La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Autor: . | Fuente: Zenit.org Respuestas del Papa a preguntas de niños
Preguntas que presentaron este sábado niños de la Obra para la Infancia Misionera y las respuestas espontáneas de Benedicto XVI durante la audiencia que les concedió en el Aula Pablo VI
Respuestas del Papa a preguntas de niños
--Me llamo Anna Filippone, tengo doce años, soy monaguilla, vengo
de Calabria, de la diócesis de Oppido Mamertina-Palmi. Papa Benedicto,
mi amigo Giovanni tiene un papá italiano y una madre
ecuatoriana y es muy feliz. ¿Crees que diferentes culturas un
día podrán vivir sin pelearse en el nombre de Jesús?
--Benedicto
XVI: He sabido que queréis saber cómo nosotros, cuando éramos
niños, nos ayudábamos recíprocamente. Tengo que decir que viví los
años de la escuela primaria en un pequeño pueblo de
400 habitantes, muy alejado de los grandes centros. Por tanto,
éramos algo ingenuos y, en ese pueblo, había, por una
parte agricultores muy ricos y otros menos ricos pero acomodados,
por otra pobres empleados, artesanos. Nuestra familia, poco antes de
que comenzara la escuela primaria, había llegado a este pueblo
procedente de otro, y por tanto éramos algo extranjeros para
ellos, incluso el dialecto era diferente. En esta escuela, por
tanto, se reflejaban situaciones sociales muy diferentes. Sin embargo, se
daba una hermosa comunión entre nosotros. Me enseñaron su dialecto,
que yo todavía no conocía. Colaboramos bien, y tengo que
decir que en alguna ocasión naturalmente también me peleé, pero
después nos reconciliamos y olvidamos lo que había sucedido. Esto
me parece importante. A veces, en la vida humana parece
inevitable pelearse; pero lo importante es, de todos modos, el
arte de reconciliarse, el perdón, volver a comenzar de nuevo
y no dejar la amargura en el alma. Con gratitud,
recuerdo cómo colaborábamos todos: uno ayudaba al otro y seguíamos
juntos nuestro camino. Todos éramos católicos, y esto era naturalmente
una gran ayuda. Así aprendimos juntos a conocer la Biblia,
empezando por la Creación hasta el sacrificio de Jesús en
la Cruz, y llegando a los inicios de la Iglesia.
Juntos aprendimos el catecismo, aprendimos a rezar juntos, nos prepararnos
juntos para la primera confesión, para la primera comunión: aquel
fue un día espléndido. Comprendimos que el mismo Jesús viene
a nosotros y que no es un Dios lejano: entra
en la propia vida, en la propia alma. Y, si
el mismo Jesús entra en cada uno de nosotros, nosotros
somos hermanos, hermanas, amigos, y por tanto tenemos que comportarnos
como tales. Para nosotros esta preparación a la primera confesión,
como purificación de nuestra conciencia, de nuestra vida, y después
también la primera comunión, como encuentro concreto de Jesús, que
viene a mí y a todos, fueron factores que contribuyeron
a formar nuestra comunidad. Nos ayudaron a avanzar juntos, a
aprender juntos a reconciliarnos, cuando era necesario. Hicimos también pequeños
espectáculos: es importante también colaborar, prestar atención el uno por
el otro. Después, a ocho o nueve años me hice
monaguillo. En aquel tiempo no había todavía monaguillas, pero las
chicas leían mejor que nosotros. Por tanto, ellas leían las
lecturas de la liturgia, nosotros éramos monaguillos. En aquel tiempo,
todavía había muchos textos en latín que había que aprender,
de este modo cada uno tuvo que realizar su parte
de esfuerzo. Como he dicho, no éramos santos: tuvimos nuestras
peleas, pero de todos modos se daba una hermosa comunión,
en la que las distinciones entre ricos y pobres, inteligentes
y menos inteligentes no contaban. Contaba la comunión con Jesús
en el camino de la fe común y de la
responsabilidad común, en los juegos, en el trabajo común. Encontramos
la capacidad para vivir juntos, para ser amigos, y a
pesar de que desde 1937, es decir, desde hace más
de setenta años, ya no he estado en ese pueblo,
hemos permanecido amigos. Aprendimos a aceptarnos el uno al otro,
a llevar el peso el uno del otro. Esto me
parece importante: a pesar de nuestras debilidades, nos aceptamos y
con Jesucristo, con la Iglesia, encontramos juntos el camino de
la paz y aprendemos a vivir bien.
--Me llamo Letizia
y te quería hacer una pregunta. Querido Papa Benedicto XVI,
¿qué quería decir para ti, cuando eras pequeño, el lema:
"Los niños ayudan a los niños"? ¿Habrías pensado que alguna
vez llegarías a ser Papa?
--Benedicto XVI: A decir verdad, nunca
hubiera pensado que sería Papa, pues, como ya he dicho,
era un muchacho bastante ingenuo, en un pequeño pueblo muy
alejado de las ciudades, en la provincia olvidada. Éramos felices
de vivir en esa provincia y no pensábamos en otras
cosas. Naturalmente conocimos, veneramos y amamos al Papa --era Pío
XI--, pero para nosotros era una altura inalcanzable, casi otro
mundo: era nuestro padre, pero de todos modos una realidad
muy superior a nosotros. Y tengo que decir que todavía
hoy me cuesta comprender cómo el Señor ha podido pensar
en mí, destinarme a este ministerio. Pero lo acepto de
sus manos, aunque es algo sorprendente y me parece que
va mucho más allá de mis fuerzas. Pero el Señor
me ayuda.
--Querido Papa Benedicto. Soy Alessandro. Quería preguntarte: tú
eres el primer misionero, nosotros, muchachos, ¿cómo podemos ayudarte a
anunciar el Evangelio?
--Benedicto XVI: Diría que, una primera manera es
ésta: colaborar con la Obra Pontificia de la Infancia Misionera.
De este modo, formáis parte de una gran familia, que
lleva el Evangelio al mundo. De este modo pertenecéis a
una gran red. Vemos aquí cómo es representada la familia
de los diferentes pueblos. Vosotros estáis en esta gran familia:
cada uno pone su parte y juntos sois misioneros, promotores
de la obra misionera de la Iglesia. Tenéis un hermoso
programa, indicado por vuestra portavoz: escuchar, rezar, conocer, compartir, ser
solidarios. Estos son los elementos esenciales que constituyen realmente una
forma de ser misionero, de hacer crecer a la Iglesia
y la presencia del Evangelio en el mundo. Quisiera subrayar
algunos de estos puntos.
Ante todo, rezar. La oración es
una realidad: Dios nos escucha y, cuando rezamos, Dios entra
en nuestra vida, se hace presente entre nosotros, actúa. Rezar
es algo muy importante, que puede cambiar el mundo, pues
hace presente la fuerza de Dios. Y es importante ayudarse
para rezar: rezamos juntos en la liturgia, rezamos juntos en
la familia. Yo diría que es importante comenzar el día
con una pequeña oración y acabar también el día con
una pequeña oración: recordar a los padres en la oración.
Rezar antes de la comida, antes de la cena, y
con motivo de la celebración común del domingo. Un domingo
sin misa, la gran oración común de la Iglesia, no
es un verdadero domingo: le falta el corazón del domingo,
así como la luz para la semana. Podéis también ayudar
a los demás, especialmente cuando quizá no se reza en
casa, cuando no se conoce la oración, enseñándoles a rezar:
al rezar con ellos se introduce a los demás en
la comunión con Dios.
Luego hay que escuchar, es decir, aprender
realmente lo que nos dice Jesús. Además, hay que conocer
la Sagrada Escritura, la Biblia. En la historia de Jesús
aprendemos -como ha dicho el cardenal--, el rostro de Dios,
aprendemos cómo es Dios. Es importante conocer a Jesús profundamente,
personalmente. De este modo, él entra en nuestra vida y,
a través de nuestra vida, entra en el mundo.
También
hay que compartir, no hay que querer las cosas sólo
para uno mismo, sino para todos; dividir con los demás.
Y si vemos que otro quizá tiene necesidad, que tiene
menos cualidades, tenemos que ayudarle, y de este modo hacer
presente el amor de Dios sin grandes palabras, en nuestro
pequeño mundo personal, que forma parte del gran mundo. De
este modo, juntos nos convertimos en una familia, en la
que uno tiene respeto por el otro: soportar al otro
en su alteridad, aceptar también a los antipáticos, no dejar
que uno quede marginado, sino ayudarle a integrarse en la
comunidad.
Todo esto quiere decir simplemente vivir en esta gran
familia de la Iglesia, en esta gran familia misionera: vivir
los puntos esenciales como compartir, el conocimiento de Jesús, la
oración, la escucha recíproca y la solidaridad es una obra
misionera, pues ayuda a que el Evangelio se convierta en
realidad en nuestro mundo.
[Traducción del original italiano realizada por Jesús
Colina
Para recibir las noticias de Zenit por correo electrónico
puede suscribirse aquí
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR
Consultores
de la comunidad Consejo y asesoría a personas interesadas en los servicios, funciones, ministerios y formas de animación de la vida cristiana de las distintas asociaciones, movimientos y hermandades de la Iglesia católica
Ver todos los consultores