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Autor: Jorge Enrique Mújica Benedicto XVI y la mujer
Es imposible e inútil el querer imaginar una Iglesia sin la aportación femenina
“Por desgracia somos herederos de una historia de enormes condicionamientos
que, en todos los tiempos y en cada lugar, han
hecho difícil el camino de la mujer, despreciada en su
dignidad, olvidada en sus prerrogativas, marginada frecuentemente e incluso reducida
a esclavitud. Esto le ha impedido ser profundamente ella misma
y ha empobrecido la humanidad entera de auténticas riquezas espirituales.
No sería ciertamente fácil señalar responsabilidades precisas, considerando la fuerza
de las sedimentaciones culturales que, a lo largo de los
siglos, han plasmado mentalidades e instituciones. Pero si en esto
no han faltado, especialmente en determinados contextos históricos, responsabilidades objetivas
incluso en no pocos hijos de la Iglesia, lo siento
sinceramente”. Con esta sensibilidad, con esta afirmación se expresaba Juan
Pablo II en la carta que en 1995 escribió a
las mujeres.
Es imposible e inútil el querer imaginar una Iglesia
sin la aportación femenina. Tan sin sentido que jamás un
buen cristiano podrá esconderla y, mucho menos, negarla. En la
homilía del viernes santo pasado ante la curia romana y
el Santo Padre, el predicador de la casa pontificia, P.
Rainero Cantalamesa, ha recordado que las mujeres son la esperanza
de un mundo más humano, que nuestra civilización “tiene necesidad
de un corazón para que el hombre pueda sobrevivir en
ella sin deshumanizarse del todo”; de ahí que deba darse
“más espacio a las razones del corazón" para evitar otra
“era glacial” pues hoy se constata la avidez de aumentar
el conocimiento pero muy poca la de aumentar la capacidad
de amar, y ello tiene su explicación: “el conocimiento se
traduce automáticamente en poder, el amor en servicio”.
Es un
hecho. De un tiempo para acá, los Papas han sabido
ir incardinando las aptitudes de la mujer en varios dicasterios
y organismos de la vida de la Iglesia. Con Juan
Pablo II se acentuó un periodo, si cabe decirlo así,
fecundo de acercamiento y exaltación de los dones, valores, virtudes
y vocación propias de la mujer; una valoración que ha
ayudado a ver desde otra perspectiva, tanto a hombres como
a mujeres, eclesiásticos o no, la participación de éstas en
la vida de la Iglesia y el mundo.
Benedicto XVI
ha seguido lúcidamente en esta línea. Como cardenal estuvo encargado
de presentar, el 30 de septiembre de 1988, la carta
apostólica que Juan Pablo II dedicara a las mujeres (La
dignidad de la mujer ). Como prefecto de la
congregación para la doctrina de la fe, el 31 de
julio de 2004, regaló al mundo aquel hermoso documento, la
“Carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre la
colaboración del hombre y la mujer en la Iglesia y
el mundo”, que vino revitalizar los documentos pontificios anteriormente aparecidos
sobre el tema y a refrescar la importancia de la
feminidad dentro de la Iglesia, en el mundo, y la
necesidad de que la vocación natural, los dones y aptitudes
de la mujer fuesen valorados por el varón y los
de éste por ella. Ahora como Papa, las palabras de
afecto y reconocimiento hacia la mujer no han sido menores
pese a que muchos se empeñen en tratar de hacer
ver lo contrario.
1. Gestos y manifestaciones
En febrero
pasado, durante la audiencia general, el Papa centró laudatoriamente la
atención en las numerosas figuras femeninas que “desempeñaron un papel
efectivo y valioso en la difusión del Evangelio” subrayando que
“no se puede olvidar su testimonio”. Con esa catequesis se
evidenciaba aún más la trayectoria de reconocimiento público que Benedicto
XVI ha venido siguiendo en comentarios puntuales hechos a través
de entrevistas, homilías y discursos; una trayectoria que recoge, expone
y valora el gran servicio y la aportación peculiar que
la mujer ha prestado a la Iglesia y al mundo
reivindicando su protagonismo activo en el ámbito de las comunidades
cristianas primitivas y a lo largo de la historia del
cristianismo. En esos comentarios también ha recordado clara y amorosamente
el papel valiosísimo, aunque no ministerial, que la mujer desarrolla
en nuestra actualidad dentro de la Iglesia.
Un noble gesto a
considerar ha sido el reciente reconocimiento que Benedicto XVI, a
través del presidente del Consejo Pontificio para los laicos, el
arzobispo Stanislaw Rilko, ha concedido a la Unión Mundial de
Organizaciones de Mujeres católicas (UMOFC), fundada en 1910, al otorgarles
el estatuto de asociación pública internacional de fieles; una declaración
que, en palabras de la presidenta general, Karen Hurley, significa
que se “honra los incansables esfuerzos de millones de mujeres
fieles católicas activas en nuestra unión a nivel parroquial, diocesano,
nacional e internacional”.
2. Maternidad como vocación de primer orden
y máxima importancia
Quizá uno de los temas a los
que, en el amplio campo de la mujer, más referencia
y énfasis ha hecho el Santo Padre, ha sido el
de la maternidad. Las palabras que al respecto a pronunciado
no se han limitado a la denuncia actual ante la
creciente escasez de candidatas a desempeñar su natural vocación de
madres y educadoras; ante todo, ha manifestado el aprecio personal
y el valor de la maternidad en sí misma, pero
no todo ha quedado ahí. El Papa se sabe hijo
y lo que ello entraña, por ello ha agradecido a
las madres el don de sí mismas, el estar abiertas
a la vida. A un párroco romano que le pidió unas
palabras de aliento para las “mamás”, el Papa dijo: “Decidles
simplemente: el Papa os da las gracias. Os expresa su
gratitud porque habéis dado la vida, porque queréis ayudar a
esta vida que crece y así queréis construir un mundo
humano, contribuyendo a un futuro humano. Y no lo hacéis
sólo dando la vida biológica, sino también comunicando el centro
de la vida, dando a conocer a Jesús, introduciendo a
vuestros hijos en el conocimiento de Jesús, en la amistad
con Jesús. Este es el fundamento de toda catequesis. Por
consiguiente, es preciso dar las gracias a las madres por,
sobre todo porque han tenido la valentía de dar la
vida. Y es necesario pedir a las madres que completen
ese dar la vida comunicando la amistad con Jesús”. Tiempo antes
había ponderado el papel de la maternidad a propósito de
la festividad litúrgica de santa Mónica exaltando cómo ella había
vivido “de manera ejemplar su misión de esposa y madre
ayudando a su marido Patricio a descubrir la belleza de
la fe en Cristo y la fuerza del amor evangélico,
capaz de vencer el mal con el bien”. Benedicto XVI no
se ha detenido a recordar obligaciones sino en hacer notar
la belleza que hay detrás de la vocación de madre
y, consecuentemente, de educadora; ante la exposición reaccionaria de ciertos
grupos que se oponen a la realización de la mujer
en el hogar, la familia, el matrimonio, la maternidad, el
Papa ha hecho ver con delicadeza y afecto de padre
y pastor cuán lejos está la mujer que no corresponde
a su misión natural.
3. Sacerdocio y la aportación de
la mujer en la Iglesia
Hoy por hoy es más
visible la participación de la mujer en organismos vaticanos. Es
verdad que Benedicto XVI, hasta el momento, no ha realizado
nombramientos al respecto sino que más bien ha mantenido en
pie los ya realizados por Juan Pablo II (entre otros,
el de la religiosa salesiana, sor Enrica Rosanna, subsecretaria para
la congregación de los institutos de vida consagrada y sociedades
de vida apostólica, y el de la doctora Mary Ann
Glendon, presidenta de la Pontificia Academia de Ciencias Sociales). Pero
no todo ha quedado ahí. Para el sínodo sobre la
Eucaristía de octubre de 2005, Benedicto XVI convocó a una
docena de auditoras para participar en el mismo: desde la
ex embajadora de Filipinas ante la Santa Sede, Enrietta Tambunting
de Villa, hasta una fundadora, miembros seglares de movimientos eclesiales
y, por supuesto, religiosas de distintas congregaciones.
Propiamente hablando no
se puede hacer referencia a una doctrina pontificia sobre la
mujer. Ni el actual ni el pontificado anterior la tuvo.
Y es que la feminidad no es doctrina de un
Papa sino riqueza de la Iglesia entera. Con los documentos
que sacó Juan Pablo II, el pontífice no hizo más
que evidenciar lo que la Iglesia ha creído y defendido
sobre la mujer apoyada en el principio paulino según el
cual para los bautizados “ya no hay judío ni griego;
ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer”. El motivo
es que “todos somos uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3,
28), “es decir, todos tenemos la misma dignidad de fondo,
aunque cada uno con funciones específicas”. Es a la luz
de esas funciones específicas que se debe captar la respuesta
expresada a modo de negativa para el acceso de la
mujer a las órdenes Sagradas. Y es que la Iglesia
no se puede entender al modo democrático y meramente político.
El que muchos quieran una aportación más clara y visible
de la mujer en puestos de mayor responsabilidad parece inquietud
justa entendida al modo meramente humano de paridad de oportunidades,
pero no es así. “Como sabemos, el ministerio sacerdotal, procedente
del Señor, está reservado a los varones, en cuanto que
el ministerio sacerdotal es el gobierno en el sentido profundo,
pues, en definitiva, es el Sacramento el que gobierna la
Iglesia. Este es el punto decisivo. No es el hombre
quien hace algo, sino que es el sacerdote fiel a
su misión el que gobierna, en el sentido de
que es el Sacramento, es decir, Cristo mismo mediante el
Sacramento, quien gobierna, tanto a través de la Eucaristía como
a través de los demás Sacramentos, y así siempre es
Cristo quien preside”. Y es que el sacerdocio se ha llegado
a interpretar como un derecho, cuando es un servicio propio
del varón con vocación a servir como presbítero. Interrogado sobre
el tema de la aportación clara y visible de la
mujer en la Iglesia, el Santo Padre declaró a los
periodistas de Radio Vaticano y cuatro cadenas alemanas (Bayerischer Rundfunk,
ARD, ZDF y la Deutsche Welle): “…no hay que pensar
que en la Iglesia la única posibilidad de desempeñar un
papel importante es la de ser sacerdote. En la historia
de la Iglesia hay muchísimas tareas y funciones. Basta recordar
las hermanas de los Padre de la Iglesia, y la
Edad Media, cuando grandes mujeres desempeñaron un papel muy decisivo,
y también en la época moderna. Pensemos en Hildegarda de
Bingen, que protestaba enérgicamente ante los obispos y el Papa;
en Catalina de Siena y en Brígida de Suecia. También
en los tiempos modernos las mujeres deben buscar siempre de
nuevo -y nosotros con ellas- el lugar que
les corresponde. Hoy están muy presentes en los dicasterios de
la Santa Sede. Pero existe un problema jurídico: el de
la jurisdicción, es decir, el hecho de que, según el
derecho canónico, la facultad de tomar decisiones jurídicamente vinculantes va
unida al Orden Sagrado”. Encontrar el lugar que les corresponda significa
para el Papa que tienen un lugar; partiendo de
ahí ahora hay que reencontrarlo o toparse con él por
vez primera. No se trata de buscar nuevos lugares sino
de retomar los que ya existen. Al decir “nosotros con
ellas” está significando que para determinar si realmente el lugar
reencontrado es efectivamente tal, debe contar con la confirmación de
la autoridad respectiva.
En marzo de 2006, un joven sacerdote preguntó
al Papa: “¿Por qué no hacer que la mujer colabore
en el gobierno de la Iglesia? Convendría promover el
papel de la mujer también en el ámbito institucional y
ver que su punto de vista es diverso del masculino”.
La prensa mundial hizo grande eco de la pregunta y
poco caso y publicidad a la respuesta. El Papa respondió
con ternura y profundidad: “Siempre me causa gran impresión, en
el primer Canon, el Canon Romano, la oración especial por
los sacerdotes. En esta humildad realista de los sacerdotes, nosotros,
precisamente como pecadores, pedimos al Señor que nos ayude a
ser sus siervos. En esta oración por el sacerdote, y
sólo en esta, aparecen siete mujeres rodeando al sacerdote. Se
presentan precisamente como las mujeres creyentes que nos ayudan
en nuestro camino. Ciertamente, cada uno lo ha experimentado. Así,
la Iglesia tiene una gran deuda de gratitud con respecto
a las mujeres (…) Las mujeres hacen mucho por el
gobierno de la Iglesia, comenzando por la religiosas, por las
hermanas de los grandes Padres de la Iglesia, como san
Ambrosio, hasta las grandes mujeres de la Edad Media: santa
Hildegarda, santa Catalina de Siena, santa Teresa de Ávila; y
recientemente madre Teresa. (…) como sabemos, el ministerio sacerdotal, procedente
del Señor, está reservado a los varones, en cuanto que
el ministerio sacerdotal es el gobierno en el sentido profundo,
pues, en definitiva, es el Sacramento el que gobierna la
Iglesia. Este es el punto decisivo. No es el hombre
quien hace algo, sino que es el sacerdote fiel a
su misión el que gobierna, en el sentido de
que es el Sacramento, es decir, Cristo mismo mediante el
Sacramento, quien gobierna, tanto a través de la Eucaristía como
a través de los demás Sacramentos, y así siempre es
Cristo quien preside[1] <#_ftn1> ”. No es el hombre quien
gobierna, ¡es el sacramento! Por tanto no cabe hablar de
discriminación. Es Cristo en definitiva quien gobierna. El actual Pontífice
se ha mostrado sabio y delicado a la hora de
aclamar la figura de la mujer así como en los
momentos en los que ha recordado cuál no es su
función y los motivos de ello. Bien puede pensarse que
lleva en la mente aquel sentido agradecimiento que con motivo
de la IV Conferencia Mundial sobre la mujer en Pekín
redactó Juan Pablo II a modo de carta.
4. Agradecimiento
a las mujeres
Benedicto XVI no cesará de reivindicar la
riqueza del genio femenino. Ya lo ha hecho y, qué
duda cabe, lo seguirá haciendo. El reflejo de esas manifestaciones
comienza a dejarse sentir en muchos otros ámbitos de la
Iglesia. Cómo no traer a cuento aquellas palabras de gratitud
pensadas, escritas y pronunciadas por aquel gran poeta y Papa,
Juan Pablo II, que hayan eco en su predecesor:
“Te doy
gracias, mujer-madre, que te conviertes en seno del ser humano
con la alegría y los dolores de parto de una
experiencia única, la cual te hace sonrisa de Dios para
el niño que viene a la luz y te hace
guía de sus primeros pasos, apoyo de su crecimiento, punto
de referencia en el posterior camino de la vida.
Te doy
gracias, mujer-esposa, que unes irrevocablemente tu destino al de un
hombre, mediante una relación de recíproca entrega, al servicio de
la comunión y de la vida.
Te doy gracias, mujer-hija y
mujer-hermana, que aportas al núcleo familiar y también al conjunto
de la vida social las riquezas de tu sensibilidad, intuición,
generosidad y constancia.
Te doy gracias, mujer-trabajadora, que participas en todos
los ámbitos de la vida social, económica, cultural, artística y
política, mediante la indispensable aportación que das a la elaboración
de una cultura capaz de conciliar razón y sentimiento, a
una concepción de la vida siempre abierta al sentido del
« misterio », a la edificación de estructuras económicas y
políticas más ricas de humanidad.
Te doy gracias, mujer-consagrada, que a
ejemplo de la más grande de las mujeres, la Madre
de Cristo, Verbo encarnado, te abres con docilidad y fidelidad
al amor de Dios, ayudando a la Iglesia y a
toda la humanidad a vivir para Dios una respuesta «
esponsal », que expresa maravillosamente la comunión que El quiere
establecer con su criatura.
Te doy gracias, mujer, ¡por el hecho
mismo de ser mujer! Con la intuición propia de tu
feminidad enriqueces la comprensión del mundo y contribuyes a la
plena verdad de las relaciones humanas”.
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