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Autor: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net Dame un poco de tu tiempo
Sufrir en soledad no es nada fácil. Sufrir con alguien nos permite sentir que en el dolor somos valiosos.
Dame un poco de tu tiempo
La enfermedad, el dolor, pueden ser aislantes. El que sufre
siente la tentación de encerrarse en sí mismo, de guardar
el dolor dentro de su alma, de no desvelar un
secreto que le pertenece a él, que no puede ser
comprendido del todo por los otros.
Pero otras veces la enfermedad
nos impulsa a pedir ayuda. Sufrir en soledad no es
nada fácil. Sufrir con alguien nos permite sentir que en
el dolor somos valiosos, que nuestra incapacidad, nuestra pequeñez, nuestra
nulidad, no resultan un obstáculo para que otros nos cuiden,
nos amen, nos apoyen.
Las manos de muchos hombres y mujeres
que sufren nos aprietan con firmeza. Nos piden una parte
de nuestra vida. El enfermo necesita amor, cariño, cercanía, a
veces tanto o más que una medicina, que una nueva
dosis de calmante. El médico que sabe acariciar la frente
de sus enfermos, que les conoce, que les da no
sólo su ciencia y su técnica, sino su corazón, hace
un bien incalculable. El enfermero o la enfermera que peina
a una anciana, que le ayuda a refrescarse la boca,
que le cuenta una historia del periódico o le pregunta
por sus nietos, ofrece un bálsamo profundo, que llega al
corazón. El familiar, el amigo, que pasa horas y horas
junto al trabajador o al estudiante víctima de un accidente
inesperado, hace un gesto de amor y de cariño que
sólo los que han sufrido saben apreciar en toda su
grandeza.
Es cierto que vivimos en un mundo de prisas. Es
cierto que tenemos mil cosas por hacer. Es cierto que
desde muy temprano hemos de luchar contra el tráfico, en
medio de mil tensiones y problemas. Pero también es cierto
que somos más hombres cuando podemos darnos al que sufre,
para que su dolor no sea vacío, para que su
pena no lo hunda en la soledad, para que su
angustia no lo lleve a la desesperación.
Cuando algún enfermo nos
apriete la mano y no nos deje ir, no tengamos
miedo. Nos pide un poco de tiempo, pero sobre todo
nos pide un poco de amor. Nos ofrece también, quizá
sin saberlo, la oportunidad de ser un poco más buenos,
de sentir lo hermoso que es ser hombre cuando el
amor se convierte en lo más importante. Quizá incluso el
enfermo sepa amarnos más de lo que nosotros le amemos.
Entonces, de un modo misterioso, nuestro dar se convierte en
recibir. Los dos somos así un reflejo de Dios, que
supo amar sin buscar recompensa, que dio su sangre en
una Cruz porque nos quiso, que ha iluminado cada lecho
de hospital con un rayo de esperanza, con una lágrima
de alegría. Lágrima de un enfermo y de un sano
que supieron dejar algo de sí mismos para vivir, generosos,
buenos, junto al que sigue allí, a nuestro lado.
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