, al implicar la realidad humana concreta del
creyente, hace posible, día a día, la transfiguración progresiva del
hombre, llamado a ser por gracia imagen del Hijo de
Dios (cf. Rm 8,29 s.). Todo lo que hay de
auténticamente humano —pensamientos y afectos, palabras y obras— encuentra en
el sacramento de la Eucaristía la forma adecuada para ser
vivido en plenitud. Aparece aquí todo el valor antropológico de
la novedad radical traída por Cristo con la Eucaristía: el
culto a Dios en la vida humana no puede quedar
relegado a un momento particular y privado, sino que, por
su naturaleza, tiende a impregnar cualquier aspecto de la realidad
del individuo. El culto agradable a Dios se convierte así
en un nuevo modo de vivir todas las circunstancias de
la existencia, en la que cada detalle queda exaltado al
ser vivido dentro de la relación con Cristo y como
ofrenda a Dios. La gloria de Dios es el hombre
viviente (cf. 1 Co 10,31). Y la vida del hombre
es la visión de Dios.
« Iuxta dominicam viventes » –
Vivir según el domingo
Esta novedad radical que la Eucaristía introduce
en la vida del hombre ha estado presente en la
conciencia cristiana desde el principio. Los fieles han percibido en
seguida el influjo profundo que la Celebración eucarística ejercía sobre
su estilo de vida. San Ignacio de Antioquía expresaba esta
verdad calificando a los cristianos como « los que han
llegado a la nueva esperanza », y los presentaba como
los que viven « según el domingo » (iuxta dominicam
viventes). Esta fórmula del gran mártir antioqueno ilumina claramente la
relación entre la realidad eucarística y la vida cristiana en
su cotidianidad. La costumbre característica de los cristianos de reunirse
el primer día después del sábado para celebrar la resurrección
de Cristo —según el relato de san Justino mártir —
es el hecho que define también la forma de la
existencia renovada por el encuentro con Cristo. La fórmula de
san Ignacio —« vivir según el domingo »— subraya también
el valor paradigmático que este día santo posee respecto a
cualquier otro día de la semana. En efecto, su diferencia
no está simplemente en dejar las actividades habituales, como una
especie de paréntesis dentro del ritmo normal de los días.
Los cristianos siempre han vivido este día como el primero
de la semana, porque en él se hace memoria de
la radical novedad traída por Cristo. Así pues, el domingo
es el día en que el cristiano encuentra esa forma
eucarística de su existencia y a la que está llamado
a vivir constantemente. « Vivir según el domingo » quiere
decir vivir conscientes de la liberación traída por Cristo y
desarrollar la propia vida como ofrenda de sí mismos a
Dios, para que su victoria se manifieste plenamente a todos
los hombres a través de una conducta renovada íntimamente.
Vivir el
precepto dominical
Los Padres sinodales, conscientes de este nuevo principio de
vida que la Eucaristía pone en el cristiano, han reafirmado
la importancia del precepto dominical para todos los fieles, como
fuente de libertad auténtica, para poder vivir cada día según
lo que han celebrado en el « día del Señor
». En efecto, la vida de fe peligra cuando ya
no se siente el deseo de participar en la Celebración
eucarística, en que se hace memoria de la victoria pascual.
Participar en la asamblea litúrgica dominical, junto con todos los
hermanos y hermanas con los que se forma un solo
cuerpo en Jesucristo, es algo que la conciencia cristiana reclama
y que al mismo tiempo la forma. Perder el sentido
del domingo, como día del Señor para santificar, es síntoma
de una pérdida del sentido auténtico de la libertad cristiana,
la libertad de los hijos de Dios. A este respecto,
son hermosas las observaciones de mi venerado predecesor Juan Pablo
II en la Carta apostólica Dies Domini. a propósito de
las diversas dimensiones del domingo para los cristianos: es dies
Domini, con referencia a la obra de la creación; dies
Christi como día de la nueva creación y del don
del Espíritu Santo que hace el Señor Resucitado; dies Ecclesiae
como día en que la comunidad cristiana se congrega para
la celebración; dies hominis como día de alegría, descanso y
caridad fraterna.
Por tanto, este día se muestra como fiesta primordial
en la que cada fiel, en el ambiente en que
vive, puede ser anunciador y custodio del sentido del tiempo.
En efecto, de este día brota el sentido cristiano de
la existencia y un nuevo modo de vivir el tiempo,
las relaciones, el trabajo, la vida y la muerte. Por
tanto, es bueno que en el día del Señor los
grupos eclesiales organicen en torno a la Celebración eucarística dominical
manifestaciones propias de la comunidad cristiana: encuentros de amistad, iniciativas
para formar la fe de niños, jóvenes y adultos, peregrinaciones,
obras de caridad y diversos momentos de oración. Ante estos
valores tan importantes —aún cuando el sábado por la tarde,
desde las primeras Vísperas, ya pertenezca al domingo y esté
permitido cumplir el precepto dominical— es preciso recordar que el
domingo merece ser santificado en sí mismo, para que no
termine siendo un día « vacío de Dios ».
Sentido del
descanso y del trabajo
Es particularmente urgente en nuestro tiempo recordar
que el día del Señor es también el día de
descanso del trabajo. Esperamos con gran interés que la sociedad
civil lo reconozca también así, a fin de que sea
posible liberarse de las actividades laborales sin sufrir por ello
perjuicio alguno. En efecto, los cristianos, en cierta relación con
el sentido del sábado en la tradición judía, han considerado
el día del Señor también como el día del descanso
del trabajo cotidiano. Esto tiene un significado propio, al ser
una relativización del trabajo, que debe estar orientado al hombre:
el trabajo es para el hombre y no el hombre
para el trabajo. Es fácil intuir cómo así se protege
al hombre en cuanto se emancipa de una posible forma
de esclavitud. Como he tenido ocasión de afirmar, « el
trabajo reviste una importancia primaria para la realización del hombre
y el desarrollo de la sociedad, y por eso es
preciso que se organice y desarrolle siempre en el pleno
respeto de la dignidad humana y al servicio del bien
común. Al mismo tiempo, es indispensable que el hombre no
se deje dominar por el trabajo, que no lo idolatre,
pretendiendo encontrar en él el sentido último y definitivo de
la vida ». En el día consagrado a Dios es
donde el hombre comprende el sentido de su vida y
también de la actividad laboral.
Asambleas dominicales en ausencia de sacerdote
Al
profundizar en el sentido de la Celebración dominical para la
vida del cristiano, se plantea espontáneamente el problema de las
comunidades cristianas en las que falta el sacerdote y donde,
por consiguiente, no es posible celebrar la santa Misa en
el día del Señor. A este respecto, se ha de
reconocer que nos encontramos ante situaciones bastante diferentes entre sí.
El Sínodo, ante todo, ha recomendado a los fieles acercarse
a una de las iglesias de la diócesis en que
esté garantizada la presencia del sacerdote, aún cuando eso requiera
un cierto sacrificio. En cambio, allí donde las grandes distancias
hacen prácticamente imposible la participación en la Eucaristía dominical, es
importante que las comunidades cristianas se reúnan igualmente para alabar
al Señor y hacer memoria del día dedicado a Él.
Sin embargo, esto debe realizarse en el contexto de una
adecuada instrucción acerca de la diferencia entre la santa Misa
y las asambleas dominicales en ausencia de sacerdote. La atención
pastoral de la Iglesia se expresa en este caso vigilando
que la liturgia de la Palabra, organizada bajo la dirección
de un diácono o de un responsable de la comunidad,
al que se le haya confiado debidamente este ministerio por
la autoridad competente, se cumpla según un ritual específico elaborado
por las Conferencias episcopales y aprobado por ellas para este
fin. Recuerdo que corresponde a los Ordinarios conceder la facultad
de distribuir la comunión en dichas liturgias, valorando cuidadosamente la
conveniencia de la opción. Además, se ha de evitar que
dichas asambleas provoquen confusión sobre el papel central del sacerdote
y la dimensión sacramental en la vida de la Iglesia.
La importancia del papel de los laicos, a los que
se ha de agradecer su generosidad al servicio de las
comunidades cristianas, nunca ha de ocultar el ministerio insustituible de
los sacerdotes para la vida de la Iglesia. Así pues,
se ha de vigilar atentamente que las asambleas sin sacerdote
no den lugar a puntos de vista eclesiológicos en contraste
con la verdad del Evangelio y la tradición de la
Iglesia. Es más, deberían ser ocasiones privilegiadas para pedir a
Dios que mande santos sacerdotes según su corazón. A este
respecto, es conmovedor lo que escribía el Papa Juan Pablo
II en la Carta a los Sacerdotes para el Jueves
Santo de 1979, recordando aquellos lugares en los que la
gente, privada del sacerdote por parte del régimen dictatorial, se
reunía en una iglesia o santuario, ponía sobre el altar
la estola que conservaba todavía y recitaba las oraciones de
la liturgia eucarística, haciendo silencio « en el momento que
corresponde a la transustanciación desciende en medio de ellos »,
dando así testimonio del ardor con que « desean escuchar
las palabras, que sólo los labios de un sacerdote pueden
pronunciar eficazmente ». Precisamente en esta perspectiva, teniendo en cuenta
el bien incomparable que se deriva de la celebración del
Sacrificio eucarístico, pido a todos los sacerdotes una activa y
concreta disponibilidad para visitar lo más a menudo posible las
comunidades confiadas a su atención pastoral, para que no permanezcan
demasiado tiempo sin el Sacramento de la caridad.
Una forma eucarística
de la vida cristiana, la pertenencia eclesial
La importancia del domingo
como dies Ecclesiae nos lleva a la relación intrínseca entre
la victoria de Jesús sobre el mal y sobre la
muerte y nuestra pertenencia a su Cuerpo eclesial. En efecto,
en el Día del Señor todo cristiano descubre también la
dimensión comunitaria de la propia existencia redimida. Participar en la
acción litúrgica, comulgar con el Cuerpo y la Sangre de
Cristo quiere decir, al mismo tiempo, hacer cada vez más
íntima y profunda la propia pertenencia a Él, que ha
muerto por nosotros (cf. 1 Co 6,19 s.; 7,23). Verdaderamente,
quién se alimenta de Cristo vive por Él. El sentido
profundo de la communio sanctorum se entiende en relación con
el Misterio eucarístico. La comunión tiene siempre y de modo
inseparable una connotación vertical y una horizontal: comunión con Dios
y comunión con los hermanos y hermanas. Las dos dimensiones
se encuentran misteriosamente en el don eucarístico. « Donde se
destruye la comunión con Dios, que es comunión con el
Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo, se
destruye también la raíz y el manantial de la comunión
con nosotros. Y donde no se vive la comunión entre
nosotros, tampoco es viva y verdadera la comunión con el
Dios Trinitario ». Así pues, llamados a ser miembros de
Cristo y, por tanto, miembros los unos de los otros
(cf. 1 Co 12,27), formamos una realidad fundada ontológicamente en
el Bautismo y alimentada por la Eucaristía, una realidad que
requiere una respuesta sensible en la vida de nuestras comunidades.
La
forma eucarística de la vida cristiana es sin duda una
forma eclesial y comunitaria. El modo concreto en que cada
fiel puede experimentar su pertenencia al Cuerpo de Cristo se
realiza a través de la diócesis y las parroquias, como
estructuras fundamentales de la Iglesia en un territorio particular. Asociaciones,
movimientos eclesiales y nuevas comunidades —con la vitalidad de sus
carismas concedidos por el Espíritu Santo para nuestro tiempo—, así
como también los Institutos de vida consagrada, tienen el deber
de ofrecer su contribución específica para favorecer en los fieles
la percepción de pertenecer al Señor (cf. Rm 14,8). El
fenómeno de la secularización, que comporta aspectos marcadamente individualistas, ocasiona
sus efectos deletéreos sobre todo en las personas que se
aíslan, y por el escaso sentido de pertenencia. El cristianismo,
desde sus comienzos, supone siempre una compañía, una red de
relaciones vivificadas continuamente por la escucha de la Palabra, la
Celebración eucarística y animadas por el Espíritu Santo.
Espiritualidad y cultura
eucarística
Es significativo que los Padres sinodales hayan afirmado que «
los fieles cristianos necesitan una comprensión más profunda de las
relaciones entre la Eucaristía y la vida cotidiana. La espiritualidad
eucarística no es solamente participación en la Misa y devoción
al Santísimo Sacramento. Abarca la vida entera ». Esta consideración
tiene hoy un particular significado para todos nosotros. Se ha
de reconocer que uno de los efectos más graves de
la secularización, mencionada antes, consiste en haber relegado la fe
cristiana al margen de la existencia, como si fuera algo
inútil respecto al desarrollo concreto de la vida de los
hombres. El fracaso de este modo de vivir « como
si Dios no existiera » está ahora a la vista
de todos. Hoy se necesita redescubrir que Jesucristo no es
una simple convicción privada o una doctrina abstracta, sino una
persona real cuya entrada en la historia es capaz de
renovar la vida de todos. Por eso la Eucaristía, como
fuente y culmen de la vida y de la misión
de la Iglesia, se tiene que traducir en espiritualidad, en
vida « según el Espíritu » (cf. Rm 8,4 s.;.
Ga 5,16.25). Resulta significativo que san Pablo, en el pasaje
de la Carta a los Romanos en que invita a
vivir el nuevo culto espiritual, menciona al mismo tiempo la
necesidad de cambiar el propio modo de vivir y pensar:
« Y no os ajustéis a este mundo, sino transformaos
por la renovación de la mente, para que sepáis discernir
lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo
que agrada, lo perfecto » (12,2). De esta manera, el
Apóstol de las gentes subraya la relación entre el verdadero
culto espiritual y la necesidad de entender de un modo
nuevo la vida y vivirla. La renovación de la mentalidad
es parte integrante de la forma eucarística de la vida
cristiana, « para que ya no seamos niños sacudidos por
las olas y llevados al retortero por todo viento de
doctrina » (Ef 4,14).
Eucaristía y evangelización de las culturas
De todo
lo expuesto se desprende que el Misterio eucarístico nos hace
entrar en diálogo con las diferentes culturas, aunque en cierto
sentido también las desafía. Se ha de reconocer el carácter
intercultural de este nuevo culto, de esta logiké latreía. La
presencia de Jesucristo y la efusión del Espíritu Santo son
acontecimientos que pueden confrontarse siempre con cada realidad cultural, para
fermentarla evangélicamente. Por consiguiente, esto comporta el compromiso de promover
con convicción la evangelización de las culturas, con la conciencia
de que el mismo Cristo es la verdad de todo
hombre y de toda la historia humana. La Eucaristía se
convierte en criterio de valorización de todo lo que el
cristiano encuentra en las diferentes expresiones culturales. En este importante
proceso podemos escuchar las muy significativas palabras de san Pablo
que, en su primera Carta a los Tesalonicenses, exhorta: «
examinadlo todo, quedándoos con lo bueno » (5,21).
Eucaristía y fieles
laicos
En Cristo, Cabeza de la Iglesia que es su Cuerpo,
todos los cristianos forman « una raza elegida, un sacerdocio
real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para
proclamar las hazañas del que nos llamó a salir de
la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa »
(1 P 2,9). La Eucaristía, como misterio que se ha
de vivir, se ofrece a cada persona en la condición
en que se encuentra, haciendo que viva cotidianamente la novedad
cristiana en su situación existencial. Puesto que el Sacrificio eucarístico
alimenta y acrecienta en nosotros lo que ya se nos
ha dado en el Bautismo, por el cual todos estamos
llamados a la santidad, esto debería aflorar y manifestarse también
en las situaciones o estados de vida en que se
encuentra cada cristiano. Éste, viviendo la propia vida como vocación,
se convierte día tras día en culto agradable a Dios.
Ya desde la reunión litúrgica, el Sacramento de la Eucaristía
nos compromete en la realidad cotidiana para que todo se
haga para gloria de Dios.
Puesto que el mundo es «
el campo » (Mt 13,38) en el que Dios pone
a sus hijos como buena semilla, los laicos cristianos, en
virtud del Bautismo y de la Confirmación, y fortalecidos por
la Eucaristía, están llamados a vivir la novedad radical traída
por Cristo precisamente en las condiciones comunes de la vida.
Han de cultivar el deseo de que la Eucaristía influya
cada vez más profundamente en su vida cotidiana, convirtiéndolos en
testigos visibles en su propio ambiente de trabajo y en
toda la sociedad. Animo de modo particular a las familias
para que este Sacramento sea fuente de fuerza e inspiración.
El amor entre el hombre y la mujer, la acogida
de la vida y la tarea educativa se revelan como
ámbitos privilegiados en los que la Eucaristía puede mostrar su
capacidad de transformar la existencia y llenarla de sentido. Los
Pastores siempre han de apoyar, educar y animar a los
fieles laicos a vivir plenamente su propia vocación a la
santidad en el mundo, al que Dios ha amado tanto
que le ha entregado a su Hijo para que se
salve por Él (cf. Jn 3,16).
Eucaristía y espiritualidad sacerdotal
La forma
eucarística de la existencia cristiana se manifiesta de modo particular
en el estado de vida sacerdotal. La espiritualidad sacerdotal es
intrínsecamente eucarística. La semilla de esta espiritualidad se puede encontrar
ya en las palabras que el Obispo pronuncia en la
liturgia de la Ordenación: « Recibe la ofrenda del pueblo
santo para presentarla a Dios. Considera lo que realizas e
imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el
misterio de la cruz del Señor ». El sacerdote, para
dar a su vida una forma eucarística cada vez más
plena, ya en el período de formación y luego en
los años sucesivos, ha de dedicar tiempo a la vida
espiritual. Él está llamado a ser siempre un auténtico buscador
de Dios, permaneciendo al mismo tiempo cercano a las preocupaciones
de los hombres. Una vida espiritual intensa le permitirá entrar
más profundamente en comunión con el Señor y le ayudará
a dejarse ganar por el amor de Dios, siendo su
testigo en todas las circunstancias, aunque sean difíciles y sombrías.
Por esto, junto con los Padres del Sínodo, recomiendo a
los sacerdotes « la celebración cotidiana de la santa Misa,
aun cuando no hubiera participación de fieles ». Esta recomendación
está en consonancia ante todo con el valor objetivamente infinito
de cada Celebración eucarística; y, además, está motivado por su
singular eficacia espiritual, porque si la santa Misa se vive
con atención y con fe, es formativa en el sentido
más profundo de la palabra, pues promueve la conformación con
Cristo y consolida al sacerdote en su vocación.
Eucaristía y vida
consagrada
En el contexto de la relación entre la Eucaristía y
las diversas vocaciones eclesiales resplandece de modo particular « el
testimonio profético de las consagradas y de los consagrados, que
encuentran en la Celebración eucarística y en la adoración la
fuerza para el seguimiento radical de Cristo obediente, pobre y
casto ». Los consagrados y las consagradas, incluso desempeñando muchos
servicios en el campo de la formación humana y en
la atención a los pobres, en la enseñanza o en
la asistencia a los enfermos, saben que el objetivo principal
de su vida es « la contemplación de las cosas
divinas y la unión asidua con Dios ». La contribución
esencial que la Iglesia espera de la vida consagrada es
más en el orden del ser que en el del
hacer. En este contexto, quisiera subrayar la importancia del testimonio
virginal precisamente en relación con el misterio de la Eucaristía.
En efecto, además de la relación con el celibato sacerdotal,
el Misterio eucarístico manifiesta una relación intrínseca con la virginidad
consagrada, ya que es expresión de la consagración exclusiva de
la Iglesia a Cristo, que ella con fidelidad radical y
fecunda acoge como a su Esposo. La virginidad consagrada encuentra
en la Eucaristía inspiración y alimento para su entrega total
a Cristo. Además, en la Eucaristía obtiene consuelo e impulso
para ser, también en nuestro tiempo, signo del amor gratuito
y fecundo de Dios para con la humanidad. A través
de su testimonio específico, la vida consagrada se convierte objetivamente
en referencia y anticipación de aquellas « bodas del Cordero
» (Ap 19,7-9), meta de toda la historia de la
salvación. En este sentido, es una llamada eficaz al horizonte
escatológico que todo hombre necesita para poder orientar sus propias
opciones y decisiones de vida.
Eucaristía y transformación moral
Descubrir la belleza
de la forma eucarística de la vida cristiana nos lleva
a reflexionar también sobre la fuerza moral que dicha forma
produce para defender la auténtica libertad de los hijos de
Dios. Con esto deseo recordar una temática surgida en el
Sínodo sobre la relación entre forma eucarística de la vida
y transformación moral. El Papa Juan Pablo II afirmaba que
la vida moral « posee el valor de un ‘‘culto
espiritual´´ (Rm 12,1; cf. Flp 3,3) que nace y se
alimenta de aquella inagotable fuente de santidad y glorificación de
Dios que son los sacramentos, especialmente la Eucaristía; en efecto,
participando en el sacrificio de la Cruz, el cristiano comulga
con el amor de donación de Cristo y se capacita
y compromete a vivir esta misma caridad en todas sus
actitudes y comportamientos de vida ». En definitiva, « en
el ‘‘culto´´ mismo, en la comunión eucarística, está incluido a
la vez el ser amado y el amar a los
otros. Una Eucaristía que no comporte un ejercicio práctico del
amor es fragmentaria en sí misma ».
Esta referencia al valor
moral del culto espiritual no se ha de interpretar en
clave moralista. Es ante todo el gozoso descubrimiento del dinamismo
del amor en el corazón que acoge el don del
Señor, se abandona a Él y encuentra la verdadera libertad.
La transformación moral que comporta el nuevo culto instituido por
Cristo, es una tensión y un deseo cordial de corresponder
al amor del Señor con todo el propio ser, no
obstante la conciencia de la propia fragilidad. Todo esto está
bien reflejado en el relato evangélico de Zaqueo (cf. Lc
19,1-10). Después de haber hospedado a Jesús en su casa,
el publicano se ve completamente transformado: decide dar la mitad
de sus bienes a los pobres y devuelve cuatro veces
más a quienes había robado. El impulso moral, que nace
de acoger a Jesús en nuestra vida, brota de la
gratitud por haber experimentado la inmerecida cercanía del Señor.
Coherencia eucarística
Es
importante notar lo que los Padres sinodales han denominado coherencia
eucarística, a la cual está llamada objetivamente nuestra vida. En
efecto, el culto agradable a Dios nunca es un acto
meramente privado, sin consecuencias en nuestras relaciones sociales: al contrario,
exige el testimonio público de la propia fe. Obviamente, esto
vale para todos los bautizados, pero tiene una importancia particular
para quienes, por la posición social o política que ocupan,
han de tomar decisiones sobre valores fundamentales, como el respeto
y la defensa de la vida humana, desde su concepción
hasta su fin natural, la familia fundada en el matrimonio
entre hombre y mujer, la libertad de educación de los
hijos y la promoción del bien común en todas sus
formas. Estos valores no son negociables. Así pues, los políticos
y los legisladores católicos, conscientes de su grave responsabilidad social,
deben sentirse particularmente interpelados por su conciencia, rectamente formada, para
presentar y apoyar leyes inspiradas en los valores fundados en
la naturaleza humana. Esto tiene además una relación objetiva con
la Eucaristía (cf. 1 Co 11,27-29). Los Obispos han de
llamar constantemente la atención sobre estos valores. Ello es parte
de su responsabilidad para con la grey que se les
ha confiado.
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR
Consultores
de la comunidad Consejo y asesoría a personas interesadas en los servicios, funciones, ministerios y formas de animación de la vida cristiana de las distintas asociaciones, movimientos y hermandades de la Iglesia católica
Ver todos los consultores