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Autor: Antonio Orozco Delclós | Fuente: www.arvo.net «Ad-oración», lo más natural
El Papa actual actualiza para nuestro tiempo la noción, tan olvidada en la práctica, de adoración
«Ad-oración», lo más natural
Todas las analogías comparan dos realidades, una más conocida
con otra menos conocida, con la finalidad de crecer en
el conocimiento de lo más oculto. La analogía subraya una
semejanza existente entre las cosas que se comparan y prescinde
de las desemejanzas que puedan haber, sin desconocerlas. Los Evangelios
están llenos de analogías. El Señor compara el Reino de
Dios a realidades familiares a sus oyentes: a un tesoro
escondido, a una red barredera, al grano de mostaza, la
más pequeña de las semillas que sin embargo encierra dentro
de sí una energía tal que llega a convertirse en
un árbol cuyas ramas sirven de cobijo a muchos pájaros.
Cosas pequeñas, en apariencia insignificantes, en las que el Creador
ha puesto un vigor insospechado. El Papa Benedicto descubre una
analogía muy oportuna en nuestro tiempo: la que existe entre
esa realidad minúscula, que los ojos no ven, que los
antiguos ni siquiera imaginaban, no ya el átomo, sino el
núcleo del átomo. Se oculta ahí una energía increíble, enorme,
que se libera con la fisión nuclear. Ahí tenemos una
analogía fenomenal: bajo las figuras del pan y del vino
consagrados en la santa misa, se encuentra una energía sobrenatural
maravillosa, imponente, para quienes reciben con las disposiciones debidas la
Eucaristía.
El miércoles 24 de agosto el Papa volvía a la
analogía de Köln: "la Eucaristía -… tomando de la física
una imagen muy conocida- produce la «fisión nuclear» en el
corazón más escondido del ser. Sólo esta íntima explosión del
bien que vence al mal puede dar vida a otras
transformaciones necesarias para cambiar el mundo. Recemos, por tanto, para
que los jóvenes de Colonia lleven consigo la luz de
Cristo, que es verdad y amor, y la difundan por
doquier. De este modo podremos asistir a una nueva primavera
de esperanza en Alemania, en Europa y en todo el
mundo".
El Papa nos ha descubierto la fórmula revolucionaria -nueva y
antigua- que indica la fuente inagotable de energía vital para
la vida buena de la humanidad: vida, verdad, sabiduría, amor,
paz, libertad... en magnitudes jamás soñadas, el e=mc2 teológico. La
fuente se llama Eucaristía. Bajo las figuras de pan y
de vino se esconden el cuerpo y la sangre de
Cristo crucificado y resucitado; cuerpo y sangre que encierran la
plenitud del poder de Dios corporalmente (Col 2, 9). Misterio
de fe. Cómo no ver que la energía es inconmensurable,
infinita.
Quizá muchos piensen "pues yo recibo diariamente la Eucaristía y
no percibo ninguna explosión de bondad, alegría, amor, etc., en
mi interior, ¿será que soy un tipo raro?". Hombre, podría
replicarse, un poco raro ya eres, porque con toda esa
energía dentro... Pero no olvides que así como la transformación
sustancial del pan en el Cuerpo de Cristo sobre el
altar no es sensible, tampoco es sensible tu transformación en
Cristo. Lo que tienes que examinar no es lo que
sientes, sino lo que vives, es decir, si tu vida
se va conformando a la vida de Cristo, si mejora
tu atención a la Eucaristía, tu quererle tuyo, tu ansia
de "ad-orarle".
El Papa actual actualiza para nuestro tiempo la noción,
tan olvidada en la práctica, de adoración. Ya lo había
expuesto con sencillez hace unas pocas semanas: «¿qué significa adorar?
¿Se trata quizá de una actitud de otros tiempos, carente
de sentido para el hombre contemporáneo? ¡No!... Es un reconocimiento
lleno de gratitud, que parte desde lo más hondo del
corazón y envuelve todo el ser, porque sólo adorando y
amando a Dios sobre todas las cosas el hombre puede
realizarse plenamente a sí mismo» [Homilía, en Castelgandolfo, 8 de
agosto 2005]. Para explicarlo, en Colonia lo hace acudiendo
a la doble acepción de la palabra, según se traduzca
del griego o del latín: «proskynesis» o «ad-oratio».
«La palabra griega
es proskynesis -recuerda el Papa-, significa el gesto de sumisión,
el reconocimiento de Dios como nuestra verdadera medida, cuya norma
aceptamos seguir. Significa que la libertad no quiere decir gozar
de la vida, considerarse absolutamente autónomo, sino orientarse según la
medida de la verdad y del bien, para llegar a
ser, de esta manera, nosotros mismos, verdaderos y buenos. Este
gesto es necesario, aun cuando nuestra ansia de libertad se
resiste, en un primer momento, a esta perspectiva.» Insisto,
aunque la altanería del hombre moderno o posmoderno se incomode,
es pertinente humillarla, porque si no, más dura resultará su
caída. La soberbia es un autoengaño cruel que perturba la
mente para la comprensión de uno mismo, del mundo y
de Dios, porque niega la verdad del Creador y la
verdad de la criatura que es nihil per essentiam, de
suyo, nada. Pensar otra cosa es pensar pensamientos, imaginar imaginaciones,
en suma, no ponderar la realidad sino enajenarse. De ahí
que la aspiración a una absoluta autonomía es como querer
volver a ser nada, nada de nada, lo cual, por
otra parte es imposible, porque el ser humano ha sido
creado a imagen de Dios y su espíritu es inmortal.
El nihilismo es otro imposible. La proskynesis, en cambio, es
lo más natural de la criatura inteligente: el reconocimiento de
Dios como «mi Todo», que, por lo añadidura, se ha
revelado como «todo Amor». Por eso, si es verdad
que e=mc2, más verdad es que:
Voluntad de Dios =
Amor = Sabiduría = Bondad infinita
Por tanto, Voluntad de Dios
no es igual a omnipotencia arbitraria, contrariamente a como se
piensa en la vasta escuela –antigua y moderna- de Okam.
Voluntad
de Dios no es igual a determinismo ciego.
Voluntad de Dios
no es igual a tiranía, despotismo, opresión, coacción o anulación
de la libertad de la criatura.
Voluntad de Dios es Sabiduría,
que se plasma en la criatura racional como una ley
amorosa impresa sin violencia en el corazón del hombre, y
se hace norma de tal modo que no determina, no
sojuzga, pero si se sigue, se crece en humanidad, en
verdad, en bondad, en libertad, en sabiduría, en amor. Y
si no, no.
Por tanto, hacer la Voluntad de Dios es
hacer lo más amable, lo más fecundo, lo más digno
de la criatura racional. Es hacer amor y sabiduría. Es
construir la civilización del amor. No es una carga pesada
- «mi yugo es suave y ligera mi carga» [Mt
9, 30]-, es como cobrar alas para volar hacia las
más altas cumbres de los valores humanos y divinos; a
no ser que la altanería, la soberbia del corazón del
hombre se resista a amar lo infinitamente amable y
se encierre en la angostura de su propio yo, para
hacer por encima de todo «su» propia voluntad, «su» propia
verdad, «su» propia norma. También acontece a muchos, como comenta
San Juan de la Cruz, «que querrían que quisiese Dios
lo que ellos quieren, y se entristecen de querer lo
que quiere Dios, con repugnancia de acomodar su voluntad a
la de Dios. De donde les nace que muchas veces,
en lo que ellos no hallan su voluntad y gusto,
piensen que no es voluntad de Dios, y que, por
el contrario, cuando ellos se satisfacen, crean que Dios se
satisface, midiendo a Dios consigo, y no a sí mismos
con Dios» [Noche oscura, lib. 1, cap. 7, n. 3].
Esta
subversión de valores contorsiona y distorsiona gravemente el propio ser,
la propia existencia, el propio modo de ver y de
pensar, que se va alejando de la verdad de Dios
y de la verdad de la criatura, del amor y
de la sabiduría amabilísima, incurre en la esclavitud de las
pasiones propias y ajenas.
Sólo asumiendo la norma divina como propia
–que lo es, más íntima a mi mismo que yo
mismo, como de Dios dice san Agustín- vuelve la criatura
a su posición normal, a erguirse en su dignidad natural
liberando también el lenguaje natural del cuerpo.
En El espíritu de
la liturgia [Ed. Cristiandad, 2ª edición castellana 2002], el cardenal
Ratzinger recuerda un antiguo modo de representar al diablo: sin
rodillas. El diablo es aquel que no tiene rodillas, que
carece de la capacidad de arrodillarse ante Dios, como sucede
a muchos de nuestros contemporáneos: han perdido la capacidad de
adoración. En cambio, Cristo Jesús, el Hijo de Dios, ora
de rodillas en Getsemaní, más aún, rostro en tierra, postrado,
con esa humildad que nos hace tanta falta, tanto como
la sencillez y entrañable íntimidad con Dios Uno y Trino,
en Cristo, con Él y por Él, realmente presente en
la Eucaristía.
El gesto natural y por ello necesario, de sumisión
–la reverencia, la genuflexión, la postración- tiene una respuesta gratuita
del Dios Todopoderoso e inmenso, todo Amor: nos toma entre
sus brazos, nos levanta, nos aprieta y nos besa como
un padre amoroso. Es bueno pensar que sucede –porque es
verdad- en cada una de nuestras genuflexiones ante el Santísimo.
De la sumisión a la adoración: «La palabra latina adoración
es «ad-oratio», contacto boca a boca, beso, abrazo y, por
tanto, en resumen, amor. La sumisión se hace unión, porque
aquel al cual nos sometemos es Amor. Así la sumisión
adquiere sentido, porque no nos impone cosas extrañas, sino que
nos libera desde lo más íntimo de nuestro ser» (Benedicto
XVI, Homilía, Colonia 21 de agosto).
La adhesión a su Verdad,
Bondad, Sabiduría, Belleza, Amor es también gratitud por la liberación
que la adhesión causa en el ser personal que ya
puede moverse por ese espacio sin límites de la Verdad,
la Bondad, la Sabiduría, la Belleza, el Amor y la
Libertad infinitas. Todo esto se traduce en la alegría de
vivir en creciente plenitud, con la espiritualidad que Juan Pablo
II llamaba "del Magnificat".
Es la gran transformación de la vida
personal de simplemente humana a vida humano-divina, a semejanza (analogía)
del Verbo encarnado que es Dios y hombre verdadero.
Eucaristía: e=mc2
teológico. Revolución en marcha hacía el "ser Dios en todo".
Una condición necesaria: la revolución dominical. Recuperar el sentido original
del domingo, o del fin de semana, que no tiene
sentido festivo sin la Eucaristía. La palabra del Papa ha
sido también clara en este punto. No se trata de
un detalle pequeño. Es un factor esencial en la estrategia
de la nueva revolución, perteneciente a la verdad del hombre,
a la verdad de la fiesta, a la verdad cristiana,
a la verdad de la transformación del cristiano y del
mundo en el Reino del Padre Celestial [cfr. Ibid].
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