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Autor: . | Fuente: Zenit.org Orientaciones de Benedicto XVI para la pastoral en las cárceles
«Descubrir el rostro de Cristo en cada detenido»
Orientaciones de Benedicto XVI para la pastoral en las cárceles
Publicamos el discurso que dirigió Benedicto XVI el 6 de
septiembre a los participantes en el XII Congreso Mundial de
la Comisión Internacional de la Pastoral en las Cárceles. * *
* Queridos amigos:
Os doy la bienvenida con alegría al reuniros
en Roma con motivo del XII Congreso Mundial de la
Comisión Internacional de la Pastoral en las Cárceles. Le doy
las gracias, presidente, Christian Kuhn, por las cordiales palabras que
me ha expresado en nombre del Comité Ejecutivo de la
Comisión.
El tema de vuestro Congreso de este año: «Descubrir
el rostro de Cristo en cada detenido» (Cf. Mateo 25,
36), describe a la perfección vuestro ministerio de intenso encuentro
con el Señor. De hecho, en Cristo, «el amor a
Dios y el amor al prójimo se funden entre sí:
en el más humilde encontramos a Jesús mismo y en
Jesús encontramos a Dios» («Deus caritas est», n. 15).
Vuestro ministerio
exige mucha paciencia y perseverancia. Con frecuencia experimentáis desilusiones y
frustraciones. Reforzar los vínculos que os unen con vuestros obispos
os permitirá encontrar ese apoyo y esa guía que tanto
necesitáis para aumentar la conciencia de vuestra misión. De hecho,
este ministerio, en el seno de la comunidad cristiana local,
alentará a los demás a unirse a vosotros en el
cumplimiento de obras corporales de misericordia, enriqueciendo la vida eclesial
de la diócesis.
Al mismo tiempo, esto contribuirá a llevar
a quienes ofrecéis vuestro servicio hasta el corazón de la
Iglesia universal, en particular, a través de la participación regular
en los sacramentos de la Penitencia y de la santa
Eucaristía (Cf. «Sacramentum caritatis» , n. 59).
Los detenidos pueden
fácilmente dejarse aplastar por sentimientos de aislamiento, de vergüenza y
rechazo que corren el riesgo de hacer añicos sus esperanzas
y sus aspiraciones para el futuro. En este contexto, los
capellanes y sus colaboradores están llamados a ser heraldos de
la compasión y del perdón infinitos de Dios.
En colaboración
con las autoridades civiles, tienen la tarea difícil de ayudar
a los detenidos a redescubrir el sentido para sus vidas
de manera que, con la gracia de Dios, puedan transformar
su propia vida, reconciliarse con sus familias y amigos y,
en la medida de los posible, asumir la responsabilidad y
los deberes que les permitan llevar una vida honesta y
recta en el seno de la sociedad.
Las instituciones judiciales
y penales desempeñan un papel fundamental a la hora de
tutelar a los ciudadanos y el bien común (Cf. Catecismo
de la Iglesia Católica, n. 2266). Al mismo tiempo, tienen
que contribuir a recuperar las relaciones sociales destruidas por los
actos criminales cometidos (Cf. Compendio de la Doctrina Social de
la Iglesia, n. 403).
Por su misma naturaleza, por tanto,
estas instituciones tienen que contribuir a la rehabilitación de quien
ha cometido el crimen, facilitando el paso de la desesperación
a la esperanza, de la irresponsabilidad a la responsabilidad.
Cuando las
condiciones en las cárceles obstaculizan el proceso de recuperación de
la autoestima y la aceptación de los deberes relacionados con
ella, estas instituciones dejan de cumplir uno de sus objetivos
esenciales. Las autoridades públicas deben estar atentas en este ámbito,
evitando todos los medios de castigo o corrección que socaven
o degraden la dignidad humana del detenido. En este sentido,
reitero que la prohibición de la tortura no puede ser
infringida en ninguna circunstancia (Ibídem, n. 404).
Confío en que
vuestro Congreso os sirva para compartir vuestras experiencias del misterioso
rostro de Cristo que resplandece en los rostros de los
detenidos. Os aliento en vuestro esfuerzo por mostrar ese rostro
al mundo, promoviendo un mayor respeto por la dignidad de
los detenidos.
Rezo por último para que vuestro Congreso os
ofrezca también la oportunidad a vosotros mismos para apreciar nuevamente
cómo, al satisfacer las necesidades de los detenidos, vuestros ojos
se abren a las maravillas que Dios actúa por vosotros
cada día (Cf. «Deus caritas est», n.18).
Con estos sentimientos
os transmito mis mejores deseos para vosotros y para todos
los participantes en el Congreso e imparto de todo corazón
mi bendición apostólica a vosotros y a vuestros seres queridos.
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