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La bioética nos compete a todos
En el campo de la bioética nos podemos encontrar con la tentación de suponer su futilidad


Por: José Enrique Gómez Álvarez | Fuente: catholic.net





En el campo de la bioética nos podemos encontrar con la tentación de suponer su futilidad. Pero esa suposición de la futilidad no radica en los temas tratados. Esto naturalmente no es así. Tanto en el ámbito digamos privado de los problemas de la vida, nadie lo considera intrascendente. Un padre de familia que se enfrenta a la necesidad de decidir sobre el trasplante de su hijo, naturalmente no le resulta superflua la pregunta sobre el sentido y alcance de su decisión. Por supuesto, en las llamadas políticas públicas también sucede algo semejante. Podría alguien pensar en la trascendencia cuando se administran recursos escasos: ¿Qué tanto podemos equilibrar las necesidad de salud pública con el respeto a las libertades individuales? El caso del SIDA, quizás trillado, nos ha obligado a replantear estas preguntas como serias.

Sin embargo, me parece que ahí no radica el problema de la necesidad de los expertos en el campo de la vida. La tentación de lo fatuo me parece que puede expresarse del siguiente modo:

La finalidad de cualquier disciplina humana es la verdad. Si la opinión tenida es verdadera y correcta entonces no es importante si puede defenderse con un argumento o refutando un argumento contrario. Pero por otra si es falsa entonces sólo ajusta sus errores para defenderse de los otros y atacará a los que poseen la verdad de una manera clara. En consecuencia parece ser que es inútil argumentar y especializarse en estos temas.

Dicho quizás en palabras más coloquiales, consiste en afirmar que la verdad acerca de este campo, en cierto modo la tenemos todos, pero que en realidad el asunto consiste en querer atenderlos.

Esta manera de expresarlo sucede en otros campos en donde se dan problemas límites humanos. Piénsese sencillamente en el campo político. ¿cuántas veces no se ha dicho que no es necesario expertos en política? ¿Cuántas veces se ha dicho qué basta buena voluntad para resolver los problemas en este campo?, la tan traída “voluntad política”. Piénsese en otro caso: la religión. Se da por supuesto qué eso no se argumenta, qué eso es obvio o intrascendente.

En suma, sí se observa con detenimiento en las formulaciones que he señalado, lo que descubrimos latente es el voluntarismo. La inteligencia que lucha con dificultad para dilucidar los problemas se topa con la idea de que es rebuscado, qué en realidad el problema es claro, pero lo que sucede es que como son temas controversiales nos asustamos, sentimos temor y decidimos (otras vez la voluntad) a no enfrentarlos.
Pues bien, me parece que algo semejante le sucede a la bioética. Cuando se oye hablar de expertos bioéticos, de personas que han dedicado su esfuerzo académico, intelectual, y no sólo la disposición voluntaria para estudiar y pensar, se ve con sospecha, porque se piensa en el fondo, o late una idea de fondo peculiar: no hay expertos morales. El experto moral es un tipo pretencioso qué busca decir lo que se sabe y aparte intenta dar directrices.

Se cree que el experto moral es una sustitución de las decisiones individuales. Es una afrenta a la decisión individual. Esto puede expresarse popularmente como ¿y eso a usted qué le importa? Sin embargo, eso constituye algo falaz: el discutir los problemas bioéticos que implican un tiempo y esfuerzo que naturalmente no todos disponen, nos lleva a dar directrices o cuando menos señalar el cuidado con que se deben tomar diversas decisiones. Estas decisiones como se mencionó al comienzo tanto en el ámbito particular como en el social, en el político, lo público y lo privado y sin embargo, eso no implica la renuncia a la decisión individual, a la responsabilidad de sopesar nuestras decisiones.

De ahí que me parece pueden mostrarse ya elementos para defender la necesidad del experto bioético:

1)El reconocimiento de que estos problemas que parecen deslizarse de un campo a otro (del derecho a la medicina, a la filosofía y a la teología, etc) requieren el uso de una inteligencia concentrada que vea el problema que use su inteligencia inte legere , leer el problema qué se escapa y no sólo se puede ver.

2)La escasez de tiempo: reconocer que ese pensar necesita alguien dedicado a es estudio.

3)El difundir los problemas que otros no logran ver, pero que igualmente deben decidir.

De ahí que puede reconstruirse lo dicho casi al comienzo:

Si la opinión tenida es verdadera, hay que argumentarla y mostrarla para que todos decidan mejor (aunque se equivoquen). Y si es falsa la mejor manera de darse cuenta del error es argumentado parar entender los aciertos y errores de lo sostenido. En ambos casos se requiere tiempo y estudio de esto y no sólo voluntad para querer saber la verdad. En consecuencia el especialista es indispensable en el campo de la bioética.

Diplomado en bioética y cultura contemporánea

Libro Bioética para todos

 

 

 

 

 



 





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