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Autor: Por el cardenal Renato Martino | Fuente: zenit.org La atención de la Iglesia a los presos
Intervención que pronunció el cardenal Renato R. Martino, presidente del Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz el 7 de septiembre en el XII Congreso Internacional de la Comisión Internacional de Pastoral Penitenciaria Católica «Pastoral Penitenciar
La atención de la Iglesia a los presos
Deseo, en primer lugar, saludar respetuosamente a todos los participantes
en este XII Congreso Mundial de Pastoral Penitenciaria Católica. Les
expreso igualmente mi alegría por encontrarme aquí, en medio de
todos Ustedes, Obispos, Sacerdotes, Religiosos, Religiosas y Fieles cristianos laicos
que hacen concreta y tangible la misericordia y la compasión
del Buen Samaritano entre todos aquellos que componen el mundo
penitenciario. Sí, Ustedes con su compromiso cristiano representan el rostro
de la Iglesia, una Iglesia que quiere ser madre y
servidora de todos, especialmente de los más débiles. Una Iglesia
samaritana que se acerca a sus hijos heridos por el
dolor y la necesidad, hambrientos de justicia, de paz y
de misericordia.
La misión de la Iglesia y el mundo
penitenciario.
El mayor servicio que la Iglesia ofrece a los
hombres y mujeres de todos los tiempos, de todas las
latitudes y en todas las circunstancias, es el de evangelizarlos.
La Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, afirma que la evangelización es
para la Iglesia su «dicha y vocación propia... su identidad
más profunda. Ella existe para evangelizar» [1], para provocar el
encuentro del hombre con Cristo, su cometido fundamental es, en
efecto, «dirigir la mirada del hombre, orientar la conciencia y
la experiencia de toda la humanidad hacia el misterio de
Cristo, ayudar a todos los hombres a tener familiaridad con
la profundidad de la Redención, que se realiza en Cristo
Jesús» [2].
Evangelizar es la prioridad suprema de la Iglesia.
La necesidad más profunda del alma humana es buscar a
Dios. Ustedes en las cárceles, en primera línea, han palpado
esta urgente necesidad, quieren despertarla y proponer caminos para satisfacerla,
convencidos de que no es algo imposible de lograr, porque
Dios se ha hecho hombre, ha venido al mundo para
que los hombres que lo buscan lo puedan encontrar. Porque
Jesucristo, como ha afirmado Juan Pablo II en el Jubileo
del año 2000, sale siempre al encuentro del hombre, de
todo hombre, cualquiera que sea su situación.
Los agentes de
pastoral penitenciaria tienen la gran misión de ser instrumentos que
preparen el terreno para que se dé este encuentro. A
ello están dirigidas todas sus actividades pastorales, porque ser y
vivir como cristianos no nace de una buena intención o
de una gran idea, sino del encuentro con una Persona,
Jesucristo, encuentro que a todos, particularmente a quienes se encuentran
en situaciones de dificultad, conduce a creer en el amor
[3]. Es ésta la inspiración de fondo, el mandamiento nuevo
del amor, la que debe motivar toda acción al servicio
de los demás, es esta experiencia la que representará la
prueba fehaciente de que los agentes pastorales han tenido una
verdadera experiencia de encuentro con Dios, en Jesucristo [4]. Sólo
así no se perderá la ruta hacia la cual deben
dirigirse todas sus actividades en las prisiones, es decir, a
provocar el encuentro personal de cada prisionero con Jesucristo, camino
de libertad plena para todos. Junto con esta altísima misión
de hacer que los hombres y mujeres en las cárceles
se encuentren con Dios, Ustedes tienen a la vez la
oportunidad y la gracia de encontrar a Dios en los
hombres y mujeres de las cárceles, de evangelizar y de
ser evangelizados.
El eje central de la evangelización: la fidelidad.
La evangelización tiene un eje central: la fidelidad. Fidelidad al
mensaje de salvación que se anuncia y fidelidad a los
hombres y mujeres a los que se ha de transmitir
intacto y vivo; no manipulado, no desgastado, no reducido, a
nada ni a nadie sometido [5]. Manteniendo esta fidelidad, los
agentes de la pastoral penitenciaria deberán buscar y encontrar los
medios para transmitir el Mensaje de salvación a quienes viven
en las prisiones.
El primero de estos medios será el
del testimonio [6]. Un testimonio de vida coherente con el
mensaje de Cristo que se predica en las prisiones, debe
acompañar siempre el anuncio explícito, para despertar la inquietud por
Cristo de quienes ven y escuchan, porque «la caridad de
las obras corrobora la caridad de las palabras» [7].
Tengan
la certeza de que su labor pastoral entre los encarcelados
es importantísima para la vida y misión de la Iglesia,
porque «el testimonio evangélico, al que el mundo es más
sensible, es el de la atención a las personas y
el de la caridad para con los pobres y los
pequeños, con los que sufren. La gratuidad de esta actitud
y de estas acciones, que contrastan profundamente con el egoísmo
presente en el hombre, hace surgir unas preguntas precisas que
orientan hacia Dios y el Evangelio» [8]. El lenguaje que
mejor entiende y motiva más al hombre de hoy es
el del servicio, especialmente el que se ofrece a los
más débiles. La opción preferencial por los pobres ha sido
y continúa siendo vital para la misión de la Iglesia,
porque la pone a prueba y la fortalece, y también
porque servir y promover a los pobres significa crecer en
humanidad. La predicación evangélica, acompañada de su testimonio, es semilla
de justicia, de paz y de misericordia, que con la
gracia de Dios, germina siempre, produciendo frutos de verdadera liberación,
no obstante la maleza que la rodea.
Evangelizar indica un proceso,
un camino ininterrumpido por recorrer, camino de renovación interior, de
continua conversión personal, de liberación auténtica, camino que necesariamente evita
las ideologías y las alianzas políticas de parte. El evangelizador
de las prisiones debe ser un ferviente cultivador de la
verdad, porque es la verdad la que hace libres. La
ideología es contraria a la verdad, de aquí un punto
de vital importancia para el agente de pastoral, para el
discípulo de Aquel que se nos reveló como Camino, Verdad
y Vida. El evangelizador del mundo penitenciario, por fidelidad a
la verdad del mensaje que anuncia y por fidelidad a
quienes lo anuncia, debe estar libre de ideologías de cualquier
color, de izquierdas o de derechas, de las que quieren
callar la denuncia o de las que buscan silenciar el
anuncio; las ideologías siempre fomentan el odio y la división,
enconan las heridas en lugar de sanarlas. La sabiduría evangélica
enseña claramente lo que la experiencia humana comprueba siempre, que
la violencia no puede sino generar violencia, nunca justicia, ni
paz, ni reconciliación. Sería una grave contradicción combatir las situaciones
injustas que denunciamos con las mismas armas que utilizan quienes
las provocan, sería desastroso que aquellos que son identificados como
instrumentos de paz, predicadores de reconciliación, quisieran vencer la violencia
recurriendo a ella, acabar con la marginación marginando, luchar contra
la corrupción corrompiendo.
La pastoral penitenciaria, pastoral de la misericordia.
Las Sagradas Escrituras, especialmente los Evangelios, nos confirman que la
Misericordia es absolutamente necesaria para ser seguidores de Jesús, porque
el Señor no la recomienda o aconseja. El Señor la
manda: «Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso» (Lc, 6,36).
Para que sea autentica misericordia ha de practicarse sin distinción
de personas, a semejanza del Padre celestial. Esta virtud debe
estar particularmente presente entre los miembros de la pastoral penitenciaria,
como un signo de contradicción en una sociedad que ve
a la misericordia como una debilidad, que busca expulsar de
su vida la benevolencia y la compasión, que excluye y
se olvida de quienes han fallado y los considera indignos
de seguir formando parte de ella. Una sociedad que, sin
embargo, no está carente de responsabilidad frente a quienes han
cometido un delito. Quien se encuentra en prisión descontando una
pena «ha nacido y crecido en una sociedad, en la
que se ha formado y de la cual ha tenido
las posibilidades concretas para su vivir y actuar. Su comportamiento
es también un fracaso de la sociedad, no sin responsabilidades
compartidas, en el generar o conservar lógicas y estructuras insolidarias
o inadecuadas para el bien común, en el consentir de
hecho modelos y estilos de vida que facilitan o al
menos consienten profundas deformaciones interiores y comportamientos desviados» [9]. Sólo
por citar un ejemplo, una de las causas por las
que muchos hombres y mujeres jóvenes se encuentran en prisión
es el comercio y consumo de drogas. Esto tiene otras
causas de fondo, entre ellas la pobreza, la disgregación de
la familia, la cultura hedonista que nos rodea, el fomento
del culto al poder y al aparecer Muchos de los
hombres y mujeres que viven privados de libertad han tenido
menos oportunidades en la vida, carentes de educación, de una
familia integrada, de medios económicos suficientes para una vida digna,
circunstancias que no cancelan su responsabilidad personal, pero sí la
disminuyen.
El Rostro de Cristo, luz que ilumina el servicio de
la Pastoral Penitenciaria Sólo con la luz de la fe
cristiana podemos descubrir al Dios escondido en la carne maltratada
y en el corazón contrito de los hombres y mujeres
que sufren en las prisiones y contemplar el Rostro de
Cristo en cada uno de los encarcelados. Es a la
luz de este Rostro que surgen nuevos horizontes y se
fortalece la esperanza para quienes están comprometidos en servir a
la gente del mundo penitenciario, en las múltiples y complejas
áreas que abarca este servicio pastoral:
- En la defensa de
los derechos humanos de los encarcelados [10] Uno de los desafíos
más urgentes de la pastoral penitenciaria es la defensa de
los derechos humanos de las personas privadas de su libertad,
ésta es una obra de misericordia de vital importancia. La
violación de los derechos humanos en las prisiones provoca mayor
marginación, exclusión y sufrimiento. La primera pobreza es cuando los
derechos humanos no son respetados. Uno de los casos más
evidentes de pobreza, en este sentido, es cuando la vida
de una persona humana es suprimida. La Iglesia cree y
proclama que los derechos humanos son universales, inviolables e inalienables,
que deben ser protegidos, no individualmente sino en su totalidad,
que debemos de trabajar para superar la distancia entre la
letra y el espíritu de los derechos humanos.
La defensa
y promoción de los derechos fundamentales de la persona humana
forma parte de la misión pastoral de la Iglesia, comenzando
por el derecho a la vida. Reitero aquí, una vez
más, la posición de rechazo a la pena de muerte
y el apoyo a las iniciativas que tienen como objetivo
defender la vida, desde la concepción hasta la muerte natural.
La pena de muerte empobrece a la sociedad que la
legítima y comete, porque corre graves peligros, como el de
castigar a personas inocentes, fomentar la venganza antes que la
auténtica justicia social. La pena de muerte es una ofensa
clara de la inviolabilidad de la vida humana y, para
quienes creemos en el Dios de la vida y de
la misericordia, representa un desprecio de la enseñanza evangélica del
perdón [11]. No se puede castigar un crimen con otro
crimen, la pena de muerte no hace justicia a las
víctimas, y afirma un principio gravísimo, es decir, que «en
ciertos casos la vida humana puede ser deliberadamente suprimida, a
juicio de quien tiene el poder político necesario para decidir
cuando y por qué… la vida de una persona se
confía al juicio y a la decisión de alguien. La
pena de muerte se quiere justificar en nombre del bien
común, un bien que no ha sido tutelado. Y precisamente
quien no ha sabido o no ha podido tutelarlo, declara
querer hacerlo suprimiendo la vida de una persona culpable (declarándose
así inocente), y renunciando, precisamente, con esa decisión a perseguir
el bien común, que necesariamente incluye el bien de la
persona condenada. Se quiere resolver la peligrosidad social del culpable
suprimiendo su vida, sin prever a ello con otras medidas
posibles. Debemos preguntarnos: ¿existe un peligro social mayor que el
de poder suprimir la vida de una persona?» [12].
- En
la búsqueda de alternativas La Iglesia con su servicio pastoral
al mundo, del que la realidad carcelaria forma parte, ofrece
un punto de referencia moral para la formación de las
conciencias, para la renovación moral de la sociedad y de
sus estructuras. El cristiano, a la luz del Rostro de
Cristo, confinado en las prisiones, debe sentirse impulsado por la
misericordia a trabajar en su servicio, haciendo todo lo que
deba y pueda para cambiar la situación inhumana en que
viven la mayoría de los encarcelados.
Los agentes que evangelizan el
mundo de las cárceles deben impulsar y colaborar en todas
aquellas iniciativas que favorezcan la renovación del sistema penitenciario, con
creatividad y esperanza impulsarlo para que éste busque alternativas a
la reclusión, evite que las penas sean desproporcionadas al delito
cometido y a las circunstancias del encarcelado o detenido. Por
otra parte, si bien es cierto que a la pastoral
penitenciaria como institución de la Iglesia no le compete declarar
culpables o inocentes, formular las leyes, administrar la justicia en
una sociedad, sí tiene el derecho y el deber de
denunciar todas aquellas situaciones que lesionan la dignidad de la
persona humana, de proponer el Evangelio y los principios de
su doctrina social para colaborar en la formación de las
conciencias de quienes tienen la obligación de administrar la justicia,
incluidas las autoridades y guardias carcelarios, promover la reflexión sobre
el sentido de las penas, abrir horizontes a iniciativas que
vuelvan más humano el sistema penitenciario, apelar a la conciencia
de la sociedad y de sus instituciones. La Iglesia debe
unir fuerzas con las demás instituciones de la sociedad para
fomentar y fortalecer medidas para la prevención del delito y
para la reinserción en la sociedad de quienes salen de
las prisiones. Los agentes de la pastoral penitenciaria pueden realizar
y realizan en este campo una labor encomiable;
- En todas
las situaciones que encuentran. Existen situaciones que requieren una mayor
reflexión, y que se han tratado ampliamente y deberán seguirse
tratando, siempre a la luz del Evangelio. Me refiero brevemente
a algunas de estas situaciones: - La atención y cuidado de
las víctimas del delito. Éstas han sufrido a causa de
los errores de otros, una especial atención se les debe
brindar también a ellas, para evitar que se hundan en
la tristeza, la desesperanza o el deseo de venganza. Cuando
han sido objeto de un mal reparable, en justicia se
debe reparar, pero siempre a la luz de la misericordia
de Dios que abre horizontes para el perdón, la reconciliación
y la pacificación. En el compromiso de la pastoral penitenciaria
no deben ser olvidadas. - La denuncia profética de toda clase
de tortura en las prisiones. Una sociedad que se considere
civilizada, democrática y moderna debe hacer todo lo posible por
cancelar todo tipo de prácticas que degradan física y moralmente
a las personas en prisión. - El cuidado de las familias
de los detenidos, porque éstas generalmente se convierten en otras
personas castigadas, y con frecuencia soportan un peso mayor que
la condena que sus familiares cumplen privados de su libertad
física. Las mujeres, especialmente las madres de familia deben solas
velar por el sustento y la educación de los hijos.
Ellos son, con mucha frecuencia, los miembros más vulnerables en
el amplio espectro del mundo penitenciario. La pastoral penitenciaria católica,
y la Iglesia toda, tiene un desafío muy importante en
implementar una pastoral familiar para los miembros de las familias
en condiciones particularmente vulnerables. Las comunidades parroquiales, particularmente aquellas a
las que pertenecen estas familias, deben implicarse para aliviar, con
la caridad de los miembros de la comunidad, las necesidades
de las familias de los prisioneros. La primera acción será
la de evitar cualquier marginación. - La concienciación de la sociedad.
La sociedad no puede cerrar los ojos, no puede ser
indiferente ante la realidad penitenciaria, si bien es cierto que
cada uno es responsable de sus actos, es también cierto
que a la sociedad le corresponde parte de la responsabilidad,
y en base a esa responsabilidad ella debe ponerse en
movimiento para remediar o prevenir el delito. Una sociedad que
simplemente identifica al culpable y lo condena, evita cuestionarse a
sí misma, sus criterios, estilos de vida, opciones y estructuras.
La
Pastoral Penitenciaria, una misión eclesial.
Soy consciente de que el
servicio pastoral de la Iglesia en las prisiones es muy
amplio y abarca diversas áreas y sectores, me he limitado
a mencionar sólo algunos. Quiero ahora, antes de terminar, subrayar
algo que me parece muy importante, basado en lo que
hasta aquí he propuesto para la reflexión sobre el tema
que me han asignado. Se trata de la identidad de
la Comisión Internacional y de las Comisiones Nacionales de Pastoral
Penitenciaria Católicas.
Cada Comisión de pastoral se organiza y estructura de
acuerdo a su realidad concreta, lo importante es no olvidar
que el servicio en las cárceles es un trabajo de
Iglesia. La Comisión Internacional de Pastoral Penitenciaria Católica es una
ONG oficialmente reconocida, pero su identidad eclesial es importantísima, a
partir de ella se entiende lo que hace, cómo lo
hace y por qué lo hace. A partir de su
identidad eclesial se formulan los programas, los medios y los
tiempos de sus actividades. A partir de su identidad eclesial
entiende y realiza mejor también la colaboración con otras organizaciones
de otras religiones que trabajan a favor de los encarcelados.
El ecumenismo en el marco del servicio a los encarcelados
es un tema que requiere una reflexión amplia y profunda.
La
identidad eclesial de la pastoral penitenciaria requiere la fidelidad a
Dios y al hombre en la Iglesia. La comunión es
a la vez el horizonte y la fuente de energía
para realizar los planes de Dios a favor del hombre,
la restauración de su diseño de amor por los hombres
en los ambientes carcelarios. El principal servicio es anunciar el
evangelio de la dignidad del hombre, revelar el hombre al
hombre mismo, esto se realiza sólo a la luz de
Cristo en la Iglesia. El lema de la Comisión Internacional
de Pastoral Penitenciaria Católica, habla por sí solo: Vinculum unitatis.
Todas las actividades y servicios que se realizan en este
campo, y en todos los campos de la pastoral de
la Iglesia, serán fecundos si se hacen en unidad, si
se realizan en comunión. Así, el sacerdote que sirve a
sus hermanos y hermanas en dificultad, no las sirve a
titulo personal, es un apóstol, un enviado por su Obispo,
y el Obispo, como primer responsable de su comunidad, quiere
con la colaboración de sus sacerdotes, cuidar de quienes Dios
le ha confiado. Entre quienes le ha confiado no exclusiva,
pero sí preferencialmente están los pobres, los más débiles, y
entre estos se encuentran los encarcelados.
El trabajo que Ustedes
realizan en las prisiones es de los más exigentes, cada
uno de los agentes pastorales penitenciarios se enfrenta a retos
y desafíos enormes que no deben ni pueden afrontar solos
y desarmados, de aquí que es necesario estar insertados en
una comunidad eclesial y en un proceso de formación integral
permanente.
Les deseo un fecundo trabajo de oración, estudio y
convivencia en estos días del Congreso, a la vez que
les expreso mi admiración y agradecimiento por su compromiso de
servir a Cristo en las prisiones. -------------------------NOTAS [1] Evangelii nuntiandi,
14.
[2] Redemptor hominis, 10.
[3] Cf. Deus caritas est, 1.
[4] Cf.
Novo Millennio Ineunte, 42.
[5] Cf. Evangelii nuntiandi, 4.
[6] Cf. Id.,
41.
[7] Novo millennio ineunte, 50.
[8] Redemptoris missio, 42.
[9] S. Bastianel:
«Pena di morte. Considerazioni etiche»: AA.VV. Chi è senza peccato
scagli la prima pietra. La pena di morte in discussione,
PUG, Roma 2007, p. 81.
[10] Remito para la ampliación del
argumento, a las actas del Seminario Internacional sobre los Derechos
Humanos de los Presos, organizado conjuntamente por el Pontificio Consejo
«Justicia y Paz» y la Comisión Internacional de la Pastoral
Penitenciaria Católica, Roma, 1 – 2 de marzo de 2005.
[11]
Cf. Evangelium vitae, 56: Santa Sede, Declaración con motivo del
congreso mundial sobre la pena de muerte celebrado en París,
7 de febrero de 2007.
[12] S. Bastianel, op. cit., pp.
86 – 87.
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