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Autor: Tita Díaz Infante de Cardona Gerardo... ha muerto un santo
Ha muerto un santo, un santo en el mundo, pero que no era del mundo, un santo común y corriente, que no hacía cosas extraordinarias, sino que hacía lo ordinario, extraordinariamente bien
Gerardo... ha muerto un santo
Gerardo fue un empresario católico, miembro del Regnum Christi desde
su adolescencia. Se distinguió por su coherencia de vida y
por su entrega incondicional a lo que Dios le pedía
en el apostolado.
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México, miércoles 2 de julio, año 2008….
Me levanté como todas las mañanas, corriendo para alcanzar la
misa de 8:00 e irme a trabajar. Al salir comencé
a escuchar el plañir de las sirenas… no me gustó,
no me gustó la queja a la que se unían
cada vez más sirenas con distintas voces, incrementando el volumen
de la advertencia. Durante toda la misa las seguí escuchando,
insistentemente.- Otra vez, pensé, ya pasó algo otra vez… -
Ya habían pasado muchas cosas, pero algo que nos tocó
más de cerca fue el hecho que durante el mes
de junio, un martes por la tarde, todos los invitados
a una fiesta de Primera Comunión, - que fue en
martes porque el P. Javier López Castañeda LC quien actualmente
trabaja en Colombia, estaba de pasada y sus sobrinos querían
recibir de sus manos a Jesús -, llegamos retrasados debido
a una balacera que se suscitó justo en medio de
las calles más transitadas de la zona residencial en que
vivimos. Mi mamá iba al doctor y se tuvo que
quedar quieta… y por hacer algo mejor que asustarse, se
puso a contar patrullas. Contó algo así como 43 y
dice que no pudo contarlas todas. Hubo algunos heridos, personas
que estaban por ahí, sin deberla, ni temerla…
pero este día, 2 de julio de 2008, no murió
alguien que estaba en el lugar equivocado, en el momento
equivocado… Este día, murió una persona inocente, completamente inocente, que
estaba en su lugar y haciendo lo que tenía que
hacer.
Al salir de misa, crucé la calle para
comprar algo que me faltaba para el desayuno. La persona
encargada miraba la tele sorprendida y solo me dijo: han
matado a alguien muy importante. Yo para mis adentros confirmé
que mis temores no eran infundados. En eso sonó el
teléfono, era mi esposo para darme la noticia: - ¡Algo
horrible acaba de ocurrir!, ¡acaban de matar a Gerardo! –
Me quedé helada. Luego atiné a decirle, cuál niña ilusa,
¡que cómo, que eso no podía ser posible! … ¡pobre
de mí!... Él me dijo que me fuera a
casa a estar con los niños y luego reflexionó y
me dijo: - ¡ no mejor no, mejor trae un
sacerdote, rápido, pues no sea que se lo vayan a
llevar y hasta ahora no he encontrado ninguno y nadie
lo ha atendido, nadie !… Yo corrí por el sacerdote
que acababa de celebrar la misa, pues no pertenecía a
la parroquia y temía que ya se hubiera ido. Era
el P. Chonito, un sacerdote diocesano, muy joven, muy santo
y recién ordenado, que en medio del nerviosismo suscitado por
la noticia, corrió por lo necesario y accedió a venir
conmigo. Yo iba muy triste y muy indignada, pero en
paz… sabía que estaba haciendo lo que debía y consideraba
un honor el poder hacerle ese servicio a nuestro querido
amigo. Llegamos al blvd. Manuel J. Clouthier, el tránsito estaba
impedido y la zona acordonada. Pasé con firmeza las instancias,
pues venía conmigo el sacerdote y gracias a Dios ese
día yo traía una chaqueta amarilla que parece como del
ejército de rescate y salvamento. Me paré lo más cerca
que pude, en medio de mucho más que 43 patrullas….
Y entonces contemplé la escena: la camioneta estaba ahí, y
dentro, muerto, con una expresión de paz, como un niño
dormido, nuestro buen amigo que tanto nos dejó a todos,
pues a ejemplo de Jesús, “ pasó haciendo el bien
”.
El padre fue a darle la extremaunción -bajo
condición- y a mi me dijo un oficial: -
Seño, haga el favor de mover su unidá pa’que salga
el compañero -. Así que tuve que obedecer y me
subí a la camioneta, pero no pude moverme, porque en
eso pasaron a mi derecha y a mi izquierda, trotando,
unas filas que a mi me parecieron interminables, de soldados,
fuertemente armados, con el único objeto de verificar
o dar fe del auto y del cadáver…
Mientras todo eso
sucedía llamé a mis papás, para que supieran dónde estaba,
pues no sabía en qué podría acabar todo eso y
seguí tratando de localizar a algún padre legionario para que
acompañaran a la familia. Luego, mientras seguía el desfile, empecé
a pensar en su esposa, en sus hijos, en sus
papás y hermanos, en todo lo que él era y
había sido desde niño… Lo recuerdo bien, yo ya era
bastante más grande, pero él era un niño inquieto y
travieso, lo veo, como si fuera ayer, corriendo, ganando
en los juegos, montado en la bicicleta cuando vivir en
Jardines de la Asunción era como vivir en el campo,
compitiendo en la fiesta atlética, jugando “quemados”, “escondidas” y a
“la roña” durante las jornadas vocacionales que hacían nuestros papás
para el club Serra. Siempre estaba organizando cosas, como los
“cinitos” en la cochera de su casa, vendiendo palomitas y
limones con chilito que él mismo preparaba… y con la
mitad de lo que ganaba, compraba dulces y se los
llevaba a los niños del rancho y la otra mitad,
la ahorraba para cuando fuera “grande”… luego de jovencito, como
un gran líder y responsable de equipo, y cuando se
hizo novio de la niña que llegó a ser su
esposa y cuando se casaron y nacieron uno a uno
sus hijos: los que Dios les concedió y los
que ellos, por su amor generoso, adoptaron, porque agradecidos, quisieron
corresponder a tanto amor recibido por parte de Dios.
Pero
quizá, el mejor tiempo en que pudimos disfrutar de su
amistad, fue cuando él y su esposa nos invitaron a
mi esposo y a mí a participar en Familia Misionera.
Nosotros ya habíamos asistido pero por ratos, debido a lo
seguido y pequeñitos que estaban los niños, pero él convenció
a Paco (que es por completo “flor de asfalto”), de
comprar una casa de campaña y quedarnos durante todo el
tiempo en la megamisión, “empanizándonos” al tiempo que recorríamos
el pueblo, con el polvo de Chinampas. Y
así lo hicimos durante creo que tres años.
Él tenía
una gran capacidad de convocatoria y siempre fue un jefe
conciliador y gran amigo de todos. A cada uno buscaba
ayudarle en la medida de lo posible en sus necesidades
y también ayudaba a su prójimo conocido y desconocido. Siempre
estaba sonriente, su sonrisa franca acompañará siempre a su
recuerdo. Sólo cuando hablaba o recordaba a su niña, su
más pequeñita, síndrome de Down que ellos adoptaron y que
murió en una operación a corazón abierto, se le rodaban
las lágrimas y dejando de sonreir, nos permitía palpar el
gran dolor que su partida de este mundo le seguía
provocando.
Hablaba siempre de manera atractiva, debido a su convicción
y a su coherencia de vida, en realidad, fue un
gran apóstol, un apóstol de los que viene pidiendo Dios
a la Iglesia desde los albores del Concilio Vaticano II
y que entrevió Nuestro Padre Fundador y que creció bajo
el pontificado del Papa Juan Pablo II, a quien tuvo
oportunidad de conocer personalmente y de asistir, siendo un joven
estudiante, a la Jornada Mundial de la Juventud que
tuvo lugar en Santiago de Compostela, en España. Durante su
última visita a México, el Papa Juan Pablo II cargó
a Pablo, su otro pequeñito con síndrome de Down, acogido
también por ellos y lo besó y abrazó enternecido.
Como hijo,
fue un gran hijo, como hermano, increíble, como esposo, admirable,
como padre, envidiable, … por cierto, unos días antes fue
“Día del Padre” y lo encontré en misa, con todos
los niños mientras su esposa ayudaba a distribuir la comunión
y a la salida le dije: - ¡He ahí un
padre al que da mucho gusto felicitar!... Él sonrió agradecido
y sin darle importancia siguió su camino … sin
dejar de sonreir…
… El desfile de soldados al trote llegó
a su fin y eso me hizo volver a la
cruda realidad: el tiempo parecía haberse detenido mientras repasaba los
últimos recuerdos, incrédula, de que todo estuviera ocurriendo en una
calle por la que paso casi todos los días… era
como estar sí, en mi misma ciudad, pero como en
otra dimensión, en la dimensión de la maldad, en
medio de una zona de guerra, al final de una
batalla… pero, contrariamente a lo que se pueda ver al
final de una batalla cuerpo a cuerpo (muertos por todos
lados), - por lo menos eso se ve en las
películas-, yo veía en mi realidad, un sinnúmero de
policías, de todos los colores y denominaciones posibles y también
muchos soldados, todos armados hasta los dientes para proteger no
sé qué, pues ninguno apareció en calle tan custodiada, durante
la persecución que terminó en su muerte: la muerte de
un cordero inocente, fiel a sus principios y convicciones que
iba a trabajar y a cumplir la Voluntad de Dios
como todos los días….
Tal vez …. debería corregir: “… había
un muerto que ya estaba Vivo, porque la vida eterna
existe y en medio de él, había muchas clases de
muertos: muertos en vida, muertos por el pecado, muertos de
miedo y muertos de tristeza e indignación.
Aunque había
ruido afuera, mi tristeza era tal que mi camioneta se
convirtió en una especie de cápsula espacial que solo observa
en silencio el espacio sideral…… exactamente ocho días antes, celebrábamos
30 años de los inicios del movimiento Regnum Christi, inicios
de los que él fue protagonista y testigo desde muy
pequeño, pues le tocó fundar además de en su lugar
de origen, en varios lugares, especialmente en Zacatecas y también
en San Luis Potosí, cuando era universitario. El P. Juan
Carlos Zezati LC, originario de Zacatecas nos contó que
a Gerardo le debía su vocación. Ese día de la celebración,
el P. Ramón los llamó aparte para plantearles de nuevo
el reto de aceptar dirigir Familia Misionera. Ellos salieron pensativos,
pero felices y sonrientes de su entrevista con el padre.
Así me despedí de ellos y creo que fue la
última vez que los vi juntos.
El martes, día anterior
a su muerte, ellos dijeron que sí, aceptaron de nuevo
la estafeta y el padre celebró la Eucaristía solamente con
ellos y con Gustavo y Paty, los jefes salientes
y Julián y Marisol, el matrimonio encargado de
coordinar todas las unidades. Luego cenaron y convivieron felices y
regresaron a sus casas. Esa fue la última noche que
pasó Gerardo en esta tierra, respondiendo generosamente a la Voluntad
de Dios sobre su vida, siendo un soldado, hombre del
Reino hasta el final.
Ha muerto un santo, un santo en
el mundo, pero que no era del mundo, un santo
común y corriente, que no hacía cosas extraordinarias, sino que
hacía lo ordinario, extraordinariamente bien, debido a su intencionalidad y
que por negarse a “colaborar” con el “crimen organizado” fue
muerto… así que, yo, a mi humilde entender, y no
lo digo solo yo, pues creo ser portavoz de muchas
mentes y muchos corazones, además de afirmar que era un
santo, también me atrevo a afirmar que fue mártir, pues
murió por defender los valores del Evangelio que ya nadie
vive y mucho menos defiende y no vendió su Reino
ni por un plato de lentejas, ni por una abundante
fortuna, ni cedió ante ninguna amenaza, ni siquiera ante la
de su propia vida.
La Misa de despedida fue impresionante…. Estaban
todos los que pudieron estar y todos los padres diocesanos
y religiosos que le conocían y pudieron asistir…
Todos los
miembros de su familia, participaron con gran tristeza, pero
al mismo tiempo, dando un gran ejemplo de fortaleza y
de esperanza, de la que todos, absolutamente todos, pudimos ser
testigos.
Su esposa, habló al final, con gran entereza, dando
testimonio de su espíritu cristiano. Lo más impactante, fue el
perdón ofrecido a sus asesinos y la petición de que
los responsables, puedan llegar a ser capaces de conocer el
Amor…. Para que así puedan llegar a ser felices y
puedan deshacerse de todo su odio y su rencor ….
Murió el mejor de nuestra comunidad, el apóstol
más completo y un ciudadano verdaderamente útil y valioso para
el Estado.
Hemos perdido a alguien que es irreemplazable e
insustituible y la vida ya nunca será igual para ninguno
de sus seres queridos y para muchos más, que ni
nos podemos imaginar siquiera.
Ojalá que su muerte no sea en
vano y su sangre no sea estéril… y ojalá que
el hueco de su ausencia que sufren sus seres queridos,
se llene de esperanza, al convivir con personas auténticas y
santas, como él lo fue. Que su corazón se consuele
y se alegre al contemplar el testimonio de nuevos hombres
y mujeres de Dios que son valientes como él, que
su dolor se transforme en gozo al constatar que muchos
otros, como él, estamos trabajando por construir la nueva
civilización del amor que con tanta insistencia nos encomendó
el Papa Juan Pablo II.
Hoy estamos aquí, mañana…., ¡solo
Dios lo sabe!, pero vale la pena vivir
como él vivió, cada quien desde su propia historia y
circunstancias (de acuerdo al estado y condición de vida al
que Dios ha llamado a cada uno) y vale la
pena morir, como él murió si esto es preciso, por
dar testimonio de que el amor de Cristo, aunque exigente,
es lo único que realmente nos puede hacer verdadera y
plenamente felices.
Si estás dormido o anegado por la tristeza y
la desilusión, ¡DESPIERTA!, esta es una historia real que ya
se cumplió en parte, escribe tú la tuya de cara
a lo que Cristo te pide a tí en tu
propia historia, en la familia y en la ciudad en
la que vives, en la sociedad que te rodea. Atrévete
a ser un hijo digno de la Iglesia, un fiel
seguidor de Jesucristo, sin que te importe nada más que
cumplir Su Voluntad , darle gloria y establecer y extender,
no con palabras, sino con hechos, Su Reino de amor,
de justicia y de paz. Y entonces, podrás dejar de
temer por el futuro de las nuevas generaciones, pues habrás
dejado a tus hijos y a los que vienen
detrás de ti, un mundo mejor, y entonces, tu vida
habrá adquirido un sentido y valor de eternidad. No necesitas hacer
grandes cosas o ser el héroe de la película. Lo
que necesitas es amar de verdad cada momento, cada hora,
cada día, cada año de la vida que Dios quiera
concederte, aunque a veces, amar nos duela tanto.
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