Autor: Alegrate Reina del Cielo | Fuente: Alegrate Reina del Cielo Documentos históricos sobre la Asunción
¿Existen documentos históricos que certfiquen que la Virgen María es Asunta? ¿Son fiables? ¿Qué nos dice la Tradición de la Iglesia?...
Documentos históricos sobre la Asunción
Presentamos dos documentos históricos reseñados por el Padre Cardoso en
su publicación «La Asunción de María Santísima».
El primero es
la carta de Dionisio el Egipcio o el Místico (no
Dionisio el Areopagita, discípulo de San Pablo) a Tito, Obispo
de Creta, que data de fines del Siglo III a
mediados del Siglo IV, y publicada por primera vez en
alemán por el Dr. Weter de la Facultad de Tubinga
en 1887. Dice el Padre Cardoso que el Dr. Nirschl,
que la ha estudiado, fija como fecha el año 363,
declarándola absolutamente auténtica.
Este documento histórico es importantísimo para conocer cuál
era la tradición en Jerusalén acerca de la Asunción de
María, pues es lo más próximo que se conoce a
la tradición de los mismos testigos presenciales del hecho, es
decir, los Apóstoles. Dice así:
"Debes saber, ¡oh noble Tito!,
según tus sentimientos fraternales, que al tiempo en que María
debía pasar de este mundo al otro, es a saber
a la Jerusalén Celestial, para no volver jamás, conforme a
los deseos y vivas aspiraciones del hombre interior, y entrar
en las tiendas de la Jerusalén superior, entonces, según el
aviso recibido de las alturas de la gran luz, en
conformidad con la santa voluntad del orden divino, las turbas
de los santos Apóstoles se juntaron en un abrir y
cerrar de ojos, de todos los puntos en que tenían
la misión de predicar el Evangelio. Súbitamente se encontraron reunidos
alrededor del cuerpo todo glorioso y virginal. Allí figuraron como
doce rayos luminosos del Colegio Apostólico. Y mientras los fieles
permanecían alrededor, Ella se despidió de todos, la augusta (Virgen)
que, arrastrada por el ardor de sus deseos, elevó a
la vez que sus plegarias, sus manos todas santas y
puras hacia Dios, dirigiendo sus miradas, acompañadas de vehementes suspiros
y aspiraciones a la luz, hacia Aquél que nació de
su seno, Nuestro Señor, su Hijo. Ella entregó su alma
toda santa, semejante a las esencias de buen olor y
la encomendó en las manos del Señor. Así es como,
adornada de gracias, fue elevada a la región de los
Angeles, y enviada a la vida inmutable del mundo sobrenatural.
Al punto, en medio de gemidos mezclados de llantos y
lágrimas, en medio de la alegría inefable y llena de
esperanza que se apoderó de los Apóstoles y de todos
los fieles presentes, se dispuso piadosamente, tal y como convenía
hacerlo con la difunta, el cuerpo que en vida fue
elevado sobre toda ley de la naturaleza, el cuerpo que
recibió a Dios, el cuerpo espiritualizado, y se le adornó
con flores en medio de cantos instructivos y de discursos
brillantes y piadosos, como las circunstancias lo exigían. Los Apóstoles
inflamados enteramente en amor de Dios, y en cierto modo,
arrebatados en éxtasis, lo cargaron cuidadosamente sobre sus brazos, como
a la Madre de la Luz, según la orden de
las alturas del Salvador de todos. Lo depositaron en el
lugar destinado para la sepultura, en el lugar llamado Getsemaní.
Durante tres días seguidos, ellos oyeron sobre aquel lugar los
aires armoniosos de la salmodia, ejecutada por voces angélicas, que
extasiaban a los que las escuchaban; después nada más.
Eso
supuesto para confirmación de lo que había sucedido, ocurrió que
faltaba uno de los santos Apóstoles al tiempo de su
reunión. Este llegó más tarde y obligó a los Apóstoles
que le enseñasen de una manera palpable y al descubierto
el precioso tesoro, es decir, el mismo cuerpo que encerró
al Señor. Ellos se vieron, por consiguiente, obligados a satisfacer
el ardiente deseo de su hermano. Pero cuando abrieron el
sepulcro que había contenido el cuerpo sagrado, lo encontraron vacío
y sin los restos mortales. Aunque tristes y desconsolados, pudieron
comprender que, después de terminados los cantos celestiales, había sido
arrebatado el santo cuerpo por las potestades etéreas, después de
estar preparado sobrenaturalmente para la mansión celestial de la luz
y de la gloria oculto a este mundo visible y
carnal, en Jesucristo Nuestro Señor, a quien sea gloria y
honor por los siglos de los siglos. Amén."
El segundo
documento es de San Juan Damasceno, Doctor de la Iglesia.
Es un sermón por él predicado en la Basílica de
la Asunción en Jerusalén, por el año 754, ante varios
Obispos y muchos Sacerdotes y fieles:
"Ahí tenéis con qué
palabras nos habla este glorioso sepulcro. Que tales cosas hayan
sucedido así, lo sabemos por la «Historia Eutiquiana», que en
su Libro II, capítulo 40, escribe:
"Dijimos anteriormente cómo Santa
Pulqueria edificó muchas Iglesias en la ciudad de Constantinopla. Una
de éstas fue la de las Blanquernas, en los primeros
años del Imperio de Marciano. Habiendo, pues, construído el venerable
templo en honor de la benditísima y siempre Virgen María,
Madre de Dios ... buscaban diligentemente los Emperadores llevar allí
el sagrado cuerpo de la que había llevado en su
seno al Todopoderoso, y llamando a Juvenal, Arzobispo de Constantinopla,
le pidieron las sagradas reliquias".
Juvenal contestó en estos términos:
"Aunque nada nos dicen las Sagradas Escrituras de lo que
ocurrió en la muerte de la Madre de Dios, sin
embargo nos consta por la antigua y verídica narración que
los Apóstoles, esparcidos por el mundo por la salud de
los pueblos, se reunieron milagrosamente en Jerusalén, para asistir a
la muerte de la Santísima Virgen."
La Historia Eutiquiana nos
dice luego, que los Apóstoles, después de la sepultura de
la Virgen, oyeron durante tres días los coros angélicos; después
nada más. Ahora bien, como Santo Tomás llegó tarde, abrieron
la tumba y debieron comprobar que no estaba allí el
sagrado cuerpo. Repuestos de su estupor, no acertaron los Apóstoles
a inferir otra cosa, sino que Aquél que le plugo
nacer de María, conservándola en su inviolable virginidad, se complació
también en preservar su cuerpo virginal de la corrupción y
en admitirlo en el Cielo antes de la resurrección general´
Oído este relato, Marciano y Pulqueria pidieron a Juvenal que
les enviase el ataúd y los lienzos de la gloriosa
y santísima Madre de Dios, todo cuidadosamente sellado. Y, habiéndolos
recibido, los depositaron en la dicha Iglesia de la Madre
de Dios en las Blanquernas. Y es así como sucedió
todo esto.
Nos dice el Padre Cardoso que esta «Historia
Eutiquiana», de la que tomó San Juan Damasceno el relato,
se cree por los Padres Bolandistas, que data de San
Eutiquio, contemporáneo y amigo de San Juvenal, el cual ocupó
la sede de Jerusalén del año 418 al 458. El
relato de San Juvenal es considerado como absolutamente histórico y
nos dice que la Iglesia Católica lo ha incluido en
el Breviario (Liturgia de las Horas).
Por otra parte, no
cabe la menor duda de que el ataúd y mortaja
de María fueron, desde la segunda mitad del Siglo V,
objeto de veneración para los fieles en la Basílica de
los Blanquernos en Constantinopla.
¿Qué nos dice la Biblia?
Sabemos, por supuesto,
que la Asunción de la Santísima Virgen no aparece relatada,
ni mencionada en la Sagrada Escritura. ¿Por qué, entonces, titular
así un capítulo? Veamos lo que nos dice el Padre
Joaquín Cardoso, s.j. en su estudio sobre la Asunción: "Son
muchos los Teólogos -y de gran renombre, por cierto- que
han afirmado y creen haberlo probado que, implícitamente, sí se
encuentra, tanto en el Nuevo como en el Antiguo Testamento
la revelación de este hecho ... Pues, si no hay
una revelación explícita en la Sagrada Escritura acerca del hecho
de la Asunción de María, tampoco hay ni la más
mínima afirmación o advertencia en contrario, y por consiguiente, si
la razón humana, discurriendo sobre alguna otra verdad cierta y
claramente revelada, deduce legítimamente este privilegio de Nuestra Señora, tendremos
necesariamente que admitirlo como revelado en la misma Sagrada Escritura
de modo implícito."
Existe, por cierto, un precedente autorizado por
la Iglesia, de una verdad considerada como revelada implícitamente. Se
trata del misterio de la Inmaculada Concepción, el cual el
Papa Pío XI declaró como dogma, a finales del siglo
XIX y reconoció esta verdad como revelada implícitamente al comienzo
de la Escritura, en Génesis 3, 15, cuando Dios anunció
que la Mujer y su Descendencia aplastarían la cabeza de
la serpiente infernal. Y esto no hubiera podido suceder si
María no hubiera estado libre de pecado original, pues de
no haber sido así, hubiera estado sujeta al yugo del
demonio.
Esto mismo hizo el Papa Pío XII en la
definición del Dogma de la Asunción. La Asunción de la
Virgen María al Cielo, que ha sido aceptada como verdad
desde los tiempos más remotos de la Iglesia, es un
hecho también contenido, al menos implícitamente en la Sagrada Escritura.
Los Teólogos y Santos Padres y Doctores de la Iglesia
han visto como citas en que queda implícita la Asunción
de la VirgenMaría, las mismas en que vieron a la
Inmaculada Concepción, porque en ellas se revelan los incomparables privilegios
de esa hija predilecta del Padre, escogida para ser Madre
de Dios. Así quedaron estrechamente unidas ambas verdades: la Inmaculada
Concepción y la Asunción.
He aquí algunas de las citas
y de los respectivos razonamientos teológicos como nos los presenta
el Padre Cardoso:
"Llena de gracia" (Lc. 1, 26-29): Dios
le había concedido todas las gracias, no sólo la gracia
santificante, sino todas las gracias de que era capaz una
criatura predestinada para ser Madre de Dios. Gracia muy grande
es el de haber sido preservada del pecado original, pero
también gracia el pasar por la muerte, no como castigo
del pecado que no tuvo, sino por lo ya expuesto
en capítulos anteriores y, como hemos dicho también, sin sufrir
la corrupción del sepulcro. Si María no hubiera tenido esta
gracia, no podría haber sido llamada llena (plena) de gracia.
Esta deducción queda además confirmada por Santa Isabel, quien «llena
del Espíritu Santo, exclamó: «Bendita entre todas las mujeres» (Lc.
1, 41-42).
"Pondré enemistad entre tí y la Mujer, entre
tu descendencia y la suya. Ella te aplastará la cabeza"
(Gen. 1, 15), es, por supuesto, el texto clave. Además,
Cristo vino para «aniquilar mediante la muerte al señor de
la muerte, es decir, al Diablo» (Hb. 2, 14). «La
muerte ha sido devorada por la victoria. ¿Dónde está, oh
muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? El
aguijón de la muerte es el pecado» (1 Cor. 15,
55) Todos hemos de resucitar. Pero ¿cuál será la parte
de María en la victoria sobre la muerte? La mayor,
la más cercana a Cristo, porque el texto del Génesis
une indisolublemente al Hijo con su Madre en el triunfo
contra el Demonio. Así pues, ni el pecado, por ser
Inmaculada desde su Concepción, ni la conscupiscencia, por ser ésta
consecuencia del pecado original que no tuvo, ni la muerte
tendrán ningún poder sobre María.
La Santísima Virgen murió, sin
duda, como su Divino Hijo, pero su muerte, como la
de El, no fue una muerte que la llevó a
la descomposición del cuerpo, sino que resucitó como su Hijo,
inmediatamente, porque la muerte que corrompe es consecuencia del pecado.
"No permitirás a tu siervo conocer la corrupción" (Salmo 15):
San Pablo relaciona esta incorrupción con la carne de Cristo.
Y San Agustín nos dice que la carne de Cristo
es la misma que la de María. Implícitamente, entonces, la
carne de María, que es la misma que la del
Salvador, no experimentó la corrupción.
Así el privilegio de
la resurrección y consiguiente Asunción de María al Cielo se
debe al haber sido predestinada para se la Madre de
Dios-hecho-Hombre.
El Concilio Vaticano II, tratando ese tema en la
Constitución Dogmática sobre la Iglesia, también relaciona el privilegio de
la Inmaculada Concepción con el de la Asunción: precisamente porque
fue «preservada libre de pecado original» (LG 59), María no
podía permanecer como los demás hombres en el estado de
muerte hasta el fin del mundo. La ausencia del pecado
original y la santidad perfecta ya desde el primer instante
de su existencia, exigían para la Madre de Dios la
plena glorificación de su alma y de su cuerpo. Pero
oigamos también a nuestro Papa Juan Pablo II tratar el
punto de la Asunción de María en la Sagrada Escritura.
En su Catequesis del 2 de julio de 1997 nos
dice: "El Nuevo Testamento, aun sin afirmar explícitamente la Asunción
de María, ofrece su fundamento, porque pone muy bien de
relieve la unión perfecta de la Santísima Virgen con el
destino de Jesús. Esta unión, que se manifiesta ya desde
la prodigiosa concepción del Salvador, en la participación de la
Madre en la misión de su Hijo y, sobre todo,
en su asociación al sacrificio redentor, no puede por menos
de exigir una continuación después de la muerte. María, perfectamente
unida a la vida y a la obra salvífica de
Jesús, compartió su destino celeste en alma y cuerpo."
Su Asunción
en la Tradición de la Iglesia.
Así tituló el Osservatore Romano
la Catequesis del Papa Juan Pablo II del día Miércoles
9 de julio de 1997. Y en esa fuente tan
importante y tan reciente, como son las palabras del Papa
en ésta y en la Catequesis de la semana inmediatamente
anterior (2-julio-97) nos apoyaremos casi exclusivamente para este Capítulo.
La
perenne y concorde tradición de la Iglesia muestra cómo la
Asunción de María forma parte del designio divino y se
fundamenta en la singular participación de María en la misión
de su Hijo. Ya durante el primer milenio los autores
sagrados se expresaban en este sentido, nos recuerda el Papa.
Además, la Asunción de la Virgen forma parte, desde siempre,
de la fe del pueblo cristiano, el cual al afirmar
la llegada de María a la gloria celeste, ha querido
también reconocer y proclamar la glorificación de su cuerpo.
Nos
dice el Papa que el primer testimonio de la fe
en la Asunción de la Virgen aparece en los relatos
apócrifos, titulados «Transitus Mariae» , cuyo núcleo originario se remonta
a los siglos II y III. Nos informa el Papa
que se trata de representaciones populares, a veces noveladas, pero
que en este caso reflejan una intuición de la fe
del pueblo de Dios.
Algunos testimonios se encuentran en San
Ambrosio, San Epifanio y Timoteo de Jerusalén. San Germán de
Constantinopla (+733) pone en labios de Jesús, que se prepara
para llevar a su Madre al Cielo, estas palabras: «Es
necesario que donde yo esté, estés también tú, Madre inseparable
de tu Hijo».
Nos dice el Papa que la misma
tradición eclesial ve en la maternidad divina la razón fundamental
de la Asunción. Un indicio interesante de esta convicción se
encuentra en un relato apócrifo del siglo V, atribuido al
pseudo Melitón. El autor imagina que Cristo pregunta a los
Apóstoles qué destino merece María, y ellos le dan esta
respuesta: «Señor, elegiste a tu esclava, para que se convierta
en tu morada inmaculada ... Por tanto, dado que, después
de haber vencido a la muerte, reinas en la gloria,
a tus siervos nos ha parecido justo que resucites el
cuerpo de tu Madre y la lleves contigo, dichosa, al
Cielo».
¿Por qué cita el Papa un libro apócrifo? Los
apócrifos no tienen autoridad divina. Pero pueden tener autoridad humana,
agregando, así, un testimonio que apoya la unanimidad a favor
de la Asunción. San Germán, en un texto lleno de
poesía, sostiene que el afecto de Jesús a su Madre
exige que María se vuelva a unir con su Hijo
Divino en el Cielo: «Como un niño busca y desea
la presencia de su madre, y como una madre quiere
vivir en compañía de su hijo, así también era conveniente
que tú, de cuyo amor materno a tu Hijo y
Dios no cabe duda alguna, volvieras a El. ¿Y no
era conveniente que, de cualquier modo, este Dios que sentía
por ti un amor verdaderamente filial, te tomara consigo?»
En
otro texto el mismo San Germán sostiene que «era necesario
que la Madre de la Vida compartiera la Morada de
la Vida». Así integra la dimensión salvífica de la maternidad
divina con la relación entre Madre e Hijo.
San Juan
Damasceno subraya la relación entre la participación en la Pasión
y el destino glorioso: «Era necesario que aquélla que había
visto a su Hijo en la Cruz y recibido en
pleno corazón la espada del dolor ... contemplara a ese
Hijo suyo sentado a la diestra del Padre».
Nos dice
el Padre Cardoso que ya en los escritos del Siglo
IV los historiadores eclesiásticos se refieren a la Asunción de
María como de tradición antiquísima, que a causa de su
unanimidad, no puede venir sino de los mismos Apóstoles y,
por consiguiente, como de revelación divina, pues la revelación en
que se funda la religión cristiana terminó, según enseña la
Iglesia, con la muerte de San Juan. Continúa diciéndonos que
del Siglo V en adelante, no encontró un solo escritor
eclesiástico, ni una sola comunidad cristiana que no creyera en
la Asunción de María.
En el Siglo VII el Papa
Sergio I promovió procesiones a la Basílica Santa María la
Mayor el día de la Asunción, como expresión de la
creencia popular en esta verdad tan gozosa.
Posteriormente se fue
desarrollando una larga reflexión con respecto al destino de María
en el más allá. Esto, poco a poco, llevó a
los creyentes a la fe en la elevación gloriosa de
la Madre de Jesús en alma y cuerpo, y a
la institución en Oriente de las fiestas litúrgicas de la
Dormición y de la Asunción de María.
La fe en
el destino glorioso del alma y del cuerpo de la
Madre del Señor después de su muerte, desde Oriente se
difundió a Occidente con gran rapidez y, a partir del
Siglo XIV, se generalizó.
El Papa Juan XXII en 1324
afirmaba que «la Santa Madre Iglesia pidadosamente cree y evidentemente
supone que la bienaventurada Virgen fue asunta en alma y
cuerpo». En la primera mitad de nuestro siglo, en víspera
de la declaración del Dogma, constituía una verdad casi universalmente
aceptada y profesada por la comunidad cristiana en todo el
mundo.
Así, en Mayo de 1946, con la Encíclica Deiparae
Virginis Mariae, Pío XII promovió una amplia consulta, interpelando a
los Obispos y, a través de ellos, a los Sacerdotes
y al pueblo de Dios, sobre la posibilidad y la
oportunidad de definir la Asunción corporal de María como Dogma
de Fe. El recuento fue ampliamente positivo: sólo 6 respuestas
de entre 1.181 manifestaban alguna reserva sobre el carácter revelado
de esa verdad.
Citando ese dato, la Bula Munificentissimus Deus
afirma: «El consentimiento universal del Magisterio ordinario de la Iglesia
proporciona un argumento cierto y sólido para probar que la
Asunción corporal de la Santísima Virgen María al Cielo ...
es una verdad revelada por Dios y, por tanto, debe
ser creída firme y fielmente por todos los hijos de
la Iglesia».
El Concilio Vaticano II, recordando en la Constitución
Dogmática sobre la Iglesia el misterio de la Asunción, atrae
la atención hacia el privilegio de la Inmaculada Concepción: precisamente
porque fue «preservada libre de pecado original» (LG 59). María
no podía permanecer como los demás hombre en el estado
de muerte hasta el fin del mundo. La ausencia del
pecado original y la santidad perfecta ya desde el primer
instante de su existencia, exigían para la Madre de Dios
la plena glorificación de su alma y de su cuerpo.
Y continuando con la Tradición Eclesiástica hasta nuestros días, tenemos
toda la enseñanza del Papa Juan Pablo II que recogemos
en este estudio. Como dato curioso el Padre Cardoso anota
uno adicional que es sumamente revelador y que él agrega
a la unanimidad en la Tradición: el hecho de que
no hayan reliquias del cuerpo virginal de María. Nos dice
que ni siquiera los fabricantes de falsas reliquias -que los
ha habido a lo largo de la historia de la
Iglesia- se atrevieron jamás a fabricar una del cuerpo de
María, pues sabían que, dada la creencia universal de la
Asunción, no hubieran sido recibidas como auténticas en ninguna parte
del mundo cristiano.
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Hola, soy un católico muy devoto (soy tambien monagillo) me gusto mucho esta seccion porque me encontre en la situacion de dudar de la Asuncion de la Virgen Maria por un protestante llamado Victor Cabrera, pero hoy mas que nunca creo en ella, porque tambien creo en la Misericordia de Dios, saludos y bendiciones.