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Autor: Sonsoles Calavera Carmen Gª Camacho, 20 años
“Si no sintiera esta llamada de Dios, estaría yo feliz bailando en una discoteca”
Carmen Gª Camacho, 20 años
Entra en el convento de clarisas de La Aguilera, Burgos,
donde viven 130 monjas
Tiene 20 años, estudiaba segundo de Pedagogía
en la Universidad Complutense de Madrid, y tenía claro lo
que quería hacer: casarse joven, tener muchos hijos y trabajar
con niños con necesidades especiales. Pero conoció a las clarisas
de Lerma hace siete meses y cambió el rumbo de
su vida. Sintió tan fuerte la irrupción de la llamada
en su corazón, a entregarlo entero, que casi se cae
al suelo. Hoy entra ilusionada en la clausura del convento
burgalés de clarisas de La Aguilera, Aranda de Duero. Allí
viven 130 monjas, en el santuario de San Pedro Regalado,
que los padres franciscanos les han cedido, porque Lerma se
les ha quedado pequeño.
-¿Cómo conociste a las clarisas?
-Mi familia conoció
la comunidad de los Guadalupanos, que me ayudaron muchísimo. Después,
mi tío Jesús me invitó a visitarlas. Me sorprendió su
alegría, esos rostros radiantes, tan jóvenes y guapas, muchas con
una vida profesional consolidada, y que lo dejaron todo por
el Señor.
-¿Ahí te decidiste?
-No. En febrero de este año volví
a verlas y algo cambió en mí. Una monja, Desiré,
me preguntó: ‘¿Qué has pensado hacer con tu vida?’ y
hasta ese momento, mi respuesta era: casarme joven, tener muchos
hijos y trabajar con niños con necesidades especiales. Pero de
repente todo lo que me encantaba de ese proyecto, perdió
su color. Cuando volvíamos de Burgos a Madrid, notaba, incluso
como una sensación física, que el corazón se me partía
en dos, para quedarse en Lerma. Me empecé a asustar
y a decir: ‘¿Yo monja? A ver, que soy Carmen,
que no pega ni con cola’.
-¿Por qué no pegaba?
-Porque yo
tenía mi vida planeada y jamás en mi vida me
hubiera planteado la posibilidad de ser monja.
-¿Has tenido novio alguna
vez?
-Sí, salí con un chico durante dos años. Y desde
los los 15 había empezando a flaquear en la relación
con el Señor, a preocuparme sólo por divertirme, por estar
guapa… Después lo dejé con él. Fui a una asamblea
nacional de la Renovación Carismática y volví a empezar a
rezar y a comulgar.
-Y, para no habértelo planteado “jamás”, ¿cómo
empezaste a verte con ese hábito?
-El día de la visita
a Lerma, llegué a casa y me puse uno de
los discos con sus canciones. De pronto escuché la letra
y hablaba de la consagración. Me caí para atrás, me
fui arrastrando hasta el armario y acabé sentada en el
suelo, del shock. Fue como un puñetazo en el estómago.
La sensación era que el corazón tiraba de mí y
quería salir del pecho para hacer eso que estaba oyendo.
Yo decía: ‘Dios mío, esto me está llenando, no puede
ser, yo no quiero’. Y luego iba por la calle
y salían monjas por todas partes. Pensé en cortar la
relación con el Señor porque no quería. Hacía un esfuerzo
para no rezar, pero me moría, cada vez estaba más
triste. Poco a poco me daba cuenta de que mi
corazón era para Jesús, de que no podía darle mi
corazón, mi persona, mi cuerpo a un hombre. Yo tenía
ese anhelo de entregarme y vivir para otros. Y le
había puesto el nombre de ‘marido e hijos’, pero me
estaba dando cuenta de que no era esa la respuesta
al anhelo de mi corazón.
-¿Cómo te gusta divertirte?
-Me gusta más
estar fuera que dentro de casa, salir, ver sitios, viajar,
y sobre todo, la fiesta. Antes me tiraba horas y
horas bailando, mis amigos se reían de mí. Soy muy
coqueta, me encantaba la ropa. Eso de llevar el mismo
modelito todos los días, no. Me apasionan los niños, la
gente en general. Yo no quería ser monja y mucho
menos de clausura. Pero me di cuenta de que Jesús
era el único que me colmaba.
-¿Cómo será tu vida allí?
-Pues
al principio, levantarme para ir a rezar laudes, desayuno, mucha
formación, pláticas para aprender a vivir el Evangelio a la
luz de la consagración. Si da tiempo, ayudar a los
trabajos de la casa. Porque una casa de 130 da
mucho trabajo: la huerta, la repostería, de la que viven,
etc. Y cuando viene la gente vamos a atenderla a
los locutorios.
-¿Tienen ‘tiempo libre’ las monjas de clausura?
-Sí, a la
madre le gusta mucho que hagamos deporte, para que mantengamos
la salud física: se juega al fútbol, al baloncesto, al
pilla-pilla, al mareo…
-¿Juegan al fútbol con el hábito?
-No, -dice divertida-
para trabajar y para el deporte se ponen una bata
de trabajo. Es más cómoda y no importa que se
ensucie.
-¿Cómo llevas que te vayan a cortar el pelo?
-A mí
lo del pelo, toda la vida me ha encantado, lo
he tenido siempre largo. Pero, se trata de seguir los
pasos de santa Clara. Cuando se escapó de su casa
para entrar en la comunidad de San Francisco, a los
18 años, se puso guapísima, con sus mejores galas, para
entregarse al Señor. Entregó toda su belleza, que era mucha,
porque el Señor se la concedió. Cuando entras, de postulante,
llevas el pelo al aire. Pero cuando tomas hábito te
vistes de novia, con tu velo, tus pendientes, tus pulseras…
Estás preciosa para entregarte al Señor y la madre te
va despojando de las riquezas. Llega el momento en que
te deshacen el peinado y te lo cortan, como signo
de entrega, con el que dices: ‘Te pertenezco a ti,
mi Señor y no necesito tener un vestido bonito, ni
una melena preciosa para gustarte y para ser guapa. La
belleza me la das Tú’. En la medida que amas
a Jesús, te va colmando de su belleza. Yo lo
estoy deseando. Va a ser un día precioso, porque es
entregarle todo.
-¿No te da miedo arrepentirte?
-Antes sí. Y pensaba: ‘Señor,
que ya no voy a ver más mi habitación. Al
acostarme no le voy a dar un beso a mi
madre. Eso es lo que más miedo me daba, perder
la unión física con la familia. Pero la unión va
a ser mucho más fuerte cuando entre, con la oración.
Y me atemorizaba meterme entre cuatro paredes y que fueran
los días iguales. Pensaba ¿y si me aburro de ‘día
tras día lo mismo’? Pero no es así. Jesús hace
nuevas todas las cosas. Cuando hice la experiencia, ningún día
era igual al anterior. Un día me metí en la
cama y me puse a pensar esto, pero se lo
entregué a Jesús y sentí cómo me decía: ‘Carmen, es
mi promesa de amor, confía en mí’. Y confío en
Él plenamente. Habrá momentos de más dificultades, seguro, pero la
clave está en entregárselo al Señor y apoyarte 100% en
María.
-¿Qué es lo que más te cuesta?
-Soy
humana y los apegos humanos se notan. Soy la mediana
de tres hermanos: tengo una hermana de 21 años, Rocío,
y un hermano de 18, José Mª. Cuesta salir de
tu casa, de tu familia, de tu gente, pero sabes
que el Señor es el que te ha llevado por
ese camino. Me darán miedos, porque el demonio está ahí,
y me mete el dedo en el ojo. A veces
me da vértigo, pero se lo entrego al Señor y
Él lo coge y me calma.
-¿Cómo se lo han tomado
en casa?
-Mis padres muy contentos, aunque a mi madre le
cuesta el desgarrón, porque ya no voy a estar en
casa. Pero vamos a estar muy unidas, vamos a poder
escribirnos, hablar por teléfono y podrá venir a verme.
-¿Preguntas a
Dios ‘por qué yo’?
-Sí. La respuesta está en tres palabras:
Por puro amor. Porque me ama. A ti también, pero
tu corazón está hecho para otra llamada, otra vocación. Yo
pensaba: es imposible que pueda ser monja porque he sido
muy mala con el Señor y le he abandonado. ¿Por
qué ahora me quiere hacer este regalo? Imagínate: ‘¡Ser suya!’
Pero esa pregunta se la hace mucha gente.
-¿Qué aportan las
monjas desde su clausura?
-Hay quien dice que si las monjas
dejaran de rezar el mundo se hundiría. Somos como el
corazón que va impulsando la sangre por todo el cuerpo
de Cristo, que es la Iglesia, para que Su Amor
recorra todos los miembros. Es verdad que físicamente no vamos
a los enfermos a curarles, pero Santa Clara decía que
la herida más grave por la que la gente muere
es la herida del alma. Y esa herida del alma
se sana con la oración. ¿Qué mejor forma que dedicar
todas las horas de tu día a orar? Imagínate todas
los millones de personas que no conocen el amor del
Señor y que aunque lo conozcan, no son capaces de
entregarle su dolor y sufrimiento. Nosotros le entregamos nuestra vida
para que comparta con nosotros su dolor y sus alegrías.
Somos madres de bendición, para ti, para todo el mundo,
incluso para mis padres. Es una labor cuyos frutos no
se ven físicamente, no se palpan, pero estamos ahí sosteniendo,
desde nuestra clausura, para que los misioneros perseveren y esa
fe y amor de Jesús que ha nacido en los
corazones, se mantenga. Somos como el corazón que va impulsando
la sangre por todo el cuerpo que es la Iglesia,
para que el amor de Jesucristo recorra todos los miembros.
Pero los frutos son reales y se dan. Si el
Señor me dice que lo haga, por algo será. Si
no sintiera esa llamada de Dios, estaría yo feliz bailando
en una discoteca.
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