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Autor: Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net Lo que merece el enfermo terminal
¿Qué merece un enfermo? Merece que sea visto siempre como un ser humano. Pase lo que pase, conserva siempre su dignidad.
Lo que merece el enfermo terminal
Dejemos de lado, por un momento, la palabra “eutanasia”. Porque
con ella algunos dicen una cosa y otros otra.
Fijemos, entonces,
nuestra atención en el enfermo, en sus deseos y temores,
en su fragilidad y su dolor, en su dependencia cada
vez mayor de las manos y de la honestidad del
equipo médico.
¿Qué merece un enfermo? Merece que sea visto siempre
como un ser humano. Pase lo que pase, conserva siempre
su dignidad. Posee un valor inmenso, con unas necesidades muy
grandes en su cuerpo y, no hay que olvidarlo, en
su espíritu.
Merece, por lo mismo, ser respetado en sus deseos
legítimos y ser atendido en su enfermedad. Aunque sea un
enfermo “terminal” al que le quedan pocas semanas de vida,
su mirada, su corazón, su fragilidad, han de ser tratados
con pericia y, sobre todo, con cariño.
No podemos despreciarle o
dejarle de lado. Aunque cueste dinero, aunque ocupe una cama
y aparatos muy sofisticados, aunque su acercamiento a la muerte
nos lleve a pensar que sería mejor “adelantar” su muerte.
Nunca será justo actuar contra su vida y contra sus
derechos fundamentales.
Dentro del marco del respeto, el enfermo o, cuando
él no pueda hablar, sus familiares, tiene el derecho de
decir “basta” ante tratamientos que no sean capaces de curarle
y que alarguen dolorosamente su camino hacia la muerte. No
es justo “ensañarse” contra sus deseos y probar en un
cuerpo herido aparatos y métodos que sólo sirven para prolongar,
unos días o meses, una vida cuando el enfermo dice
“ya déjenme morir en paz”.
No nos confundamos: no es matar
a un enfermo el suspender tratamientos que el mismo enfermo
ya no desea de modo razonable, porque los considera excesivos
o porque acepta que la vida merece rendirse ante el
proceso de una enfermedad incurable. En cambio, sí es matarlo
quitarle tratamientos necesarios para su supervivencia y pedidos por el
mismo enfermo, si éste considera que vale la pena alargar
unas semanas o unos meses su existencia terrena.
Por lo tanto,
los tratamientos que no curan y que prolongan la lenta
agonía del enfermo pueden ser suspendidos. En ese caso, habrá
que mantener aquellas atenciones mínimas que todo ser humano merece:
alimentación, hidratación, limpieza, tratamiento del dolor a través del uso
de calmantes o antidoloríficos.
Demos al enfermo terminal todo lo que
merece y todo lo que pida de modo legítimo. No
pensemos nunca en acelerar su muerte, pero tampoco alarguemos sus
sufrimientos con tratamientos inútiles que un enfermo ya no desee.
De este modo, mantendremos el respeto a su dignidad y
a su autonomía legítima, mientras le ofrecemos todo aquello que
pueda ayudarle un poco en los últimos días de su
existencia entre nosotros.
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