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Autor: Chema Gutiérrez Lera | Fuente: campaners.com Leyenda del Abad de Alquézar
Las campanas siempre han tenido que ver con lo sobrenatural y lo misterioso
Leyenda del Abad de Alquézar
Mi nombre es Casimiro Casalera, maestro campanero. De los
últimos que quedan, pues cada vez más curas van reduciendo
el bello lenguaje de las campanas a cuatro o cinco
toques. No comprenden que la música de las campanas sirve
para algo más que para anunciar misas o desastres. Durante
muchos años, las campanas combatieron las heladas, las tormentas, las
sequías; despertaron cosechas; atrajeron lluvias; alejaron a las brujas y,
en fin, hicieron sonreir al Padre Dios. Pero no voy
a seguir con estas disquisiciones. Hace ya tiempo que sólo
puedo hablar de una campana. Escucho su tañido tanto en
vigilia como en el sueño, y hasta el roce de
las hojas de los árboles removidas por el viento me
recuerda aquel fantasmagórico son. Sí, se trata de eso: de
fantasmas, de espíritus, oh, Dios mío, de almas en pena...
Era yo muy joven. Trabajaba como aprendiz junto al Campanero
de Sijena. Llegó a oidos de mi maestro que andaban
buscando a alguien para tocar en la Abadía de Santa
María de Alquézar. Hacia esa Villa me encaminó. Nada más
llegar, subí a ver al Abad. Un hombre normal, ni
muy viejo ni muy joven, muy delgado, eso sí, y
con una mirada sombría y triste. Apenas habló conmigo. Me
aconsejó una casa de huéspedes, me adelantó el sueldo de
una semana y me dejó junto a la puerta de
la Torre del Campanario. Sólo me dijo: -Después de la
primera noche, hablaremos despacio.
Nada me indicó de horarios de
misas, ni de toques, ni de oraciones; y ningún encargo
me hizo. En aquel momento, ante mi primer trabajo de
responsabilidad, y llevado por mi inconsciente juventud, sólo me movía
una urgencia. Las campanas, para nosotros, son como seres vivos.
Mi maestro me había enseñado a quererlas, por no decir
a amarlas. A llamarlas por su nombre, siempre de mujer.
Yo estaba impaciente por conocer la campana principal de la
Abadía, a buen seguro de nombre Santa María. Y no
me preocupé de más. A punto de abrir la portezuela
para subir al campanario, una vieja se acercó a mí.
-Hijo, -susurró- aléjate de la campana encantada. No gusta de
manos humanas vivas.
Y desapareció entre las sombras de una
capilla lateral. Yo había oído muchas leyendas sobre campanas que
tocan sólas y cosas así. En realidad, las campanas siempre
han tenido que ver con lo sobrenatural y lo misterioso.
Mi maestro de Sijena decía que nacieron con el sólo
fin de alejar a los malos espíritus, así que sonreí
para mis adentros, encendí un cirio, y comencé a subir
las escaleras.
En apenas una hora, pensaba, podría estrenarme con
el toque de la medianoche, ese al que en algunos
sitios llaman el del Alma Perdida, que sirve de aviso
para rezagados y de ayuda para quienes se demoran extraviados
por los caminos. Nada en contra habíame dicho el Abad,
y así podría yo caer con buen pie en tan
excelente lugar. Faltaba como una hora hora, según digo, pero
sin embargo, mi asombro no tuvo límite cuando una compana
empezó a sonar. Debía ser una campana descomunal, a juzgar
por el estruendo que allí se oía. No, desde luego,
no era un cimbalico empujado por el viento, era la
mismísima campana de la Agonía tocando a muertos.
Fue mi
primera reacción la de bajar a toda prisa, pero me
contuve. Pudo más la curiosidad que el pánico. Tenía que
saber quién estaba tocando, porque de seguro allí había alguien.
¿Sería un usurpador de mi puesto? ¿Acaso el anterior campanero
despechado y vengativo? ¿O quizá el mismo Abad poniendo a
prueba mi arte y mi destreza? Dejé a un lado
el recuerdo de las supercherías de la vieja de la
iglesia y subí, muy cauto, los peldaños que me separaban
del campanario. Justo al llegar a la vista de la
campana, volvió a sonar. ¡Nunca antes escuché un tañido más
triste, y al mismo tiempo tan desgarrador, tan violento! Y
nunca después lo volví a escuchar. Aquel se introdujo para
siempre en mis desgraciados tímpanos.
Pero lo peor de todo
es que allí no había nadie. Recuerdo que la vela
se me apagó, ¡y Dios no lo hubiera querido! Ante
mí, lo juro por los clavos del Cristo de Lecina,
se me presentó una sombra más oscura que la misma
noche, un aletear de pesados hábitos rozó mi piel, y
un aliento helador y pestilente me estremeció. ¡Dios, cuán increíble
es lo que cuento... mas cuán real es el terror
que desde aquella aciaga noche atenaza mis entrañas...! Esto es
lo que oí entonces decir al fantasma, y así lo
escribo, y sirva el cercano final de mis días en
esta tierra como testigo de que lo que digo, verdad
es:
-Fui en vida Abad de aquesta santa Abadía consagrada
a la Señora cuyo nombre no soy digno pronunciar... Sacrifiqué
los últimos años de mi cuerpo terrenal con las más
duras y espantosas penitencias... Mas mi alma ni tuvo, ni
tiene perdón. Porque mi pecado fue y no fue de
carne, eternamente deberé pagar... Surgió ante mí aquella sobrenatural belleza
sin par, y aún me pregunto por qué, ¿quién lo
permitió? ¿por qué aquella aparición en mi solitaria celda a
turbar vino mis sentidos e hízome caer? Con el cuerpo
de una hada incorpórea hube de folgar en mi inconsciencia
pecadora, arrebatado de tan engañosos encantos, y ahora, y por
siempre, y por los siglos de los siglos, encontraré palabras
a mi dolor en el badajo de esta campana, y
mi llanto arrepentido convertiráse en tañer de Oficio de Difuntos...
Estas terroríficas palabras se quedaron grabadas en mi alma, no
sólo por lo que dijeron, sino por cómo fueron dichas.
Llegaban hasta mis oídos desde la sombra del fantasma como
un lejano eco, y tras cada frase, la campana tocaba
una y otra vez... Hui de allí preso de locura...
Supe luego que esa noche murió el Abad con el
que yo había apenas hablado unas horas antes.
No he
intervenido aún. He querido dejar transcripto pura y fielmente el
legajo que obra en mi poder, rubricado por Casimiro Casalera.
Luego he sabido por otros sabios autores de la leyenda
que pesa sobre la Colegiata de Santa Maria de Alquézar.
<../lugares/alquezar.htm>Dicen algunos que el Abad fue en vida un santo
anacoreta que vivía en el Santuario de la Virgen de
Lecina; aseguran otros que su apariencia es la de una
figura casi de aire o de revuelo de ropas, esquiva
y fugaz tras las almenas de la colegiata...
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