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Autor: . | Fuente: Zenit.org Benedicto XVI: “es urgente formar rectamente la conciencia de los fieles”
Mensaje a los participantes en un curso de la Penitenciaría Apostólica
Benedicto XVI: “es urgente formar rectamente la conciencia de los fieles”
Ofrecemos a continuación el texto completo del mensaje que el
Papa Benedicto XVI ha enviado a los participantes en un
curso sobre el Fuero Interno, organizado por el Tribunal de
la Penitenciaría Apostólica.
*******
Al Venerado Hermano
señor cardenal James Francis Stafford
Penitenciario Mayor
Con
satisfacción, también este año, me dirijo con afecto a usted,
señor cardenal, y a los queridos participantes en el curso
sobre el Fuero Interno, promovido por esta Penitenciaría Apostólica y
que ha llegado ahora a su XX edición. Saludo a
todos con afecto empezando por usted, venerado hermano, extendiendo mi
grato pensamiento al Regente, al personal de la Penitenciaría, a
los organizadores de este encuentro, como también a los religiosos
de las distintas órdenes que administran el sacramento d ella
penitencia en las Basílicas Papales de Roma.
Esta benemérita iniciativa pastoral
vuestra, que atrae cada vez más interés y atención, como
lo atestigua el número de cuantos quieren formar parte de
ella, constituye un seminario singular de actualización pastoral, cuyos resultados
no confluirán, como en las Actas de otros congresos, solo
en una publicación al caso, sino que se convertirán en
materiales útiles a los participantes para proporcionar respuestas adecuadas a
cuantos se encuentren durante la administración del sacramento de la
penitencia. En este nuestro tiempo, constituye sin duda una de
nuestras prioridades pastorales el formar rectamente la conciencia de los
creyentes para que, como he podido reafirmar en otras ocasiones,
en la medida en que se pierde el sentido del
pecado, aumentan por desgracia los sentimientos de culpa, que se
quisieran eliminar con remedios paliativos insuficientes. En la formación de
las conciencias contribuyen múltiples y preciosos instrumentos espirituales y pastorales
que hay que valorar cada vez más; entre estos me
limito a señalar hoy brevemente la catequesis, la predicación, la
homilía, la dirección espiritual, el sacramento de la Reconciliación y
la celebración de la Eucaristía.
Ante todo, la catequesis. Como todos
los sacramentos, también el de la Penitencia requiere una catequesis
previa y una catequesis mistagógica para profundizar el sacramento “per
ritus et preces”, como bien subraya la Constitución litúrgica Sacrosanctum
Concilium del Vaticano II (cfr n. 48). Una catequesis adecuada
ofrece una contribución concreta a la educación de las conciencias
estimulándolas a percibir cada vez mejor el sentido del pecado,
hoy en parte perdido o, peor, oscurecido por un modo
de pensar y de vivir “etsi Deus non daretur”, según
la conocida expresión de Grocio, que está ahora de gran
actualidad, y que denota un relativismo cerrado al verdadero sentido
de la vida.
A la catequesis debe unirse un sabio uso
de la predicación, que en la historia de la Iglesia
ha conocido formas diversas según la mentalidad y las necesidades
pastorales de los fieles. También hoy, en nuestras comunidades se
practican estilos diversos de comunicación que utilizan cada vez más
los modernos instrumentos telemáticos a nuestra disposición. En efecto, los
actuales media si por un lado representan un desafío con
el que medirse, por otro ofrecen oportunidades providenciales para anunciar
de forma nueva y más cercana a las sensibilidades contemporáneas
la perenne e inmutable Palabra de verdad que el Divino
maestro ha confiado a su Iglesia. La homilía, que con
la reforma querida por el Concilio Vaticano II ha vuelto
a adquirir su papel “sacramental” dentro del único acto de
culto constituido por la liturgia de la Palabra por la
de la Eucaristía (SC 56), es sin duda la forma
de predicación más difundida, con la que cada domingo se
educa la conciencia de millones de fieles. En el reciente
Sínodo de los Obispos, dedicado precisamente a la Palabra de
Dios en la Iglesia, diversos padres sinodales insistieron oportunamente en
el valor y la importancia de la homilía para adaptarla
a la mentalidad contemporánea.
También la “dirección espiritual” contribuye a formar
las conciencias. Hoy más que nunca se necesitan “maestros de
espíritu” sabios y santos: un importante servicio eclesial, para el
que es necesaria sin duda una vitalidad interior que debe
implorarse como don del Espíritu Santo mediante la oración prolongada
e intensa y una preparación específica que adquirir con cuidado.
Todo sacerdote además está llamado a administrar la misericordia divina
en el sacramento de Penitencia, mediante el cual perdona en
nombre de Cristo los pecados y ayuda al penitente a
recorrer el camino exigente de la santidad con conciencia recta
y formada. Para poder llevar a cabo un ministerio tan
indispensable, todo presbítero debe alimentar su propia vida espiritual y
cuidar la permanente actualización teológica y pastoral. Finalmente, la conciencia
del creyente se afina cada vez más gracias a una
devota y consciente participación en la Santa Misa, que es
el sacrificio de Cristo para la remisión de los pecados.
Cada vez que el sacerdote celebra la Eucaristía, recuerda en
la Plegaria Eucarística que la Sangre de Cristo se derramó
para el perdón de nuestros pecados, por lo que, en
la participación sacramental en el memorial del Sacrificio de a
Cruz, se realiza el pleno encuentro de la misericordia del
Padre con cada uno de nosotros.
Exhorto a los participantes en
el Curso a atesorar cuanto han aprendido sobre el sacramento
de la Peneitencia. En los diversos contextos en que se
encontrarán viviendo y trabajando, procuren mantener siempre vivos en sí
mismos la conciencia de deber ser dignos “ministros” de la
misericordia divina y educadores responsables de las conciencias. Que se
inspiren en el ejemplo de los santos confesores y maestros
espirituales, entre los cuales quiero recordar particularmente al Cura de
Ars, san Juan María Vianney, de quien precisamente este año
recordamos el 150 aniversario de su muerte. De él se
ha escrito que “durante más de cuarenta años guió de
modo admirable la parroquia a él confiada... con la predicación
asidua, la oración y una vida de penitencia. En la
catequesis que impartía cada día a niños y a adultos,
en la reconciliación que administraba a los penitentes y en
las obras impregnadas de esa caridad ardiente, que él obtenía
de la santa Eucaristía como de una fuente, avanzó hasta
tal punto que difundió en todo lugar su consejo y
acercó sabiamente a muchos a Dios” (Martirologio, 4 agosto). He
aquí un modelo al que mirar y un protector al
que invocar cada día.
Vele finalmenye sobre el ministerio sacerdotal de
cada uno la Virgen María, a la que en el
tiempo de Cuaresma invocamos y honramos como “discípula del Señor”
y “Madre de la reconciliación”. Con estos sentimientos, mientras os
exhorto a cada uno a dedicaros con empeño al ministerio
de las confesiones y de la confesión espiritual le imparto
de corazón a usted, venerado hermano, a los presentes en
el Curso y a sus seres queridos mi Bendición.
En el
Vaticano, 12 de marzo de 2009
BENEDICTUS PP. XVI
[Traducción del original
italiano por Inma Álvarez]
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