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Autor: San Luis María Grignion de Montfort | Fuente: www.mercaba.org Las 5 verdades del culto a María.
Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen, por San Luis María Grignion de Montfort. (3o. Parte)
Las 5 verdades del culto a María.
a. Fundamentos teológicos del culto a María.
60. Acabo de
exponer brevemente que el culto a la Santísima Virgen nos
es necesario. Es preciso decir ahora en qué consiste. Lo
haré, Dios mediante, después de clarificar algunas verdades fundamentales que
iluminarán la grande y sólida devoción que quiero dar a
conocer a Jesucristo, fin último del culto a la Santísima
Virgen
Primera verdad.
61. El fin último de toda devoción debe ser
Jesucristo, Salvador del mundo, verdadero Dios y verdadero hombre. De
lo contrario, tendríamos una devoción falsa y engañosa. Jesucristo es
el Alfa y la Omega, el principio y fin de
todas las cosas. La meta de nuestro misterio escribe San
Pablo "es que todos juntos nos encontremos unidos en la
misma fe... y con eso se logrará el hombre perfecto
que, en la madurez de su desarrollo, es la plenitud
de Cristo". Efectivamente, sólo en Cristo "permanece toda la plenitud
de Dios, en forma corporal" y todas las demás plenitudes
de gracia, virtud y perfección. Sólo en Cristo hemos sido
beneficiados "con toda clase de bendiciones espirituales".
Porque Él es:
el único
Maestro que debe enseñarnos, el único Señor de quien debemos depender, la
única Cabeza a la que debemos estar unidos, el único Modelo
a quien debemos conformarnos, el único Médico que debe curarnos, el único
Pastor que debe apacentarnos, el único Camino que debe conducirnos, la única
Verdad que debemos creer, la única Vida que debe vivificarnos y el
único Todo que en todo debe bastarnos.
"No se ha dado
a los hombres sobre la tierra otro Nombre por el
cual podamos ser salvados", sino el de Jesús.
Dios no nos
ha dado otro fundamento de salvación, perfección y gloria, que
Jesucristo. Todo edificio que no esté construido sobre la roca
firme, se apoya en arena movediza y tarde o temprano
caerá infaliblemente.
Quien no esté unido a Cristo como el sarmiento
a la vid, caerá, se secará y lo arrojará al
fuego. Sí en cambio; permanecemos en Jesucristo y Jesucristo en
nosotros, se acabó para nosotros la condenación, ni los ángeles
del cielo, ni los hombres de la tierra, ni los
demonios del infierno, ni creatura alguna podrá hacernos daño, porque
nadie podrá separarnos de la caridad de Dios que está
en Cristo Jesús.
Por Jesucristo, con Jesucristo, en Jesucristo lo podemos
todo:
tribular al Padre en unidad del Espíritu Santo todo honor
y gloria,
hacernos perfectos y ser olor de vida eterna para
nuestro prójimo.
62. Por tanto, si establecemos la sólida devoción
a la Santísima Virgen es sólo para establecer más perfectamente
la de Jesucristo y ofrecer un medio fácil y seguro
para encontrar al Señor. Si la devoción a la Santísima
Virgen apartarse de Jesucristo, habría que rechazarla como ilusión diabólica.
Pero como ya he demostrado y volveré a demostrarlo más
adelante sucede todo lo contrario. Esta devoción no es necesaria
para hallar perfectamente a Jesucristo, amarlo con ternura y servirlo
con fidelidad.
63. Me dirijo a Ti, por un momento, mi
amabilísimo Jesús, para quejarme amorosamente ante tu divina Majestad, de
que la mayor parte de los cristianos, aún los más
instruidos, ignoran la estrechísima unión que te liga a tu
Madre Santísima. Tú, Señor, estás siempre con María y María
está siempre contigo: de lo contrario dejaría de ser lo
que es; María está de tal manera trasformada en Ti
por la gracia, que Ella ya no vive ni es
nada: Tú, Jesús mío, vives y reinas en Ella más
perfectamente que en todos los ángeles y santos.
¡Ah! Si te
conociera la gloria y amor que recibes en esta creatura
admirable, ¡Se tendrían hacia Ti y hacia Ella sentimientos muy
diferentes de los que aho9ra se tienen! Ella se halla
tan íntimamente unida a Ti que sería más fácil o
separar la luz del sol, el calor del fuego, más
aún, sería más fácil separar de Ti a todos los
ángeles y santos que a la excelsa María: porque Ella
te ama más ardientemente y te glorifica con mayor perfección
que todas las demás creaturas juntas.
64. ¿No será, pues, extraño
y lamentable, amable Maestro mío, el ver la ignorancia y
oscuridad de todos los hombres respecto a tu santísima Madre?
No hablo de tantos idólatras y paganos: no conociéndote a
Ti, tampoco a Ella la conocen. Tampoco hablo de los
herejes y cismáticos: separados de Ti y de tu Iglesia,
no se preocupan de ser devotos de tu Madre. Hablo,
si, de los católicos y aún de los doctores entre
los católicos: ellos hacen profesión de enseñar a otros la
verdad, pero no te conocen ni a Ti ni a
tu Madre sino de manera especulativa, árida, estéril e indiferente.
Estos caballeros hablan sólo rara vez de tu Sama. Madre
y del culto que se debe. Tienen miedo, según dicen,
a que se deslice algún abuso y se te haga
injuria al honrarla a Ella demasiado. Si ven u oyen
a algún devoto de María hablar con frecuencia de la
devoción hacia esta Madre amantísima, con acento filial, eficaz y
persuasivo, como de un medio sólido y sin ilusiones, de
un camino corto y sin peligros, de una senda inmaculada
y sin imperfección y de un secreto maravilloso para encontrarte
y amarte debidamente, gritan en seguida contra él, esgrimiendo mil
argumentos falsos, para probarle que no hay que hablar tanto
de la Virgen, que hay grandes abusos en esta devoción
y que es preciso dedicarse a destruirlos, que es mejor
hablar de Ti en vez de llevar a las gentes
a la devoción a la Santísima Virgen a quien ya
aman lo suficiente.
Si alguna vez se les oye hablar de
la devoción a tu Santísima Madre, no es, sin embargo,
para defenderla o inculcarla, sino para destruir sus posibles abusos.
Mientras carecen de piedad y devoción tierna para contigo, porque
no la tienen para con María. Consideran el Rosario, el
escapulario, la corona (cinco misterios) como devociones propias de mujercillas
e ignorantes, que poco importan para la salvación. De suerte
que, si encuentran al algún devoto de Santa María que
reza el Rosario o practica alguna devoción en su honor,
procuran cambiarle el espíritu y el corazón y le aconsejan
que, en lugar del Rosario, rece los siete salmos penitenciales
y, en vez de la devoción a la Santísima Virgen,
le exhortan a la devoción a Jesucristo.
¡Jesús mío amabilísimo! ¿Tienen
éstos tu espíritu? ¿Te agrada su conducta? ¿Te agrada quien,
por temor a desagradarte, no se esfuerza por honrar a
tu Madre? ¿Es la devoción a tu Santísima Madre obstáculo
a la tuya? ¿Se arroga Ella para sí el honor
que se le tributa? ¿Es, por ventura, una extraña, que
nada tiene que ver contigo? ¿Quién la agrada a Ella,
te desagrada a Ti? Consagrarse a Ella y amarla ¿será
separarse o alejarse de Ti?
65. ¡Maestro amabilísimo! Sin embargo,
si cuanto acabo de decir fuera verdad, la mayoría de
los sabios justo castigo de su soberbia no se alejaría
n más que ahora de la devoción a tu Santísima
Madre ni mostrarían para con Ella mayor indiferencia de la
que ostentan.¡Guárdame, Señor! ¡Guárdame de sus sentimientos y de su
conducta! Dame participar en los sentimientos de gratitud, estima, respeto
y amor que tienes para con tu Santísima Madre, a
fin de que pueda amarte y glorificarte tanto más perfectamente,
cuando más te limite y siga de cerca.
66. Y,
como si no hubiera dicho nada acerca de tu Santísima
Madre conédeme la gracia de alabarla dignamente, a pesar de
todos sus enemigos que lo son tuyos y gritarles a
voz en cuello con todos los santos: "No espere alcanzar
misericordia de Dios quien ofenda a su Madre bendita".
67.
Para alcanzar tu misericordia una verdadera devoción hacia tu Santísima
Madre y difundir esta devoción por toda la tierra, concédeme
amarte ardientemente y acepta para ello la súplica inflamada que
te dirijo con San Agustín y tus verdaderos amigos:
"Tú eres,
oh Cristo, mi Padre santo, mi Dios misericordioso, mi rey poderoso, mi
buen pastor, mi único maestro, mi mejor ayuda, mi amado hermosísimo, mi
pan vivo, mi sacerdote por la eternidad, mi guía hacia la patria, mi
luz verdadera, mi dulzura santa, mi camino recto, mi Sabiduría preclara, mi
humilde simplicidad, mi concordia pacífica, mi protección total, mi rica heredad, mi
salvación eterna.... ¡Cristo Jesús, Señor amabilísimo! ¿Por qué habré deseado durante la
vida algo fuera de Ti, mi Jesús y mi Dios? ¿Dónde me
hallaba cuando no pensaba en Ti? Anhelos todos de mi corazón, inflámense
y desbórdense desde ahora hacia el Señor Jesús; corran, que mucho se
han retrasado, apresúrense hacia la meta, busquen a quien buscan. ¡Oh Jesús! ¡Anatema
quien no te ame! ¡Reboce de amargura quien no te quiera! ¡Dulce
Jesús, que todo buen corazón dispuesto a la alabanza, te ame, se deleite
en Ti, se admire ante Ti! ¡Dios de mi corazón! ¡Herencia mía, Cristo
Jesús! ¡Desfallezca el latir de mi corazón! vive, Señor, en mí; enciéndase en
mi pecho la viva llama de tu amor, acrézcase en incendio; arda siempre
en el altar de mi corazón, queme en mis entrañas, incendie lo
íntimo de mi alma, y que en el día de mi
muerte comparezca yo consumado en tu presencia. Amén."
He querido transcribir esta maravillosa
plegaria de San Agustín, para que repitiéndola todos los días
pidas el amor de Jesucristo, ese amor que estamos buscando
por medio de la excelsa María.
b. Pertenecemos a Cristo y
a María.
Segunda verdad.
68. De lo que Jesucristo es para nosotros
debemos concluir con el Apóstol que ya no nos pertenecemos
a nosotros mismos, sino que somos totalmente suyos, como sus
miembros y esclavos, comprados con el precio infinito de toda
su sangre.
Efectivamente, antes del Bautismo pertenecíamos al demonio como esclavos
suyos. El Bautismo nos ha convertido en verdaderos esclavos de
Jesucristo, que no debemos ya vivir ni morir sino a
fin de fructificar para este Dios-Hombre, glorificarlo en nuestro cuerpo
y hacerlo reinar en nuestra alma, porque somos su conquista,
su pueblo adquirido y su propia herencia.
Por la misma razón,
el Espíritu Santo nos compara a:
1º árboles plantados junto a
la corriente de las aguas de la gracia, en el
campo de la iglesia, que deben dar fruto en tiempo
oportuno.
2º los sarmientos de una vid, cuya cepa es Cristo,
y que deben producir sabrosas uvas.
3º un rebaño, cuyo pastor
es Jesucristo y que deben multiplicarse y producir leche.4º Por
Jesucristo, con Jesucristo, en Jesucristo lo podemos todo: una tierra
fértil, cuyo agricultor es Dios, y en la cual se
multiplica la semilla y produce el 30, el 60, el
ciento por uno.
Por otra parte, Jesucristo maldijo a la higuera
infructuosa y condenó al siervo inútil que no hizo fructificar
su talento.
Todo esto nos demuestra que Jesucristo quiere recoger algún
fruto de nuestras pobres personas, a saber, nuestras buenas obras,
porque éstas le pertenecen exclusivamente: "Hemos sido creados para las
buenas obras en Cristo Jesús". Estas palabras del Espíritu Santo
demuestran que Jesucristo es el único principio y debe ser
también el único fin de nuestras buenas obras y que
debemos servirle, no sólo como asalariados sino como esclavos de
amor.
Me explico:
69. Hay en este mundo dos modos de
pertenecer a otro y depender de su autoridad: el simple
servicio y la esclavitud. De donde proceden los apelativos de
criado y esclavo.
Por el servicio común, entre los cristianos, uno
se compromete a servir a otro durante cierto tiempo y
por determinado salario o retribución.
Por la esclavitud, en cambio, uno
depende de otro enteramente, por toda la vida y debe
servir al amo sin pretender salario ni recompensa alguna, como
si él fuera uno de sus animales sobre los que
tiene derecho de vida y muerte.
70. Hay tres clases
de esclavitud: natural, forzada y voluntaria.
Todas las creaturas son esclavas
de Dios del primer modo: "Del Señor es la tierra
y cuanto la llena."
Del segundo, lo son los demonios y
condenados.
Del tercero, los justos y los santos.
La esclavitud voluntaria es
la más perfecta y la más gloriosa para Dios, que
escruta el corazón, nos lo pide para sí y se
llama Dios del corazón o de la voluntad amorosa. Efectivamente,
por esta esclavitud, optas por Dios y su servicio por
encima de todo lo demás, aunque no estuvieras obligado a
ello por naturaleza.
71. Hay una diferencia total entre criado
y esclavo.
1º el criado no entrega a su patrón todo
lo que es, todo lo que posee ni todo lo
que puede adquirir por sí mismo o por otros; el
esclavo se entrega totalmente a su amo, con todo lo
que posee y puede adquirir, sin excepción alguna:
2º el
criado exige retribución por los servicios que presta a su
patrón; el esclavo, por el contrario, no puede exigir nada,
por más asiduidad, habilidad y energía que ponga en el
trabajo;
3º el criado puede abandonar a su patrón cuando
quiera o al menos, cuando expire el plazo del contrato;
mientras que el esclavo no tiene derecho a abandonar a
su amo cuando quiera;
4º el patrón no tiene sobre
el criado derecho ninguno de vida o muerte, de modo
que si lo matase como a uno de sus animales
de carga, cometería un homicidio; el amo, en cambio, conforme
a la ley tiene sobre su esclavo derecho de vida
y muerte, de modo que puede venderlo a quien quiera
o matarlo perdóname la comparación como haría con su propio
caballo;
5º por último, el criado está al servicio del
patrón sólo temporalmente; el esclavo, lo está para siempre.72. Nada
hay entre los hombres que te haga pertenecer más a
otro que la esclavitud. Nada hay tampoco entre los cristianos
que nos haga pertenecer más completamente a Jesucristo y a
su Santísima Madre que la esclavitud aceptada voluntariamente a ejemplo
de Jesucristo, que por nuestro amor tomó forma de esclavo
y de la Santísima Virgen que se proclamó servidora y
esclava del Señor. El apóstol se honra en llamarse servidor
de Jesucristo. Los cristianos son llamados repetidas veces en la
Sagrada. Escritura servidores de Cristo. Palabra que como hace notar
acertadamente un escritor insigne equivalía antes a esclavo, porque entonces
no se conocían servidores como los criados de ahora, dado
que los señores sólo eran servidos por esclavos o libertos.
Para
afirmar abiertamente que somos esclavos de Jesucristo, el Catecismo del
Concilio de Trento se sirve de un término que no
deja lugar a dudas, llamándolos mancipia Christi: esclavos de Cristo.
73. Afirmo que debemos pertenecer a Jesucristo y servirle, no
sólo como mercenarios, sino como esclavos de amor, que por
efecto de un intenso amor se entregan y consagran a
su servicio en calidad de esclavos por el único honor
de pertenecerle.
Antes del Bautismo éramos esclavos del diablo. El Bautismo
nos transformó en esclavos de Jesucristo. Es necesario, pues, que
los cristianos sean esclavos del diablo o de Jesucristo.
74.
Lo que digo en términos absolutos de Jesucristo, lo digo
proporcionalmente de la Santísima Virgen. Habiéndola escogido Jesucristo por compañera
inseparable de su vida, muerte, gloria y poder en el
cielo y en la tierra, le otorgó gratuitamente respecto a
su Majestad todos los derechos y privilegios que El posee
por naturaleza.
"Todo lo que conviene a Dios por naturaleza conviene
a María por gracia" dicen los santos. De suerte que,
según ellos, teniendo los dos el mismo querer y poder,
tienen también los mismos súbditos, servidores y esclavos.
75. Podemos,
pues conforme al parecer de los santos y de muchos
varones insignes llamarnos y hacernos esclavos de amor de la
Santísima Virgen, a fin de serlo más perfectamente de Jesucristo.
La Virgen Santísima es el medio del cual debemos servirnos
para ir a El. Pues María no es como las
demás creaturas, que, si nos apegamos a ellas, pueden separarnos
de Dios en lugar de acercarnos a El. La inclinación
más fuerte de María es la de unirnos a Jesucristo,
su Hijo; y la más viva inclinación del Hijo es
que vayamos a El por medio de su Santísima Madre.
Obrar así es honrarlo y agradarle, como sería honrar y
agradar a un rey el hacerse esclavos de la reina
para ser mejores súbditos y esclavos del soberano. Por esto,
los santos Padres y entre ellos San Buenaventura , dice
que la Santísima Virgen es el camino para llegar al
Señor.
76. Más aún, si como he dicho la Santísima
Virgen es la Reina y Soberana del cielo y de
la tierra, ¿por qué no ha de tener tantos súbditos
y esclavos como creaturas hay? Y, ¿no será razonable que,
entre tantos esclavos por fuerza, los haya también de amor,
que escojan libremente a María como a su Soberana? Pues
¡qué! Han de tener los hombres y los demonios sus
esclavos voluntarios y ¿no los ha de tener María? Y
¡qué! Un rey se siente honrado de que la reina,
su consorte, tenga esclavos sobre los cuales pueda ejercer derechos
de vida y muerte en efecto, el honor y poder
del uno son el honor y poder de la otra
y el Señor, como el mejor de los hijos, ¿no
se sentirá feliz de que María, su Madre Santísima, con
quien ha compartido todo su poder, tenga también sus esclavos?
¿Tendrá El menos respeto y amor para con su Madre,
que Asuero para con Esther y Salomón para con Betsabé?
¿Quién osará decirlo o siquiera pensarlo?
77. Pero, ¿a dónde
me lleva la pluma? ¿Por qué detenerme a probar lo
que es evidente? Si alguno no quiere que nos llamemos
esclavos de la Santísima Virgen ¿qué más da? ¡Hacerte y
llamarte esclavo de Jesucristo es hacerte y proclamarte esclavo de
la Santísima Virgen! Porque Jesucristo es el fruto gloria de
María.
Todo esto se realiza de modo perfecto con la
devoción de que vamos a hablar.
c. Debemos revestirnos del
hombre nuevo, Jesucristo.
Tercera verdad.
78. Nuestras mejores acciones quedan de ordinario
manchadas e infectadas a causa de las malas inclinaciones que
hay en nosotros. Cuando se vierte agua limpia y clara
en una vasija que huele mal o vino en una
garrafa maleada por otro vino, el agua clara y el
buen vino se dañan y toman fácilmente el mal olor.
Del
mismo modo, cuando Dios vierte en nuestra alma, infectada por
el pecado original y actual, sus gracias y rocíos celestiales
o el vino delicioso de su amor, sus bienes se
deteriora y echan a perder ordinariamente a causa de la
levadura de malas inclinaciones que el pecado ha dejado en
nosotros. Y nuestras acciones, aún las inspiradas por las virtudes
más sublimes, se resisten de ello.
Es por tanto, de suma
importancia para alcanzar la perfección que sólo se adquiere por
la unión con Jesucristo liberarnos de lo malo que hay
en nosotros. De lo contrario, el Señor, que es infinitamente
santo y detesta hasta el menor mancha en el alma,
nos rechazará de su presencia y no se unirá a
nosotros.
79. Para liberarnos o vaciarnos de nosotros mismos debemos:
1°
conocer bien, con la luz del Espíritu Santo, nuestras malas
inclinaciones, nuestra incapacidad para todo bien concerniente a la salvación,
nuestra continúa inconstancia, nuestra indignidad para toda gracia y nuestra
iniquidad en todo lugar. El pecado de nuestro primer padre
nos perjudicó a todos casi totalmente, nos dejó agriados, engreídos
e infectados, como la levadura agria, levanta e infecta toda
masa en que se la pone.
Nuestros pecados actuales, mortales o
veniales, aunque estén perdonados, han acrecentado la concupiscencia, debilidad, inconstancia
y corrupción naturales y dejado huellas de maldad en nosotros.
Nuestros
cuerpos se hallan tan corrompidos, que el Espíritu Santo los
llama cuerpos de pecado, concebidos en pecado, alimentados en el
pecado y capaces de todo pecado. Cuerpos sujetos a mil
enfermedades, que de día en día se corrompen y no
engendran sino corrupción.
Nuestra alma, unida al cuerpo, se ha hecho
tan carnal, que la Biblia la llama carne. Tenemos por
herencia el orgullo y la ceguera y la inconstancia en
el alma, la concupiscencia, las pasiones rebeldes y las enfermedades
en el cuerpo. Somos, por naturaleza, más soberbios que los
pavos reales, más apegados a la tierra que los sapos,
más viles que los cabros, más envidiosos que las serpientes,
más glotones que los cerdos, más coléricos que los tigres,
más perezosos que las tortugas, más débiles que las cañas
y más inconstantes que las veletas.
En el fondo no tenemos
sino la nada y el pecado y sólo merecemos la
ira divina y la condenación eterna.
80. Siendo esto así,
¿porqué maravillarnos de que el Señor haya dicho que quien
quiera seguirle debe renunciarse a sí mismo y odiar su
propia alma? ¿Y que el que ama su alma la
perderá y quien la odia la salvará? Esta infinita Sabiduría
que no da prescripciones sin motivo no nos ordena el
odio a nosotros mismos, sino porque somos extremadamente dignos de
odio: nada tan digno de amor como Dios, nada tan
digno de odio como nosotros mismos.
81. 2° morir todos
los días a nuestro egoísmo, es decir, renunciar a las
operaciones de las potencias del alma y de los sentidos,
ver como si no viéramos, oír como si no oyéramos,
servirnos de las cosas de este mundo como si no
nos sirviéramos de ellas. Es lo que San Pablo llama
"morir cada día" "Si el grano de trigo no cae
en tierra y muere, queda solo y no produce fruto"...
Si no morimos a nosotros mismos y si nuestras devociones
no nos llevan a esta muerte necesaria y fecunda, no
produciremos fruto que valga la pena y nuestras devociones serán
inútiles; todas nuestras obras de virtud quedarán manchadas por el
egoísmo y la voluntad propia; Dios rechazará los mayores sacrificios
y las mejores acciones que ejecutemos; a la hora de
la muerte nos encontraremos con las manos vacías de virtudes
y méritos y no tendremos sin una chispa de ese
amor puro que sólo se comunica a quienes han muerto
a si mismos y cuya vida está escondida con Cristo
en Dios.
82. 3° escoger entre las devociones a la
Santísima Virgen la que nos lleve más perfectamente a dicha
muerte al egoísmo por la mejor y más santificadora. Porque
no hay que creer que es oro todo lo que
reluce, ni miel todo lo dulce, ni el camino más
fácil y lo que practica la mayoría es lo más
eficaz para la salvación. Así como hay secretos naturales para
hacer en poco tiempo, pocos gastos y gran facilidad ciertas
operaciones naturales, también hay secretos en el orden de la
gracia para realizar en poco tiempo, con dulzura y facilidad,
operaciones sobrenaturales, liberarte del egoísmo, llenarte de Dios y hacerte
perfecto.
La práctica que quiero descubrirte es uno de esos secretos
de la gracia, ignorando por gran número de cristianos, conocido
de pocos, devotos, practicado y saboreado por un número aún
menor. Expongamos la cuarta verdad como consecuencia de la tercera
antes de descubrir dicha práctica.
d. La acción maternal de
María facilita el encuentro personal con Cristo.
Cuarta verdad.
83. Es más
perfecto, porque es más humilde, no acercarnos a Dios por
nosotros mismo, sin acudir a un mediador. Estando tan corrompida
nuestra naturaleza como acabo de demostrar, si nos apoyamos en
nuestros propios esfuerzos, habilidad y preparación para llegar hasta Dios
y agradarle, ciertamente nuestras obras de justificación quedarán manchadas o
pesarán muy poco delante de Dios para comprometerlo a unirse
a nosotros y escucharnos.
Porque no sin razón nos ha dado
Dios mediadores ante si mismo. Vio nuestra indignidad e incapacidad,
se apiadó de nosotros y para darnos acceso a sus
misericordias nos proveyó de poderosos mediadores ante su grandeza. Por
tanto, despreocuparte de tales mediadores y acercarte directamente a la
santidad divina sin recomendación alguna, es faltar a la humildad
y respeto debido a un Dios tan excelso y santo,
hacer menos caso de este Rey de reyes del que
harías de un soberano o príncipe de la tierra, a
quien no te acercarías sin un amigo que hable por
ti.
84. Jesucristo es nuestro abogado y mediador de Redención ante
el Padre. Por El debemos orar junto con la Iglesia
triunfante y militante. Por El tenemos acceso ante la Majestad
divina y, sólo apoyados en El revestidos de sus méritos,
debemos presentarnos ante Dios, así como el humilde Jacob compareció
ante su padre Isaac para recibir la bendición, cubierto con
pieles de cabrito.
85. Pero, ¿no necesitamos acaso un mediador
ante el mismo Mediador? ¿Bastará nuestra pureza a unirnos a
El directamente y por nosotros mismos? ¿no es El acaso
Dios igual en todo a su Padre y, por consiguiente,
el Santo de los santos, tan digno de respeto como
su Padre? Si, por amor infinito, se hizo nuestro fiador
y mediador ante el Padre, para aplacarlo y pagarle nuestra
deuda ¿será esto razón para que tengamos menos respeto y
temor para con su majestad y santidad?
Digamos, pues, abiertamente con
San Bernardo que necesitamos un mediador ante el Mediador mismo
y que la excelsa María es la más capaz de
cumplir este oficio caritativo. Por Ella vino Jesucristo a nosotros
y por ella debemos nosotros ir a El.
Si tememos ir
directamente a Jesucristo-Dios, a causa de su infinita grandeza y
de nuestra pequeñez o pecados, imploremos con filial osadía la
ayuda e intercesión de María, nuestra Madre.
Ella es tierna y
bondadosa.
En Ella no hay nada austero o terrible, ni excesivamente
sublime o deslumbrante. Al verla, vemos propia naturaleza.
No es el
sol que con la viveza de sus rayos podría deslumbrarnos
a causa de nuestra debilidad. Es hermosa y apacible como
la luna, que recibe la luz del sol para acomodarla
a la debilidad de nuestra vista.
María es tan caritativa que
no rechaza a ninguno de los que imploran su intercesión,
por más pecador que sea, pues como dicen los santos
jamás se ha oído decir que alguien haya acudido confiada
y perseverantemente a ella y haya sido rechazado.
Ella es tan
poderosa que sus peticiones jamás han sido desoídas. Bástale presentarse
ante su Hijo con alguna súplica, para que El la
acepte y reciba y se deje vencer amorosamente por las
entrañas, suspiros y súplicas de su Madre queridísima.
86. Esta
doctrina sacada de los escritos de San Bernardo y San
Buenaventura. Según ellos, para llegar a Dios tenemos que subir
tres escalones: el primero, más cercano y adaptado a nuestra posibilidades,
es María,
el segundo, es Jesucristo y el tercero es Dios
Padre.
Para llegar a Jesucristo hay que ir a María
nuestra Mediadora de intercesión. Para llegar hasta el Padre hay
que ir al Hijo, que es nuestro Mediador de Redención.
Este
es precisamente el orden que se observa en la forma
de devoción de la que hablaré más adelante.
e. Llevamos
el tesoro de la gracia en vasos de arcilla.
Quinta verdad.
87.
Es muy difícil, dada nuestra pequeñez y fragilidad, conservar las
gracias y tesoros de Dios, porque
1° llevamos este tesoro, más
valioso que el cielo y la tierra, en vasos de
barro, en un cuerpo corruptible, en un alma débil e
inconstante que por nada se turba y abate.88. 2° los
demonios, ladrones muy astutos, quieren sorprendernos de improviso para robarnos.
Espían día y noche el momento favorable para ello. Nos
rodean incesantemente para devorarnos y arrebatarnos en un momento por
un solo pecado todas las gracias y méritos logrados en
muchos años. Su malicia, su pericia, su astucia y número
deben hacernos temer infinitamente esta desgracia. Ya que personas más
llenas de gracias, más ricas en virtudes, más experimentadas y
elevadas en santidad que nosotros, han sido sorprendidas, robadas y
saqueadas lastimosamente. ¡Ah! ¡Cuántos cedros del Líbano y estrellas del
firmamento cayeron miserablemente y perdieron en poco tiempo su elevación
y claridad!
Y, ¿cuál es la causa? No fue la falta
de gracia. Que Dios a nadie la niega. Sino ¡falta
de humildad!
Se creyeron más fuertes y poderosos de lo que
eran. Se consideraron capaces de conservar sus tesoros. Se fiaron
de sí mismos y se apoyaron en sus propias fuerzas.
Creyeron bastante segura su casa y suficientemente fuertes sus cofres
para guardar el precioso tesoro y, por este apoyo imperceptible
en sí mismo aunque les parecía que se apoyaban solamente
en la gracia de Dios el Señor, que es la
justicia misma, permitió que fueran saqueados abandonados a sí mismos.
¡Ay!
Si hubieran conocido la devoción admirable que a continuación voy
a exponer, habrían confiado su tesoro a una Virgen fiel
y poderosa y Ella se lo habría guardado como si
fuera propio y hasta se habría comprometido a ello en
justicia.
89. 3° Es difícil perseverar en gracia, a causa
de la espantosa corrupción del mundo. Corrupción tal que se
hace prácticamente imposible que los corazones no se manchen, si
no con su lodo, al menos, con su polvo. Hasta
el punto de que es una especie de milagro el
que una persona se conserve en medio de este torrente
impetuoso, sin ser arrastrada por él; en medio de este
mar tempestuoso, sin anegarse o ser saqueada por los piratas
y corsarios; en medio de esta atmósfera viciada, sin contagiarse.
Solo
la Virgen fiel, contra quien nada pudo la serpiente, hace
este milagro a favor de aquellos que la sirven mejor
que pueden.
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