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| Conferencia en la IV Ultreya Mundial de Cursillos de Cristiandad |
SIGNOS DE ESPERANZA
Estamos atravesando tiempos de crisis global, cargados
de incertidumbres y amenazas en la vida de las personas,
familias, naciones y concierto internacional.
Se han derrumbado mesianismos secularizados y
utopías, mientras las idolatrías del poder, del dinero, del saber
tecnológico y del placer muestran claramente qué sólo sirven para
construir la casa común sobre la arena y la paja,
no sobre la roca. Incluso la nave de la Iglesia
atraviesa tempestades y pruebas. Son tiempos dramáticos que requieren de
los cristianos un singular testimonio de esperanza. No obstante todos
los fracasos en las vicisitudes personales y colectivas, no obstante
todos los límites humanos y, sobre todo, el de la
misma muerte que parece arrasar con todos los proyectos, tenemos
puesta la esperanza en el poder indestructible del Amor, cuyo
rostro se reveló en Aquél que nos ha amado a
todos hasta el fin: Dios es el fundamento de la
gran esperanza que sostiene toda la vida (cfr. Ef. 2,
12). "En esperanza fuimos salvados" (Rom. 8, 24).
Pues bien: ¡sea
esta Ultreya un gran signo de esa esperanza de la
que la Iglesia da público testimonio y a la que
convoca a las personas y los pueblos!
En efecto, entre
los muchos signos de esa esperanza para bien de la
Iglesia y de los hombres, S.S. Juan Pablo II reconocía
la emergencia de "una nueva época asociativa de los fieles
laicos", en la que, "junto al asociacionismo tradicional, y a
veces desde sus mismas raíces, han germinado movimientos y asociaciones
nuevas, con fisionomías y finalidades específicas", mostrando "la riqueza y
versatilidad de los recursos que el Espíritu alimenta en el
tejido eclesial" y "la capacidad de iniciativa y generosidad de
nuestro laicado" (Christifideles laici n. 29). Lo hizo en aquella
Exhortación apostólica post-sinodal, de la que conmemoramos su vigésimo aniversario
de publicación, carta magna para el laicado de nuestro tiempo,
que, en el camino sinodal –camino de comunión de toda
la Iglesia – ha sido recapitulación y ulterior desarrollo de
las enseñanzas del Concilio Vaticano II sobre la vocación y
misión de los fieles laicos en la Iglesia y en
el mundo. Así lo señalaba también el Cardenal Joseph Ratzinger
cuando, en 1985, escribía que "lo que abre a la
esperanza a nivel de la Iglesia universal - y esto
sucede precisamente en el corazón de la crisis de la
Iglesia en el mundo occidental – es el surgir de
nuevos movimientos que ninguno ha proyectado, sino que han surgido
espontáneamente de la vitalidad interior de la misma fe" (Informe
sobre la fe, 1985). En ellos, el Cardenal apreciaba la
fe que "renacía en hombres y mujeres jóvenes, sin ‘peros’,
sin subterfugios ni escapatorias, una fe vivida en su integridad,
como don, como un regalo precioso para la vida" (La
colocación teológica de los movimientos, 1997).
Los Cursillos de Cristiandad
han sido los adelantados proféticos de esa corriente viva de
nuevos movimientos y comunidades eclesiales que han enriquecido la comunión
y la misión de la Iglesia desde antes de la
segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días.
REALIDAD PROVIDENCIAL
¿Qué
cosa son los movimientos sino frutos de la acción del
Espíritu Santo que "no sólo santifica y dirige el pueblo
de Dios mediante los sacramentos y los ministerios" sino que
"también reparte gracias especiales entre los fieles de cualquier estado
o condición y distribuye sus dones a cada uno según
quiere" (Lumen Gentium, n. 12 )? Entreviendo los designios de
Dios como a través de un vidrio oscuro, sea Hans
Urs von Balthasar que Joseph Ratzinger han señalado cómo numerosos
y diversos carismas extraordinarios parecen concentrarse tempestivamente, como a modo
de racimo, en aquellas encrucijadas de la historia, de cambio
de época y profunda transición cultural, que someten a la
tradición cristiana a dura prueba ante los nuevos paradigmas y
desafíos que emergen, afectando las diversas dimensiones de la vida
de las personas y sociedades. Son esas irrupciones carismáticas las
que renuevan y hacen resurgir la tradición cristiana desde su
misma fuente, reviviendo y reproponiendo la entera fuerza original del
acontecimiento cristiano y su fascinante evidencia, suscitando corrientes vivas de
santificación de las personas, de reforma de la Iglesia en
su misterio de comunión, de nueva evangelización de la cultura
emergente.
"Es significativo al respecto – decía Juan Pablo II
el 18 de noviembre de 1984 – como lo Espíritu,
para proseguir con el hombre actual aquel diálogo comenzado por
Dios en Cristo y continuado a lo largo de la
historia cristiana, haya suscitado en la Iglesia contemporánea numerosos movimientos
eclesiales". Y en otra oportunidad, el 29 de setiembre de
1985, lo afirmaba aún más explícitamente: "La Iglesia, nacida de
la pasión y resurrección de Cristo y de la efusión
del Espíritu, y propagada en todo el mundo y en
todos los tiempos sobre el fundamento de los apóstoles, ha
sido durante siglos enriquecida por la gracia de siempre nuevos
dones. Estos le han permitido, en las diversas épocas, estar
presente en forma nueva y adecuada a la sed de
belleza y de justicia che Cristo iba suscitando en el
corazón de los hombres, y de la que El mismo
es la única satisfactoria y plena respuesta".
En el contexto
crucial de nuestro tiempo, los movimientos "son respuesta providencial" porque
"representan uno de los frutos más significativos de la primavera
de la Iglesia que anuncia el Concilio Vaticano II, pero
que, desgraciadamente, a menudo se ve entorpecida por el creciente
proceso de secularización" (S.S. Juan Pablo II, mensaje del 27
mayo de 1998).
El movimiento de Cursillos de Cristiandad es,
por cierto, obra del Espíritu de Dios, realidad providencial, camino
de redescubrimiento de la vocación y misión de los laicos,
acontecimiento de vida nueva que se propaga en todos los
ambientes de la convivencia, y, de tal modo, renovación de
la tradición cristiana que ya anticipa y prepara el Concilio
Vaticano II y que coopera en su más fiel y
viva actuación.
EN LOS ORIGENES DE LOS MOVIMIENTOS
Si la categoría genérica
de "movimientos" "no puede ciertamente agotar ni fijar la riqueza
de las formas suscitadas por la creatividad vivificante del Espíritu",
sirve, sin embargo, "para indicar una concreta realidad eclesial de
participación predominantemente laical, un itinerario de fe y de testimonio
cristiano que basa su propio método pedagógico sobre un carisma
preciso dado a la persona del fundador en circunstancias y
modos determinados". Son características de todos ellos - proseguía Juan
Pablo II, en su mensaje del 27 de mayo de
1998 – "la conciencia común de la novedad que la
gracia bautismal aporta a la vida (...), el singular deseo
de profundizar el misterio de comunión con Cristo y con
los hermanos (...), la firme fidelidad al patrimonio de la
fe trasmitido por la corriente viva de la Tradición (...),
dando todo ello "origen a un renovado impulso misionero, que
lleva a encontrarse con los hombres y mujeres de nuestra
época, en las situaciones concretas en las que se hallan,
y a contemplar con una mirada rebosante de amor la
dignidad, las necesidades y el destino de cada uno".
En su
origen, pues, los movimientos son obra del Espíritu que, según
el método de la encarnación, distribuye e infunde sus carismas
a personas determinadas para que den inicio a un nuevo
camino de fe que sea para la conversión y santificación
de las personas, para la "utilidad común" de la edificación
del Cuerpo de Cristo en medio de la convivencia humana.
Ha sido el Espíritu de Dios que fue iluminando la
definición de los Cursillos de Cristiandad, en su esencia y
finalidad, mediante la experiencia cristiana y eclesial vivida por Eduardo
Bonnín junto a sus jóvenes amigos, en el correr de
la década de 1940 en Mallorca, como corriente viva de
protagonismo de los laicos más allá de los límites aún
muy clericales de la Iglesia, en sintonía con cuanto ya
se iba reflexionando sobre la "teología del laicado", con los
mensajes urgidos de S.S. Pío XII para que los laicos
se reconocieran plenamente en la comunión y misión de la
Iglesia y con cuanto será ulteriormente enseñado y propulsado por
ese gran acontecimiento del Espíritu que fue el Concilio Ecuménico
Vaticano II. Ha sido ese mismo Espíritu quien asistió a
sacerdotes como Sebastián Gayá, Guillermo Payeras. Juan Capó y muchos
otros que colaboraron, como educadores de la fe, en la
génesis y desarrollo de los Cursillos. Y es el mismo
Espíritu que guió el discernimiento pastoral y el apoyo doctrinal
primero de Mons. Juan Hervás y después de todos los
Pontífices y los numerosísimos Obispos que han reconocido y alentado
los Cursillos de Cristiandad, en su integridad y singularidad, como
obra de Dios para bien la Iglesia y de los
hombres. No fueron, pues, obra del azar o de improvisaciones
geniales sino semilla potente, plantada por Dios en la tierra
buena de la Iglesia, en el corazón y la inteligencia
de Bonnín y sus amigos, en la compañía de los
pastores, que fue convirtiéndose en árbol frondoso y fecundo en
la viña del Señor. Por eso, S.S. Pablo VI pudo
decir, durante la primera Ultreya celebrada en Roma el 28
de mayo de 1966, que los Cursillos de Cristiandad, confirmados
por sus resultados y buenos frutos, "recorrían con derecho de
ciudadanía los caminos del mundo". El mismo Papa los bendijo
y alentó en su mensaje a la segunda Ultreya reunida
en Ciudad de México el 23 de mayo de 1970
y S.S. Juan Pablo II elevó su agradecimiento, en ocasión
de la tercera Ultreya celebrada el 28 de julio de
2000, en la Plaza de San Pedro durante el Año
Santo, "por todo lo que la Iglesia, por medio del
Cursillo de Cristiandad, ha realizado y continúa a realizar".
El
Papa Benedicto XVI enseña al respecto, en su mensaje del
22 de mayo de 2006, cómo "a lo largo de
los siglos, el cristianismo se ha comunicado y difundido gracias
a la novedad de vida de personas y comunidades capaces
de dar un testimonio eficaz de amor, de unidad y
de alegría", fuerza ésta que "ha puesto en ‘movimiento’ a
tantas personas generación tras generación. ¿Acaso no ha sido la
belleza que la fe ha engendrado en el rostro de
los santos la que ha impulsado a tantos hombres y
mujeres a seguir sus huellas? En el fondo – concluye
el Papa -, esto vale también para vosotros: a través
de los fundadores y los iniciadores de vuestros movimientos y
comunidades habéis vislumbrado con singular luminosidad el rostro de Cristo
y os habéis puesto en camino".
La "etapa nueva" de "madurez
eclesial" que el Papa Juan Pablo requería de los movimientos,
en su discurso del 30 de mayo de 1998, pasa
hoy día por la fidelidad al carisma que los ha
generado y siempre los anima y renueva, en toda su
pasión originaria, frescura y fuerza espiritual, al método de redescubrimiento
cristiano que el mismo carisma ha originado, a la amistad,
compañía y entramado comunitario que esa experiencia ha configurado y
que es, a la vez, su signo y sostén, su
alimento y propulsión, y, por todo ello, al ardor, al
ímpetu entusiasta, al celo irradiante y urgido por comunicar en
todos los ambientes la belleza de la experiencia vivida, superando,
a la vez, todo repliegue burocrático y cansancio, todas las
dificultades y pruebas, todas las divisiones en las que se
insinúa la obra del diablo.
RECOMENZAR DE JESUCRISTO
¿Qué son los
carismas si no un dones (gratia gratis data) que el
Espíritu Santo infunde para suscitar siempre renovados caminos de encuentro
y seguimiento del Señor en la vida de las personas
y comunidades? Los Cursillos de Cristiandad apuntaron, desde sus orígenes,
a lo que llamaron "lo fundamental cristiano". En su origen
hubo una experiencia de conversión que, más allá de los
oropeles tradicionales de la cristiandad, de su apariencia de poder
y éxito mundanos, suscitó un amor por Cristo y los
hermanos, un radicalismo evangélico, una urgencia apostólica, desembarazados de toda
mediocridad tranquila y conformista entre cristianos y determinados a no
dejarse enredar en el "tram-tram" del "aparato" eclesiástico. Aquella experiencia
de Eduardo Bonnin y sus amigos, junto a los pastores
que los acompañaron, toda centrada en lo "fundamental cristiano", bien
podría expresarse también con lo que el Papa Juan Pablo
II escribía como programa en la Carta apostólica Novo Millennio
Ineunte (nn. 16 y ss.): "recomenzar desde Cristo", fija la
mirada en su rostro, conscientes de la profundidad de su
misterio, y, por eso, mendicantes confiados en su gracia, para
redescubrir la estatura humana en la que hemos sido creados,
re-generada por el bautismo y destinada a crecimiento en plenitud,
convertidos en sus discípulos y, por eso, en sus testigos
y misioneros.
El carisma es una forma de obediencia a
la que la misericordia de Dios, por gracia de su
Espíritu, nos ha destinado, mediante la cual la presencia de
Cristo y el misterio de la Iglesia – su Cuerpo
en la historia – se vuelven evidentes y conmovedores, fascinantes
y razonables, en la vida de las personas. Los Cursillos
son, ante todo, esa invitación compartida a "abrir las puertas
a Cristo", las del corazón e inteligencia de la persona
y las de todos los ambientes de convivencia. En efecto,
son verdaderos carismas que proceden del mismo Espíritu (cfr. I
Cor. 12, 4-11) los que confiesan a Cristo como Señor
(cfr. I Cor. 12, 3), contribuyen a la edificación del
Cuerpo de Cristo en la convivencia humana (cfr. 1 Cor.
12, 7; 12, 22-27) y dan, por sobre todo, la
primacía a la caridad (cfr. I Cor. 13; 2Cor. 6,
6; Gal. 5, 2). Lo afirma claramente Benedicto XVI al
comienzo de su encíclica Deus caritas est: "No se comienza
a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea,
sino por un encuentro con un acontecimiento, con una Persona,
que da un nuevo horizonte a la vida y, con
ello, su orientación decisiva".
¡Ayer como hoy, somos contemporáneos de
esa Presencia! Hoy día, "en nuestro mundo, a menudo dominado
por una cultura secularizada que fomenta y difunde modelos de
vida sin Dios" en los que "la fe de muchos
es puesta a dura prueba y a menudo sofocada y
apagada" (cfr. Juan Pablo II, 30 de mayo de 1998),
estamos todos llamados a un renovado encuentro con Jesucristo, con
la misma realidad, novedad y actualidad, con el mismo poder
de persuasión y afecto, con la misma fascinante atracción, que
la experiencia vivida hace 2000 años por los dos primeros
discípulos en las orillas del Jordán y hace algunas décadas
por aquellos jóvenes amigos de Mallorca y peregrinos a Santiago.
Tal es la gracia que hay que implorar. El cristianismo
no es, en última instancia, una cosmovisión religiosa, una doctrina
sobre la verdad o un conjunto de ritos para minorías
de "iniciados", sino el acontecimiento del Verbo hecho carne, que,
por medio de la sacramentalidad de la comunidad cristiana, viene
a nuestro encuentro, en todo tiempo y lugar, y requiere
de nuestra libertad el sencillo "fiat", como el de María,
para que se haga carne en nuestra carne y sangre
en nuestra sangre. Este es la conciencia de la "criatura
nueva" que somos por el bautismo, la más profunda y
excelsa dignidad de la persona creada a imagen de Dios,
hecha partícipe de la muerte y resurrección del Señor, redimida
como hijo de Dios, protagonista nuevo en la escena del
mundo. Por eso, los auténticos carismas conducen, en la comunión
de la Iglesia, a la asiduidad en el encuentro sacramental
y eucarístico con el Señor, en el diálogo con El
en la oración, en la escucha de su Palabra y
en la inteligencia fiel de sus enseñanzas, en la viva
conciencia de su Presencia en la comunión de los hermanos
en la fe, en la percepción de su rostro en
los "prójimos" de todos los ambientes de vida y especialmente
de aquellos que cargan con la cruz de la pobreza,
del sufrimiento, de la pérdida de "sentido" de la vida.
La autoconciencia más plena de la persona se da en
el encuentro con Jesucristo. Por eso, no hubo texto más
capital ni más reiterado en el magisterio de S.S. Juan
Pablo II que aquél de la Gaudium et Spes (n.
22): "En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece
en el misterio del Verbo encarnado".
METODO, CAMINO, ESCUELA
Es claro que
todo carisma extraordinario genera un método de educación a la
fe y en la fe, o sea un camino de
redescubrimiento de la presencia de Cristo en la vida de
las personas, mediante su pertenencia a la comunión y su
participación corresponsable en la misión de la Iglesia. Método quiere
decir camino hacia una meta, itinerario de descubrimiento, aprendizaje y
formación. Por eso, Benedicto XVI llamó a los movimientos "escuelas
de vida", "escuelas de libertad", "escuelas de comunión" (homilía del
3 de junio de 2006). Y el Papa Juan Pablo
II exclamaba años antes: "¡Cuánta necesidad existe hoy de personalidades
cristianas maduras, conscientes de su identidad bautismal, de su vocación
y misión en la Iglesia y en el mundo! (...)
Y aquí entran los movimientos y las nuevas comunidades eclesiales":
ellos son la "respuesta providencial" (discurso del 30 de mayo
de 1998).
Hoy ya no existe más un ambiente social
y cultural favorable a la transmisión del cristianismo; al contrario,
se difunde a través de las potentes y capilares redes
mediáticas una cultura dominante, de tendencias relativista e incluso de
nihilismo conformista, cada vez más lejana y hostil a la
tradición cristiana. La confesión cristiana de muchos bautizados vive de
retazos de esa tradición, reducida a episodios y fragmentos residuales,
empobrecida y confusa en sus contenidos existenciales e intelectuales, superflua
en última instancia. El Papa Benedicto XVI ha señalado en
diversas oportunidades la actual "emergencia educativa", o sea, la ardua
dificultad de comunicar razones, ideales fundados y fuertes, que den
un sentido y un camino de realización auténticamente humana a
la vida. Esta emergencia educativa encuentra un punto neurálgico y
crítico en la dificultad de transmisión de la fe, que
parece haber puesto la fuerza de "tradere", de comunicación. No
sirven al respecto una retórica genérica sobre los valores, ni
los discursos piadosos, ni siquiera la mera dicción del mensaje
cristiano. No interesa ni atrae una apelación cristiana que no
sea experiencia portante de vida nueva, en la que se
entrevea un resplandor de verdad y una promesa de felicidad
para la propia vida. Por eso mismo, los movimientos
esultan "providenciales" porque comunican y atraen gracias al testimonio de
una vida nueva que reenvía al acontecimiento que la hace
posible, dan razones de la esperanza que anima el amor
irradiante de esa experiencia anunciando el kerygma de la fe,
y proponen un camino educativo a las personas acompañándolas hacia
su madurez cristiana. Son, como escribió Benedicto XVI el 22
de mayo de 2005, "compañías en camino, en las que
se aprenda a vivir en la verdad y en el
amor que Cristo nos reveló y comunicó por medio del
testimonio de los apóstoles, dentro de la gran familia de
sus discípulos".
La fuerza del carisma y de su método
educativo conducen a superar todo dualismo entre fe y vida,
a dar "forma" a la vida bajo el impacto del
acontecimiento cristiano, a ir experimentando la unión con Cristo como
la respuesta plena, satisfactoria, sobreabundante, a los deseos de libertad,
verdad, felicidad y justicia arraigados en el corazón de la
persona, hasta llegar exclamar, como el apóstol Pablo: "No soy
yo quien vive, sino Cristo que vive en mí" (...).
"¡La vida es Cristo" (Gal. 2, 20).
Benedicto XVI lo expresa
con fuerza en la homilía de la Misa inaugural de
su pontificado (24 de abril de 2005): "Quien deja entrar
a Cristo (en su vida) no pierde nada, nada, absolutamente
nada de lo que hace la vida libre, bella y
grande (...). Sólo con esta amistad se abren realmente las
grandes potencialidades de la condición humana (...). ¡No tengáis miedo
de Cristo! El no quita nada, y lo da todo.
Quien se da a El, recibe el ciento por uno.
Sí, abrid de par en par las puertas a Cristo,
y encontraréis la vida verdadera".
En efecto, es verdadero encuentro
con Cristo es si va cambiando la vida, toda la
vida, todos los intereses portantes de la vida, no obstante
todas las distracciones e incoherencias, todas los compromisos mundanos, todas
las negaciones y traiciones que provienen del pecado. La confesión
de fe y el entramado de la vida cotidiana no
quedan más divorciados, en compartimentos separados. Nada puede quedar ajeno
a esa metanoia, a esa conversión y transformación de toda
la existencia. Si es verdadero encuentro, cambia la vida de
la persona e imprime con su impronta la vida matrimonial
y familiar, las amistades, el trabajo, las diversiones, el uso
del tiempo libre y del dinero, el modo de mirar
la realidad. Todo lo convierte en más humano, más verdadero,
más esplendoroso de belleza, más feliz. Todo lo abraza con
la potencia de un amor transfigurador, unitivo, vivificante, signo y
flujo de esa "revolución del amor" que es el cristianismo.
Y esta novedad de vida no es el resultado de
un mero esfuerzo moral, siempre frágil, de la persona, sino
fruto, ante todo, de la gracia, o sea, de un
encuentro que se vuelve amistad, familiaridad, comunión, confianza en el
amor misericordioso de Dios, fuerza en nuestra debilidad. "La síntesis
vital entre el Evangelio y los deberes cotidianos de la
vida que los fieles sabrán plasmar – escribe Juan Pablo
II en la Christifideles laici (n. 34) – será el
más espléndido y convincente testimonio de que, no el miedo
sino la búsqueda y la adhesión a Cristo son el
factor determinante para que el hombre viva y crezca, y
para que se configuren nuevos modos de vivir más conformes
a la dignidad humana".
Por otra parte, gracias a los
carismas y a su fuerza educativa la radicalidad del Evangelio,
el contenido objetivo de la fe y el flujo vivo
de su tradición se comunican persuasivamente y se acogen como
experiencia personal. Los movimientos suscitan y alimentan, acompañan y conducen
una inteligencia de la fe que arraiga en las enseñanzas
de la Iglesia comunicadas por el Magisterio de sus Pastores
- condensadas en el Catecismo de la Iglesia católica –
y que se convierte en inteligencia de toda la realidad.
No por casualidad se dice ilustrativamente en la tradición de
los Cursillos que toda la realidad aparece "de colores" a
los creyentes, ya no más en la oscuridad de una
vida confusa, sin sentido, o en la superficialidad de una
existencia gris en la que el cristianismo de muchos se
va convirtiendo en mezquindad. Quintaesencia de los Cursillos es conmover
el corazón, iluminar la inteligencia e imantar la voluntad en
el camino de conversión y formación de una nueva personalidad cristiana.
COMPAÑIA, AMISTAD, COMUNION
La "afinidad espiritual" que se crea entre los
que comparten el mismo carisma suscita fuertes y profundas amistades,
modalidades de vida comunitaria, formas de singular fraternidad, que son
compañía y sostén para la vida cristiana de las personas
y que hacen "concretamente experimentable y practicable – escribía el
Cardenal Joseph Ratzinger en el libro La sal de la
tierra, 1997 -, al interior de una realidad más pequeña,
la gran realidad vital de la Iglesia". Los movimientos son
manifestaciones de la "libertad de formas" en las que se
realiza la única Iglesia, por medio de las cuales se
educa a un sentido de pertenencia a su misterio de
comunión y de participación a su misión. Por eso, Benedicto
XVI llama a los movimientos "signos luminosos de la belleza
de Cristo y de la Iglesia, su Esposa" (mensaje del
2 de mayo de 2006), reflejos irradiantes de este misterio
de comunión por el que nos reconocemos "miembros de un
mismo Cuerpo, hechos "uno en Cristo" (cfr. Gal. 3, 28;
Col. 11), que tiene su fuente y cumbre en la
Eucaristía, "signo de unidad" y "vínculo de caridad" (cfr. Lumen
Gentium, 11). La Iglesia, expresó Benedicto XVI antes de su
viaje a Colonia para participar en la Jornada Mundial de
la Juventud, es el "sostén de un gran amor para
nuestra vida". San Agustín lo decía con estas palabras: "En
esta convivencia humana, tan colmada de errores y sufrimientos, ¿qué
nos consuela sino una fe segura y el amor de
amigos verdaderos y buenos? ¿Acaso no podríamos decir lo mismo
desde la experiencia de los movimientos?
"¡Cuánta necesidad de comunidades
cristianas vivas!", exclamaba también Juan Pablo II y, también ese
sentido, destacaba el carácter providencial y paradigmático de los movimientos
(discurso del 30 de mayo de 1998). En efecto, ¿como
mantener la fe como acontecimiento viviente en la persona?, ¿cómo
crecer en la novedad de vida de la "nueva criatura"?,
¿cómo vivir la libertad de los hijos de Dios en
medio de vigencias mundanas cada vez más asimiladoras?...¿Cómo hacerlo sin
un arraigo vigoroso en una concreta comunidad cristiana, viva, que
sea morada para la persona, que abrace toda su vida,
que sostenga y alimente la memoria de Cristo y la
fidelidad a la tradición en todas las dimensiones de su
existencia? Cuando los vínculos de pertenencia a la Iglesia son
débiles y episódicos, hay sólo un consumo de sus servicios
"religiosos". No basta tampoco una idea abstracta de Iglesia, sometida
a nuestras precomprensiones y medidas. La excesiva confianza que muchas veces
se ha puesto en planificaciones y "burocracias" hace que la
Iglesia termine apareciendo para muchos como una empresa de servicios
religiosos y exhortaciones morales modelada por los "proyectos" de sus
actores. Además, somos herederos todavía de aquella contradicción, que tanto
hizo sufrir a S.S. Pablo VI cuando admiraba la más
bella, profunda y renovada autoconciencia eclesial que, como fruto del
Espíritu, se expresaba en las enseZanzas conciliares y, a la
vez, advertía los fenómenos masivos de crisis, desafección, contestación y
alejamiento de su auténtica comunión. No puede extrañar, pues, que
estemos invitados a releer ese extraordinario documento conciliar, que es
la Constitución sobre la Iglesia, "Lumen Gentium" y proceder a
reeducar el "sensus ecclesiae". Hay que redescubrir siempre a la
Iglesia como sacramento arraigado en la vida trinitaria, que "significa"
al mundo entero el misterio del designio salvífico, revela la naturaleza
peregrinante del pueblo de Dios, presente en la historia como
epifanía de la inextinguible novedad y contemporaneidad del Cuerpo de
Cristo. Se la acoge ante todo como un don, en
toda la densidad y belleza de su misterio, en todos
los factores q que la constituyen. No es "nuestra", es
de Dios.
Si no se da esa in-corporación en comunidades cristianas
vivas -en su profundo sentido teológico y existencial-, la Iglesia
queda como un agregado más en la vida y no
como ese "tremendo misterio", más radical y decisivo que cualquier
vínculo familiar, étnico, social, político y cultural. Las circunstancias actuales
no hacen más que destacar esta exigencia. En efecto, estamos
hechos para la comunión pero todo tiende a ofuscar nuestro
origen, el deseo de nuestro corazón, nuestro destino. Hoy se
da un acelerado proceso de disgregación del tejido social por
doquier, en sociedades cada vez más fragmentadas en una multiplicidad
de intereses, culturas y conflictividades particulares, en la que crece
sea la indiferencia sea la hostilidad de los unos con
los otros. La libertad concebida como autosuficiencia individualista rompe los
vínculos de pertenencia y deja al "yo" aislado, en condiciones
de fragilidad, desamparo y dependencia bajo los influjos del poder,
en creciente masificación impersonal. No basta obviamente la comunicación "virtual".
En la "aldea global" de las comunicaciones lo que más
hace falta son verdaderos encuentros, compañías y amistades, una dinámica
real de comunión. Por eso mismo la exhortación apostólica Christifideles
laici (n. 33) decía que "para rehacer el entramado cristiano
de la sociedad humana" -comenzando desde la familia y los
"cuerpos intermedios"- hay que "rehacer la cristiana trabazón de las
comunidades eclesiales" La Iglesia ha de ser cada vez más
"forma mundi" -germen, signo y flujo de nueva sociedad dentro
del mundo- en cuanto comunidad visible de personas muy diversas
-pobres pecadores confiados en la misericordia y gracia de su
Señor- que viven relaciones verdaderas, más humanas, caracterizadas más por
el "ser" que por el "haber" y el "poder", de
sorprendente fraternidad, don milagroso de unidad que los hombres no
pueden conquistar con sus solas y desordenadas fuerzas. Siempre expuesta
al pecado de sus miembros, siempre en "examen de conciencia", siempre
suplicando el perdón y en actitud de conversión y renovada
fidelidad.
Es hoy más que nunca fundamental y urgente, pues,
"la formación de comunidades cristianas maduras, en las cuales la
fe consiga liberar y realizar todo su originario significado de
adhesión a la persona de Cristo y a su Evangelio,
de encuentro y comunión sacramental con El, de existencia vivida
en la caridad y en el servicio" (Christifideles laici, n.
33). Toda comunidad cristiana -familias como "iglesias domésticas", parroquias, asociaciones,
comunidades religiosas, comunidades eclesiales de base, movimientos...- está llamada a
vivir y testimoniar ese misterio de comunión, en unión con
el Obispo y con el Papa, como morada y humus
de educación de la persona, de adhesión al cristianismo como
acontecimiento viviente, de crecimiento de la libertad ante las presiones
conformistas del ambiente y de responsabilidad apasionada por el propio
destino y por el de los demás. No depende esto
de una multiplicación de iniciativas ni de renovaciones de fachada.
Es obra de los dones sacramentales y carismáticos, que son
coesenciales en la Iglesia, fundándola y siempre renovándola. La historia
de la Iglesia nos muestra que los movimientos de renovación
que el Espíritu suscita para revitalizar la fe y la
misión vuelven a las fuentes y reactualizan en formas muy
diversas aquel arquetipo de la comunidad primitiva en la que
todos los hermanos tenían "una misma alma y un mismo
corazón", acudiendo asiduamente a la enseñanza de los apóstoles", congregados
en la fracción del pan y las oraciones, poniendo vida
y bienes en común.
Esa trama de comunión está muy presente
desde los orígenes de los Cursillos de Cristiandad, que se
podría decir también que fueron fruto de una amistad que,
en Cristo, fue dilatándose en el abrazo de las gentes
más diversas en edades, condición social, culturas y naciones. Por
eso, ha sido tan corriente entre Ustedes la expresión: "hacer
amigos, hacerse amigos y hacerlos amigos de Cristo", trama de
amistad que se articula en la dinámica circular del pre-cursillo,
del Cursillo y del postcursillo. Es una amistad que se
hace comunión, que vive, se alimenta y sostiene en la
gran comunión de la Iglesia, que es pronta y obediente
adhesión a los Obispos en comunión con el Sucesor de
Pedro – ministros, testigos y garantes de esa comunión en
la verdad y en la caridad –, que comparte su
carisma y obras en la vida de las Iglesias locales
para la edificación del único Cuerpo de Cristo, y que
es comunión, no replegada sobre sí, sino para la misión.
¡AD
GENTES!
"Quien ha encontrado algo verdadero, hermoso y bueno en su
vida – el auténtico tesoro, la perla preciosa – corre
a compartirlo por doquier, en la familia y en el
trabajo, en todos los ámbitos de su existencia". Así lo
reconocía Benedicto XVI en su homilía del 3 de junio
de 2006. Por eso, unos días antes, en su mensaje
del 22 de mayo del mismo año, exhortaba a los
movimientos a llevar "la luz de Cristo a todos los
ambientes sociales y culturales en los que vivís", señalando que
"el impulso misionero es una confirmación del radicalismo de una
experiencia de fidelidad, siempre renovada, al propio carisma, que lleva
a superar cualquier encerramiento, cansado y egoísta, en sí mismos".
Ese ímpetu misionero está en los orígenes mismos de los
Cursillos de Cristiandad. No en vano Eduardo Bonnín ha destacado
la importancia que tuvo, desde la definición misma de estos
cursillos, el "estudio del ambiente". Ese estudio del ambiente presuponía
y significaba entonces, por una parte, un salir fuera de
las "sacristías", un zafar de todo encierro eclesiástico, un ir
más allá de una Iglesia instalada en cristiandades cuyo peso
social cubría situaciones y tendencias de una crisis en incubación.
Por otra, era un estar atentos a las circunstancias de
vida de cada persona en las condiciones reales y concretas,
ordinarias, de su existencia y convivencia, un celo por dilatar
la fuerza de la amistad cristiana en todos los ambientes,
una viva conciencia del destino universal del Evangelio de Cristo
que no hace acepción de personas ni las discrimina según
etiquetas o censuras preventivas, un estar con el corazón abierto
y dispuesto a todos los encuentros como si cada uno de
ellos fuera acontecimiento y promesa, apasionados por la vida y
el destinos de quienes se encuentra.
"La Iglesia no hace
proselitismo – decía Benedicto XVI en Aparecida (13 de mayo
de 2007). Crece mucho más por atracción: como Cristo ‘atrae
a todos a sí’ ". También los Cursillos proponen ese
testimonio atractivo, "fermental", porque apto para conmover el corazón de
las personas, para encaminar después a su inteligencia y espolear
luego su voluntad en un camino de reconciliación consigo mismo,
con Dios y con los hermanos. A Bonnín y los
suyos importaba mucho referirse a las narraciones de los encuentros
de Cristo con las más diversas personas en las circunstancias
aparentemente banales de la vida (con quienes serán sus apóstoles,
con la Magdalena y la samaritana, con Zaqueo, con el
joven rico...), pues éstos mismos encuentros se siguen dando por
medio de sus testigos en todos los ambientes de la
convivencia, de todo tiempo y lugar. Es siempre el mismo
método del discipulado, que comienza con el "ven y verás",
"ven y sílguenme", y que luego será familiaridad, anuncio, enseñanza,
novedad de vida compartida, apostolado. Es la dinámica de la
invitación atractiva ("sígueme"), de la formación ("haced discípulos míos) y
del envío ("id a todo el mundo").
La invitación a los
Cursillos queda destinada a todos, de todas las edades, hombres
y mujeres, de las diversas condiciones sociales y contextos culturales,
sin pre-requisitos morales o religiosos, porque el Evangelio está destinado
¡a todos!, y un carisma "católico" se demuestra siempre capaz
de abrazar y conmover a todos. Está dirigido tanto a
quienes han visto sepultado el don del bautismo en el
olvido o la indiferencia o a los "alejados" de toda
conciencia creyente. La Exhortación Christifideles laici (n. 34) no deja
hoy lugar a fáciles optimismos: "Enteros países y regiones en
los que un tiempo la religión y la vida cristiana
fueron florecientes (...) están hoy sometidos a dura prueba e
incluso alguna vez que otra son radicalmente transformados por el
continuo difundirse del indiferentismo, del secularismo y del ateísmo", de
tal modo que grandes masas de hombres "viven como si
Dios no existiese". Y "el número de los que aún
no conocen a Cristo ni forman parte de la Iglesia
– se afirma en el encíclica Redemptoris Missio (n. 3)
– (...) desde el final del Concilio casi se ha
duplicado". Sin embargo, no sirve quedarse en la queja, el
lamento y la denuncia sobre la maldad de los tiempos.
Dos motivos sostienen nuestra esperanza y celo misionero. El primero
es que el Espíritu Santo nos precede siempre, como el
gran protagonista de la evangelización, en la vida de las
personas, en sus ambientes de vida, en todas las naciones,
en toda la creación. Y el segundo es la convicción
que toda persona, su razón y afectividad, está hecha para
la verdad, para la justicia, para la felicidad, para el
amor, anhelos sin confines que ansían una realización en plenitud,
y que, por eso, queda inquieta hasta que no reposa
en Dios, encontrando sólo en Cristo la respuesta plena, totalmente
satisfactoria, a esos anhelos insuprimibles e irreprimibles de su humanidad.
Interpreto ese "vertebrar los ambientes" - ¡vertebración de cristiandad! -,
que es tan propio de la experiencia y del léxico
de los Cursillos, como esa sorprendente transformación que el fermento
produce en la masa, convirtiéndola en comunidad de personas conscientes
y respetuosas de la común dignidad, apasionadas por la justicia
y la paz, solidarias ante las necesidades, constructoras del bien
común. Mucho más aún: son los signos del Reino de
Dios que misteriosamente crece en medio de la convivencia humana,
la "revolución del amor" que sólo el cristianismo es, trasmite
y difunde en la historia de los hombres, el Señorío
de Cristo única "piedra angular" para toda construcción verdaderamente humana.
Hoy todos los cursillistas están llamados, por fidelidad a su
carisma, a renovar su celo y su presencia misionera en
todos los "areópagos" en los que anunciar la buena nueva
de la salvación. Tienen que llevar y proponer la experiencia
de Cursillos por doquier, en todos los ambientes, hacia todos
los confines del mundo, e incluso "hasta la luna", como
decían sus iniciadores. Entonces estarán respondiendo fehacientemente a la invitación
que también les ha dirigido el Santo Padre Benedicto XVI,
el 3 de junio de 2006: "Queridos amigos: os pido
que seáis, aún más, mucho más, colaboradores en el ministerio
universal del Papa, abriendo las puertas a Cristo. Este es
el mejor servicio a la Iglesia y a los hombres..."
Esa pasión apostólica, misionera, ayudará, además, ¡y no es poca
cosa!, a zafar de la tentación de concentrar y desgastar
energías en interminables debates interpretativos, en bandos contrapuestos, en pujas
reivindicativas de poder, en tensiones, sospechas y divisiones que ofuscan
el testimonio de amistad y que inhiben la más decidida
entusiasta promoción de los Cursillos y de la presencia fermental
y vertebrante que están llamados a realizar en todos los
ambientes.
¡Ultreya, amigos! ¡Ultreya! Parece que esta exclamación y saludo quiere
decir "más allá". La gracia del Señor nos lleva más
allá de todos nuestros límites, ilumina nuestra inteligencia con el
más allá de la fe, nos conduce más allá de
nuestros programas y esquemas, nos invita a ser sus testigos
y misioneros siempre más allá de todos los confines y
nos espera en el más allá de la historia, en
su morada eterna. ¡Ultreya, amigos cursillistas!
Prof. Dr. Guzmán M.
Carriquiry Lecour Sub-Secretario del Consejo Pontificio para los Laicos Los Angeles
(California), 1 de agosto de 2009
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