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Autor: . | Fuente: zenit.org Declaración final del congreso mundial sobre pastoral a los presos
Publicamos la declaración final del congreso celebrado en Roma por la Comisión Internacional para la Pastoral Penitenciaria Católica celebrado en días pasados.
Declaración final del congreso mundial sobre pastoral a los presos
Los miembros de la Comisión Internacional de la Pastoral Penitenciaria
Católica (ICCPPC), obispos, presbíteros, diáconos, religiosas, religiosos, personas consagradas y
laicos de 62 países de todo el mundo, enviados por
nuestras respectivas Conferencias Episcopales para participar en el XII Congreso
Mundial de la ICCPPC tenido en Casa La Salle de
Roma, del 5 al 12 de septiembre de 2007, con
el lema «Descubriendo el rostro de Cristo en cada persona
presa», hemos tratado de hacer nuestras las palabras de la
Carta a los Hebreos: «Acordaos de los presos como si
estuvierais con ellos encarcelados» (Heb 13, 3).
Hemos tenido muy
presente el célebre Mensaje del Papa Juan Pablo II para
el Jubileo en las cárceles: «Jesús es compañero de viaje
paciente, que sabe respetar los tiempos y los ritmos del
corazón humano». También hemos evocado las valiosas aportaciones del Papa
Benedicto XVI en su Discurso durante nuestra audiencia privada recordándonos
que somos «llamados a ser heraldos de la infinita compasión
y del perdón de Dios».
Proclamamos que el ministerio penitenciario forma
parte ineludible del ministerio pastoral de la Iglesia desde sus
orígenes.
Somos conscientes de que visitar y liberar a los presos
(Mt 25, 36; Lc 4,18) es expresión del amor de
Dios y clara manifestación de su propia esencia (Deus caritas
est 25). Por consiguiente, declaramos:
1-. Que «el ser humano es
el camino de la Iglesia» (Redemptor hominis 14; Centesimus annus
53) y su rostro evoca el rostro mismo de Cristo.
Su dignidad inalienable y los derechos fundamentales que le son
inherentes devienen de ser «imagen y semejanza» (Gn 1,26) de
su divino Creador. Aún privado de libertad, por las razones
que fueren, nada ensombrece esta imagen.
2-. Que en bastantes países
no se garantizan los derechos humanos de las personas presas;
tampoco se asegura su libertad religiosa y se obstaculiza a
la Iglesia en la atención a las necesidades espirituales y
materiales de las personas encarceladas. Muchas cárceles están superpobladas, se
cometen abusos contra los encarcelados y no se satisfacen sus
necesidades básicas. En numerosas legislaciones aún subsiste la pena de
muerte y otras condenas desmesuradas incompatibles con la dignidad humana.
Estas expresiones inhumanas de crueldad institucional deben de ser rectificadas.
Exigimos la abolición de la pena de muerte, el fin
de toda forma de tortura y la observancia de las
Reglas y Normas de las Naciones Unidas en la esfera
de la prevención del delito y la justicia penal.
3-. Que
el vigente sistema de justicia criminal en muchos países fracasa
en la satisfacción de las necesidades de la infancia en
conflicto con la ley, así como de los grupos de
población especialmente vulnerable como las personas con enfermedades mentales, drogodependientes,
extranjeras o ancianas. Solicitamos que las leyes, los programas y
los sistemas se pongan al servicio de la atención de
las necesidades de estos colectivos.
4-. Que las leyes penales y
de extranjería son abusivas. Nos identificamos con las palabras del
Papa Juan Pablo II: «el mundo no necesita muros sino
puentes» (16 de noviembre de 2003). Apostamos firmemente por una
justicia que reconstruya, que proteja y que repare; una justicia
que responsabilice a los infractores de sus hechos; una justicia
que repare a las víctimas, tan frecuentemente ignoradas y olvidadas
por el vigente sistema penal; una justicia que implique a
la propia comunidad para facilitar el proceso de rehabilitación y,
consiguientemente, reintegrar a la víctima y al infractor en su
seno.
5-. Que reconocemos y agradecemos la destacable tarea del ministerio
de la Pastoral Penitenciaria en muchos países del mundo que,
a pesar de las limitaciones e innumerables dificultades, están haciendo
de ella una auténtica Pastoral de justicia, libertad, misericordia, reconciliación
y esperanza que visibiliza el amor de Dios. Ofreciendo ayuda
espiritual, nutriendo la fe de las personas encarceladas con el
Evangelio y los sacramentos de la Iglesia, respondiendo a necesidades
materiales y prestando asistencia legal para salvaguardar sus derechos fundamentales
están ayudando a convertir «el tiempo en prisión en tiempo
de Dios».
6-. Que podríamos atender mejor a las necesidades de
las personas privadas de libertad si fuésemos integrados formalmente en
la estructura canónica de la Iglesia.
7-. Que somos conscientes de
que «queda mucho por hacer» y de que todavía «nuestra
conciencia no puede permanecer tranquila» (Mensaje Jubilar).
Confiados en la bondad
del Amor de Dios, capaz de «hacer nuevas todas las
cosas» (Ap 21,5), encomendamos en sus manos a nuestros hermanos
y hermanas encarcelados y todas nuestras aspiraciones. Sabemos bien que
su paciencia nos acompaña y que amorosamente nos presiona para
«descubrir el rostro de Cristo en cada preso».
Con la ayuda
de Dios, a ello seguiremos consagrando nuestros esfuerzos. Roma, a 11
de septiembre de 2007.
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