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15. Significado esponsal del cuerpo humano
La revelación y, al mismo tiempo, el descubrimiento originario del significado «esponsalicio» del cuerpo, consiste en presentar al hombre, varón y mujer, en toda la realidad y verdad de su cuerpo y sexo («estaban desnudos»).


Por: Juan Pablo II | Fuente: Catequesis sobre el amor humano en el plan divino



 

(16-I-80/13-I-80)


1. Continuamos hoy el análisis de los textos del libro del Génesis, que hemos emprendido según la línea de la enseñanza de Cristo. Efectivamente, recordamos que en la conversación sobre el matrimonio, El se remitió al “principio”.
La revelación y, al mismo tiempo, el descubrimiento originario del significado “esponsalicio” del cuerpo, consiste en presentar al hombre, varón y mujer, en toda la realidad y verdad de su cuerpo y sexo (”estaban desnudos”), y a la vez, en la plena libertad de toda coacción del cuerpo y del sexo. De esto parece dar testimonio la desnudez de los progenitores, interiormente libres de la vergüenza. Se puede decir que, creados por el Amor esto es, dotados en su ser de masculinidad y feminidad, ambos están “desnudos”, porque son libres de la misma libertad del don. Esta libertad está precisamente en la base del significado esponsalicio del cuerpo. El cuerpo humano, con su sexo, y con su masculinidad y feminidad, visto en el misterio mismo de la creación, es no sólo fuente de fecundidad y de procreación, como en todo el orden natural, sino que incluye desde “el principio” el atributo “esponsalicio”, es decir, la capacidad de expresar el amor: ese amor precisamente en el que el hombre-persona se convierte en don y -mediante este don- realiza el sentido mismo de su ser y existir. Recordemos aquí el texto del último Concilio, donde se declara que el hombre es la única criatura en el mundo visible a la que Dios ha querido “por sí misma”, añadiendo que este hombre no puede “encontrar su propia plenitud si no a través de un don sincero de sí” (1).
2. La raíz de esa desnudez originaria libre de la vergüenza, de la que habla el Génesis 2, 25, se debe buscar precisamente en esa verdad integral sobre el hombre. Varón y mujer, en el contexto de su “principio” beatificante, están libres de la misma libertad del don. Efectivamente, para poder permanecer en la relación del “don sincero de sí” y para convertirse en este don el uno para el otro, a través de toda su humanidad hecha de feminidad y masculinidad (incluso en relación a esa perspectiva de la que habla el Génesis 2, 24), deben ser libres precisamente de este modo. Entendemos aquí la libertad sobre todo como dominio de sí mismos (autodominio). Bajo este aspecto, esa libertad es indispensable para que el hombre pueda “darse a sí mismo”, para que pueda convertirse en don, para que (refiriéndonos a las palabras del Concilio) pueda “encontrar su propia plenitud” a través de “un don sincero de sí”. De este modo, las palabras “estaban desnudos sin avergonzarse de ello” se pueden y se deben entender como revelación -y a la vez como descubrimiento- de la libertad que hace posible y califica el sentido “esponsalicio” del cuerpo.
3. Pero el Génesis 2, 25 dice todavía más. De hecho, este pasaje indica la posibilidad y la calidad de esta recíproca “experiencia del cuerpo”. Y además nos permite identificar ese significado esponsalicio del cuerpo in actu. Cuando leemos que “estaban desnudos sin avergonzarse de ello”, tocamos indirectamente casi la raíz y directamente ya sus frutos. Interiormente libres de la coacción del propio cuerpo y sexo, libres de la libertad del don, varón y mujer podían gozar de toda la verdad, de toda la evidencia humana, tal como Dios Yahvé se las había revelado en el misterio de la creación. Esta verdad sobre el hombre, que el texto conciliar precisa con las palabras antes citadas, tiene dos acentos principales. El primero afirma que el hombre es la única criatura en el mundo a la que el Creador ha querido “por sí misma”; el segundo consiste en decir que este hombre mismo, querido por Dios desde el “principio” de este modo, puede encontrarse a sí mismo sólo a través de un don desinteresado de sí. Ahora, esta verdad acerca del hombre, que en particular parece abarcar la condición originaria unida al “principio” mismo del hombre en el misterio de la creación, puede ser interpretada -según el texto conciliar- en ambas direcciones. Esta interpretación nos ayuda a entender todavía mejor el significado esponsalicio del cuerpo, que aparece inscrito en la condición originaria del varón y de la mujer (según el Génesis 2, 23-25) y en particular en el significado de su desnudez originaria.
Si, como hemos constatado, en la raíz de la desnudez está la libertad interior del don -don desinteresado de sí mismos-, ese don precisamente permite a ambos, varón y mujer, encontrarse recíprocamente, en cuanto al Creador ha querido a cada uno de ellos “por sí mismo” (cf. Gaudium et spes, 24). Así el hombre en el primer encuentro beatificante encuentra de nuevo a la mujer y ella le encuentra a él. De este modo él la acoge interiormente; la acoge tal como el Creador la ha querido “por sí misma”, como ha sido constituida en el misterio de la imagen de Dios a través de su feminidad; y recíprocamente, ella le acoge del mismo modo, tal como el Creador le ha querido “por sí mismo”, y le ha constituido mediante su masculinidad. En esto consiste la revelación y el descubrimiento del significado “esponsalicio” del cuerpo. La narración yahvista, y en particular el Génesis 2, 25, nos permite deducir que el hombre, como varón y mujer, entra en el mundo precisamente con esta conciencia del significado del propio cuerpo, de su masculinidad y feminidad.
4. El cuerpo humano, orientado interiormente por el “don sincero” de la persona, revela no sólo su masculinidad o feminidad en el plano físico, sino que revela también un valor y una belleza que sobrepasan la dimensión simplemente física de la “sexualidad” (2). De este modo se completa, en cierto sentido, la conciencia del significado esponsalicio del cuerpo, vinculado a la masculinidad-feminidad del hombre. Por un lado, este significado indica una particular capacidad de expresar el amor, en el que el hombre se convierte en don; por otro, le corresponde la capacidad y la profunda disponibilidad a la “afirmación de la persona”, esto es, literalmente, la capacidad de vivir el hecho de que el otro -la mujer para el varón y el varón para la mujer- es, por medio del cuerpo, alguien a quien ha querido el Creador “por sí mismo”, es decir, único e irrepetible: alguien elegido por el Amor eterno. La “afirmación de la persona” no es otra cosa que la acogida del don, la cual, mediante la reciprocidad, crea la comunión de las personas; ésta se construye desde dentro, comprendiendo también toda la “exterioridad” del hombre, esto es, todo eso que constituye la desnudez pura y simple del cuerpo en su masculinidad y feminidad. Entonces -como leemos en el Génesis 2, 25-, el hombre y la mujer no experimentaban vergüenza. La expresión bíblica “no experimentaban” indica directamente “la experiencia” como dimensión subjetiva.
5. Precisamente en esta dimensión subjetiva, como dos “yo” humanos y determinados por su masculinidad y feminidad, aparecen ambos, varón y mujer, en el misterio de su beatificante “principio” (nos encontramos en el estado de la inocencia originaria y, al mismo tiempo, de la felicidad originaria del hombre). Este aparecer es breve, ya que comprende sólo algún versículo en el libro del Génesis; sin embargo, está lleno de un contenido sorprendente, teológico y a la vez antropológico. La revelación y el descubrimiento del significado esponsalicio del cuerpo explican la felicidad originaria del hombre y, al mismo tiempo, abren la perspectiva de su historia terrena, en la que él no se sustraerá jamás a este “tema” indispensable de la propia existencia.
Los versículos siguientes del libro del Génesis, según el texto yahvista del capítulo 3, demuestran, a decir verdad, que esta perspectiva “histórica” se construirá de modo diverso del “principio” beatificante (después del pecado original). Pero es tanto más necesario penetrar profundamente en la estructura misteriosa, teológica y a la vez antropológica, de este “principio”. Efectivamente, en toda la perspectiva de la propia “historia”, el hombre no dejará de conferir un significado esponsalicio al propio cuerpo. Aun cuando este significado sufre y sufrirá múltiples deformaciones, siempre permanecerá el nivel más profundo, que exige ser revelado en toda su simplicidad y pureza, y manifestarse en toda su verdad, como signo de la “imagen de Dios”. Por aquí pasa también él camino que va del misterio de la creación a la “redención del cuerpo” (cf. Rom 8).
Al detenernos, por ahora, en el umbral de esta perspectiva histórica, nos damos cuenta claramente, según el Génesis 2, 23-25, del mismo vínculo que existe entre la revelación y el descubrimiento del significado esponsalicio del cuerpo y la felicidad originaria del hombre. Este significado “esponsalicio” es también beatificante y, como tal, manifiesta, en definitiva, toda la realidad de esa donación, de la que hablan las primeras páginas del Génesis. Su lectura nos convence del hecho de que la conciencia del significado del cuerpo que se deriva de él -en particular del significado “esponsalicio”- constituye el componente fundamental de la existencia humana en el mundo.
Este significado “esponsalicio” del cuerpo humano se puede comprender solamente en el contexto de la persona. El cuerpo tiene su significado “esponsalicio” porque el hombre-persona es una criatura que Dios ha querido por sí misma y que, al mismo tiempo, no puede encontrar su plenitud si no es mediante el don de sí.
Si Cristo ha revelado al hombre y a la mujer, por encima de la vocación al matrimonio, otra vocación -la de renunciar al matrimonio por el Reino de los cielos-, con esta vocación ha puesto de relieve la misma verdad sobre la persona humana. Si un varón o una mujer son capaces de darse en don por el Reino de los cielos, esto prueba a su vez (y quizás aún más) que existe la libertad del don en el cuerpo humano. Quiere decir que este cuerpo posee un pleno significado “esponsalicio”.
(1) “Más aún, cuando el Señor Jesús ruega al Padre para que todos sean una sola cosa, como yo y tú somos una sola cosa (Jn 17, 21-22), abriéndonos perspectivas cerradas a la razón humana, nos ha sugerido una cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad. Esta semejanza demuestra que el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás” (Gaudium et spes, 24).
El análisis estrictamente teológico del libro del Génesis, en particular Gén 2, 23-25, nos permite hacer referencia a este texto. Esto es, constituye un paso más entre la “antropología adecuada” y la “teología del cuerpo”, estrechamente ligada al descubrimiento de las características esenciales de la existencia personal en la “prehistoria teológica” del hombre. Aunque esto puede encontrar resistencia por parte de la mentalidad evolucionista (incluso entre los teólogos), sin embargo sería difícil no advertir que el texto analizado del libro del Génesis, especialmente Gén 2, 23-25, demuestra la dimensión no sólo “originaria”, sino también “ejemplar” de la existencia del hombre, en particular del hombre “como varón y mujer”.
(2) La tradición bíblica refiere un eco lejano de la perfección física del primer hombre. El Profeta Ezequiel, comparando implícitamente al Rey de Tiro con Adán en el Edén, escribe así:
“Era el sello de la perfección, lleno de sabiduría y acabado de belleza. Habitaba en el Edén, en el jardín de Dios...” (Ez 28, 12-13).



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