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Autor: Jorge Enrique Mújica | Fuente: Catholic.net “La hija del ministro”, una novela de amor que narra los martirios en la España republicana
Jorge Enrique Mújica entrevista a Miguel Aranguren quien narra la vida de una familia que sufrió el odio de la masonería y los anticlericales. Publicado por La Esfera de los Libros, se ha convertido en uno de los fenómenos editoriales del año
“La hija del ministro”, una novela de amor que narra los martirios en la España republicana
Muchos tienen fresca en la memoria la trama de “La
sangre del pelícano” (Ed. LibrosLibres), en la que Miguel Aranguren
no tuvo empacho en enfrentarse al mismo demonio a la
hora de firmar un thriller policiaco que hacía justicia a
la labor de la Iglesia en la defensa de la
verdad.
El mismo autor nos sorprende ahora con “La hija
del ministro” (La Esfera de los Libros), una novela coral
muy ambiciosa, ambientada en el Madrid de las cuatro primeras
décadas del siglo XX, una ciudad convulsionada por el fin
de la monarquía y el advenimiento de una república que,
por justificar y alentar la persecución religiosa, condujo a España
a una dolorosísima guerra fratricida.
Después de leer “La hija
del ministro”, el lector llega a la conclusión de que
Aranguren ha conseguido convertir a cada uno de los miembros
de la familia de Pablo Bossana, duque del Paraná, ministro
en los dos últimos gobiernos de Alfonso XIII, en entrañables
personajes de ficción. Especialmente a su hija Elvira, en quien
recae el peso de la trama. A través de ella
conocemos un tiempo de impunidad para quienes alentaron el odio
religioso, en el que, al mismo tiempo, brilló el heroísmo
de tantos hombres y mujeres capaces de proclamar su fe
hasta el último momento. “La hija del ministro” también hace
justicia a la capacidad de perdón por parte de quienes
pasaron página tras el brutal asesinato de sus seres queridos.
Elvira Bossana es el hilo conductor de una de las
épocas más fecundas en testimonios de martirio, tal y como
han venido proclamando los últimos Papas.
--Jorge Enrique Mújica: ¿Cómo
surgió la idea de “La hija del ministro”? ¿Cómo fue
enfrentándose a una trama tan amplia?
--Miguel Aranguren: Hace ocho
o nueve años, barruntaba el deseo de escribir una novela
sobre la familia, en la que cada uno de sus
personajes pudiese contar, desde su propia experiencia, que en esta
institución el hombre desarrolla su humanidad, que la familia es
el lugar al que siempre necesitamos volver. En todas las
familias “cuecen habas”; no buscaba una idealización de la familia
sino una historia humana y veraz, con sus personajes admirables
y aquellos repletos de limitaciones.
Entonces empecé a darle vueltas
al escenario en el que debía situar mi novela. Decidí
que una familia muestra toda la dimensión de su magnanimidad
en tiempos de dolor. Y en la historia reciente de
España no ha existido mayor dolor que el que padecieron
tantas familias de bien a causa de una política exaltada
y fatalmente conducida.
--Jorge Enrique Mújica: ¿Se refiere al ocaso
de la monarquía y la proclamación de la II República?
--Miguel
Aranguren: En efecto. El ideal de una república es del
todo legítimo. El pueblo, por muchos motivos, puede decidir en
un momento concreto que ha llegado la hora de prescindir
de instituciones históricas como la corona. Sin embargo, la experiencia
española respecto a la república ha sido, en sus dos
oportunidades, un completo desastre. En concreto, la II República se
alimentó de sedición y odio. Los líderes republicanos equivocaron el
objetivo de su sueño: no buscaron construir un país sino
erradicar de él a sus monstruos imaginarios, en primer lugar
a la Iglesia católica. La república hizo todo lo posible
por enterrar la cruz, al tiempo que procuraba ensamblar una
religión civil que condujo a España a un completo desastre.
--Jorge Enrique Mújica: Por lo que va descubriendo el lector
en “La hija del ministro”, usted identifica una familia (numerosa,
por cierto) en el final de una época y el
advenimiento de otra bien distinta.
--Miguel Aranguren: Los Bossana disfrutaban de
un título nobiliario por su fidelidad a la monarquía. Para
ellos la legitimidad de la corona no se sustentaba en
que Alfonso XIII fuese un buen o un mal rey.
Veían en él al representante de una dinastía en la
que identificaban muchas cosas: la historia del país, la tradición
cristiana, la unidad territorial… Es una fidelidad a prueba de
disgustos (la amistad del padre de Elvira con don Alfonso
no esconde las numerosas imprudencias del monarca). Cuando el duque
del Paraná acepta una cartera ministerial en el ocaso del
régimen, su hija Elvira se convierte en testigo privilegiado de
los cambios que sufre el país.
-- Jorge Enrique
Mújica: ¿Y de qué forma ha resuelto su deseo de
escribir sobre la familia, con una trama histórica tan concreta?
--Miguel Aranguren: La huída del rey muestra el devenir de
la familia Bossana, desde las mieles de palacio a las
hieles de la persecución. Los españoles somos apasionados y en
aquellos años lo demostramos con creces: Elvira es una adolescente
que se acostumbra a los disparos, a las huelgas violentas,
a los atentados terroristas, a la desaparición de familiares y
amigos, a los cadáveres en las cunetas... Madrid, de alguna
manera, se torna en la Roma de los primeros siglos,
cuando vivir de acuerdo a la fe llegaba a castigarse
no sólo con la humillación pública, sino con el terrible
espectáculo del martirio. La familia del ministro Paraná lucha por
la supervivencia, lo que implica actuaciones heroicas por algunos de
sus miembros y también viles, ya que no fue fácil
para todos superar el miedo.
-- Jorge Enrique Mújica: Después
de las discusiones que se han vivido durante los últimos
meses en España sobre la “memoria histórica”, ¿es posible escribir
sobre ese tiempo y, a la vez, mantenerse imparcial?
--Miguel
Aranguren: No es fácil, desde luego. Antes decía que república
y monarquía son igual de legítimos y en “La hija
del ministro” se retrata a republicanos confesos que, con los
años, renegaron de aquel sistema que se había convertido en
una fuente de corrupción en el que medraron tantos masones.
También reflejo las heridas morales de algunos monárquicos que justificaban,
en su pertenencia a una buena cuna, toda clase de
tropelías. Sin embargo, es imposible volver la cara al infierno
en el que se convirtió Madrid. Un infierno en el
que, por cierto, no dejó de brillar el amor: Elvira
Bossana, por ejemplo, es capaz de disfrutar un intenso romance
en una ciudad en la que los templos arden como
teas. El hogar familiar se convertirá en un refugio en
el que se esconden algunos clérigos a los que se
ha dictado, con absoluta arbitrariedad, la expulsión de España después
de haber reducido a cenizas sus iglesias.
-- Jorge Enrique Mújica:
Hablando de clérigos, en “La hija del ministro” se suceden
personajes secundarios que existieron en la realidad, incluso algunos sacerdotes.
Después de haber estudiado a fondo aquellos años
y de haber “vivido” en ellos durante el tiempo de
elaboración de la novela, puedo asegurar que si los horrores
se multiplicaron, también se multiplicaron los testimonios de santidad. Madrid
fue una ciudad de santos y miserables. En las páginas
de “La hija del ministro” aparece, por ejemplo, el padre
Rubio, un jesuita que asombra a la familia Bossana por
su dedicación a los más pobres, por su entrega al
sacramento de la Penitencia o por su famoso don de
bilocación. No puedo dejar de anunciar que estuve presente en
la ceremonia de su canonización, precisamente en el paseo de
la Castellana por el que tantas veces caminó. Y es
que hoy la Iglesia universal celebra el ejemplo y la
intercesión del padre Rubio, como celebra la extensión del Opus
Dei y la figura de san Josemaría, que algún lector
perspicaz puede imaginarse detrás del padre Mariano Albás junto a
los primeros miembros de la Obra, un puñado de universitarios
que dedicaban las mañanas de los domingos a atender, junto
al Fundador, a los enfermos infecciosos del hospital del Rey.
Isidoro Zorzano, por ejemplo -que se encuentra en proceso de
beatificación-, dará un giro esperanzado al destino fatal de Ventura
Ortuño, el otro gran protagonista de la novela.
-- Jorge
Enrique Mújica: Ventura Ortuño, en efecto, secretario del ministro Bossana,
vive un idilio con Elvira.
--Miguel Aranguren: Si hay algo
que me conmueve del romance entre Elvira y Ventura, es
que son capaces de jurarse amor eterno, con todas las
consecuencias. Un amor que no podrá vencer ni la misma
muerte. Un amor incondicionado a pesar del odio que barre
España, de la distancia, de la guerra, de los años…
Sin grandilocuencias, dos adolescentes nos ofrecen una auténtica lección de
cómo el amor salva a los hombres del pozo de
la barbarie. Además, son dos novios que se respetan, que
viven un amor limpio, que muestran que el noviazgo no
es una utopía en la que las pasiones tienen la
última palabra.
-- Jorge Enrique Mújica: La novela, por último,
es capaz de mostrar una familia en la que la
piedad religiosa forma parte de su paisaje natural. ¿Cómo viven
la fe los Bossana?
--Miguel Aranguren: La familia Bossana es
cristiana, como la mayoría de las familias españolas de aquella
época. Ríen, charlan, lloran, se pelean, se perdonan, rezan, bailan,
juegan, participan de los sacramentos… Quiero decir que no viven
una fe impostada, como calzada a la fuerza, tal y
como buena parte de la cultura actual cree identificar el
catolicismo. La fe de los padres de Elvira es muy
atractiva: se habla de Dios, se reza en familia, se
cuenta con la Iglesia con la misma naturalidad que realizan
las demás actividades cotidianas o extraordinarias de la vida. Algunos
lectores me han confesado su conmoción, por ejemplo, al descubrir
cómo reaccionan los Bossana ante sucesos tan dolorosos como la
muerte de un hijo, o cómo festejan con alegría las
fiestas navideñas, o cómo se recogen en oración ante determinadas
circunstancias, o cómo entrelazan lo divino y lo humano en
cualquier charla, o cómo el padre no abandona sus principios
morales ante las inquinas políticas y palaciegas. A fin de
cuentas, la fe les ofrece muchas respuestas, incluso ante aquello
que humanamente no tiene explicación.
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