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Revolución silenciosa: mujer y trabajo
Estamos siendo protagonistas de una revolución silenciosa, originada por la coincidencia de varias causas destacadas.


Por: Nieves García | Fuente: mujernueva.org



Las imágenes de las mujeres inglesas que salieron a la calle pidiendo el voto femenino en el siglo XIX pertenecen a una Historia ya escrita. La mujer que se afana todavía por competir con el hombre en los puestos de trabajo, por tener el mismo sueldo e igualdad de oportunidades, es actualidad. Todavía en Europa la diferencia entre salarios, en el mismo puesto de trabajo, entre hombres y mujeres, es de un 20% [1]. Una reciente encuesta en Chile habla de que sólo el 42% de las mujeres prefiere la maternidad al trabajo profesional en caso de tener que elegir. Existe un esfuerzo titánico por solucionar el conflicto que se ha creado entre maternidad y realización profesional. Estos son los temas que preocupan y ocupan a gran parte de las mujeres occidentales.

Estamos siendo protagonistas de una revolución silenciosa, originada por la coincidencia de varias causas destacadas. En primer lugar la mentalidad reinante que promueve el trabajo profesional fuera del hogar, como elemento indispensable para la realización personal. Nos “hemos” convencido de que un buen trabajo se mide por el sueldo que se recibe, el éxito que se tiene, y el poder que nos ofrece. En el hogar no hay sueldo por el trabajo que se realiza, el éxito se ve muy a largo plazo cuando los hijos salen adelante en la vida, y la mujer tiene la impresión de que es la “sirvienta” de todos. Se ha olvidado que el trabajo es el medio por el cual el hombre y la mujer aplican su libertad, su inteligencia y sus capacidades físicas para cultivar y transformar los bienes naturales, materiales y no materiales, adaptándolos a sus propias necesidades, las de su familia y las de la sociedad. Toda actividad que realiza estos fines es un trabajo y por lo tanto un medio de realización personal, aunque no se reciba un sueldo, nadie lo sepa, y se practique solo.

Por otro lado ha influido el acceso de la mujer a los estudios, especialmente los estudios superiores. En todos los países de la Unión Europea con excepción de dos, el índice de mujeres que terminan sus estudios superiores es mayor que el de los hombres [2]. Una mujer preparada profesionalmente quiere aplicar cualidades y conocimientos. De la teoría y de los libros quiere llegar a ser agente de transformación de la realidad estudiada.

Al mismo tiempo, los avances tecnológicos han hecho que el trabajo dependa menos del esfuerzo físico y se han creado más puestos de trabajo que las mujeres pueden ocupar. Lo que antes se hacía a mano, ahora se hace por computadora o con la ayuda de una máquina. El sector laboral de servicio se ha ampliado enormemente; ejemplo de ello es la creación de puestos donde lo único que se necesita es saber hablar y usar un teléfono o una computadora. O bien una mujer puede mover un bloque de piedra si tiene la habilidad de saber manejar una grúa.

Además siguen aumentando los casos de mujeres solas, que necesitan trabajar para salir adelante, y en muchas ocasiones con hijos que dependen de ellas. Mujeres divorciadas, madres solteras, necesitan un trabajo de remuneración económica que sólo se consigue con un puesto fuera del hogar.

No hay marcha atrás. Es un hecho que la práctica totalidad de las adolescentes occidentales ve su futuro ligado al hecho de tener un trabajo fuera del hogar como medio indispensable de realización personal, y proyecta su vida de acuerdo a esta aspiración: elección de estudios o carrera, aprendizaje de idiomas, elección de ciudad o país, etc.

Las consecuencias llaman a la puerta de la realidad. El ambiente laboral se ha visto enriquecido con la presencia femenina y su estilo de trabajo, que proviene de su misma identidad; la valoración de la mujer ha crecido porque se ha redescubierto la dignidad humana de la que es portadora al igual que el hombre; aumenta el número de hombres que han comenzando a involucrarse más en la vida de familia, en la educación de los hijos y las tareas domésticas, y están redescubriendo que la paternidad va más allá de aportar una utilidad económica. Ellos también están creciendo como personas tanto en el trabajo como en la familia, aprendiendo de la mujer a desarrollar su mundo afectivo, a practicar el diálogo, la escucha, la flexibilidad y la atención prioritaria a la persona.

Las mujeres que optan por la maternidad y que no están dispuestas a quedar “estacionadas” en su carrera profesional, están empujando directa o indirectamente a los gobiernos a crear nuevas leyes que las amparen, incluso con importantes consecuencias para la empresa. En Finlandia por ejemplo, se dan a la mujer once meses de baja por maternidad y al cabo de los mismos se tiene la opción de no volver a trabajar en los siguientes tres años, sin perder sueldo o puesto de trabajo.

Pero sería ingenuo dejar de hablar de otras consecuencias igualmente presentes; la mujer que quiere ser madre encuentra pocas ayudas reales, y ello le exige un esfuerzo sobrehumano, con jornadas de trabajo de 12 y 14 horas, para cubrir las necesidades familiares y alcanzar las exigencias de su trabajo. Ello afecta no solo su salud, sino su psicología. Hay quien achaca a esta causa, el fenómeno creciente de la agresividad femenina.

La maternidad, entonces se ve como obstáculo a la realización personal de la mujer, pues la “aleja o detiene” en la carrera profesional. La mujer se ve “obligada” a retrasar la edad para casarse, al igual que la venida del primer hijo, para poder seguir en su trabajo. El número de hijos promedio se reduce en todas las sociedades, pues es más difícil combinar su cuidado y educación con el rendimiento en un trabajo externo.

Los hijos crecen con extraños y en situaciones familiares anómalas. Existe una proporción directa entre las actividades delictivas de los jóvenes y el hecho de provenir de familias rotas o haber crecido “casi solos” por la ausencia de los progenitores, o al menos de uno de ellos en el hogar.

Una revolución se define como un cambio radical en las instituciones políticas, económicas o sociales de una nación, es decir un cambio substancial en las estructuras. Las estructuras sociales están cambiando a raíz de la inserción de la mujer en el trabajo. Es una revolución, que por silenciosa, no es menos real. Toca decidir hacia dónde queremos orientarla y cuál es el estilo de sociedad que se quiere configurar.

La sociedad está hecha por seres humanos que nacen, se educan y aprenden el arte de la humanidad, del trabajo y de fraternidad, en la familia natural, formada por un hombre y una mujer que se esfuerzan por amarse y tienen a sus hijos como prioridad en sus vidas. Por ello está revolución dejará en pie a las sociedades que legislen primando el valor del ser humano, especialmente de aquellos más necesitados; que promuevan y apoyen la familia natural donde los padres puedan libremente y sin angustias económicas, elegir el número de hijos, y ofrecerles el cuidado que necesita su educación; la sociedad que vuelva a valorar la maternidad femenina como uno de los hechos que más realiza a la mujer, como nunca lo hará la adquisición de un bien económico.

Bien se podría decir entonces, que el secreto es descubrir que “el trabajo (del hombre y de la mujer) es para la familia y no la familia para el trabajo.”

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