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Autor: S.S. Benedicto XVI | Fuente: Zenit.org Texto completo del Mensaje del Papa Benedicto XVI para la XIV Jornada Mundial del Enfermo, 2009
La Iglesia debe estar cercana a los niños enfermos y sus familias
Texto completo del Mensaje del Papa Benedicto XVI para la XIV Jornada Mundial del Enfermo, 2009
Queridos hermanos y hermanas,
la Jornada Mundial del Enfermo, que se
celebra el próximo 11 de febrero, memoria litúrgica de la
Beata María Virgen de Lourdes, verá a las comunidades diocesanas
reunirse con sus propios obispos en momentos de oración para
reflexionar y decidir iniciativas de sensibilización sobre la realidad del
sufrimiento. El Año Paulino, que estamos celebrando, ofrece la ocasión
propicia para detenernos a meditar con el apóstol Pablo sobre
el hecho de que, “así como abundan en nosotros los
sufrimientos de Cristo, igualmente abunda también por Cristo nuestra consolación”
(2 Cor 1,5). La unión espiritual con Lourdes nos trae
además a la mente la maternal solicitud de la Madre
de Jesús por los hermanos de su Hijo “aún peregrinos
y puestos en medio de peligros y afanes, hasta que
no seamos conducidos a la patria bendita” (Lumen gentium, 62).
Este
año nuestra atención se dirige particularmente a los niños, las
criaturas más débiles e indefensas y, entre estos, a los
niños enfermos y sufrientes. Hay pequeños seres humanos que llevan
en su cuerpo las consecuencias de enfermedades invalidantes, y otros
que luchan con males hoy aún incurables a pesar del
progreso de la medicina y la asistencia de buenos investigadores
y profesionales de la salud. Hay niños heridos en su
cuerpo y en su alma cono consecuencia de conflictos y
guerras, y otros víctimas del odio de personas adultas insensatas.
Hay “niños de la calle”, privados del calor de una
familia y abandonados a sí mismos, y de menores profanados
por gente abyecta que viola su inocencia, provocando en ellos
una herida psicológica que les marcará para el resto de
sus vidas. No podemos tampoco olvidar el incalculable número de
menores que mueren a causa de la sed, del hambre,
de la carencia de asistencia sanitaria, como también los pequeños
exiliados y prófugos de su propia tierra con sus padres
en búsqueda de mejores condiciones de vida. De todos estos
niños se eleva un silencioso grito de dolor que interpela
a nuestra conciencia de hombres y de creyentes.
La comunidad cristiana,
que no puede permanecer indiferente ante tan dramáticas situaciones, advierte
el imperioso deber de intervenir. La Iglesia, de hecho, como
he escrito en la encíclica Deus caritas est, “es la
familia de Dios en el mundo. En esta familia no
debe haber nadie que sufra por falta de lo necesario”
(25, b). Auguro por tanto, que también la Jornada Mundial
del Enfermo ofrezca la oportunidad a las comunidades parroquiales y
diocesanas de tomar cada vez más conciencia de ser “familia
de Dios”, y las anime a hacer perceptible en los
pueblos, en los barrios y en las ciudades el amor
del Señor, que pide “que en la misma Iglesia, en
cuanto familia, ningún miembro sufra porque pasa necesidad” (ibid.). El
testimonio de la caridad formar parte de la vida misma
de cada comunidad cristiana. Y desde el principio la Iglesia
ha traducido en gestos concretos los principios evangélicos, como leemos
en los Hechos de los Apóstoles. Hoy, dadas las nuevas
situaciones de la asistencia sanitaria, se advierte la necesidad de
una más estrecha colaboración entre los profesionales de la salud
que trabajan en las distintas instituciones sanitarias y las comunidades
eclesiales presentes en su territorio. En esta perspectiva se confirma
en todo su valor una institución relacionada con la Santa
Sede, como es el Hospital Pediátrico Niño Jesús, que celebra
este año sus 140 años de vida.
Pero hay más. Dado
que el niño enfermo pertenece a una familia que comparte
su sufrimiento a menudo con graves impedimentos y dificultades, las
comunidades cristianas no pueden dejar de hacerse cargo también de
ayudar a los núcleos familiares afectados por la enfermedad de
un hio o de una hija. A ejemplo del “Buen
Samaritano” es necesario que se incline hacia las personas tan
duramente probadas y les ofrezca el apoyo de una solidaridad
concreta. De este modo, la aceptación y el compartir del
sufrimiento se traduce en un apoyo útil a las familias
de los niños enfermos, creando dentro de ellas un clima
de serenidad y esperanza, y haciendo sentir a su alrededor
una familia más vasta de hermanos y hermanas en Cristo.
La compasión de Jesús por el llanto de la viuda
de Naím (cfr Lc 7,12-17) y por la implorante súplica
de Jairo (cfr Lc 8,41-56) constituyen, entre otros, algunos puntos
de referencia para aprender a compartir los momentos de pena
física y moral de tantas familias probadas. Todo esto presupone
un amor desinteresado y generoso, reflejo y signo del amor
misericordioso de Dios, que nunca abandona a sus hijos en
la prueba, sino que siempre les proporciona admirables recursos de
corazón y de inteligencia para ser capaces de afrontar adecuadamente
las dificultades de la vida.
La dedicación cotidiana y el compromiso
sin descanso al servicio de los niños enfermos constituyen un
elocuente testimonio de amor por la vida humana, en particular
por la vida de quien es débil y en todo
y por todo dependiente de los demás. Es necesario afirmar
con vigor la absoluta y suprema dignidad de toda vida
humana. No cambia, con el transcurso del tiempo, la enseñanza
que la Iglesia proclama incesantemente: la vida humana es bella
y debe vivirse en plenitud también cuando es débil y
está envuelta en el misterio del sufrimiento. Es a Jesús
crucificado a quien debemos dirigir nuestra mirada: muriendo en la
cruz Él ha querido compartir el dolor de toda la
humanidad. En su sufrimiento por amor entrevemos una suprema coparticipación
en las penas de los niños enfermos y de sus
padres. Mi venerado Predecesor Juan Pablo II, que desde la
aceptación paciente del sufrimiento ha ofrecido un ejemplo luminoso especialmente
en el ocaso de su vida, escribió: “Sobre la cruz
está el ´Redentor del hombre´, el Varón de dolores, que
ha asumido en sí mismo los sufrimientos físicos y morales
de los hombres de todos los tiempos, para que en
el amor podamos encontrar el sentido salvífico de su dolor
y respuestas válidas a todos sus interrogantes” (Salvifici doloris, 31).
Deseo
aquí expresar mi aprecio y ánimo a las Organizaciones internacionales
y nacionales que se ocupan del cuidado de los niños
enfermos, particularmente en los países pobres, y con generosidad y
abnegación ofrecen su contribución para asegurarles cuidados adecuados y amorosos.
Dirijo al mismo tiempo un urgente llamamiento a los responsables
de las naciones para que se potencien leyes y reglamentos
a favor de los niños enfermos y de sus familias.
Siempre, pero aún más cuando está en juego la vida
de los niños, la Iglesia, por su parte, está dispuesta
a ofrecer su cordial colaboración en el intento de transformar
toda la civilización humana en “civilización del amor” (cfr Salvifici
doloris, 30). Concluyendo, quisiera manifestar mi cercanía espiritual a todos vosotros,
queridos hermanos y hermanas, que sufrís cualquier enfermedad. Dirijo un
afectuoso saludo a cuantos os asisten: a los obispos, a
los sacerdotes, a las personas consagradas, a los agentes sanitarios,
a los voluntarios y a todos aquellos que se dedican
con amor a cuidar y a aliviar los sufrimientos de
quien está luchando con la enfermedad. Un saludo muy especial
para vosotros, queridos niños enfermos y sufrientes: el Papa os
abraza con afecto paterno junto con vuestros padres y familiares,
y os asegura un especial recuerdo en la oración, invitándoos
a confiar en la ayuda maternal de la Inmaculada Virgen
María, que en la pasada Navidad hemos contemplado una vez
más mientras abraza con alegría entre los brazos al Hijo
de Dios hecho niño. Al invocar sobre vosotros y sobre
todos los enfermos la protección maternal de la Virgen Santa,
Salud de los Enfermos, os imparto de corazón a todos
una especial Bendición Apostólica.
En el Vaticano, a 2 de febrero
de 2009
BENEDICTUS PP.XVI [Traducción del original italiano por Inma Álvarez]
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