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Autor: . | Fuente: Zenit.org Kiko Argüello: La familia en la misión de la Iglesia
Publicamos la "lectio doctoralis" que pronunció el 13 de mayo Kirko Argüello al recibir el "honoris causa" del Instituto Pontificio Juan Pablo II para estudios sobre el matrimonio y la familia, institución que tiene su sede en la Universidad Pontificia La
Kiko Argüello: La familia en la misión de la Iglesia
"Lectio doctoralis"
El Papa Juan XXIII, en la constitución apostólica
"Humanae salutis" (1961) con la que convoca el Concilio Vaticano
II, exhorta diciendo: "La Iglesia asiste en nuestros días a
una grave crisis de la humanidad, que traerá consigo profundas
mutaciones. Un orden nuevo se está gestando, y la Iglesia
tiene ante sí misiones inmensas, como en las épocas mas
trágicas de la historia. Porque lo que se exige hoy
de la Iglesia es que infunda en las venas de
la humanidad actual la virtud perenne, vital y divina del
Evangelio" (n. 2).
El Espíritu Santo, que anima y guía
la Iglesia, suscita el Concilio Vaticano II para responder a
la "grave crisis" de la cual habla el Papa: el
restablecimiento de la Palabra de Dios (Dei Verbum), la reforma
de la liturgia (Sacrosanctum Concilium), una nueva eclesiología, la Iglesia
como cuerpo y sacramento de salvación (Lumen Gentium), y esto
en función de su misión (Gaudium et Spes) de evangelización
y salvación del hombre contemporáneo.
Entre los numerosísimos dones que
el Espíritu Santo ha suscitado para poner en práctica la
renovación deseada por el Concilio está también el Camino Neocatecumenal
que el Estatuto, aprobado por la Santa Sede de
forma definitiva, el 1 de mayo de 2008, define
como: "Un itinerario de formación católica, valida para la sociedad
y para los tiempos modernos" (Art. 1 § 1), que
se ofrece " al servicio del obispo como una de
las modadlidades de actuación diocesana de la iniciación cristiana y
de la educación permanente de la fe" (Artículo 1 §
2).
El Estatuto, sobre todo el capitulo II (Artículos 5-21)
presenta los elementos fundamentales del neocatecumenado, las catequesis iniciales, el
trípode (Palabra-Liturgia-Comunidad) en los que se basa y sus fases,
etapas y pasos.
La iniciación cristiana es una respuesta providencial
que el Señor ha suscitado para responder a la descristianización
presente. Lo había intuido muy bien el Papa Juan XXIII,
así como el Papa Juan Pablo II.
En el primer
encuentro que él tuvo con nosotros en Castel Gandolfo, el
5 de septiembre de 1979 --estábamos presentes Carmen, el padre
Mario y yo--, después de la misa, el Papa nos
dijo que durante la celebración había visto ante si: ateísmo
- Bautismo - catecumenado.
En aquel momento no entendí bien
qué quería decir, es más me parecía un error anteponer
Bautismo a catecumenado. El catecumenado en la tradición del a
Iglesia es para aquellos que se preparan a recibir el
Bautismo.
La clave puede que nos la dé lo que dijo
el Papa en una parroquia de Roma, hablando a las
comunidades neocatecumenales: "Yo veo así la génesis del Neocatecumenado...., uno,
no sé si Kiko u otros, se ha preguntado: ¿de
dónde venía la fuerza de la Iglesia primitiva y de
dónde viene la debilidad de la Iglesia de hoy, mucho
más numerosa? Y yo creo que ha encontrado la respuesta
en el catecumenado, en este Camino".
Diciendo el Papa que ha
visto delante de si: ateísmo - Bautismo - catecumenado, ¿qué
ha querido decir?
Creo que después de la experiencia de ateísmo
en Polonia, el Papa, con una filosofía con raíces en
la fenomenología de Husserl, ha querido decir que para responder
a la fuerza del ateísmo moderno y a la secularización,
los cristianos bautizados necesitan un catecumenado como tenía la Iglesia
primitiva, un cartecumenado post-bautismal.
Durante varios siglos la Iglesia primitiva ha
tenido un catecumenado serio, donde los catecúmenos debían mostrar que
tenían fe, porque comenzaban a hacer obras de vida, obras
que mostraban que en ellos actuaba Cristo Resucutado. El bautismo
era la gestación a una nueva creación dónde la síntesis
del anuncio del Kerigma, la buena noticia, el cambio de
vida moral y la liturgia eran una sola cosa.
La
Iglesia de hoy necesita esta formación seria. De hecho, el
punto para nosotros es uno solo: que se forme el
hombre nuevo, el hombre celeste, en un itinerario serio de
formación cristiana; ese hombre que, como dice san Pablo, lleva
en su cuerpo el morir de Jesús para que se
vea en su cuerpo que Cristo está vivo, de modo
que cuando el cristiano muere "el mundo recibe la vida".
Esta
iniciación cristiana, que Camino Neocatecumenal propone en sus rasgos
fundamentales, reconstruye la comunidad cristiana, inspirándose en la Sagrada Familia
de Nazaret. En el Estatuto se dice concretamente: "Modelo de
la comunidad neocatecumenal es la Sagrada Familia de Nazaret, lugar
histórico donde el Verbo de Dios, hecho Hombre, se hace
adulto creciendo ´en sabiduría, edad y gracia´, estando sometido a
José y María. En la comunidad los neocatecúmenos se tornan
adultos en la fe, creciendo en humildad, simplicidad y alabanza,
sometidos a la Iglesia (Art. 7 § 2).
Iglesia, comunidad
cristiana, Familia de Nazaret, familia humana: el camino está claro.
Nos lo dijo el Papa Juan Pablo II en una
memorable homilía, que nos dirigió en la festividad de la
Sagrada Familia, el 30 de diciembre de 1988, en Porto
San Giorgio, donde vino para enviar las primeras 72 familias
en misión: "Si se tiene que hablar de una renovación,
de una regeneración de la sociedad humana, más bien de
la Iglesia como sociedad de los hombres, se tiene que
empezar de este punto, de esta misión. Iglesia Santa de
Dios, tú no puedes hacer tu misión, no puedes cumplir
tu misión en el mundo, si no por la familia
y su misión".
El Camino Neocatecumenal ha podido hacer lo que
ha hecho hasta ahora: familias reconstruidas, numerosos hijos, vocaciones a
la vida contemplativa y al sacerdocio... Sólo a través de
esta obra de reconstrucción de la familia. Me gustaría apuntar
brevemente cómo se hace esto en el camino, educando a
las familias en la oración y en la transmisión de
la fe a los hijos: de hecho, son los padres,
como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, quienes "han
recibido la responsabilidad y el privilegio de evangelizar a sus
hijos" (n. 2225).
Después de que Dios se manifestó a
su pueblo en el monte Sinai, como único Dios existente,
y les mandó que le amaran "con todo el corazón,
con toda el alma y con todas las fuerzas", añade
inmediatamente: "Se lo repetirás a tus hijos, les hablarás de
ello tanto si estás en casa como si vas de
viaje, así acostado como levantado...". "Cuando el día de mañana
te pregunte tu hijo: ´¿Qué son estos estatutos, estos preceptos
y estas normas que el Señor nuestro Dios os ha
prescrito?´, dirás a tu hijo: ´Éramos esclavos de Faraón en
Egipto, y el Señor nos sacó de Egipto con mano
fuerte. El Señor realizó a nuestros propios ojos señales y
prodigios grandes y terribles en Egipto, contra Faraón y toda
su casa. Y a nosotros nos sacó de allí para
conducirnos y entregarnos la tierra que había prometido bajo juramento
a nuestros padres" (cf. Deuteronomio 6, 4ss).
Este texto, que
ha sido muy importante para el pueblo judío durante los
siglos y que ha mantenido a las familias judías unidas,
hace comprender la importancia que tiene para los padres el
hecho de transmitir la fe a los hijos y también
da a entender que este mandato divino está dado a
los padres y no puede delegarse a ningún otro. Son
ellos los que deben contar a los hijos el amor
que Dios les ha tenido.
Para los primeros cristianos
transmitir la fe a los hijos, a través de las
Sagradas Escrituras, que se adentran en Cristo Jesús, fue la
misión primordial. Lo testimonia la segunda carta de Pablo a
Timoteo: "Persevera en aquello que has aprendido y creído, sabiendo
de quién lo has aprendido (de la madre Eunice) y
que desde la infancia conoces las Sagradas Escrituras" (2 Timoteo
3,14-15). Y esta tradición se ha mantenido, en diversas formas,
a lo largo de los siglos, en las familias cristianas.
Nos dan testimonio de ello numerosos jóvenes mártires.
El Camino Neocatecumenal, en cuanto a
iniciación cristiana en las diócesis y en las parroquias, enseña
hoy a las parejas también a transmitir la fe a
los hijos, sobre todo en una celebración familiar, en una
liturgia doméstica.
La familia cristiana, tiene tres altares: el primero
la mesa de la santa Eucaristía, dónde Cristo ofrece el
sacrificio de su vida por nuestra salvación; el segundo, el
tálamo nupcial, dónde se sitúa el sacramento del matrimonio y
se da la vida a los nuevos hijos de Dios,
tálamo nupcial al que se le debe gran honor y
gloria; el tercer altar, la mesa de la familia, donde
la familia come unida, bendiciendo al Señor por todos sus
dones. En torno a esta misma mesa se hace la
celebración doméstica, en la cual se pasa la fe a
los hijos.
Después de más de 30 años
de Camino, uno de los frutos que más consuelan es
ver a las familias reconstruidas llegar a ser verdadera Iglesia
doméstica. Estas familias, abiertas a la vida, y por tanto
normalmente numerosas, asumen el deber primario de la familia cristiana
de transmitir la fe a los propios hijos.
Además de la
oración de la mañana y la noche, de la oración
antes de las comidas y además de la participación, junto
con los padres, en la Eucaristía de la comunidad, la
transmisión de la fe a los hijos, se da fundamentalmente,
a través de una celebración domestica, que habitualmente se hace
el día del Señor.
En esta celebración los padres rezan
los salmos de las laudes con los hijos, leen las
Sagradas Escrituras y les preguntan: "¿qué te dice a tu
vida esta palabra?". Es impresionante ver cómo los hijos aplican
la Palabra de Dios a su propia historia. Al final
el padre y la madre dicen una palabra, partiendo de
su propia experiencia, e invitan a los hijos a rezar
por el Papa, por la Iglesia, por los que sufren,
etc. Después se reza el Padrenuestro y se dan
la paz; y la celebración se concluye con la bendición
de los padres sobre cada uno de los hijos.
La
Marialis cultus, del Papa Pablo VI, en el n. 53
afirma: "De acuerdo con las directrices conciliares, la Liturgia de
las Horas incluye justamente el núcleo familiar entre los grupos
a que se adapta mejor la celebración en común del
Oficio divino: "conviene finalmente que la familia, en cuanto sagrario
doméstico de la Iglesia, no sólo eleve preces comunes a
Dios, sino también recite oportunamente algunas partes de la Liturgia
de las Horas, con el fin de unirse más estrechamente
a la Iglesia". No debe quedar sin intentar nada para
que esta clara indicación halle en las familias cristianas una
creciente y gozosa aplicación".
Y en el n. 54 prosigue:
"Después de la celebración de la Liturgia de las Horas
-cumbre a la que puede llegar la oración doméstica-, no
cabe duda de que el Rosario a la Santísima Virgen
debe ser considerado como una de las más excelentes y
eficaces oraciones comunes que la familia cristiana está invitada a
rezar".
Resultado de esta importante
atención de los padres a los propios hijos es que
casi todos están en la Iglesia. Es por esto que
hay tantos jóvenes en las comunidades neocatecumenales. De estas familias
están surgiendo miles de vocaciones para los seminarios y monasterios.
Nos alegra el que el Instituto Pontificio Juan Pablo II
se comprometa tanto en la investigación sobre la familia y
que pueda, en este modo específico, ayudar a los padres
a transmitir la fe a los propios hijos. Es una
misión importante que debe ser apoyada y animada.
Como hemos
dicho, hoy es de vital importancia para la familia cristiana
una celebración familiar, una liturgia domestica, donde puedan encontrarse, al
menos una vez a la semana, las dos generaciones
- hijos y padres - y donde pueden rezar y
dialogar poniendo la palabra y al Señor Jesús resucitado en
el centro.
Nuestra sociedad está desestructurando la familia: en los tiempos
(ritmos de trabajo y horarios escolares), en los componentes (parejas
de hecho, divorcio,etc...) en las maneras de vivir, pero sobre
todo a través de una cultura que se esta volviendo
contraria a los valores del Evangelio.
Nosotros estamos convencidos de que
la verdadera batalla que la Iglesia está llamada a afrontar
en el tercer milenio, el verdadero desafío que debe asumir,
y donde se juega el futuro, es la familia.
El
Papa Juan Pablo II, en la homilía d Porto San
Giorgo, el 30 de diciembre de 1988 que recordaba
antes, nos confió el siguiente encargo. Con mucha fuerza nos
dijo: "Debéis, con todos vuestras oraciones, con vuestro testimonio, con
vuestra fuerza, ayudar a la familia, tenéis que protegerla
contra la destrucción. No hay otra dimensión en la que
el hombre pueda expresarme como persona, cómo vida, como amor,
se tiene también que decir que no existe otro lugar,
otro entorno en el que el hombre pueda ser más
destruido. Hoy se hacen muchas y cosas para normalizar estas
destrucciones, para legalizar estas destrucciones; destrucciones profundas, heridas profundas de
la humanidad. Se hace mucho para arreglar, para legalizar. En
este sentido se dice proteger. Pero no se puede proteger
realmente a la familia sin entrar en las raíces, en
las realidades profundas, en su íntima naturaleza; y su
naturaleza íntima es la comunión de las personas a imagen
y semejanza de la comunión divina. Familia en misión, Trinidad
en misión" .
Por tanto, nos sentimos contentos de poder
colaborar con este Instituto, tan querido por el siervo de
Dios Juan Pablo II, aportando la experiencia de tantas familias
de toda condición social y cultura. Debemos estar al lado
de las familias, siempre, sostener la oración en familia (la
celebración familiar de la que hablábamos antes) y ayudar a
los padres a trasmitir la fe a los hijos.
Si bien
muchas familias no tienen el apoyo de una formación cristiana
comunitaria como es el Camino Neocatecumenal, estamos convencidos de que
este trabajo común será para muchas familias una pequeña semilla
que se esparce y que con la gracia del Espíritu
Santo un día podrá ser un gran árbol, un árbol
bello, lleno de frutos: tantos adultos que no olvidarán nunca
aquella celebración doméstica de la propia familia, donde han visto
a los padres amar y rezar a Dios con verdadera
convicción.
[Traducción del original italiano]
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