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Algunas orientaciones para la pureza
El hedonismo de nuestro tiempo, las conversaciones y miradas morbosas constituyen serios peligros para la guarda de la pureza.


Por: P. Jorge Loring | Fuente: Para Salvarte



EL SEXTO MANDAMIENTO DE LA LEY DE DIOS ES: NO COMETERÁS ACTOS IMPUROS.

El deseo desordenado del placer sexual se llama lujuria.

«El sexto precepto del Decálogo protege el amor humano y señala el camino recto para que el individuo coopere libremente en el plan de la creación, usando de la facultad de engendrar que ha recibido de Dios»

«Hay dos actitudes erróneas hacia el sexo. Las dos bastante comunes. Una es la del moderno hedonista, de aquel cuya máxima aspiración es la vida del placer. El hedonista ve la capacidad sexual como una posesión personal, de la que no hay que rendir cuentas a nadie. Para él (o ella), el propósito de los órganos genitales es su personal satisfacción y su gratificación física, y nada más. Esta actitud es la del soltero calavera o de la soltera de fácil «ligue» que tienen amoríos, pero jamás amor. Es también una actitud que se encuentra con facilidad entre las parejas separadas o divorciadas, siempre en busca de nuevos mundos de placer que conquistar.
»La otra actitud errónea es la del pacato, que piensa que todo lo sexual es bajo y feo, un mal necesario con que la raza humana está manchada».

La postura intermedia es la acertada: el sexo no es malo, pues lo ha hecho Dios; pero hay que usarlo según la ley de Dios.
En el sexto mandamiento se nos pide que seamos puros y castos en palabras y obras; y tratemos con respeto todo lo relacionado con la sexualidad.
Usamos la palabra sexualidad en su sentido corriente, aunque de suyo es más extensa que «genitalidad».

Las conversaciones y chistes verdes (deshonestos, inmorales, obscenos) pueden llegar a ser pecado, si se dicen con mala intención (impura, deshonesta), si contienen una aprobación del mal o una inclinación a él, o encierran un peligro de consentimiento impuro o de escándalo y daño para las almas de los otros.

Las conversaciones obscenas y prolongadas -sobre todo entre los jóvenes- fácilmente son pecado.
Cuando sea necesario hablar sobre asuntos relacionados con la sexualidad, hay que hacerlo con respeto y seriedad.
En las conversaciones deshonestas peca:
a) el que empieza;
b) el que no empieza, pero que sigue la corriente con alguna intervención;
c) el que no participa, pero está escuchando con gusto y buena gana.
Pero el que oye de mala gana, el que quisiera que se hablara de otra cosa, el que procura desentenderse del asunto, éste no peca.
Cuando en un grupo se empieza una conversación indecente, si puedes buenamente, procura cambiar la conversación. Si no eres el de más categoría, o no tienes cierto influjo en los demás, el pretender cortar radicalmente puede ser contraproducente.
Pero si es posible, retírate, de forma que los demás comprendan que no te gustan esas conversaciones.
Si te resulta muy violento marcharte, y no es para ti ocasión próxima de pecado, puedes quedarte, con tal de que no participes y, si puedes, des a entender de alguna manera que no te gustan esas conversaciones.
Pero, desde luego, que nadie pueda suponer que las apruebas.
En último caso, puedes desinteresarte de lo que se dice, dirigirte a otra persona del grupo para hacerle una pregunta cualquiera, etc.
El definir claramente tu postura en este punto te evitará muchos peligros, pues los demás sabrán que para eso no se puede contar contigo.

Lo mismo te digo sobre los grabados inmorales y novelas indecentes. Leer revistas pornográficas difícilmente dejará de ser pecado, pues no tiene justificación y puede ser un peligro de aceptación de la lujuria.
Por supuesto que es pecado leer escritos impuros y deshonestos con el fin de despertar la sexualidad.
Pero aunque no tengas esta mala intención al comenzar la lectura, interrumpe ésta, si no es necesaria, al advertir que despierta la voluptuosidad y provoca tentaciones.
Si el libro es de estudio o formativo,entonces no es necesario dejarlo; pero conviene levantar el corazón a Dios, purificar la intención y rechazar todo consentimiento.
Leer novelas obscenas y pornográficas, por el peligro de pecar que supone, casi nunca dejará de ser pecado.
Hay también una nube de novelas que, sin ser descaradamente inmorales, fomentan la morbosidad y halagan la concupiscencia. Su lectura siempre hace daño.
Si te gusta leer, escoge algunos libros que te interesen de la numerosa colección de libros formativos.
Y si no conoces, pregunta a alguna persona competente que pueda orientarte. Al final de este libro te pongo, en el Apéndice, una lista de libros recomendables por su valor formativo.

También debes tener cuidado con las miradas.
A veces los ojos se van sin querer.
Cuando caigas en la cuenta de que estás mirando lo que no debes, los retiras a otra cosa y en paz.
No te preocupes. Para que una mirada sea pecado es necesario ponerse a mirar detenida y voluntariamente cosas deshonestas; pues hay obligación de evitar todo peligro de excitación carnal, a no ser que haya razón proporcionada que lo justifique.
En general, te recomiendo que cuando veas cosas inmorales sepas hacer «la vista gorda», y cuando las oigas, muestra indiferencia con «oídos sordos»..

 



1. Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2351
2. JUAN ANTONIO GONZÁLEZ LOBATO: Razones de la fe, X. EMESA. Madrid. 1980.
3.LEO J. TRESE: La fe explicada, XIX, 1. Ed. Rialp. Madrid 1981





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