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Madre | tema
Autor: Gloria Conde, del libro Mujer Nueva, ed. Trillas
Misión de la mujer: como madre
El misterio de la feminidad se manifiesta y se revela hasta el fondo mediante la maternidad.
 
Misión de la mujer: como madre
Misión de la mujer: como madre



Reciprocidad esponsal y fecunda en una tarea común

Dice el Génesis 4,1 que “Adán conoció a Eva, su mujer”. Por tanto, aquel que conoce es el varón, y la que es conocida es la mujer-esposa. El «conocimiento» bíblico se realiza según la verdad de la persona sólo cuando el don recíproco de sí mismo no es deformado por el deseo del hombre de convertirse en «dueño» de su esposa (“él te dominará”) o por el cerrarse de la mujer en sus propios instintos (“hacia tu marido irá tu apetencia”) (Génesis 3, 16). El «ser conocida» de la mujer, que expresaría «pasividad» en realidad esconde lo que constituye la profundidad misma de su feminidad su capacidad de donación cuando se percibe conocida y amada por el «otro».

Ningún texto como la Mulieris Dignitatem expresa el misterio y el significado profundo de la maternidad de la mujer. Así que seguiremos de cerca el texto del Papa Juan Pablo II. El misterio de la feminidad se manifiesta y se revela hasta el fondo mediante la maternidad, como dice también el Génesis “la cual concibió y parió” (Génesis 4, 1). Por lo tanto, el don recíproco de la persona en el matrimonio se abre hacia el don de una nueva vida, es decir, de un nuevo hombre, que es también persona a semejanza de sus padres.

La maternidad, ya desde el comienzo mismo, implica una apertura especial hacia la nueva persona; y éste es precisamente el «papel» de la mujer. Es en dicha apertura, esto es, en el concebir y dar a luz al hijo, donde la mujer «se realiza en plenitud a través del don sincero de sí». Esta disponibilidad interior para aceptar al hijo y traerle al mundo está vinculado estrechamente a la unión matrimonial, que, como hemos dicho, es un momento particular del don recíproco de sí por parte de la mujer y del hombre.

La maternidad de la mujer, en el período comprendido entre la concepción y el nacimiento del niño, es un proceso biofisiológico y psíquico cada vez más conocido científicamente en profundidad. Los estudios confirman que toda la constitución física de la mujer y su organismo tienen una disposición natural para la maternidad: concepción, gestación y parto del niño, como fruto de la unión matrimonial con el hombre. Al mismo tiempo, todo esto corresponde también a la estructura psíquico-física de la mujer. Sin embargo, no se puede reducir la interpretación de la maternidad a un fenómeno biofisiológico.

La maternidad, como hecho y fenómeno humano, tiene su explicación plena en la verdad sobre la persona. La maternidad está unida a la estructura personal del ser mujer y a la dimensión personal del don. “He adquirido un varón con el favor de Yahvé” (Génesis 4,1). El Creador concede a los padres el don de un hijo. Por parte de la mujer, este hecho está unido de modo especial a «un don sincero de sí». En la maternidad de la mujer, unida a la paternidad del hombre, se refleja el eterno misterio del engendrar que existe en Dios mismo, uno y trino (Efesios 3,14).

Aunque el hecho de ser padres pertenece a los dos, es una realidad más profunda en la mujer, especialmente en el período prenatal. La mujer es «la que paga» directamente por este común engendrar, que absorbe literalmente las energías de su cuerpo y de su alma. Por consiguiente, es necesario que el hombre sea plenamente consciente de que en este ser padres en común, él contrae una deuda especial con la mujer. Ningún programa de «igualdad de derechos» del hombre y de la mujer es válido si no se tiene en cuenta esto de un modo totalmente esencial.

La maternidad conlleva una comunión especial con el misterio de la vida que madura en el seno de la mujer. La madre admira este misterio y con intuición singular «comprende» lo que lleva en su interior. A la luz del «principio» la madre acepta y ama al hijo que lleva en su seno como una persona. Este modo único de contacto con el nuevo hombre que se está formando crea a su vez una actitud hacia el hombre (no sólo su hijo sino el hombre en general) que caracteriza profundamente toda la personalidad de la mujer.

Es por eso que la mujer, en cierto modo, es más capaz que el hombre de dirigir su atención hacia la persona concreta y, con la maternidad, desarrolla todavía más esta disposición. La educación del hijo debería abarcar en sí la doble aportación de los padres. Sin embargo, la contribución materna es decisiva y básica para la nueva personalidad humana.

La maternidad en relación con la alianza

La mujer, en el proceso de buscar su identidad, desea descubrir su misión de cara al mundo, la historia, la sociedad. Ella quiere dar su aportación. Ella necesita experimentar su razón de ser. La mujer necesita valorarse a sí misma en su feminidad para proyectarse por el don de sí misma y poder así transformar el mundo que la rodea. El misterio de la maternidad en relación con la alianza entre Dios y los hombres arroja abundante luz sobre este punto.

Tal parece que, en el plano biofísico, la mujer tiene un papel pasivo frente al niño que se desarrolla en su seno, pero bajo el aspecto personal-ético, la maternidad expresa una creatividad muy importante de la mujer. De ella dependerá de manera decisiva la misma humanidad de la nueva creatura. Esto, trasladado al plano histórico-social, manifiesta el papel esencial de la mujer. Por su creatividad, de ella depende de una manera decisiva, el desarrollo, crecimiento y renovación de la humanidad.

Gracias al sí de María, Jesucristo se encarnó en su seno virginal y así Dios pudo entablar una nueva alianza con los hombres por medio de su Hijo. Por lo tanto, la maternidad de María se convertirá en signo de la alianza de Dios con los hombres. Así mismo, la maternidad de cada mujer, vista a la luz del Evangelio, no es solamente «de la carne y de la sangre» sino también tiene una dimensión espiritual. Como María, la mujer «escucha la palabra de Dios» y la guarda en su interior y la custodia como en un receptáculo. Al ser madre, ella se encargará de transmitir a sus hijos la Palabra de Dios enseñándoles a rezar y a vivir cristianamente. De esta manera, todos los nacidos de las madres terrenas, los hijos y las hijas del género humano, llegan también a ser «hijos de Dios» cuando la mujer sabe «engendrar» en sus hijos a Cristo al educarles en la fe y transmitirles su mensaje.

También es la condición materna de la mujer la que es capaz de dar sentido al sufrimiento humano. Fue la nueva alianza la que reveló un nuevo sentido al sufrimiento, por la muerte redentora de Cristo en la cruz. A través del don total de su sangre, Él salvó a la humanidad, a cada persona humana, del pecado y de la muerte eterna. Podríamos decir que el sufrimiento de Jesucristo, totalmente desinteresado y libre, fue en cierto sentido materno, pues nos dio una nueva vida.

La mujer experimenta en su maternidad la íntima unión del sufrimiento con el don de la vida. Este sufrimiento trae enseguida el gozo. “La mujer, cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque le ha llegado la hora; pero cuando ha nacido el niño, ya no se acuerda de la tribulación por el gozo que tiene de haber venido al mundo un hombre” (Juan 16,21). Será este sentido de fecundidad, el que hace que la mujer pueda soportar mejor que el hombre el sufrimiento.

Y gracias a esto, la mujer será también capaz de redimensionar el sufrimiento y darle sentido descubriendo su dimensión purificadora y redentora. A veces será cuando ella sufra. Ahí podrá dar testimonio de fortaleza y gozo en medio de su dolor. Otras veces se encontrará al lado de los atribulados. Entonces ahí tendrá la misión de sufrir «con los que sufren» y de dar sentido a ese sufrimiento ajeno.

Es por tanto en la revelación donde la mujer encuentra sentido al sufrimiento y se hace capaz de vivirlo desde su maternidad, a la luz de la redención de Cristo que, por el dolor en la cruz, nos dio nueva vida. Esto crea en ella una disposición interna a adelantarse a lo que exija la vida de sacrificio, en el matrimonio, en la educación de los hijos, en el trabajo, en el acompañamiento de los que le rodean, por ser capaz de descubrir de forma más inmediata y profunda el bien que traerá consigo ese sufrimiento y por encontrar en su interior mayores recursosa psicológicos para sobrellevarlo.

Misión de la mujer: como persona

Misión de la mujer: como esposa

 

 
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