Menu


Mi hijo privilegiado
A menudo damos por supuesto que la interior grandeza de la persona se expresa a través de manifestaciones exteriores


Por: Tomás Melendo | Fuente: catholic.net



Con el permiso expreso de las personas implicadas, reproducimos lo que uno de nuestros colaboradores escribió a una muy querida amiga de su familia, al enterarse de que esta esperaba un hijo afectado por el síndrome de Down.

La carta

Queridísima N:

Hace un par de días tuvimos el gozo de acompañar a tu hermano A y a su mujer, B, aquí, en mi tierra. Yo, personalmente, pude reunirme con ellos a las 12 de la mañana y estar platicando hasta la comida, almorzar juntos hasta las 6, y a las 8 pasar otro buen rato en su compañía. ¡Qué gran familia la vuestra!

Como podrás suponerte, lo primero que me dijo B, en cuanto pudimos hablar un poco a solas, es que estabas esperando otro hijo, y las circunstancias particulares en que vendrá a este mundo… si Dios no quiere otra cosa.

La serenidad de B y A hicieron que comprendiera de inmediato que esa noticia, con el sabor agridulce que normal y forzosamente lleva consigo, producía en todos vosotros, también en ti, junto con el dolor, una inmensa alegría, que lo superaba y os acercaba más a Dios.

Yo rezo mucho, igual que Lourdes, para que esa convicción —¡la gran maravilla justamente de este hijo!— se arraigue más y más, hasta que él os vaya demostrando que es el más feliz de todos y la mayor fuente de dicha para cuantos lo rodeáis.

A veces resulta duro hablar así a unos padres, pero sé que no es vuestro caso. Lógicamente, hay sufrimiento —y no sería humano que no lo hubiera—, pero incluso humanamente, ¡y no digo nada cuando se tiene el trato con Dios del que tú disfrutas!, uno advierte que es una espléndida caricia del Cielo.

Mi gran secreto

Esto que voy a comentarte no lo sabe nadie más que Lourdes (tardé mucho en decírselo), y ahora lo quiero compartir contigo.

Hacia el año 90 empecé a estudiar a fondo todo lo relativo a la grandeza del ser humano, que solemos llamar dignidad. Le di muchísimas vueltas, intentando comprender que todo varón o mujer, cualesquiera que fueren sus circunstancias, es esa maravilla que los clásicos calificaban como «lo más perfecto que existe en la naturaleza»… y por la que Cristo dio —¡por cada uno!— toda su Sangre.

En tal repaso, para hacerlo carne de mi carne y no pura teoría, intenté descubrir esa grandeza en quienes aparentemente no la tienen: personas que se han destruido viviendo mal, ladrones, asesinos, drogadictos… y también pensé mucho en los que absurdamente solemos llamar infradotados o, entonces, subnormales.

Después de reflexionar largamente, llegué a la conclusión de que estas últimas criaturas poseían la dignidad de una manera más eminente que el resto, hasta el punto que las equiparé a Jesucristo.

Todo eso lo tengo escrito, y quizás te lo adjunte como prueba de que soy sincero (sé que no necesitas que te demuestre nada, pero si consigo escanear esas páginas, te las envío).

¿Una petición absurda?

De todos modos, lo que quería comentarte es que mi convencimiento fue tal que, cuando Lourdes quedó embarazada de uno de de nuestros últimos hijos, con plena conciencia de lo que estaba haciendo y poniendo lógicamente por delante la Voluntad de Dios, llegué a pedirLe que esa criatura llegara a la vida en las mismas condiciones en que viene tu hijo (si Él no quiere evitarlo).

Pero no me lo concedió.
Por supuesto que también el hijo objeto de mi petición es una fuente enorme de contento para nosotros; pero en nombre de Dios me atrevo a asegurarte que el que ahora esperas será el que más satisfacción lleve a vuestra casa, con la única condición de que sigas muy cerca de Él y descubras enseguida que es un gran tesoro.

¡Cuánto gozaré abrazándolo y besándolo si Dios me concede visitar de nuevo vuestra tierra y estar junto con vosotros!

Despedida

Queridísima N: estaría horas contigo a través de este «invento» tan maravilloso de Internet, pero estimo que es preferible dejarte a solas con Dios y con el resto de tu familia.

Sí que intentaré enviarte, en cuanto pueda, lo que escribí expresamente en su momento.
[…]
Con todo nuestro cariño, unido a una oración muy intensa, el ofrecimiento de la Santa Misa y de todas las dificultades que pueden surgirnos estos días,

Lourdes y Tomás

Extracto del artículo

A menudo damos por supuesto que la interior grandeza de la persona se expresa a través de manifestaciones exteriores. Pero no siempre ocurre así: por su misma debilidad o por falta de perspicacia en quien los observa, hay signos que podrían no resultar suficientes para exteriorizar la maravilla de un determinado ser humano.

En tales circunstancias, caben dos posibilidades:
· o que la sublimidad interna se desfigure y pase desapercibida;
· o que, paradójicamente, quede realzada y triunfe, sobreponiéndose a la endeblez de sus manifestaciones.

Así lo expone Spaemann: «la dignidad nos impresiona de modo especial cuando sus medios de expresión están reducidos al mínimo y, sin embargo, se nos impone irresistiblemente».
Hay en esta frase una condición expresa: la nobleza de un ser humano se hace presente de manera todavía más apabullante cuando sus manifestaciones se limitan hasta el extremo, si y sólo si la existencia de esa dignidad logra de algún modo llegar hasta nosotros. Y esto implica una mayor capacidad de penetración por parte de quien observa; no todos están dotados del discernimiento para apreciarla; pero quienes lo logran, advierten la eminencia de esa persona con una claridad deslumbradora.

¿Por qué sucede esto? Muy probablemente porque, al reducirse los vehículos de expresión externa, la mirada ha de dirigirse por fuerza hacia lo que compone el fundamento de la dignidad en cuestión: hasta la íntima plenitud de su ser. Aquí no hay posibilidad de que los oropeles, inexistentes, oculten el auténtico metal: y éste reverbera con un fulgor inusitado.

Ante un conocimiento agudo —provisto de amorosa sutileza—, la dignidad de los «débiles» se presenta inconmensurablemente engrandecida y radicada en su auténtico hontanar.

Dignidad privilegiada: un primer caso

Para advertirlo, basta fijar nuestra atención en los deficientes y enfermos mentales.

Un subnormal profundo puede ser objeto de desprecio, de irrisión, de burla, de compasión… o de exquisita aprobación admirativa (necesariamente acompañada del amor y del afecto).

Y es que ante unos ojos que saben apreciarlos, los infradotados manifiestan, con mayor claridad que los sujetos «normales», los títulos genuinos de la dignidad humana.

El disminuido psíquico parece estar diciendo: «no radica mi excelencia ni en la eficacia laboral, que acaso nunca posea, ni en la belleza corpórea, ni en la inteligencia o la capacidad resolutiva…; deriva de mi ser —¡yo también soy hombre, persona!— y de mis consiguientes disposiciones amorosas».

A lo que puede añadir: «para conquistar el fin radical al que he sido llamado —la unión de amistad con Dios por toda la eternidad, fundamento indiscutible de mi nobleza—, me basta y me sobra con lo que soy. Mi verdad terminal de plenitud en el Absoluto es tan cierta como la vuestra; pero a vosotros puede ocultárosla todo el acompañamiento de brillantez, de inteligencia, de eficacia, de hermosura y galanuras del cuerpo, a los que con tanto empeño os aferráis. ¡Esa es mi ventaja!».

Un nuevo ejemplo

Algo similar cabría decir respecto a algunos trastornos mentales. También entonces lo radicalmente configurador de la dignidad humana —el ser espiritual— permanece incólume y es capaz de irradiar, para quien sabe apreciarlos, los signos de esa nobleza.

Según recuerda Viktor Frankl, «es precisamente lo espiritual lo que no puede enfermar, sino, al contrario, lo que pone al enfermo en condiciones de entendérselas con el hecho de la enfermedad orgánica de un modo a veces bien precario, ciertamente, pero no por ello menos personal.

»Permítanme ustedes que explique más en concreto mi pensamiento, acudiendo a un ejemplo. En cierta ocasión fue enviado a mi consulta un enfermo, de unos sesenta años, en un estado depresivo agudo.

Oye voces, padece, por tanto, alucinación acústica, es autístico, y en todo el día no hace otra cosa que rasgar papeles, y de este modo lleva una vida sin sentido ni razón de ser, al parecer. Si hubiéramos de atenernos a la clasificación de las funciones vitales, tendríamos que decir que nuestro enfermo no cumple uno solo de los quehaceres de la vida: no se entrega a un solo trabajo, está aislado completamente de la sociedad, y la vida sexual —nada digamos de amor ni de matrimonio— le está vedada. Y, sin embargo, ¡qué elegancia, única, impresionante, irradia este hombre, del núcleo central de su humanidad, núcleo que no ha sido afectado por la psicosis! ¡Ante nosotros está un gran señor! Hablando con él, irrumpe a veces en accesos de cólera rabiosa, pero en el último momento siempre es capaz de dominarse. Entonces aprovecho yo la ocasión para preguntarle: — “¿Por amor de quién acaba usted por dominarse?”, y él me responde: “Por amor de Dios…”. Y aquí se me ocurre pensar en las palabras de Kierkegaard: “Aun cuando la demencia me pusiera ante los ojos la máscara del bufón, aún podría yo salvar mi alma: si mi amor de Dios triunfa en mí”».

Huelgan los comentarios. Los títulos reales de la dignidad personal —ser, espíritu, amor— resultan manifiestos. Y quien haya presenciado películas como Despertares, se encontrará más capacitado para entender lo que Frankl experimentaba en presencia de este enfermo.

Y un golpe de audacia… o de temeridad

Sigo adelante… con suma cautela. Jesús crucificado excede desde todo punto de vista cuanto vengo comentando; y rebasa también el ámbito de estricta filosofía en que hasta ahora me he movido. A pesar de ello, me atrevo a mencionarlo porque, desde la magnificencia del misterio, arroja abundante luz sobre la naturaleza de la dignidad personal.

¿Motivos?

· En primer término, igual que en los ejemplos anteriores, para apreciar lo que sucede en la Cruz son necesarias las entendederas que otorga una fe vivida. Sin ellas, el resultado de la Pasión se transforma en frustración rotunda, en escándalo o en demencia.

· En segundo lugar, el Drama nos alecciona también porque pone de relieve la auténtica raíz de la nobleza del Dios hecho Hombre: hasta el punto de que, frente a lo que experimentan hebreos y gentiles, para el cristiano convencido Cristo crucificado —así ¡crucificado!— constituye la mayor expresión de dignidad humano-divina, la excelsitud interiorizada hasta su médula más íntima:
«No es mi poder, al que he renunciado, no es mi magnificencia divina, que no aparece, no es mi capacidad de liderazgo humano, ahora entenebrecida…; es mi Amor —idéntico a mi Ser— el que confiere a esta Figura fracasada que estáis contemplando ¡y adorando! su eminente dignidad».

El fundamento de los fundamentos

Se da aquí, pero elevado a una potencia infinita, la «reducción al fundamento», el ascenso hasta las causas definitivas. Y es que las prendas más reales de la excelencia del Dios encarnado nunca resultan más realzadas que en la locura de la Pasión.

Pero, además, el «descansar-en-sí-mismo» en que estriba la dignidad reluce ahora especialmente, por cuanto Cristo renuncia de manera voluntaria a todo lo superfluo. Es esa la diferencia que abre un abismo insalvable entre los crucificados por fuerza —violentamente desprovistos de la posibilidad de expresar su nobleza— y Aquel que libremente abdica de cuanto no resulta imprescindible para cumplir el sentido definitivo de su ser-encarnado: la redención.

Insisto, porque resulta muy revelador: para salvarnos, a Jesús le basta el Amor, reducido a su más desnuda expresión; y es el Amor lo que triunfa en la Cruz. Por eso puede abandonar todo lo demás, que no es necesario y podría inducir a error sobre los verdaderos motivos de la dignidad del Redentor. Incluso de la interioridad humana cabe prescindir, porque existe un «dentro» todavía más íntimo y noble, en el que radica la verdadera grandeza del Crucificado: el mismísimo Ser divino, que en la Pasión se manifiesta ostensiblemente como Amor.

Estamos ante el caso más flagrante de superioridad respecto a lo «engañoso»: el poder, el aparato externo… la misma apariencia cabalmente humana. Como es obvio, el Crucificado podría hacerse con ello en cualquier momento: recuérdense las doce legiones de ángeles que el Padre está dispuesto a mandar, o la palabra poderosa del Verbo encarnado, que derriba por tierra a cuantos vienen a prenderlo. Pero no las necesita. Y en ese deliberado no requerir de ellas revela su infinita trascendencia, su estar por encima, su independencia ontológica: y, por todo ello, manifiesta e incrementa su dignidad.

Tomás Melendo Catedrático de Filosofía (Metafísica)
Director Académico de los Estudios Universitarios sobre la familia
Universidad de Málaga
Comentarios al autor:
tmelendo@masterenfamilias.com
www.masterenfamilias.com


Si tienes alguna duda, escribe a nuestros Consultores





Compartir en Google+




Reportar anuncio inapropiado |

Another one window

Hello!