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Autor: Guillermo Juan Morado | Fuente: Catholic.net Nuestra Señora de las Angustias
En la Eucaristía, a la ofrenda de Cristo se une María, que nos acoge a cada uno de nosotros, uniéndonos a Jesús
Nuestra Señora de las Angustias
1. La imagen de Nuestra Señora de las Angustias, de
María que abraza el cuerpo sin vida de Jesús, es
un icono de la compasión. El cuerpo de Cristo, el
cuerpo nacido de María, vuelve, después de la Cruz, al
seno de su Madre. Nadie como Ella ha estado asociada
de igual manera a la obra de la Redención; nadie
como Ella ha contemplado con tanta profundidad la inmensidad del
amor de Dios al hombre; un amor que llega hasta
la muerte “y muerte de Cruz”.
En la Cruz del
Señor se hace visible el “amor hasta el extremo”. Jesucristo
nos ha conocido y amado a todos en la ofrenda
de su vida: “vivo de la fe en el Hijo
de Dios – escribía san Pablo - , que me
amó hasta entregarse por mí” (Ga 2, 20). Sí. Hasta
entregarse por mí. El Señor no hace entrega de su
vida por la humanidad en abstracto, sino por cada uno
de nosotros, con nuestros nombres y apellidos, con nuestra propia
historia personal, con nuestros defectos y nuestras virtudes. El regazo
de María, la Virgen de las Angustias, nos abraza también
a cada uno, pues contiene el amor infinito de Dios
por nosotros.
2. Esta ofrenda de sí mismo por amor, la
realizó por anticipado Jesús durante la última cena: “Éste es
mi cuerpo que va a ser entregado por vosotros”, “esta
es mi sangre de la alianza que va a ser
derramada por muchos para remisión de los pecados”.
Profundizar en
el misterio de la compasión de María, profundizar en el
misterio del amor entregado de Jesucristo es profundizar en la
Eucaristía, memorial de su sacrificio: “Haciendo del pan su Cuerpo
y del vino su Sangre, Él anticipa su muerte, la
acepta en lo más íntimo y la transforma en una
acción de amor. Lo que desde el exterior es violencia
brutal, desde el interior se transforma en un acto de
un amor que se entrega totalmente. Esta es la transformación
sustancial que se realizó en el cenáculo y que estaba
destinada a suscitar un proceso de transformaciones cuyo último fin
es la transformación del mundo hasta que Dios sea todo
en todos (cf. 1 Cor 15,28)”, explicaba el Papa Benedicto
en Colonia, en el extraordinario encuentro que se celebró allí
con los jóvenes del mundo.
La dinámica de la Eucaristía, del
amor entregado de Jesucristo, es una dinámica de transformaciones. Son
muchas las ideologías, los proyectos sociales, los planes políticos que
han pretendido a lo largo de la historia, con mayor
o menor fortuna, transformar al mundo y al hombre. Pero
el verdadero cambio, la auténtica transformación, sólo será buena para
el hombre y la sociedad si se inserta en este
movimiento del amor de Cristo.
El Evangelio nos da la
clave correcta: “Si uno quiere salvar su vida, la perderá;
pero el que la pierda por mí, la encontrará”. No
es el egoísmo, no es la afirmación propia a costa
del otro, el camino de la felicidad. El camino de
la vida, de la auténtica realización, pasa por la entrega,
por una entrega similar a la de Jesucristo: “El que
quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que
cargue con su cruz y me siga. ¿De qué le
sirve a un hombre ganar el mundo entero si malogra
su vida?”
La Eucaristía nos capacita para vivir este seguimiento radical
del Señor: Sólo abriéndonos al misterio de Dios y dejándonos
transformar por Él, podremos convertir nuestra existencia en una ofrenda
en favor de nuestros hermanos: “Os exhorto, por la misericordia
de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa,
agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable”, nos dice
san Pablo.
En la Eucaristía se realiza esta ofrenda. Unidos a
Cristo, que es nuestra Cabeza, también nosotros nos convertimos en
hostia viva, agradable a Dios. Nos unimos a la intercesión
de Cristo ante el Padre en favor de todos los
hombres. Gracias a la Eucaristía, nuestra vida, nuestras alabanzas, nuestros
sufrimientos, nuestras oraciones y nuestros trabajos, se unen a los
de Cristo y a su total ofrenda, y adquieren así
un valor nuevo, un valor de redención.
3. “No os ajustéis
a este mundo, sino transformaos por la renovación de la
mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad
de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto”.
La transformación
de la realidad que se realiza en la Eucaristía abarca
la renovación de nuestra mente. No podemos aceptar cualquier cosa
que se nos presenta. Vivir el seguimiento de Cristo exige
discernir, para adaptar nuestros criterios a la voluntad de Dios.
Sin la participación en la Misa dominical, sin la escucha
de la Palabra de Dios, sin la oración, este discernimiento
resulta imposible. Hoy vemos como hay personas que se llaman
cristianas y que, sin embargo, hacen alarde de concepciones de
la vida, del matrimonio, de la familia, del trabajo que
son abiertamente contrarias a la voluntad de Dios. No podemos
pensar, simplemente, como piensan todos; no podemos hacer simplemente lo
que hacen todos; no podemos guiarnos, simplemente, por los estilos
de vida que se difunden a través de la televisión
o de otros medios. No. Nuestro criterio es Jesucristo, porque
Él cumple perfectamente la voluntad del Padre.
4. En la Eucaristía,
memorial del sacrificio redentor de Jesucristo, sacramento de nuestra fe,
se nos da como alimento Aquel que es el Amor
de los Amores, Cristo Redentor. A la ofrenda de Cristo
se une María. Nuestra Señora de las Angustias nos acoge
a cada uno de nosotros, uniéndonos a Jesús, para que
también nuestros sufrimientos y nuestras preocupaciones se transformen en el
gozo y la esperanza que brotan del amor compasivo de
Dios, reflejado en su Santísima Madre.
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