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Desconfianzas y elogios hacia los sentimientos
Nuestras experiencias afectivas son con frecuencia complejas, o confusas, y eso nos hace sentirnos inquietos y desorientados, sobre todo mientras no sabemos darles una explicación


Por: Alfonso Aguiló | Fuente: www.interrogantes.net



Por todas partes encontramos juicios contradictorios sobre la afectividad. Desconfiamos y al tiempo elogiamos el sentimiento. Vemos que si las emociones se apoderan de nuestra persona, nos traicionan; pero que tampoco es solución ser personas sin sentimientos.

Desde los primeros tiempos de la historia del pensamiento, los platónicos, los estoicos, los cínicos, los epicúreos y otras muchas de aquellas primeras escuelas filosóficas anduvieron preocupados con las pasiones, los deseos y los sentimientos, sin saber bien qué hacer con todos ellos: si erradicarlos, educarlos, olvidarlos, atemperarlos o arrojarse en sus brazos.

Nuestras experiencias afectivas son con frecuencia complejas, o confusas, y eso nos hace sentirnos inquietos y desorientados, sobre todo mientras no sabemos darles una explicación.

—Pero las cosas no se arreglan simplemente con darles una explicación.

No se arreglan automáticamente, pero con una buena explicación de lo que nos pasa podemos avanzar mucho. Profundizar en nuestros sentimientos, ser capaces de distinguir unos de otros, y poder así darles sus verdaderos nombres, hace que podamos relacionar nuestra experiencia con todo un gran saber que ya hay acumulado en torno a esas realidades.

Es algo parecido a lo que sucede en la medicina: si analizando determinados síntomas somos capaces de identificar una enfermedad, a partir de ahí las cosas se hacen mucho más fáciles. No porque la enfermedad deje de existir con sólo ser diagnosticada, sino porque el diagnóstico permite anticipar unas cosas y dar por supuestas otras, y eso normalmente supone avanzar mucho.

Volviendo un poco a la historia, vemos que, durante milenios, la humanidad ha desconfiado de los deseos y los sentimientos. En el Tao-Te-Ching de Lao-tsê puede leerse: «No hay mayor culpa que ser indulgente con los deseos.»

Para la ética griega, por ejemplo, la proliferación de los deseos era radicalmente mala. El aprecio de aquellos hombres por la libertad les hacía desconfiar de todo tipo de esclavitud, también de la afectiva, y por eso muchos de ellos ensalzaron tanto la ataraxia (imperturbabilidad), y algunos incluso la apatheia (apatía, falta de sentimiento): como los deseos pueden producir decepción, llegaron a pensar que lo mejor era prescindir de ellos.

En nuestro tiempo, en cambio, la forma de vida occidental lleva a una fuerte incitación del deseo. Es una tendencia en buena parte impulsada por la presión comercial para incentivar el consumo, y quizá también por la velocidad de las innovaciones tecnológicas y por el propio desarrollo económico.

— O sea, que no tenemos término medio: de la antigua abominación del deseo hemos pasado a una exaltación que puede llevarnos a la ansiedad.

En cierto modo, sí. Y lo malo es que en algunas personas, esa búsqueda de la satisfacción del deseo es tan impaciente que olvidan un poco que –como hemos visto– la capacidad de aplazar la gratificación es decisiva para el comportamiento libre y el desarrollo afectivo inteligente.

Quizá por eso Aristóteles insistía en que la paideia, es decir, la educación, era sobre todo educación en el deseo.

 

Y Chesterton, con su lucidez habitual, decía que el interior del hombre está tan lleno de voces como una selva: recuerdos, sentimientos, pasiones, ideales, caprichos, locuras, manías, temores misteriosos y oscuras esperanzas; y que la correcta educación, el correcto gobierno de la propia vida consiste en llegar a la conclusión de que algunas de esas voces tienen autoridad, y otras no.

De nuevo estamos ante un problema de discernimiento y equilibrio.
 

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