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Matrimonio y familia: Entorno de vida que ofrece la identidad personal
La familia, Exigencia antropológica: La filiación es lo màs radical en el ser humano


Por: Mercedes Palet de Fritschi | Fuente: FIAMC



Al observar la realidad de la naturaleza, el primer dato de evidencia lo constituye el
hecho de que el niño nace en el seno de una familia; que la persona humana es un ser esencialmente social (1.) Es decir, si hay algo que efectivamente corresponde al ser humano por naturaleza es el ser hijo de un padre y de una madre, es el ser miembro de una familia. Por esta razón puede afirmarse que lo radical en el ser humano es ser hijo, que lo más radical en el ser humano es la filiación.

Santo Tomás lo explica diciendo que “los padres son el principio particular de nuestro ser” (2)y que siendo el padre “el principio de la generación, educación, enseñanza y todo lo relativo a la perfección de nuestra vida humana”(3), “lo fundamental en el padre es ser
principio y en el hijo proceder de tal principio” (4) . Por esta razón, esta relación padre-hijo, “en tanto que es constitutiva, fundacional y originaria, remite inevitablemente al origen del propio ser, avivándose en sus raíces e interpelando al hombre desde ellas”(5).

Lo que corresponde al ser humano es nacer en una familia. Así pues, lo más radical en cada persona es la filiación, es ser fruto del amor de comunión, y, por lo mismo, lo natural de cada persona es ser un “ser familiar”, un ser personal que es dado a otros seres personales que lo reciben para formar parte en una comunión y comunicación de amor y de vida. La familia se desvela pues como una exigencia antropológica,
“su estructura no atañe sólo al orden empírico de la coexistencia, sino que radica en una exigencia estructural del ser mismo del hombre”(6). Y, por eso,en cierto modo forma
primeramente parte del propio individuo (7.) Así pues, tanto la paternidad como la filiación se establecen como una relación permanente.

El niño, desde los mismos inicios de su existir, no sólo es fruto del amor esponsal del
matrimonio sino que, radicalmente, empieza su existir en el seno de ese amor de comunión del que él mismo forma parte. El niño se convierte en parte integrante de la unión afectiva del amor y, desde el mismo instante en que empieza a vivir, empieza a vivir y convivir bajo los efectos del amor de sus padres. Así, desde el inicio de su existir, el niño convive intensísimamente en el ámbito de un amor que trabaja incansablemente por su bien.

La familia, ùtero espiritual


Una de las lecciones más originales que aporta la teoría fundada por Freud y seguida por varias escuelas, especialmente la de Carl Gustav Jung, es la de que es posible identificar una serie de influencias - provenientes, las más intensas, de los padres y del más estrecho ámbito familiar - vitalmente destructivas en la experiencia de los niños y que estas experiencias tienen un efecto degenerativo o deformativo en la conducta
social y moral del adulto. Hoy en día sabemos que “la salud anímica del adulto depende,
en gran medida, entre otras cosas, de si sus primeras necesidades vitales de la infancia fueron adecuadamente satisfechas”(8).

Carl Gustav Jung, realizó, en el sentido que ahora señalo, una serie de consideraciones
que merecen gran atención. El psiquiatra suizo consideraba que “del mismo modo en que el niño, durante el estado embrionario, casi no es otra cosa que una parte del cuerpo materno y depende absolutamente de su estado, así también, la psique infantil temprana es, hasta cierto punto, primero sólo una parte de la psique materna y,
después, a causa de la atmósfera común, una parte de la psique paterna. El primer estado psíquico del ser humano es un estar fundido con la psicología paterna”(9).

A partir de esta realidad, de esta unificación con el estado psíquico de los padres, o lo que
Jung, siguiendo a Levy-Bruhl, denomina la “participación mística” con ellos, el niño
puede quedar profundamente influenciado en su salud psíquica por las dificultades secretas y no resueltas de los padres, pues “siente los conflictos paternos y los sufre como si de los propios se tratara” (10).

A pesar de sus posteriores discrepancias con Freud, Jung recogió de su maestro el concepto de que “por lo general, los efectos más fuertes sobre los niños no proceden del estado consciente de los padres, sino, muy al contrario de ello, de su trasfondo inconsciente”(11). Por lo que respecta a las relaciones familiares y, especialmente, a las que se dan entre padres e hijos, el psicoanálisis está convencido de que “no son los conflictos abiertos ni las dificultades palpables las que tienen un efecto nocivo, sino las dificultades o problemas de los padres guardados en secreto o dejados en el
inconsciente. El causante de tales alteraciones neuróticas es, sin excepción alguna, el inconsciente. Cosas que están en el aire y que el niño percibe de modo indeterminado,
la atmósfera opresiva de temores y angustias se introducen con vapores venenosos en el alma del niño”(12).

El origen de este poder destructivo del inconsciente reside en el hecho de que conforma
negativamente el hacer de los padres, provocando un actuar paterno y materno que intoxica el ambiente en el que respira la unión del niño con sus progenitores. De este modo, el hijo queda “desasistido, librado al desarrollo anímico de los padres y se ve obligado a reproducir el autoengaño, la falta de sinceridad, la hipocresía, el temor
cobarde, la comodidad egoísta y la autojustificación como la cera que modela el sello que en ella se ha presionado”(13).

Especialmente para Jung, esa forma inconsciente del actuar de los padres, ese ignorar lo que en realidad se está haciendo y produciendo con
el alma de los hijos, adquiere el rango de “pecado original”(14).

Ahora bien, si bien es cierto que el psicoanálisis, en su investigación sobre el
desarrollo de la personalidad infantil y en su estudio de las influencias de las relaciones familiares, no ofrece un elenco de los elementos ni de las causas que decididamente contribuyen a la adquisición de las virtudes morales y, siguiendo su vocación terapéutico-medicinal, se centra fundamentalmente en la exposición y
demostración detallada de las causas que, de algún modo, impiden el sano y equilibrado desarrollo personal y moral del niño, lo que sin lugar a dudas, a través de sus incontables investigaciones y deducciones, sí proporciona es la certeza casi científica de que, durante la primera infancia, entre los padres y sus hijos existe una común atmósfera espiritual. Este, por así denominarlo, “descubrimiento” del psicoanálisis es, a mi entender, de una gran importancia porque, precisamente en nuestros días y con un lenguaje y un método generalmente aceptados por las ciencias humanas contemporáneas, corrobora, quizás desconociéndola, una aseveración de Santo Tomás de Aquino de relevancia incontestable.

Santo Tomás afirma en efecto que “el hijo, en realidad, es naturalmente algo del padre”(15). La causa de esta pertenencia del hijo al padre es, según el Aquinate, doble:

“en primer lugar, porque en un primer momento, mientras está en el útero de la madre,
no se distingue corporalmente de sus padres. Después, una vez que ha salido del útero
materno, antes del uso de razón, está bajo el cuidado de sus padres, como contenido
en un útero espiritual”(16). Carl Gustav Jung hace una propuesta muy similar cuando asegura que “del mismo modo en que el cuerpo del niño, durante la vida embrionaria, es una parte del cuerpo de la madre, así también su espíritu es durante muchos años una parte de la atmósfera espiritual de los padres”(17).

Durante muchos años el hijo es una parte de la atmósfera espiritual de los padres; antes del uso de la razón, el hijo está al cuidado de los padres y queda como contenido en un útero espiritual.

Ambos pensadores utilizan sorprendentemente el mismo conjunto de términos para calificar el lugar en que el niño se encuentra durante los primeros seis o siete años de su vida, es un lugar de orden espiritual. La descripción del lugar, que para Jung se trata de una “atmósfera espiritual” y para el Aquinate de un “útero espiritual”, me parece de una profundidad extraordinaria que exige una detallada reflexión.

En efecto, tanto él útero como la atmósfera son lugares de importancia vital que la persona, que el niño requiere y sin los cuales no puede sobrevivir porque no se puede nutrir ni puede respirar. Lógicamente, las condiciones que se den en estos lugares afectarán correspondientemente a “su habitante”. Si el útero y la atmósfera están contaminados con elementos tóxicos, la nutrición que recibe envenenará el cuerpo del niño y el aire que respira le asfixiará. Esta realidad es más que evidente durante el estado embrionario y deviene igualmente patente(18) durante la primera infancia. Por otra parte y siguiendo el mismo hilo conductor de nuestra argumentación, habremos
de admitir que si esos lugares se encuentran en condiciones óptimas, el alimento y la protección que proporcionarán nutrirán al niño de forma excelente y su crecimiento y desarrollo serán sanos y vigorosos.

Pero hay que insistir en que ese lugar que el niño ocupa en el seno de la familia no es
puramente de orden material. Santo Tomás y C.G. Jung utilizan expresamente el calificativo
“espiritual”. Por lo tanto, lo que nos están asegurando ambos estudiosos del ser humano es que el alimento, la protección y el aire que el niño necesita para vivir no son tan sólo los materiales, sino también los espirituales; es decir, tanto aquellos que nutren al cuerpo como los que vivifican y alimentan el espíritu.

Pero el amor es siempre amor de una persona concreta y tiene su realización en las
relaciones interpersonales, por ello su lugar privilegiado es la familia, porque en el
hogar de la familia es donde el ser humano infantil efectúa su primera relación
interpersonal. El carácter propio de esta relación familiar es no sólo el de la
reciprocidad y la transaccionalidad, en el sentido de que las acciones tanto de los
padres como de los hijos constituyen como n sistema de causas que están constantemente influyéndose de manera reciproca, sino también, y ello es esencial y específico de las relaciones entre padres e hijos, el de ser unas relaciones que, al estar cimentadas en el amor y primariamente en el amor de los esposos unidos en
matrimonio indisoluble, presentan un carácter intrínseco de estabilidad y permanencia. Así, la relación interpersonal amorosamente permanente en el seno estable de la familia proporciona al niño la realidad y la experiencia vitales de una
relación personal continua, sin posesión, gratuita, desinteresada, de entrega y de
servicio. Y es por esta razón que las relaciones interpersonales de amor y de entrega familiar, son las que graban más al ser humano y las que, por lo mismo,son primordialmente estructuradoras
de la vida del niño.


¿Què es pues, lo que deviene activado por la solicitud paterna y elevado a una gran disponibilidad para la acciòn? ¿Cuàles son los procesos o mecanismos que despiertan al niño a la luz de la vida?

Puesto que el ser humano, ya desde el momento de la propia concepción en el seno materno, constituye una unidad sustancial de cuerpo y alma, el amoroso actuar de los padres pondrá en movimiento todas las potencias del alma del niño, por lo que junto con la paulatina y continuada activación de los sentidos y el progresivo ejercicio y aumento de la percepción - potencias que ejercen su operación por medio de órganos corporales -, también se ponen en movimiento aquellas potencias del alma que se
ejecutan sin intervención de órgano corporal, como son el entender y el querer (19). Se
trata de una activación de todas las potencias del alma y, con ello, la memoria fundamental del existir del hijo.

Cuando, incluso mediante observaciones experimentales, se hace evidente que el amor
de los padres alcanza y nutre las más profundas esferas vitales del niño capacitándole para la vida personal y cuando,también experimentalmente
se constata el desequilibrio y ruptura vitales que se siguen de un fracaso en la actuación amorosa de los padres, entonces se descubre una nueva realidad que permitirá profundizar
todavía más en la comprensión de la capacidad penetrante y vivificante de ese amor.
Me refiero a las primeras actuaciones (de los 0 a los 2 años de vida) del niño ante la actividad de la solicitud de los padres.

De los 0 a los dos años de vida

• Aprobación


El niño, en su absoluta disponibilidad y en su atento percibir puede comprehender y hacer suyo que “lo bueno”, que “lo que le es connatural y proporcionado”(20), es la insondable e interminable bondad y ternura de los padres. En esta su primera aprehensión simple del bien, el niño participa y se complace en este bien activo que le vivifica. Y así, espontáneamente, por naturaleza, “el objeto apetecible da al apetito
primeramente una cierta adaptación para con él, que es la complacencia en el objeto,
de la cual se sigue el movimiento en el objeto apetecible”(21). Es por esta razón, y muy
especialmente en los niños de muy corta edad, que esa “cierta adaptación” con el
objeto apetecible, con el amor de los padres, no puede consistir en otra cosa que en
aprobar y aceptar complaciéndose, en querer el bien para sí mismo.

Y este es el primer acto fundamental del comportamiento del ser humano infantil, el
aceptar y querer para sí mismo, aprobándolo y afirmándolo, aquello que se ha experimentado como bueno, como bello y como cierto. Se trata de una adaptación que aprueba el amor salvífico que se vive y recibe y que, por parte del niño, como mediante un “impulso congénito para la normalidad”(22), se expresa en una conformidad
afirmativa, en un puro y constante decir “sí” a la actuación amorosa que, para el percibir intuitivo del niño, se manifiesta como lo infinita e ilimitadamente bueno. Esta
aprobación empapada de una conformidad esencial con el actuar y hacer de los padres
constituye, a nuestro entender, el primer fundamento moral (23) de la conciencia y de la
experiencia de la propia identidad.

• Esperanza expectante

Cuando los padres, mediante su actuación, promueven y fomentan conscientemente
esa atmósfera que permite, en libertad, las respuestas naturales propias del existir
infantil, entonces el niño, naturalmente, adquiere un horizonte que le permite perfilar e
integrar correctamente una serie de actitudes existenciales. La primera de ellas, y que
surge como resultado inmediato del acto de la confianza en el amor recibido, es una actitud de esperanza expectante con respecto a los padres y a su actuación.

En efecto, propiamente hablando, “se dice esperar con expectación, lo que se espera
por el auxilio ajeno”(24). El niño, mediante su capacidad de observación vital, fija la
mirada en los padres y al bien que de ellos recibe y con certeza, pues existe en la
seguridad que le confiere ese vivirse como el centro de la solicitud y benevolencia
paternas, sabe que consigue y conseguirá todo el bien que le conviene. Esta experiencia de bien, de un bien que para el niño, desde su indigencia y limitación, no sólo es difícil de conseguir sino imposible, permite que el niño se dirija vitalmente hacia sus padres, pues, “por el hecho de que esperamos que nos pueden venir bienes por
medio de alguien, nos dirigimos hacia él como hacia nuestro bien, y de esta manera
comenzamos a amarle”(25).

Por esta razón, no temo equivocarme cuando afirmo que el niño, desde las profundidades vitales de su existir, vive “activamente” la solicitud de los padres. Tras su aparente pasividad, se encierra más bien una absoluta y profunda recepción y percepción perfectivas, activamente experimentadas, de un amor todopoderoso que estructura el vivir mismo del niño originando en él una actitud profundamente vital y esencialmente amorosa que le inclina y dirige hacia sus padres. Porque, “por el hecho
de amar a alguien no esperamos de él sino accidentalmente, esto es, en cuanto creemos ser amados recíprocamente por él”(26) y de ese saberse amado por los padres es la realidad a partir de la que el niño primeramente vive. Por eso, “el ser amados por alguien nos hace esperar en él, pero nuestro amor a él lo causa la esperanza que tenemos en él”(27). Y es así que, efectivamente, ese tranquilo y sosegado vivir del niño en las manos de la solicitud benevolente de los padres que lo penetran se convierte en la fuente activa del amor infantil, porque la esperanza del bien posible “excita la
atención”(28).

• Confianza confiada

La comunidad de amor entre madre e hijo proporciona o no al hombre lo que distintos
investigadores denominan “confianza básica” y que puede designarse también con el apelativo de “esperanza fundamental”(29).
Leemos en Santo Tomás que “lo que el hombre desea y juzga poder conseguir, cree que
lo conseguirá, y el movimiento que sigue al apetito se llama confianza”(30).

El niño en su extrema menesterosidad vive la milagrosa correspondencia que existe entre sus necesidades y la solicitud del amor de los padres y, mediante el acto simple de su comprehensión, sabe de la fuerza rescatante de la solicitud paterna que le proporciona todo lo que necesita y le conviene. El que el mundo sea en definitiva algo en que se puede confiar o, por el contrario, algo en que no se puede depositar confianza, es una experiencia que el hombre hace de manera decisiva, que después se
refuerza y potencia o altera y modifica, pero que va a determinar su actitud ante el
universo; experiencia que se realiza ya desde los primeros instantes del existir.

Esta actitud de confianza confiada del niño hacia sus padres es de importancia capital
en la génesis de todas las conductas posteriores del niño y de toda la futura adquisición de hábitos buenos. Por esta razón, los padres, desde la más tierna infancia de sus hijos, han de tener muy presente el procurar respetar esta confianza de la que son merecedores e intentar no quebrantarla conscientemente.

Cuando se hace un mal uso de esta confianza primera y cuando, por añadidura, el clima
adecuado que la promociona no existe, es inconstante o se extingue, se produce en el
niño un sentimiento doble de carácter patológico (31). En primer lugar, el niño percibe
que el mundo no es de fiar y, con ello, el ambiente que le rodea se convierte en un
laberinto sin sentido, en algo caótico, absurdo e inexplicable, porque “cuando el bien se
considera como imposible de conseguir, se presenta con carácter repelente”(32). En
segundo lugar, una vez que el niño, de algún modo, ha podido experimentar la existencia del bien, cuando lo que vive es una manipulación de su confianza que le impide depositar o seguir depositando su esperanza en los padres, se produce un fenómeno que implica un movimiento de retirada (33) y también “el alejamiento de la
cosa deseada, por juzgar imposible su consecución”(34). De este modo, “quien,
paradójicamente, se siente responsable de este aspecto trascendente de la falta de amor es la propia víctima”(35), es decir, el niño, el cual viene a obedecer a este singular razonamiento inconsciente: “Si no me aman es porque no soy digno de ser amado, es decir, porque soy despreciable”(36).

• Agradecimiento por la vida y respeto

De la misma manera que se indicaba que de la esperanza surge el acto habitual de la
confianza, ahora hay que recordar que “todo efecto tiene un movimiento natural de
retorno a su causa”(37), y, así, de este confiar esperanzado y confiado del niño surge un
responder activo y adeudado. El existir del niño, “está en deuda inconmensurable con el
amor, al que se debe y ante el que permanece como deudor”(38).

Este agradecimiento, que brota del amor y es consecuencia del “orden natural que exige que quien recibe un beneficio se sienta movido a expresar su gratitud”(39), presenta un doble aspecto; por una parte, el niño se sabe deudor ante los padres que le han dado la vida y le obsequian con el amor, y, por otra parte, por su misma impotencia, sabe que su deuda es permanente. Es por esta razón que, cuando el niño posee la suficiencia necesaria - y ello acontece ya durante el primer año de vida -, expresa su gratitud en mil y una formas variadas bajo el denominador común del afecto.

Los padres, tras cualquier forma de gratitud infantil, habrán de saber entrever que “en
la recompensa de un favor se presta más atención al afecto del que lo hace que al resultado obtenido”(40). A este respecto, se ha de insistir una vez más en la vulnerabilidad del niño especialmente en los momentos en los que realiza libremente sus primeros comportamientos fundamentalmente existenciales.

Los padres deben ser muy conscientes de que el amor con que reciben y atienden al hijo es un “amor debido”, un amor que es, ante todo, ofrenda y entrega libre de sí mismos. Han de considerar que el endeudamiento que el niño “contrae” es hasta tal punto irrestituible que, cuando el hijo es tan sólo fruto de un amor narcisista y egoísta, un comportamiento extorsionista inconsciente de los padres conduciría a una entrega de la propia libertad del niño. Es por ello fundamental que los padres entiendan y vivan su actuación amorosa como una vocación y una misión especifica en las que ellos
mismos “adeudan” la vida y el amor al niño. Así, pues, se hace evidente la necesidad de que, progresivamente, el niño adquiera conciencia de que sólo el amor puede librarle de su deuda y adquiera la convicción profunda de que es amado libre y generosamente por lo mismo que él es: fruto enriquecedor del amor esponsal. Es exactamente en este dejar en libertad que los padres conceden esencialmente al hijo, que el niño puede mantenerse en libertad agradeciendo; y, a partir de este momento, el niño no podrá
pensar en su infancia sin recordarla como una herencia, como un regalo y una ofrenda
libres del amor solícito de sus padres. Este pensar interno del niño es, en su estar
agradecido, el agradecimiento por la vida.

El agradecimiento por la vida, junto con la conformidad aprobadora y la confianza
confiada es un modo de ser esencial de la vida infantil. En el niño no se trata todavía
únicamente de un comportamiento de voluntad moral, sino, más que nada, de un movimiento natural que surge a partir de una infancia que se ve protegida y amparada en el bien de los padres. Por ello, en aquellos niños que presentan una incapacidad para el agradecimiento
lo que hay que entender es que su incapacidad no constituye una negación de la gratitud, sino, más bien, el que son niños que no han vivido la benevolencia del amor materno y paterno y, por ello, se consideran a sí mismos como únicos artífices de su vida.

En casos extremos de falta de gratitud causada por la ausencia del amor solícito de los
padres, los niños, negando la existencia de deuda alguna, devienen altaneros y manifiestan una actitud general despreciativa. Son seres humanos que carecen de esa memoria fundamental del existir, y porque no han experimentado verdaderamente un amor sacrificado y libre que les inspire agradecimiento por la vida, caen
frecuentemente en las más diversas y peligrosas tentaciones de la sociedad moderna, pues, para aquellos que no han vivido la experiencia de la benevolencia y que, consecuentemente, desconocen el sustrato del agradecimiento, la vida, efectivamente, se convierte en un “sinsentido”, en un “ser echado al mundo” sin haberlo solicitado, en una especie de “caída” en un vacío del que no hay escapada ni salvación posibles (41).

Por el contrario, los niños que viven del amor y experimentan el bien se ven capacitados
para el agradecimiento y, con este agradecimiento y durante la mayor parte de la
infancia, realizan una vivencia de gran repercusión; la de que la fuerza y magnitud del
amor solícito y entregado de los padres aparece como un algo todopoderoso. Sobre todo en los niños pequeños, desconocedores aún de la fuerza que anima el amor de los padres, es ésta una experiencia que inclina a una actitud fundamental de contemplación y admiración por la magnificencia del hacer de los padres(42).

“Cuánto más los padres, con su atenta protección, atienden al niño, tanto más el niño devuelve atención y respeto a esta grandeza que le gobierna”(43). En efecto, cuánto más los
padres sepan manifestar que su amor por el hijo es un amor libremente donado, ante la
grandeza de esa donación, tanto más crecerá en el niño un sentimiento de profundo respeto hacia sus progenitores y, además, y por la misma excelencia que los padres adquieren ante el hijo, éste entenderá que también el amor con el que él ama a sus padres es un amor libre.

Las vivencias existenciales del niño ante la acción salvífica de los padres son, en sí
mismas, imposibles de medir, porque abarcan la totalidad del existir del niño, porque le conforman. Con esta afirmación, lo que quiero dar a entender es que los niños cuando viven la experiencia de bien y cuando, movidos por ese mismo bien, actúan, lo hacen de un modo tan profundamente vital que abarca todo su existir, toda su memoria, todas sus posibilidades conformando así los inicios de su propia
identidad.


A partir de los dos años de vida ( aprox .)

• Sapientia cordis


El amor de los padres, especialmente el de la madre, y la confianza que el niño ha
depositado en ellos causan en él un primer reforzamiento fundamental de su inclinación al bien y una profunda reafirmación de la orientación de su corazón y de su voluntad infantiles a lo bueno.

El amor activo y solícito de los padres causa, pues, aquella apertura del corazón en la
persona amada de la que nos habla Santo Tomás (44), por la que el amado se prepara y
dispone para recibir el don del amante. Es por ello que, muy pronto, el niño adquiere
“una sapientia cordis” de los seres que le rodean, de los padres y también del mundo a
través de su actuación. Es una sabiduría que no consiste todavía en un conocimiento
racional-deliberativo, que compara diversas cosas, sino, efectivamente, en un conocimiento experimental simple. Se trata de una interiorización que habilita al corazón del niño, capacitándole para aquellas emociones en las que conoce y vive una participación con los padres, se siente vinculado a ellos y, también, obligado hacia ellos.

Con el término “sapientia cordis” me refiero a un conocimiento vital mediante el cual el
niño se nutre de quien le dice las cosas y de quien se las muestra viviéndolas; se trata
de un conocimiento que importa una unión intencional del niño con sus padres por la
que, además, está amorosa e íntimamente vinculado a aquel que le dice qué y cómo
son las cosas y que, actuando, le muestra cómo son y cómo hay que hacerlas. Por ese
conocimiento de su corazón, el niño no se hace otro distinto, pero, hasta cierto punto,
se convierte en el “otro” porque lo interioriza en su corazón.

Resulta realmente muy difícil definir conceptualmente qué es el corazón en sentido
psicológico; por ello hemos de contentarnos con aludir a determinadas experiencias.
Cuando estamos pendientes y expectantes de algo, siempre que atendemos intensamente a algún hecho o siempre que llevamos algo profundamente guardado en el alma, estamos tratando de vivencias del corazón que, de este modo, podría definirse como aquel fondo del alma en el que las vivencias y las personas según su obrar
conllevan en sí mismos un valor, de cuyo ser y sentido la existencia humana, la misma
existencia del niño, cobra valor y significado. Todas las cosas que se guardan en el corazón del niño tienen un valor muy especial que les viene del hecho de que “forman parte de un mundo cuya participación implica una gracia de la existencia y una riqueza de la vida interior”(45).

Con la fórmula “sapientia cordis” se significa, así, que el niño tiene un conocimiento
de la verdad y del bien que conforman su vida, de su verdad (en el sentido de que es el
ámbito de su hogar particular), que “le es dada, no sólo como visión, sino también como
confidencia; no sólo como certidumbre, sino también como dulzura; no sólo como
representación objetiva, sino como spirans amorem.”(46)

Esta sabiduría del corazón infantil comienza a recibirse y desarrollarse inmediatamente
en el niño ya desde su nacimiento y perdura durante varios años o, por lo menos,
durante todo aquel tiempo en el que al niño le es permitido depositar confiadamente
aquella confianza en la acción de sus padres y mayores.

El hogar de bien que los padres han creado amorosamente está y debe ser dirigido y
ordenado a nutrir y robustecer esa sabiduría del corazón del niño y, así, permitirle
vincular su desarrollo personal a la posibilidad de su propia perfección humana encarnada en el actuar de los padres. En este conocimiento que le reporta su “sabiduría”, el niño se comprende a sí mismo, a pesar de su limitación y dependencia, como una participación del bien que le muestran los padres, pues al verse rescatado y
amado salvíficamente y ser receptor directo del bien actuado “sabe” que él forma parte
de este mundo que los padres le muestran.
Primeras actuaciones morales infantiles que brotan de la fuente de la “sapienta cordis”

• Fusión de voluntades


Tan pronto como su desarrollo sensorial, perceptivo y motórico se lo permitan, el niño
empezará a obrar de acuerdo con los dictados de aquel conocimiento cordial que impregna todo su querer. El corazón del niño, enriquecido y habilitado por el actuar moral de los padres, se convertirá en la fuente de sus primeras
“decisiones” orientadas principalmente a devolver con amor lo que se recibió desde el amor. Nutrido con esta sabiduría del corazón, el obrar del niño pequeño se unirá y fundirá íntimamente con el de los padres, de tal modo que su voluntad, su buena voluntad, dependerá
absolutamente de la de sus padres. El niño tendrá por bueno, justo y cierto, tan sólo
aquello que sus padres le comuniquen como bueno, justo y cierto.

Esta unión de la voluntad del niño con la de sus padres es, específicamente, fruto de la
confianza aprobatoria y cordial que el niño deposita en ellos, y, si bien es cierto que
“padre y madre imprimen profundamente el sello de su personalidad en el alma del niño”(47), a nuestro entender, de lo que aquí se trata no es tan sólo de una profunda impresión, sino de la unión que corresponde a aquel “estar del amante en el amado”(48) y por la que el niño “considera los bienes o males del amigo como suyos y la voluntad del amigo como suya”(49).

Se trata de una unión que no manifiesta tan sólo la prolongación cronológica de una herencia genética y cultural, ni es tampoco únicamente un tipo de respuesta imitativa o reflectiva, sino, más bien, un querer con el querer de los padres. Pero no de un querer infantil en el sentido de que haya sido deliberado mediante un proceso disyuntivo de opciones, sino de un querer infantil en el que el niño comparte y se compenetra, con toda la fuerza de su corazón, con la decisión consciente y voluntaria de sus padres.

No es pues la del niño una voluntad que, viéndose efectivamente activada y puesta en
movimiento por la de los padres, se confunda irreconociblemente con ella. Es propia y
delimitadamente la voluntad del niño la que, en un acto muy simple, al ser inclinada
“por el principio interior que conoce”(50), se dirige hacia aquello que le es posible, esto
es, la comunión con los padres. Pues “nadie se mueve hacia lo que es imposible”(51), ni
“nadie elige otra cosa que lo que puede hacer él”(52). Y, así, el niño, en su capacidad de
percepción inmediata se inclina hacia lo único que él mismo libre y verdaderamente
puede hacer: unirse aprobatoriamente con la voluntad de quien le ama y le salva.

La condición básica de este comportamiento infantil es también la confianza que el
niño ha podido depositar en el actuar de sus padres, que se le manifiesta como aquel
“objeto bueno y bajo todas las consideraciones”(53) y al que el niño tiende por
naturaleza, pues, “mediante la voluntad deseamos no sólo lo que pertenece a la potencia de la voluntad, sino también lo perteneciente a cada una de las potencias y a todo el hombre” (54); y es así que, al ser experimentado por el niño como una actuación amorosamente rescatante y salvífica, engendra una docilidad fundamental hacia la misma.

Es especialmente gracias a esta docilidad del niño que los padres podrán inclinar la
buena voluntad de su hijo y orientarla hacia todo aquello que sea bueno o tenga
apariencia de bien.
En todo este asunto no hay que perder nunca de vista que la docilidad “es un acto fundamental del habituarse y del acostumbrarse”(55) y que es sólo a través de la confianza depositada en el actuar amoroso de los padres que el niño puede llegar a familiarizarse con esta actuación, pues “toda familiarización surge del acto
fundamental de la confianza que asegura la paz de la vida”(56).

Cuando al niño no se le da ocasión de experimentar de forma vital y permanente la
acción solícita, protectora y capacitadora de los padres, no podrá depositar su confianza
en ellos y, a causa de la privación de bien benevolente a la que se le somete, dirigirá
inequívocamente su atención a la multitud de bienes finitos y sólo aparentemente buenos que, para su mayor desorientación, encontrará en su camino. A falta de la presencia de un bien activo y realmente bueno correspondiente a la naturaleza personal del hombre, depositará su confianza en los bienes materiales, pues “al ser los únicos que le son familiares, pensará que son los únicos que existen”(57).

Indudablemente que el placer sensitivo le proporcionará satisfacción, pero una
satisfacción que al saciar preferentemente su apetito sensitivo, no hará más que
contribuir al desorden provocado por la herida del pecado.
Niños que carecen de la experiencia de benevolencia fundamental del amor paterno y
materno, el único primariamente idóneo para capacitar al niño de acuerdo con su fin en
cuanto persona, estarán irremediablemente abocados a una existencia desconfiada,
pues en su búsqueda de aquel bien que colme sus deseos y aspiraciones, se verán
decepcionados una y otra vez. Este tipo de niños encontrará el reposo al que nuestro ser tiende sólo cuando tengan la oportunidad de encontrar a una persona que sea capaz de amarles permanente y establemente con el amor solícito, benevolente y salvífico propio de los padres.


• La emergencia de la conciencia infantil

Hemos visto que el principal acontecimiento interior en la vida infantil es la adquisición
de la sabiduría del corazón. Pero el niño jamás esta sabiduría mediante la “enseñanza” de unas proposiciones generales que no justifiquen un comportamiento concreto auténtico. Por esta razón, la conciencia del niño sólo podrá ser formada en un orden de la vida que esté actuado moralmente y que esté consumado prácticamente en la actualidad humana cotidiana. En efecto, para entender el proceso de formación de la conciencia es necesario presuponer en ella una especie de intimidad originaria consigo
misma: esa intimidad que sólo puede experimentarse, en su dimensión de total
confianza, en el hábito de lo familiar.

De acuerdo con las conclusiones de variadas investigaciones se confirma que en el
desarrollo de la conciencia infantil influye la naturaleza de las interacciones del niño
con sus padres y, por consiguiente, la fuerza de su identificación con ellos. El concepto
de identificación, derivado del psicoanálisis, hace referencia al proceso que lleva al niño
a pensar, sentir y comportarse como si las características de otra persona (llamada
modelo o identificante, que por lo común es uno de los padres en el caso de los niños
pequeños) le perteneciesen a él. La identificación es, así, un proceso conforme al cual el niño incorpora o absorbe algunas de las pautas de conducta complejas e integradas
del modelo, así como sus atributos, características y motivos personales.

En general, se considera que existen dos circunstancias que facilitan el desarrollo de la
identificación infantil con un modelo; por una parte, que el niño debe estar motivado
para querer identificarse con el modelo, es decir, debe querer poseer los atributos
apetecibles del modelo, y, por otra parte, ha de tener alguna razón para creer que él y el
modelo son semejantes en algunas cosas.

La identificación es un proceso muy relevante en la adquisición de una amplia gama de
normas de conducta, valores, actitudes e intereses y de atributos de la personalidad y
tiene como una de sus consecuencias más importantes los inicios de la formación de
la conciencia.

La función primera del modelo o identificante, del Ideal - esto es, una persona de cualidades muy atractivas y apetecibles para el niño -, consiste ante todo, “en propiciar y activar un “debate interior”. En este debate infantil el niño vive la discrepancia entre su percepción del Ideal o modelo y la percepción de su propia falta de perfección. Aquí es de nuevo la fuerza atractiva del bien y el deseo de salir de su indigencia lo que le impulsa a tratar de conseguir diferenciadamente, por una parte, los atributos de la madre, y por otra, los del padre.

Por eso, del debate interior del corazón infantil surge una reflexión que mueve al niño
a actuar en el mismo sentido que lo hace su Ideal. Como consecuencia inmediata de
esta reflexión valorativa infantil que impulsa al niño a una actuación moral conforme a
la de los padres, el niño empieza no sólo a ser más consciente de sí mismo, sino también a tomar conciencia diferenciada de los demás.

En este momento del inicio de la conciencia infantil, de ese empezar a ser consciente
de sí mismo y diferente de la madre, la persona del padre empieza a ocupar un lugar
que no existía antes durante la etapa de la íntima vivencia de la comunidad entre madre
e hijo. El padre se convierte, paulatinamente, en el objetivo de identificación del hijo al
proponer un Ideal desde el que es posible reflexionar que, desde su lugar fuera de la
unidad forjada por la madre y el hijo, aporta una visión fundamental de la realidad del
mundo que el niño necesitará para poder ordenar y anticipar sus comportamientos.

La formación de la conciencia moral infantil a través de la sabiduría del corazón que el
niño adquiere y alcanza mediante la experiencia práctica del actuar cotidiano de los padres es un acontecimiento decisivo para toda su vida futura. Hay que prestar mucha atención a este proceso de formación de la conciencia moral, que se inicia muy tempranamente en el niño, ya que empieza a alimentarse con la misma capacidad de
observación ejemplar y se nutre muy concretamente con la acción moral primera de los
padres.

Y, sin embargo, el ser humano no se ve nunca tan en manos del conflicto moral como en la entrega empática de la infancia. Efectivamente, tanto más el niño avanza en su existir y, jugando y probando, tanto más se aventura a las distintas proposiciones que cada nuevo paso en la vida trae consigo, tanto más estará en peligro de perderse en el desconcierto de las distintas posibilidades de actuación y tanto más próximo estará a ahogarse en el conflicto de los distintos “modos” de bien. Por eso, sin esa primera y definitiva experiencia cotidiana del bien y la verdad cimentados en el amor, sin la
especial presencia del padre que con su ley, emitida desde la distancia que lo separa de
la comunidad materno-filial, confirme no sólo las disposiciones maternas, sino todo el
actuar del grupo familiar, el niño no podrá, más adelante, elegir ni decidir cual habrá de
ser su comportamiento en cada nueva situación concreta.

Por todo ello la familia es, definitivamente, el lugar originario en el que el niño adquiere
su criterio de actuación, pues es en el mismo seno de la familia, con los padres, los
hermanos, los parientes más cercanos y, de un modo muy especial con los abuelos, donde el niño observa y experimenta de forma absolutamente práctico-práctica no sólo las más diversas circunstancias con las que el ser humano se encuentra en la vida, sino también, y ello es de gran importancia, las distintas soluciones que los distintos miembros de la familia aplican a las distintas situaciones, tanto agradables como
dificultosas, que se presentan cada día en la vida de los hombres.

Es por este motivo que el niño está necesitado no sólo del refugio indiscutible de unos
buenos padres y, especialmente durante los primeros años de vida, de una buena madre, sino también y sobre todo, de la delimitación segura de aquellos ámbitos de vida correspondientes a su experiencia y discernimiento infantiles.

Pero, lo que es también esencial es la función valorativa que conlleva la advertencia de
los padres en el actuar infantil. Una advertencia que indica y, cuando es necesario,
corrige; y una mano que no condena y castiga simplemente, sino que reconoce siempre
el bien existente en el esfuerzo del niño, que confirma la afirmación y el valor del esfuerzo, para después desvelar la confusión que hubiera surgido, para poner de manifiesto la lesión a otros bienes y, finalmente, para mostrar el camino a la solución del conflicto.

Sin duda, pues, se trata de un proceso verdaderamente delicado y ciertamente complejo
y que exige la mayor atención, dedicación y paciencia de los padres, pues es primordial
que el niño comprenda en su verdadero sentido la indicación propuesta por los padres.
Y esto es tan importante porque lo que hay que lograr es que, paulatinamente, la conciencia del niño sea capaz no tan sólo de testificar y reconocerse a sí mismo como autor de sus propios actos, sino también que sea capaz de juzgar que algo debe o no debe hacerse (58), y, finalmente, reconocer que algo ha estado bien o mal hecho (59).

Este proceso formativo de la conciencia moral del niño depende vitalmente de la actuación de los padres, pues son ellos los que con más certeza pueden efectuar la delimitación correcta de las circunstancias de experiencia y actuación que correspondan con la sensibilidad y la experiencia general del niño, y también son los
padres los que, guiados por el don y el compromiso en el que han asentado su entrega,
pueden advertir y corregir apropiada y oportunamente a sus hijos sin tener que recurrir
inmediatamente ni a castigos ni a desprecios. En la alta misión de la formación de una
conciencia infantil son los padres, y de manera muy especial la madre, los que a través
de su conducta ejemplar gozan de una confianza y admiración de los hijos que les convertirá en jueces y maestros de la verdad y en prototipos de vida que perseguir y alcanzar.

Cuando en una concepción psicológica de la conciencia moral se suprime este proceso
de formación moral iniciado y reforzado continuamente por la paciente actuación
atenta y siempre salvífica de los padres, en la que la ordenación de los comportamientos cotidianos está presidida por la aspiración al bien y cuando se concibe un crecimiento infantil sin un criterio práctico del bien, vivido en familia, y se carece de la ordenación consciente de los actos humanos al bien, sin la experiencia de la bondad y del gozo en el bien, en el niño, en lugar de aquella sabiduría del corazón que
alimenta la moralidad infantil, se dará tan solo “la percepción interna de la repulsa de
determinados deseos que persisten en nuestro interior”(60), con lo que toda la concepción de la vida moral, ya desde la infancia, se verá reducida a una pura estrategia y economía de resolución de conflictos internos de carácter netamente pasional.

• La memoria infantil

Tanto la persona de los padres como su actuar forman parte de los recuerdos de la memoria infantil, por lo tanto, es necesario que ya desde el momento en que el niño empieza a hablar y a razonar, los padres cuiden de que un actuar moral y consciente se introduzca suave y delicadamente en la memoria del niño.
Cuando el niño empieza a hablar y a razonar, empieza también a tomar conciencia de sí
mismo, de su yo y, con ello, la memoria, entendida como “la facultad de sentirse a sí
mismo”(61), inicia también su actividad caracterizada por la posesión de una función
existencial (62).

Santo Tomás nos habla de una doble cognición en el seno mismo del entendimiento Humano (63): una función representativa o enunciativa y una función de conciencia “en razón de la cual es alcanzado el yo, no como objeto (lo cual es únicamente posible por reflexión) sino, al contrario, como principio de la actividad intelectual; y con él aquellos otros entes que lo modifican existencialmente, irrumpiendo en el ámbito situacional, no objetivo, de la experiencia”(64).

Simultáneamente con el comienzo de la actividad intelectual infantil, la memoria inicia
su despliegue como autoconocimiento, como “facultad general de autopresencia”(65).
Se trata aquí, pues, de una memoria entendida no en el nivel sensible en el que se distingue de la imaginación y de la estimativa animal, sino como “la retención habitual del alma”(66), es decir, “la constancia del sujeto psíquico en su identidad consigo mismo en el transcurso del tiempo, como principio de su actividad y soporte de su devenir”(67).

Esta memoria infantil guarda y conserva lo que se aprehendió con la sabiduría del corazón y su acto se perfecciona en la estabilización de un sentimiento que no ha de entenderse como un acto afectivo, sino como un sentir la presencia de las cosas por la inmutación que, en virtud de esta presencia misma, producen en el sujeto (68). De este modo, en la memoria infantil no se guardan tan sólo las imágenes de las cosas
sentidas, ni sólo los recuerdos de las cosas experimentadas en su referencia al pasado
como pasado, sino que en ella se conserva lo que uno mismo es, lo que uno siente, quiere y anhela y todos los actos psíquicos conscientes, es decir, todas las afecciones del alma (69) que se fijan en la memoria por la costumbre (70).

Gracias a esta función de la memoria, el yo de niño se va unificando lentamente, se va
autoconociendo y sintiendo que toma conciencia de sí y, por el modo constantemente ordenado, amoroso y salvífico del obrar paterno y materno, va adquiriendo un sentimiento muy concreto del modo de ser de los padres que se impregnará y
permanecerá en lo más íntimo de su corazón. Es exactamente en este sentido que Antoine de Saint-Exupéry agradecía particularmente a su madre el que le hubiera construido un hogar lleno de recuerdos (71).

El acto de la memoria permite al niño una toma de conciencia concreta de sí mismo, pero no en un sentido egocéntrico o concentrado en sí mismo, sino “heterocéntrico” ya que “en realidad sólo a partir del otro o de los otros podemos comprendernos, y aún podría agregarse, anticipando lo que más tarde reconoceremos, que únicamente en esta perspectiva puede concebirse un amor legítimo de sí. En esta última instancia,
tengo fundamento para acordarme algún valor en la medida en que me sé amado por los seres que amo” (72). Y es por esta razón que, desde el mismo instante en que el niño empieza a tomar conciencia de sí mismo, de entenderse y sentirse como un “yo, el niño se comprende también como un “nosotros”.

A partir de los 6-7 años de vida (aprox)

• El desarrollo intelectual y la identidad del yo


Aproximadamente a partir de la edad de 7 años, el niño realiza grandes avances (73) y,
aunque no es todavía capaz de una lógica de proposiciones verbales, ni de una lógica
discursiva, encontramos ya en él una lógica en el sentido de que, por primera vez, estamos en presencia de operaciones propiamente dichas en tanto que pueden ser invertidas, coordinadas y agrupadas en sistemas o conjuntos (74). De este modo, el inicio de esta capacidad para la comparación lógica constituye ya una estructura de conjunto que, por una parte, supone la culminación y salida de la inteligencia preoperacional infantil y, por otra, la preparación para las adquisiciones posteriores necesarias para lo que Piaget denomina el periodo de las “operaciones formales” que se inicia, normalmente, entre los 12 y 15 años de edad y en el que el adolescente ya será capaz
de “razonar sobre enunciados verbales proposicionales” (75).

De las afirmaciones de Piaget, sostenidas y corroboradas por muchos otros investigadores de la psicología cognoscitiva, obtenemos un importante dato de evidencia: el de que a esa edad el niño empieza a hacer un uso más profundo de sus capacidades racionales. Esta etapa de la vida infantil es, pues, la etapa del primer
razonamiento en el sentido de que el niño empieza a pensar “pasando de un concepto a
otro”(76). Pero, además, el inicio en el ejercicio de la razón no supone sólo la posibilidad de empezar a hacer comparaciones con cierto grado de abstracción, sino un hecho que
es de importancia capital y que es el de la “deliberación acerca de sí mismo” o l o
que, en psicología, se denomina como “identidad del yo” .

Santo Tomás señala que, cuando empieza el uso de razón, “lo primero que entonces le ocurre pensar al hombre es deliberar acerca de sí mismo”(77) y “a quién debe ordenar todas las otras cosas como a su fin, pues el fin es lo primero en la intención”(78). Y es exactamente en este sentido en el que el desarrollo intelectual infantil alcanza toda su fuerza con relación a la adquisición de los hábitos buenos. Así, pues, además de los avances de rendimiento intelectual posibles gracias al desarrollo de la inteligencia, el niño que empieza a tener uso de razón empieza también a deliberar sobre sí mismo y a poder ordenar deliberativamente sus comportamientos a un fin; esto es, empieza a
construir un sentido de la propia identidad.

• La primera deliberación acerca de la finalidad de las propias obras: l a
emergencia de la voluntad


Cuando el niño inicia su consideración acerca del fin de sus propias acciones, una de
sus potencias específicas entra a formar parte esencial en el conjunto de su obrar, me
refiero a la voluntad, pues, el objeto de la voluntad se extiende tanto al fin del obrar
humano como a todo aquello que es para el fin (79). Así, con el inicio del uso de la razón el
niño empieza a realizar sus primeras consideraciones sobre el objetivo y la finalidad de su comportamiento, a querer realizar ciertos actos para conseguir determinadas metas;
una voluntad concreta e individual empieza a hacer acto de presencia.

Esta primera consideración deliberativa del niño sobre la ordenación y la finalidad de
sus actos es, sin duda alguna, una primera deliberación moral ya que “en materia
moral, la forma de la acción se toma principalmente del fin”(80). Pero, además, supone
una primera reflexión sobre la ordenación de la propia conducta, y es en este sentido
tanto el inicio de la identidad del yo como de la emergencia de la voluntad infantil propia
están siempre relacionados a una consideración moral que el niño realiza acerca de lo
bueno y lo justo.

Santo Tomás indica que en esta primera deliberación, el niño, cuando considera a
quién debe ordenar todas las otras cosas como a su fin, debe ordenarse “al fin debido”(81) y “convertirse a Dios tan pronto como pueda”(82).
Con esta breve y sucinta precisión del Aquinate, se vislumbra toda la profundidad y
trascendencia de este primer acto de la ordenación de la voluntad infantil. En efecto,
todo lo que tiene voluntad - y el niño, indiscutiblemente, la tiene - se dice que es bueno en cuanto tiene buena voluntad, pues por la voluntad disponemos de todo lo que hay en
nosotros (83). De ahí, la necesidad de que ese primer intento infantil de la ordenación de
los actos a un fin sea a un fin bueno.

En este momento en el que el niño inicia su deliberación acerca del fin de sus acciones, todo el valor moral de los contenidos del corazón y de la memoria infantiles -
nutridos por el actuar de los padres - cobran una relevancia decisiva porque, en
definitiva, proporciona al niño el objetivo de su propia conducta, de su propia vida.

Sólo cuando el corazón infantil ha sido alimentado y orientado hacia el bien, podrá ahora
el niño encontrar el fin de la ordenación de sus actos, el fin y el sentido de su vida(infantil); un fin bueno y justo que los padres han presentado como bueno y deseable, un fin bueno y justo al que los mismos padres ordenan su propia vida ante la mirada atenta del hijo.


Notas

1) Cfr. Aristóteles, Política, I, c. 2, (1253a10).
2) Santo Tomás de Aquino, Suma de Teología, II-II, q. 122, a. 5, in c.
3)Santo Tomás de Aquino, Suma de Teología, II-II, q. 101, a. 2, ad. 2.
4) Santo Tomás de Aquino, Suma de Teología, II-II, q. 102, a. 1, in c.
5) Aquilino Polaino-Lorente, El hombre como padre en Metafísica de la Familia, op. cit., p. 303.
6) Francesco D’Agostino, Elementos para una filosofía de la Familia, op. cit., 1991, p. 21.
7) Cfr. Juan Rof Carballo, Violencia y Ternura, op. cit., p. 297.
8) Christa Meves, Von der Lust katholisch zu sein. Freude am katholisch sein, MM Verlag, Aachen 1993, p. 233.
9) Carl Gustav Jung, Von Vater, Mutter und Kind. Einsichten und Weisheiten, op. cit., p. 15. “Wie das Kind im embryonalen Zustand fast nichts anderes ist als ein Teil des mütterlichen Körpers und ganz von dessen Zustand abhängt, so ist auch die frühinfantile Psyche gewissermassen nur ein Teil der mütterlichen Psyche, bald auch, wegen der gemeinsame Atmosphäre, ein Teil der väterlichen Psyche. Der erste psychische Zustand ist ein Verschmolzensein mit der elterlichen Psychologie.”
10) Ibid., p. 17: “Die “participation mystique”, das heisst die primitive unbewusste Identität, lässt das Kind die Konflikte der Eltern fühlen und daran leiden, als ob sie seine eigenen wären.
11) Carl Gustav Jung, Über die Entwicklung der Persönlichkeit, op. cit, p. 53: “Das (...) Wesentliche ist,dass in der Regel die stärksten Wirkungen auf die Kinder gar nicht etwa vom Bewusstsein der Eltern ausgehen, sondern von ihrem unbewussten Hintergund.
12) Ibid., p. 144: “Es ist sozusagen nie der offene Konflikt oder sie sichtbare Schwierigkeit, welche die vergiftende Wirkung hat, sondern es sind die geheimgehaltenen oder unwebussten gelassenen Schwierigkeiten und Probleme der Eltern. Der Anstifter solcher neurotischer Störungen ist ohne Ausnahme das Unbewusste. Dinge, die in der Luft liegen und die das Kind unbestimmt fühlt, die niederdrückende Atmosphäre von Befürchtungen und Befangenheit dringen mit giftigen Dämpfen langsam in die Seele des Kindes ein.”
13) Carl Gustav Jung, Über die Entwicklung der Persönlichkeit. Analytische Psychologie und Erziehung (I),op. cit., p. 96: “Das Kind ist ja hilflos der seelischen Entwicklung der Eltern preisgegeben und muss die Selbsttäuschung, die Unaufrichtigkeit, Heuchelei, feige Ängstlichkeit und egoistische Bequemlichkeit und Selbstgerechtigkeit so abbilden wie das Wachs die aufgedrückte Petschaft”.
14) Carl Gustav Jung, Die Bedeutung des Vaters für d

 

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