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El temor a la fecundidad
Parece que hoy la esterilidad es una liberación y tener hijos, si éstos no son “planificados”, una desgracia


Por: Lucía de Mattos | Fuente: churchforum.com




Estamos viviendo una época donde cada vez somos menos humanos y actuamos más como nos lo impone la sociedad que como nuestra naturaleza humana lo sugiere.

Hoy escuchamos a los jóvenes decir “Yo ni loco quiero tener hijos”; “¿Hijos? Uno o dos como mucho, y `planificados”; “¿Hijos? Ni loca! Es una complicación”.

Cada vez es más grande el rechazo a los hijos... y nos estamos engañando a nosotros mismos.
Desde el origen de la humanidad como tal, se ha valorado como un bien precioso la fecundidad. Vemos así que desde el Paleolítico el ideal de mujer (representado en las esculturas de la época, las famosas “Venus” paleolíticas) era el símbolo de la fecundidad humana. En el embarazo de la mujer, donde se conjugan la fertilidad del hombre y la mujer creándose un nuevo ser, se veía algo digno de ser representado y venerado ¡milagro eterno que desde ese entonces hasta hoy nos sigue admirando!

Por siglos y más siglos se ha venerado la fecundidad humana y aún hoy persisten culturas que, como desde hace mucho tiempo, consideran maldita a la persona estéril.

Pero entre nosotros, hoy en día, todo parece darse vuelta. Como en muchos otros aspectos, la cultura actual desvaloriza lo que antes se valoraba y hoy resulta que la esterilidad es una liberación y tener hijos, si éstos no son “planificados”, una desgracia.

Esto se nos trasmite a los jóvenes en forma de un amargo miedo a la fecundidad: si tenemos hijos, perderemos oportunidades, tendremos problemas, interferirán en nuestra relación de pareja, nos provocarán dolores de cabeza... Los que en otros tiempos fueron llamados “nuestros sueños” ahora son “la interferencia de nuestros sueños”.

Podemos distinguir varios orígenes de estos miedos:

Existe el miedo a ser padres, por la responsabilidad que esto representa.

En cierto modo hay razones muy profundas para que esto ocurra; en la cultura de la eficiencia, es evidente que, para educar y cuidar a un niño, hay que hacerlo bien y eso no es fácil.
Pero la solución no es no tener hijos para no asumir responsabilidades, sino tener la madurez de comprender que la responsabilidad engendra satisfacciones y mucho más tratándose de dar vida.

Por otra parte, es notoria la influencia de ciertos conceptos feministas que se han metido en nuestra cultura: se enfrenta el tener hijos con las posibilidades de ascenso social y me pregunto ¿por qué? No hay razón aparente para que una madre no pueda ser mujer de éxito: una madre ya ha triunfado porque ¿qué mayor triunfo que dar vida? El ser humano lucha naturalmente toda su vida con la muerte y todo lo que pueda causársela, y la vida es siempre su fin y meta. Dar vida es el mayor triunfo que podemos obtener sobre la muerte.

Pero ya no se considera un fracasado quien no tiene hijos; es un fracasado quien los tiene y admirablemente se sacrifica por ellos.
Otro gran problema es el aumento de una mentalidad que acepta y promueve las relaciones sexuales premaritales y entre adolescentes; donde la posibilidad de un embarazo se debe descartar de plano; tanto porque lo único que se espera es el placer y porque, evidentemente, en general una relación de este tipo no se da entre personas que puedan ejercer una paternidad responsable... lo peor de todo es que en muchos casos este “terror a los hijos” engendrado en la juventud, persiste en el matrimonio. La idea de que los hijos “son un estorbo” se mantiene fija, aún cuando las razones para ello han desaparecido.

Vemos en todo esto un peligroso apego a la comodidad y un marcado egoísmo, propiciado por un deterioro moral que afecta a toda nuestra cultura. Y a esto lleva, por supuesto, nuestro rechazo total al sufrimiento que nos han inculcado durante años.

Parece que nos hubiéramos olvidado de que lo que cuesta vale y, lamentablemente, hoy nos plantean todas las desventajas y nadie nos dice que vale la pena tener hijos, lo cual es una verdad innegable.

¿Qué sucede pues?

Muchas cosas pierden sentido y valor para nosotros. Nuestra sexualidad es degradada, perdiendo parte de su valor; nuestros propios padres pierden valor a nuestros ojos (después de todo, han sido lo suficientemente “tontos” como para aceptar tener hijos); nuestra vida se desvía de su sentido original, al pensar en nuestros padres ¡somos un estorbo!; la familia, pilar de la sociedad, ya no tiene sentido. Generaciones y generaciones de seres humanos, cada cual ha constituido una molestia para la anterior; un fracaso de los sueños de sus padres.

Sin embargo, todo esto contradice nuestra naturaleza humana. El ser humano lleva dentro de sí el ansia innata de realizarse dando vida.
Este deseo es más fuerte en la mujer, fuente de vida por naturaleza: la niña pequeña juega a ser mamá de sus muñecas y el sentimiento de ternura hacia un bebé es espontáneo en cualquier chica, aunque muchas veces se reprima voluntaria o involuntariamente.

El problema no radica en un rechazo natural a la fertilidad, eso no existe, sino en algo que se nos ha impuesto socioculturalmente.
Una joven que asegura no desear tener hijos se miente a sí misma y, contra su naturaleza, se resiste a desear lo que desea.

Lo grave de la situación actual es que muchos se dan cuenta tarde de que se han estado engañando; cuando ya han pasado media vida tomando anticonceptivos, o se han esterilizado; y notan el gran vacío creado en sus vidas por la falta de hijos... y muchas veces resulta tarde para el arrepentimiento: el miedo a la fertilidad les ha robado la mitad de sus propias vidas y toda la vida que podían dar.

Las consecuencias son nefastas; y vemos claramente la marcada tendencia a suicidios de los jóvenes “molestia”, los que viven con la culpa de haber “frustrado los sueños de sus padres”. No hace mucho me contaba una chica que la mayor alegría de su vida se la dio su padre al decirle lo feliz que era por haber dejado una carrera al formar una familia, dedicándose a otro trabajo que le causa grandes satisfacciones. “Toda mi vida me había sentido culpable porque mi padre, para ocuparse de nosotros, había dejado de cumplir sus deseos” me contaba “Cuando me dijo que es feliz con la vida que lleva, me sacó un gran peso de encima”. No creo que esta joven sea un caso aislado, más bien creo que es una de entre tantos jóvenes que viven con la misma angustia, y que tuvo la suerte de que su padre le quitara esa inquietud, lo cual en general no ocurre.

En cuanto a los divorcios que destruyen y abaten a cientos de personas cada año, se ha demostrado que las frustraciones matrimoniales son más comunes en parejas sin hijos. Y estos son sólo algunos de los problemas graves de la sociedad actual ocasionados por esta cultura anti-vida.
Por eso es mejor que lo pensemos bien. Ya es hora de que venga una generación capaz de decir “¿Hijos? ¡Por supuesto!”. Los prejuicios sociales son en realidad errores culturales que poco a poco van convenciéndonos de que son la verdad.

Actualmente la propaganda y los medios de comunicación en general; las expresiones artísticas y la misma educación que se nos da, van generando en nosotros un espíritu cada vez menos humano, al grado de que ya no pensamos como lo haría naturalmente una persona, sino como nos han obligado a pensar... y, por nuestro bien, es hora de decir ¡BASTA!

 





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