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Autor: . | Fuente: Zenit.org El enfermo terminal necesita verdad y solidaridad
Dice monseñor Sgreccia en el congreso internacional «Depresión y cáncer»
El enfermo terminal necesita verdad y solidaridad
El médico debe preparar al enfermo incurable para la muerte,
evitando cualquier «conjura de silencio» y anunciando siempre que sea
posible la «vida que no muere», afirmó el obispo Elio
Sgreccia, presidente de la Academia Pontificia para la Vida, al
intervenir en un congreso celebrado en Roma sobre «Depresión y
cáncer».
El congreso se celebró el pasado 10 de diciembre en
el centro de congresos IFO. En el mismo, la profesora
Paola Muti, directora científica del «Istituto Regina Elena» (IRE), de
Roma, afirmó que la depresión es un aspecto bastante común
en los pacientes oncológicos aunque numerosos estudios demuestran que se
minusvalora, no se diagnostica correctamente o no se trata porque
algunos de sus síntomas se atribuyen a la patología o
a las terapias aplicadas.
Según los datos aportados, cerca del 40%
de los enfermos oncológicos sufren de depresión mientras que sólo
el 2% recibe el tratamiento adecuado.
Datos alarmantes si se piensa
que sólo en 2007 en Italia, por cada cien mil
habitantes, se efectuaron cerca de 6.500 nuevas diagnosis de cáncer,
y que un total de 1,7 millones sufren esta enfermedad.
En
su intervención, monseñor Sgreccia habló de la información al enfermo
incurable como comunicación de la verdad no sólo clínica sino
existencial.
Esta tarea, según el prelado, se ha hecho más difícil
por el rechazo de la verdad de la muerte y
de la enfermedad incurable en una «sociedad marcada por la
productividad y el bienestar material».
Monseñor Sgreccia afirmó que el propio
itinerario vital influye en el enfoque de la muerte: un
individuo sano que no logra aceptar, «reconciliarse» con el pensamiento
de la muerte puede incluso desarrollar «trastornos de personalidad».
Del mismo
modo, precisó, «un médico o un psicólogo que no han
realizado este paso interior, no saben tratar con el moribundo
porque ponen en acción mecanismos de autodefensa que la mayoría
de las veces son fuga, agresividad, o búsqueda de éxito
a cualquier precio, algo que lleva al encarnizamiento terapéutico».
Hablando de
la necesidad de un correcto enfoque comunicativo por parte de
los médicos, Sgreccia alabó el modelo de «apertura individualizada», que
se realiza como «una declaración de amistad», que se funda
en el derecho a la información del paciente y compromete
al médico al acompañamiento del enfermo.
Monseñor Sgreccia se mostró contrario
a cualquier «conjura de silencio» que «impide al paciente prepararse
para el desprendimiento y la muerte», y animó a evitar
toda comunicación drástica, subrayando el deber del médico de «evitar
la mentira» y dar siempre «garantía de esperanza y asistencia».
Al
mismo tiempo, añadió, pueden darse circunstancias que «por respeto del
bien del paciente mismo, pueden inducir a callar la gravedad
de la enfermedad, cuando se pueda presumir una fragilidad psíquica
en el sujeto tal que lo induzca al suicidio» o
«cuando el paciente haya invocado el derecho de no saber».
Es
necesario siempre que el médico tenga en cuenta en su
estrategia de comunicación la situación emotiva y las diversas fases
psicológicas por las que pasa el enfermo, subrayó el prelado.
Y añadió que «es necesario que la verdad clínica se
articule positivamente con las verdades antropológicas, con el sentido global
de la vida».
«El esfuerzo mayor está en presentar esta verdad
en sentido salvífico», en construir un itinerario con el paciente
durante la enfermedad y en «proponer, donde sea posible, el
anuncio de la vida que no muere y la revelación
de Cristo muerto y resucitado, presente y operante en cada
hombre que sufre».
En este sentido, el prelado subrayó el valor
salvífico del sufrimiento y la importancia del acompañamiento del enfermo
en la fase terminal de la vida: «El moribundo aporta
madurez y valor incluso a quienes están a su lado»,
«se convierte en un maestro de vida».
Además, añadió, «todos los
actos de amor que nos han sido donados los llevamos
con nosotros. Nuestra vida espiritual no desaparece sino que florece,
se enriquece en la eternidad».
Citando algunos pasajes de la encíclica
«Spe salvi», el arzobispo Sgreccia afirmó que «la calidad de
la humanidad se determina esencialmente en su relación con el
sufrimiento y con el que sufre» y que «una sociedad
que no logra aceptar a los que sufren y que
no es capaz de contribuir mediante la compasión a hacer
que el sufrimiento sea compartido y soportado incluso interiormente es
una sociedad cruel e inhumana».
«Sufrir con el otro, por los
otros; sufrir por amor de la verdad y de la
justicia; sufrir a causa del amor y con el fin
de convertirse en una persona que ama realmente, son elementos
fundamentales de humanidad, cuya pérdida destruiría al hombre mismo», afirma
Benedicto XVI en su última encíclica (n. 39).
La «ciencia empírica,
con sus medios, queda fuera del acto de morir», que
es un «momento que escapa al médico», mientras que «el
hombre sabe que muere a través de una consciencia espiritual»,
indicó Sgreccia.
«El sentido de la agonía es esta apertura a
la eternidad --explicó el arzobispo--. La agonía se convierte en
«victoria sobre la inmanencia», en aquel instante en el que
el presente y la eternidad se tocan, y donde «el
tiempo que falta encuentra sentido en esta trascendencia».
Por esto, concluyó
monseñor Sgreccia, es necesario el «anuncio de la muerte en
clave salvífica y escatológica» sin descuidar el deber de una
correcta información, imprescindible desde el punto de vista de la
piedad cristiana.
Por Mirko Testa, traducido del italiano por Nieves San
Martín
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