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13. El misterio de la creación del hombre: varón y mujer
Análisis del texto del Génesis (2, 25), comenzado en los capítulos precedentes.


Por: Juan Pablo II | Fuente: Catequesis sobre el amor humano en el plan divino



(2-I-80/6-I-80)

1. Volvemos de nuevo al análisis del texto del Génesis (2, 25), comenzado en los capítulos precedentes.
Según este pasaje, el varón y la mujer se ven a sí mismos como a través del misterio de la creación; se ven a sí mismos de este modo, antes de darse cuenta de “que estaban desnudos”. Este verse recíproco, no es sólo una participación en la percepción “exterior” del mundo, sino que tiene también una dimensión interior de participación en la visión del mismo Creador, de esa visión de la que habla varias veces la narración del capítulo primero: “Y vio Dios ser muy bueno cuanto había hecho” (Gén 1, 31). La “desnudez” significa el bien originario de la visión divina. Significa toda la sencillez y plenitud de la visión a través de la cual se manifiesta el valor “puro” del hombre como varón y mujer, el valor “puro” del cuerpo y del sexo. La situación que se indica de manera tan concisa y a la vez sugestiva de la revelación originaria del cuerpo, como resulta especialmente del Génesis 2, 25, no conoce ruptura interior y contraposición entre lo que es espiritual y lo que es sensible, así como no conoce ruptura y contraposición entre lo que humanamente constituye la persona y lo que en el hombre determina el sexo: lo que es masculino y femenino.
Al verse recíprocamente como a través del misterio mismo de la creación, varón y mujer se ven a sí mismos aún más plenamente y más distintamente que a través del sentido mismo de la vista, es decir, a través de los ojos del cuerpo. Efectivamente, se ven y se conocen a sí mismos con toda la paz de la mirada interior, que crea precisamente la plenitud de la intimidad de las personas. Si la “vergüenza” lleva consigo una limitación específica del ver mediante los ojos del cuerpo, esto ocurre sobre todo porque la intimidad personal está como turbada y casi “amenazada” por esta visión. Según el Génesis 2, 25. el varón y la mujer “no sintieron vergüenza”: al verse y conocerse a sí mismos en toda la paz y tranquilidad de la mirada interior, se “comunican” en la plenitud de la humanidad, que se manifiesta en su como recíproca complementariedad precisamente porque es “masculina” y “femenina”. Al mismo tiempo “se comunican” según esa comunión de las personas, en la que, a través de la feminidad y masculinidad, se convierten en don recíproco la una para la otra. De este modo alcanzan en la reciprocidad una comprensión especial del significado del propio cuerpo. El significado originario de la desnudez corresponde a esa sencillez y plenitud de visión, en la cual la comprensión del significado del cuerpo nace casi en el corazón mismo de su comunidad-comunión. La llamaremos “esponsalicia”. El varón y la mujer en el Génesis 2, 23-25 surgen al “principio” mismo precisamente con esta conciencia del significado del propio cuerpo. Esto merece un análisis profundo.
2. Si el relato de la creación del hombre en las dos versiones, la del capítulo primero y la yahvista del capítulo segundo, nos permite establecer el significado originario de la soledad, de la unidad y de la desnudez, por esto mismo nos permite también encontrarnos sobre el terreno de una antropología adecuada, que trata de comprender e interpretar al hombre en lo que es esencialmente humano (1). Los textos bíblicos contienen los elementos esenciales de esta antropología, que se manifiestan en el contexto teológico de la “imagen de Dios”. Este concepto encierra en sí la raíz misma de la verdad sobre el hombre, revelada a través de ese “principio”, al que se remite Cristo en la conversación con los fariseos (cf. Mt 19, 3-9), hablando de la creación del hombre como varón y mujer. Es necesario recordar que todos los análisis que hacemos aquí se vuelven a unir, al menos indirectamente, precisamente con estas palabras suyas. El hombre, al que Dios ha creado “varón y mujer”, lleva impresa en el cuerpo, “desde el principio”, la imagen divina; varón y mujer constituyen como dos diversos modos del humano “ser cuerpo” en la unidad de esa imagen.
Ahora bien, conviene dirigirse de nuevo a esas palabras fundamentales de las que se sirvió Cristo, esto es, a la palabra “creó”, al sujeto “Creador”, introduciendo en las consideraciones hechas hasta ahora una nueva dimensión, un nuevo criterio de comprensión e interpretación, que llamaremos “hermenéutica del don”. La dimensión del don decide sobre la verdad esencial y sobre la profundidad del significado de la originaria soledad-unidad-desnudez. Ella está también en el corazón mismo de la creación, que nos permite construir la teología del cuerpo “desde el principio”, pero exige, al mismo tiempo, que la construyamos de este modo.
3. La palabra “creó”, en labios de Cristo, contiene la misma verdad que encontramos en el libro del Génesis. El primer relato de la creación repite varias veces esta palabra, desde Génesis 1, 1 (”al principio creó Dios los cielos y la tierra”), hasta Génesis 1, 27 (”creó Dios al hombre a imagen suya”) (2). Dios se revela a Sí mismo sobre todo como Creador. Cristo se remite a esa revelación fundamental contenida en el libro del Génesis. El concepto de creación tiene en él toda su profundidad no sólo metafísica, sino también plenamente teológica. Creador es el que “llama a la existencia de la nada”, y el que establece en la existencia al mundo y al hombre en el mundo porque El “es amor” (1 Jn 4, 8). A decir verdad, no encontramos esta palabra amor (Dios es amor) en el relato de la creación; sin embargo, este relato repite frecuentemente: “Vio Dios cuanto había hecho y era muy bueno”. A través de estas palabras somos llevados a entrever en el amor el motivo divino de la creación, la fuente de que brota: efectivamente, sólo el amor da comienzo al bien y se complace en el bien (cf. 1 Cor 13). Por esto, la creación, como obra de Dios, significa no sólo llamar de la nada a la existencia y establecer la existencia del mundo y del hombre en el mundo, sino que significa también, según la primera narración “beresit bara”, donación; una donación fundamental y “radical”, es decir, una donación en la que el don surge precisamente de la nada.
4. La lectura de los primeros capítulos del libro del Génesis nos introduce en el misterio del mundo por voluntad de Dios, que es omnipotencia y amor. En consecuencia, toda criatura lleva en sí el signo del don originario y fundamental.
Sin embargo, al mismo tiempo, el concepto de “donar” no puede referirse a un nada. Ese concepto indica al que da y al que recibe el don, y también la relación que se establece entre ellos. Ahora, esta relación surge del relato de la creación en el momento mismo de la creación del hombre. Esta relación se manifiesta sobre todo por la expresión: “Dios creó al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó” (Gén 1, 27). En el relato de la creación del mundo visible el donar tiene sentido sólo respecto al hombre. En toda la obra de la creación, sólo de él se puede decir que ha sido gratificado por un don: el mundo visible ha sido creado “para él”. El relato bíblico de la creación nos ofrece motivos suficientes para esta comprensión e interpretación: la creación es un don, porque en ella aparece el hombre que, como “imagen de Dios”, es capaz de comprender el sentido mismo del don en la llamada de la nada a la existencia. Y es capaz de responder al Creador con el lenguaje de esta comprensión. Al interpretar con este lenguaje el relato de la creación, se puede deducir de él que ella constituye el don fundamental y originario: el hombre aparece en la creación como el que ha recibido en don el mundo, y viceversa, puede decirse también que el mundo ha recibido en don al hombre.
Al llegar aquí debemos interrumpir nuestro análisis. Lo que hemos dicho hasta ahora está en relación estrechísima con toda la problemática antropológica del “principio”. El hombre aparece allí como “creado”, esto es, como el que, en medio del “mundo”, ha recibido en don a otro hombre. Y precisamente esta dimensión del don debemos someterla a continuación a un análisis profundo, para comprender también él significado del cuerpo humano en su justa medida. Esto será el objeto de nuestras próximas meditaciones.
(1) El concepto de “antropología adecuada” ha sido explicado en el mismo texto como “comprensión e interpretación del hombre en lo que es esencialmente humano”. Este concepto determina el principio mismo de reducción, propio de la filosofía del hombre; indica el límite de este principio, e indirectamente excluye que se pueda traspasar este límite. La antropología “adecuada” se apoya sobre la experiencia esencialmente “humana”, oponiéndose al reduccionismo de tipo “naturalístico”, que frecuentemente va junto con la teoría evolucionista acerca de los comienzos del hombre.
(2) El término hebreo “bara’” creó, usado exclusivamente para determinar la acción de Dios, aparece en el relato de la creación sólo en el v. 1 (creación de cielo y de la tierra), en el v. 21 (creación de los animales) y en el v. 27 (creación del hombre); pero aquí aparece hasta tres veces. Esto significa la plenitud y la perfección de ese acto que es la creación del hombre, varón y mujer. Esta iteración indica que la obra de la creación ha alcanzado aquí su punto culminante.



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