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La verdad robada sobre nuestra dignidad y origen
Cuando reflexionamos sobre esta cosmovisión actual, que se encuentra penetrada de sutileza y de racionalidad, resulta inverosímil reducir la naturaleza al resultado de la actividad de fuerzas ciegas y casuales


Por: R.P. Miguel Ángel Fuentes, IVE | Fuente: Del libro



 

Verdades y límites del evolucionismo











Si te dicen que la doctrina de la Iglesia choca contra la indiscutible teoría del evolucionismo... te están robando varias verdades. Ni se trata de una sola teoría, ni en muchos casos tiene valor de “teoría”, ni –en las que gozan de seriedad– choca contra ninguna verdad católica.
Es comprensible, de todos modos, que nos plateemos este tema. A todos nos intriga saber de dónde viene el hombre, cuál es su origen e historia; pues de esto depende también cuál es su fin (su finalidad o destino). ¿Somos fruto del azar, de la evolución, obra de un Creador? Las distintas respuestas equivalen a muy distintos conceptos del hombre y del mundo... y se traducen luego en muy distintas actitudes ante la vida (desde la esperanza hasta la angustia ante la muerte). La Iglesia nos enseña, con la Biblia en la mano, una respuesta: el hombre ha sido creado por Dios, formando su cuerpo de un elemento material, y creando de modo directo su alma; esto sigue repitiéndose para cada hombre que viene a este mundo: su cuerpo lo recibe de sus padres, pero su alma, espiritual e inmortal, es creada por Dios. Las enseñanzas evolucionistas (tanto sobre el origen del universo como sobre el origen del hombre), ¿contradicen esta enseñanza? No todas las teorías evolucionistas. Y las teorías evolucionistas que impugnan esta enseñanza, ¿son dignas de crédito o tienen sus “agujeros negros” científicos por los que se desarman como una estatua con pies de barro? Veámoslo en este capítulo.


1. El estado actual de las teorías de la evolución

Veamos, ante todo, y con la sencillez que requiere nuestro trabajo (y capacidad), cuál es el estado actual de las teorías de la evolución (tanto sobre el origen del universo, como sobre la vida y el hombre en particular). Seguiré en este punto un valioso trabajo del Dr. Mariano Artigas .

Al hablar de evolución, inmediatamente se piensa en Darwin, pero ya antes de él y de su obra El origen de las especies (1859) se habían dado otros intentos de explicar científicamente la evolución; especialmente Lamarck, en 1809, propuso explicar la evolución mediante la herencia de los caracteres adquiridos, y según Artigas, el mismo Aristóteles al explicar la existencia de finalidad en la naturaleza propuso una explicación que es casi idéntica a la darwinista: la aparente finalidad de las partes del organismo viviente se explicaría porque, entre los diferentes productos de la naturaleza, sólo se conservarían los mejor adaptados . Darwin dio al evolucionismo fama e influencia, ocupándose primero del origen de las especies, y posteriormente del origen del hombre y, de paso, del origen de los primeros vivientes. Con el tiempo el pensamiento evolucionista se ha extendido al origen del universo y a su posterior evolución. Veamos el estado actual de cada uno de estos puntos.

a) Sobre el origen del universo

Albert Einstein formuló la relatividad general en 1915 y la aplicó al estudio del universo en su conjunto en 1917. Su teoría proponía un universo cambiante; disgustado con esa idea, introdujo en sus fórmulas una “constante cosmológica” con el fin de obtener un universo estático: más tarde dijo que había sido el peor error de su vida. Willem de Sitter en 1916-1917 y Alfred Friedmann en 1922-1924 desarrollaron la teoría de Einstein en el marco de un universo dinámico, idea que resultó corroborada cuando, en 1929, Edwin Hubble formuló la ley según la cual el universo está en expansión y las galaxias se apartan unas de otras con una velocidad que es proporcional a su distancia mutua.
En 1927, el sacerdote Georges Lemaître propuso su teoría del “átomo primitivo”, que, después de ser reformulada por Georges Gamow en 1948, es conocida como teoría del big bang o “gran explosión”. Según esta teoría, hace unos 15.000 millones de años toda la materia y energía del universo, concentrada en condiciones de enorme densidad y temperatura, experimentó una expansión que, seguida de una sucesiva disminución de temperatura y de concentraciones locales, produjo una radiación que todavía debería observarse en la actualidad. La detección de esa radiación fósil en 1964 por Arno Penzias y Robert Wilson produjo la general aceptación de la teoría. Pero como toda teoría física, contiene aspectos problemáticos, que muchos han intentado solucionar con otras teorías, como la “teoría de la inflación” propuesta por Alan Guth, según la cual el universo, en los primeros momentos de su existencia y durante un lapso de tiempo muy pequeño, habría experimentado una enorme expansión. En 1992, las observaciones del satélite COBE (“Cosmic Background Explorer”) sobre la radiación de fondo pusieron de manifiesto la existencia de fluctuaciones en el universo primitivo, lo cual explicaría la distribución irregular de la materia, necesaria para que se produjeran las condensaciones locales que han dado lugar a las estrellas y planetas.
El modelo de la gran explosión tiene mucha aceptación pero plantea importantes interrogantes, entre otras cosas no menos importante ignoramos (desde el exclusivo punto de vista de la ciencia) por qué hubo una gran explosión.

b) Sobre el origen de la vida

Se calcula que la edad de la Tierra es de unos 4.500 millones de años. Los fósiles más antiguos se remontan a unos 3.800 millones de años. Se supone que los vivientes primitivos aparecieron, por tanto, en el intervalo entre esas dos fechas.
Existen varias teorías que pretenden explicar el origen de la vida en la Tierra. Una de las primeras fue la propuesta por Alexander Oparin en 1922: la vida habría surgido en el agua de los océanos. En un famoso experimento realizado en 1953 en Chicago, Stanley Miller simuló las condiciones de la atmósfera primitiva (amoníaco, metano, hidrógeno y vapor de agua, activados por descargas eléctricas) y obtuvo algunos aminoácidos, que son los ladrillos con que se construyen las proteínas; parecía que el problema del origen de la vida se podía resolver, al menos en principio. Sin embargo, las dificultades siguen siendo grandes. La vida que existe ahora en la Tierra se basa en la interacción mutua entre ácidos nucleicos (DNA y RNA) y proteínas; pero los ácidos nucleicos son necesarios para fabricar proteínas, y viceversa. Además, esas macromoléculas poseen una enorme complejidad, lo que hace difícil pensar que se originasen de modo espontáneo.
A finales de la década de 1960, Carl R. Woese, Francis Crick y Leslie E. Orgel propusieron lo que ahora se conoce como teoría del “mundo del RNA”, según la cual la vida primitiva se basaba en el RNA . Se supone que este ácido nucleico poseía dos propiedades de las que ahora carece: se podría autorreplicar sin necesidad de proteínas, y podría catalizar la síntesis de proteínas. Pero ni sabe cómo podría hacer eso ni –menos aún– cómo se formó el RNA mismo, que posee una gran complejidad... y además todo se basa en un “se supone”, lo cual para teoría científica es muy flaco...
Otros han propuesto teorías más radicales, como A. Graham Cairns-Smith, según el cual el primer sistema con capacidad de replicarse era inorgánico y se basaba sobre cristales de arcilla. Otra propuesta dice que el origen de la vida se verificó en fuentes hidrotermales en los fondos marinos. Sin embargo, sigue habiendo enormes dificultades: basta pensar que el DNA de una bacteria, uno de los vivientes actuales más simples, puede tener unos dos millones de nucleótidos, de cuya organización depende que el DNA sea funcional y pueda dirigir la producción de más de un millar de proteínas diferentes. En vista de ello, algunos científicos como Juan Oró, Fred Hoyle y Chandra Wickramansinghe han propuesto que habrían existido compuestos precursores de la vida en otras regiones del espacio, y habrían llegado a la Tierra, por ejemplo por medio de choques de meteoritos. O sea, se elimina el problema del origen de la vida en la tierra pasándolo a otro lugar del universo (¿cómo surgió allí?).
Los enigmas que rodean el origen de la vida son muy grandes, a pesar de la existencia de diferentes teorías que se han propuesto para explicarlo.

c) Sobre el origen de las especies

Darwin propuso en 1859 que la selección natural, que actuaría sobre variaciones hereditarias, es el principal motor de la evolución, pero nada sabía sobre la naturaleza de esas variaciones. A partir de los trabajos del monje benedictino Gregor Mendel, publicados en 1866 y redescubiertos en 1900, la genética se convirtió en parte esencial de la teoría evolutiva. La incorporación de la genética al darwinismo condujo, en torno a 1940, a la formulación del neo-darwinismo o “teoría sintética” de la evolución, que sigue considerando que la selección natural es el factor explicativo principal de la evolución.
Una objeción típica al neodarwinismo es que no explica la “macroevolución”, o sea, el origen de nuevas especies o tipos de vivientes. El darwinismo insiste en el gradualismo y afirma que los grandes cambios son el resultado de la acumulación de muchos cambios pequeños, pero se han formulado propuestas alternativas. Stephen Jay Gould y Niles Eldredge sostienen que la evolución no es gradual, sino que funciona a saltos (teoría del “equilibrio puntuado”): existirían grandes períodos de estabilidad interrumpidos por intervalos muy breves en los que tendrían lugar cambios evolutivos grandes y bruscos (esto explicaría, según ellos, por qué no se encuentran eslabones intermedios en el registro fósil). Esta teoría (del equilibrio puntuado) propone explicaciones que no son darwinistas pero son evolucionistas (la discusión se centra en torno a los mecanismos de la evolución, no en torno a su existencia).
En 1967 Motoo Kimura propuso otra teoría (el “neutralismo”), que niega que la evolución tenga nada que ver con la selección natural; para él los cambios evolutivos se deberían a la “deriva genética” de mutaciones genéticas. Tampoco él discute la evolución sino sus mecanismos.
Una de las mayores dificultades del evolucionismo es la explicación de los nuevos tipos de organización, que requieren múltiples cambios complejos y coordinados. Para solucionarlo se han propuesto teorías que, por el momento, son muy hipotéticas, pues se basan en datos que todavía conocemos de modo muy insuficiente.
Muchas de las teorías que hemos mencionado se presentan a veces como opuestas al darwinismo, pero los darwinistas afirman que caben dentro de su teoría y, en cualquier caso, no son críticas al evolucionismo, sino intentos de proporcionar explicaciones más profundas de la evolución.

d) Sobre el origen del hombre

Desde la publicación de la teoría de Darwin, la atención se centró, sobre todo, en la explicación biológica del origen del hombre. Comenzó la búsqueda de eslabones intermedios entre el hombre y otros primates, que ha conducido a la clasificación habitual de los precursores del hombre actual: los australopitecos africanos (entre 4,5 y 2 millones de años), seguidos del homo habilis (desde 2,3 a 1,5 millones de años), el homo erectus (se habla también de homo ergaster, entre 2 y 1 millones de años, en África, y de homo erectus en Asia), y las diversas variedades de homo sapiens. Se trata de un terreno en el que existen muchas incertidumbres y frecuentemente se producen novedades que obligan a cambiar esquemas.
En las últimas décadas se han aplicado los nuevos métodos de la biología molecular a los estudios de la evolución, llegando, a veces, a conclusiones diferentes de las que se derivan del estudio de los fósiles, y se producen discrepancias entre los biólogos moleculares y los paleontólogos. Así, de acuerdo con la biología molecular, el supuesto antecesor común de chimpancés y humanos se situaría entre hace 5 y 6 millones de años, mucho más recientemente de la estimación anterior que se remontaba a unos 20 millones de años. Se estima probable que el linaje de ese antecesor común ya se había separado del de los gorilas.
En este ámbito, ha tenido especial resonancia la presunta determinación del origen del hombre actual mediante el estudio del DNA mitocondrial, que se transmite por vía materna. Según algunos biólogos moleculares, todos los seres humanos actuales descienden de una mujer que vivió entre 100.000 y 200.000 años atrás, en África, y que ha recibido el significativo título de “Eva mitocondrial”. Hay que señalar, no obstante, que los propios autores de esos estudios no pretenden haber probado científicamente el monogenismo , y que sus afirmaciones no son aceptadas por todos: en particular, algunos paleontólogos muestran reservas, sobre todo con respecto al uso que esos biólogos moleculares hacen del denominado “reloj molecular” .
Sobre el presunto origen del hombre actual existen dos opiniones diferentes: el modelo de “continuidad regional” y el modelo del “origen africano reciente”. El modelo de “continuidad regional” sostiene que la especie, muy primitiva, Homo erectus (incluido Homo ergaster) no es más que una variante antigua de Homo sapiens; defiende, además, que en los últimos dos millones de años de historia de nuestra estirpe se produjo una corriente de poblaciones entrelazadas de esta especie que evolucionaron en todas las regiones del Viejo Mundo, cada una de las cuales se adaptó a las condiciones locales, aunque todas se hallaban firmemente vinculadas entre sí por intercambio genético. La variabilidad que vemos hoy entre las principales poblaciones geográficas sería, de acuerdo con este modelo, la postrera permutación de tan largo proceso.
En cambio, el modelo del “origen africano reciente” sostiene que, hace unos 100.000 años, un nuevo tipo de ser humano, originado en África, habría sustituido completamente a las especies anteriores.
También se han realizado estudios sobre el cromosoma Y, que se hereda exclusivamente del padre, y los resultados están de acuerdo con el modelo del origen africano reciente.
En cuanto a la época más reciente, parece que, desde hace unos 30.000 años, sólo permaneció el hombre moderno actual, aunque coexistiera, durante miles de años, con otros tipos humanos ancestrales (como el hombre de Neanderthal). No existe unanimidad sobre el origen de los diferentes grupos humanos que existen en la actualidad.
En medio de muchas incertidumbres, suele afirmarse que la humanidad actual procede de unos antepasados relativamente recientes que aparecieron en África o, quizás, en Oriente Medio, y que se extendieron por toda la Tierra.

e) Las dos variantes fundamentales del evolucionismo

Hemos mencionado teorías y propuestas diversas desde el ambiente filo-evolucionista. Hay que tener en cuenta también otro elemento clave que se entrecruza con los argumentos más o menos científicos de toda teoría evolucionista y que trasciende el campo estrictamente científico: la aceptación o exclusión de una causa sobrenatural en el proceso de la evolución.
Digo que es un elemento que trasciende el campo propio de las disciplinas en las cuales se propone el evolucionismo (física, química, biología, paleontología, etc.) puesto que entramos con esto en un plano metafísico e incluso –aunque no exclusivamente– teológico. Es clave entender este punto, puesto que algunos piensan que los evolucionistas que niegan la intervención de una causa sobrenatural (Dios) en el proceso de la evolución están haciendo una afirmación que cae dentro del campo de su ciencia; no es así, sino que están invadiendo el plano de la filosofía, como ya hemos dejado claro al hablar de la existencia de Dios y de las competencias de todo científico al respecto.
Según la postura que los científicos evolucionistas tomen respecto de la posible intervención sobrenatural en el origen del cosmos, de la vida y del hombre, nos encontraremos con dos variantes esencialmente diversas: el evolucionismo radical y el mitigado.

El evolucionismo “radical”, “craso” o “absoluto”, coloca una potencialidad residente en la materia que hace que de ésta, por evolución a partir de sus virtualidades casi infinitas, vayan surgiendo todos los seres. En el orden del universo, consiste en atribuir a un caos inicial, o a una primera partícula, o a lo que sea, la capacidad de expandirse, estallar, reaccionar, etc. (según las diversas explicaciones de cada teoría) dando origen al universo actual; aplicado al origen de la vida, “consiste en suponer que los seres sin excepción se han ido originando a partir de un primer organismo vivo elemental, o incluso a partir de una primera materia o partículas materiales no vivas, que habrían dado lugar a un primer organismo vivo, que se habría ido reproduciendo y por diversas mutaciones diversificándose en diferentes especies, etc.” . Oparin hablaba, por ejemplo, de un “caldo primordial”, del que habría surgido toda la vida a raíz de una descarga poderosa de energía eléctrica . Esto no es ciencia sino “una concepción mitológica y literaria de la vida”
Este evolucionismo ha sido sostenido por autores como Lamarck, Spencer, Darwin, Oparin y muchos otros más, a veces, haciendo profesión de un claro y descarado ateísmo, como puede verse en declaraciones explícitas de muchos de sus defensores. Decía, por ejemplo, Darwin a Thomas Huxley: “mi doctrina sería como el evangelio de Satanás y usted como el apóstol del evangelio de Satanás” ; “Dios –decía Haeckel– es un vertebrado gaseoso” ; y confesaba Lemoine: “la evolución es el dogma de la antiiglesia” ; y en palabras de Thomas Huxley: “la doctrina de la evolución ocupa una posición de antagonismo completo e irreconciliable respecto a la Iglesia” . Es claro que refiriéndose a este evolucionismo craso, no cabe duda de que es así; pero también es claro que este evolucionismo craso no es una teoría científica sino un dogma precientífico o más bien una fe pseudocientífica adornada con elementos científicos. De hecho, este tipo de explicación evolucionista ha sido contestada por diversas ciencias: las matemáticas (que dudan de que haya habido tiempo suficiente para que la selección natural y las leyes que aplican las teorías evolucionistas hayan dado lugar a los fenómenos que se observan en la naturaleza), la bioquímica (porque el azar y la simple evolución no guiada por una Inteligencia no puede explicar la perfecta organización de la vida en el estado presente, ni el origen y funcionamiento de los organismos vivos a partir de un estado puramente material), la filosofía (que demuestra que lo más no puede surgir de lo menos, tratándose de saltos cualitativos de forma y no puramente accidentales; y sobre todo que el espíritu no puede provenir de la materia y que de la nada, nada sale; de aquí que la vida intelectual, moral y espiritual no pueden deducirse de ningún modo de los procesos biológicos). A pesar de todo este evolucionismo radical fue asimilado como base de sistemas filosóficos que lo adaptaron a otros esquemas, como Federico Hegel (quien aplicó la evolución al Espíritu Absoluto), Marx y Engels (que lo aplicaron a la sociedad y a la historia manejada por una evolución dialéctica). De aquí la vigencia de las extravagantes afirmaciones darwinianas: de su vigencia depende la estabilidad de otros sistemas que insensatamente se alzaron sobre sus bases.

En una situación distinta tenemos al evolucionismo “relativo” o “mitigado”, que acepta al mismo tiempo una evolución, tanto del universo, como de la vida, pero sin excluir la acción divina, la cual, por un lado dirigiría providencialmente la misma evolución orgánica, y, por otro, en un momento dado, infunde por creación el alma espiritual. Por el hecho de que sea mitigado, de todos modos, no debemos olvidar que los argumentos científicos en que se basan las diversas teorías evolucionistas, no resuelven todos los problemas y entre ellas discrepan notablemente.

f) En síntesis

Como vemos, en todas estas teorías, que son las que maneja la ciencia actual, existen muchos e importantes interrogantes. La teoría del big bang parecería bien asentada, pero no puede considerarse como definitivamente establecida y contiene muchos problemas no resueltos. Existen hipótesis muy diferentes sobre el origen de la vida. Respecto de la evolución de los vivientes, aunque suele admitirse que la combinación de variaciones genéticas y selección natural desempeña un papel importante, se buscan explicaciones que van más allá de ese esquema. Finalmente, el origen del hombre sigue envuelto en un mar de dudas y discusiones (incluso entre los mismos evolucionistas).
A pesar de esto, el hecho de la evolución en sus rasgos generales tiene muchos elementos sólidos; en cambio no se puede decir lo mismo de las explicaciones concretas de ese hecho (o, mejor, de los muchos hechos incluidos en la evolución en su conjunto). Argumentos tomados de diversas especialidades parecen avalar la existencia de un vasto proceso evolutivo que ha producido la naturaleza en su estado actual, aunque existen muchos interrogantes y discrepancias sobre sus aspectos particulares.
Al menos esto nos debe hace reflexionar mucho cuando se nos habla de la teoría de la evolución como si se estuviese refiriendo a una teoría concreta y puntual. Muy lejos estamos de ello: distinto es el valor de la explicación evolutiva del universo, que la del hombre o la de la vida; muchas y no una son las diversas explicaciones; contradictorias entre sí (y por tanto, enemistadas y excluyentes) son muchas de estas teorías, al punto tal que si una tiene razón cae sonoramente la contraria; y cualquiera de estas teorías (sobre el punto que sea) no explica todos los hechos que ella misma expone (quedan siempre agujeros negros por los que se escapa la punta del nudo que cerraría su explicación con una certeza; dicho de otro modo: no hay teoría que cierre completamente). Aún así, vamos a darle un cierto valor, al menos referido al hecho de la evolución en general.

2. ¿Qué enseña la Iglesia sobre estos temas y qué dice de estas teorías?

Como aquí se trata de ver si es verdad que las teorías evolucionistas excluyen o desautorizan lo que la fe católica enseña sobre el origen del mundo, de la vida y del hombre, conviene dejar bien en claro qué es lo que propiamente enseña la fe católica .
La principal fuente de la doctrina católica es la Sagrada Escritura (el relato de la creación del universo y del hombre está en el libro del Génesis, aunque no exclusivamente, pues hay otros pasajes que pueden complementarlo), y en los documentos del Magisterio en los que la Iglesia ha precisado con su autoridad doctrinal lo que debe creerse con fe sobre estos temas. Estas son las fuentes, según la fe católica, en que se contiene la Revelación divina.
En el relato del Génesis (capítulos 1-3) hay muchos elementos que deben ser correctamente entendidos, pues están escritos con un estilo peculiar y único, relatándose allí hechos verdaderos pero en un lenguaje adaptado a la mentalidad de sus primeros destinatarios (por lo tanto en un sentido histórico que no responde a los cánones de la historia a que estamos acostumbrados en la actualidad). No se trata ciertamente de fábulas sacadas de mitologías y cosmogonías de los pueblos antiguos y adaptadas a la doctrina monoteísta (fe en un solo Dios) por el autor sagrado, expurgando antes todo error de politeísmo (creencia en varios dioses); no se trata tampoco de alegorías y símbolos destituidos de todo fundamento objetivo y real, propuesto bajo forma histórica, para inculcar verdades religiosas y filosóficas; tampoco se trata de leyendas en parte históricas y en parte ficticias, compuestas libremente para instrucción y edificación de los oyentes o lectores.
Pero, por otra parte, tampoco se trata de historia en el sentido que le dan los historiadores greco-latinos ni los modernos . Hay pues, elementos rigurosamente históricos y elementos que relatan de modo metafórico hechos históricos. ¿Cuáles son los elementos que deben entenderse con sentido literal histórico? Señalemos principalmente :

1º la creación de todas las cosas por parte de Dios;
2º la peculiar creación del hombre;
3º la formación de la primera mujer a partir del primer hombre;
4º la unidad del linaje humano;
5º la felicidad original de los primeros padres en el estado de justicia, integridad e inmortalidad;
6º el mandamiento impuesto por Dios para probar la obediencia;
7º la trasgresión, por persuasión del diablo;
8º la pérdida del estado primitivo de inocencia;
9º la promesa del Reparador futuro.

Por tanto, es lícito para la doctrina católica discutir y seguir, cada uno, la sentencia que más fundada le parezca, en aquellos puntos en los que no hay definición por parte del magisterio y que ya han sido discutidos por autores serios (empezando por los mismos padres de la Iglesia y los doctores de todos los tiempos), siempre y cuando la interpretación no contradiga o distorsione alguna otra verdad de fe (esto es lo que quiere decirse en los documentos de la Iglesia cuando se afirma que debe quedar salvado el juicio de la Iglesia y la analogía de la fe); el documento de la Comisión bíblica de 1909 indicaba expresamente la libertad de discutir y ofrecer diversas interpretaciones respecto de: muchas de las palabras y frases empleadas en este relato (especialmente de aquellas que tienen claramente un sentido metafórico o antropomórfico); se pueden interpretar de modo alegórico y profético algunos pasajes (como lo hicieron algunos Santos Padres); no deben entenderse las afirmaciones como si pretendiesen ser declaraciones científicas; y en particular se deja libertad para discutir sobre el significado del término “día” (Yôm, los días de la creación).

La Iglesia, pues, basándose principalmente en los relatos bíblicos enseña que Dios ha creado todas las cosas, libremente, de la nada; que todo cuanto ha creado es bueno (Dios no hizo el mal, sino que éste fue introducido por su creatura: los ángeles que se rebelaron en el cielo y luego los hombres que, por instigación de los ángeles rebeldes, desobedecieron a Dios); que el hombre ha sido creado de un modo peculiar por Dios, distinto de las demás creaturas, y que la primera mujer procede del primer hombre (unicidad del género humano) . Algunos discuten este último punto, diciendo que la unicidad de la primera pareja, Adán y Eva, (doctrina llamada monogenismo) no es una enseñanza de fe; sólo sería de fe que Dios ha creado al hombre, pero podría haber creado varias parejas humanas (doctrina denominada poligenismo); otros autores dicen que si no es de fe, al menos es una verdad próxima a la fe, lo cual quiere decir que sin esta afirmación no se podrían comprender otras verdades de la fe, y, por tanto, puede considerarse implicada en otras verdades. En particular las verdades católicas que pueden quedar más comprometidas si no se acepta el monogenismo son, ante todo, el dogma del pecado original (un pecado que, cometido por los primeros padres, se transmite a todo hombre que viene a este mundo) y, como consecuencia de esto, el dogma de la redención universal de Cristo (es decir, que Cristo ha redimido a todos los hombres del pecado original) enseñanza que es ciertamente bíblica, como puede verse en el pasaje de la Carta de San Pablo a los Romanos (5,12-21), y otros lugares paralelos . El Papa Pío XII, en la encíclica Humani generis, se limitó a decir que “no se ve claro cómo tal sentencia pueda compaginarse con lo que las fuentes de la verdad revelada y los documentos del Magisterio de la Iglesia enseñan acerca del pecado original que procede del pecado verdaderamente cometido por un solo Adán y que, difundiéndose a todos los hombres por la generación, es propio de cada uno de ellos” .

3. ¿Hay verdaderamente oposición?

a) La oposición con los sistemas extremos

Es evidente la oposición con los sistemas extremos, como son todos los evolucionismos que, además de los datos que aportan para formular sus teorías, añaden gratuitamente el presupuesto no científico sino infundado científica y filosóficamente de la no existencia (y por tanto, no intervención) de un Poder sobrenatural. No hace falta añadir mucho más. Esta posición, sin embargo, cae por sí sola, si tenemos en cuenta lo ya dicho al hablar de la existencia de Dios y de la existencia del alma. Si te roban estas dos verdades (Dios y el alma espiritual), como consecuencia te robarán también la verdad de tu dignidad, reduciéndote a un poco de materia evolucionada “milagrosamente” (porque no te quepa duda: los evolucionistas ateos creen en los milagros; al menos creen en este singular y asombroso milagro que de la nada sale algo y del algo material sale la vida, y de la vida biológica sale el espíritu; falta probarlo, pero sin duda, al primero que lo demuestre lo canonizarán inmediatamente).

b) La posible armonización con los sistemas moderados

Los sistemas evolucionistas moderados necesitan también ser demostrados, lo cual, estamos todavía lejos de alcanzarlo. De todos modos, tienen a su favor un conjunto de datos más o menos ciertos, pero unificados en teorías difíciles de demostrar y con la oposición de otras teorías dentro del mismo ámbito científico. Al menos tienen el mérito de no pretender salirse de los confines que le prescribe el objeto y el método de su especialidad; por eso no saltan de datos geológicos, biológicos, o arqueológicos a conclusiones metafísicas. En este sentido, son hipótesis de trabajo, y merecen ser consideradas por la filosofía y la teología, siempre y cuando se las tome respetando su estado científico (por tanto, que se consideren como hipótesis y no se contemplen como algo ya comprobado).
Téngase en cuenta que, por la naturaleza de este libro, no es mi propósito discutir de modo directo ninguna de las teorías o hipótesis, sino tomar en cuenta aquellas con las que desde el punto de vista científico puede dialogarse o discutirse y ver si realmente ponen en tela de juicio la fe católica (como pretenden muchos pseudo científicos y muchos de sus voceros universitarios y secundarios). De todos modos, aunque sólo sea de paso, quiero indicar aquí que, según algunos autores, estamos en un momento histórico de posible transición en cuanto al valor de algunas teorías científicas, particularmente aquellas referidas al origen de la vida y del hombre. Es lo que algunos, como Carlos Javier Alonso, llaman “crisis del paradigma darwinista” ; si bien no significa esto que quienes ponen en crisis este “modelo de explicación” salgan del esquema de pensamiento evolucionista (pues se ubican en otras escuelas evolucionistas como los diversos neodarwinismos), sin embargo, demuestran la debilidad de las teorías. “Hoy por hoy, no existe propiamente una teoría científica aceptable sobre el origen de la vida, sino más bien una serie de conjeturas altamente especulativas. Todos los conocimientos biogenéticos se hallan lastrados de hipótesis sin suficiente fundamento, y actualmente nada hay sobre el origen de la vida que no sean aserciones injustificadas o suposiciones aventuradas sobre las que ni siquiera podemos evaluar su grado de verosimilitud”, sostiene Alonso. Y respecto de la cuestión de la evolución humana (antropogénesis) “existen demasiados problemas sin resolver y faltan numerosas evidencias por revelar para poder afirmar –como han hecho algunos destacados neodarwinistas– que la búsqueda de los orígenes humanos ha concluido con éxito. Los especialistas no sólo no tienen un número suficiente de fósiles bien diferenciados con los que trabajar, sino que tampoco se ponen de acuerdo en cómo clasificar los pocos tipos de fósiles de que disponen. El origen de los homínidos es todavía un enigma científico cuya elucidación precisa constituye una aventura fascinante. La búsqueda debe continuar, aunque a la vista de los precedentes eslabones perdidos nunca verificados y la tentación consiguiente de suplir la falta de evidencias con generalizaciones, la mejor política en un área tan sensible como la de los orígenes humanos debería ser la de la cautela y la moderación” . Si todo esto se tiene en cuenta, se comprenderá que no estamos aceptando ninguna hipótesis –o teoría, si se quiere– evolucionista sino analizando, sin perder de vista su carácter hipotético, la posible dificultad para la fe.

Si tomamos en consideración las teorías sobre el origen del universo y su evolución, ya sea la del big bang o cualquier otra, hay que decir que son teorías sobre el origen del desarrollo del universo, no sobre el por qué el universo de hecho tiene este comienzo o cualquier otro. No excluye de ninguna manera la causalidad por parte de Dios, ya sea que haya comenzado por una “gran explosión” de un “núcleo primordial”, como supuso Georges Lemaître, y admiten hoy en día la mayoría de los científicos o cualquier otra explicación. El universo es (existe), en lugar de no ser (no-existir); ese es el tema; la ciencia puede intentar explicaciones sobre el cómo ha sido ese principio, pero no puede explicar el por qué ha sido en lugar de no haber sido.
No está demás recordar, para ver hasta qué punto no hay oposición entre las teorías del origen del universo (al menos, las que lo conciben como un universo en expansión) que Georges Lemaître, uno de los fundadores de la teoría de la gran explosión, fue un sacerdote belga (1894-1966). El término “big bang” fue acuñado por el astrónomo británico Fred Hoyle (partidario, por razones filosóficas, de un universo eterno), con sentido irónico y burlón para ridiculizar las ideas desarrolladas por Lemaître, pensando que éste pretendía con su teoría justificar científicamente la creación bíblica del mundo. Sin embargo, las convicciones científicas de Lemaître, se fundaban no en su fe (siempre supo evitar toda confusión entre ciencia y creencia), sino en argumentos matemáticos y físicos de sólida base .

En cuanto a la evolución de nuestro planeta, los científicos distinguen en él dos momentos claramente diferenciados; el primero es la era abiótica (a-bios: sin vida); el segundo la era biótica (a partir del origen de la vida). Esta segunda es dividida generalmente en varios lapsos de tiempo: la era primaria (períodos cámbrico, silúrico, devónico, carbonífero, pérmico), la era secundaria (triásico, jurásico, cretáceo), la era terciaria (eocénico, oligocénico, miocénico, pliocénico) y la era cuaternaria (períodos diluvial y aluvial). En esta era se coloca la aparición del hombre.
Ha habido, a lo largo de la historia del cristianismo, diversos intentos de conciliar estos períodos (según la ciencia los iba determinando) con los relatos bíblicos; aparecieron así sistemas conciliatorios que se dividen en tres grupos: los sistemas históricos o concordistas (quieren concordar la narración bíblica con el orden objetivo de las cosas tal como pretende establecerlo la ciencia), los sistemas alegóricos (representados, por ejemplo, por San Agustín; pretenden que el relato bíblico no es un relato histórico sino que es el modo en que el autor inspirado tuvo conocimiento de los hechos o bien son una descripción alegórica de estos hechos), y los sistemas histórico-alegóricos (que sostienen que el relato contiene la verdad objetiva, pero reconocen cierto artificio literario en la narración). Es claro que todos los sistemas concordistas (muy en boga en los siglos XIX y principios del XX) caen en exposiciones artificiosas y no tienen en cuenta que el relato bíblico no es una exposición científica; el problema de los sistemas alegoristas –aunque hayan sido expuestos por algunos Padres de la Iglesia– es que no salvan con suficiente seguridad el carácter histórico de los primeros capítulos del Génesis (aunque no lo nieguen); lo más adecuado será, pues, sostener que la correcta interpretación deberá tomar el relato como en parte histórico y en parte alegórico. Creo que a pesar del tiempo transcurrido se puede tomar como línea fundamental de interpretación cuanto indicaba el P. Prado en su exposición al Antiguo Testamento, distinguiendo entre los elementos claramente históricos y doctrinales y los elementos pertenecientes a la forma literaria :

1º A la historia y doctrina pertenecen, entre otras cosas:
a. la creación de todas las cosas, hecha por Dios en el principio del tiempo;
b. la bondad de todas las obras de Dios en cuanto responden a la idea y voluntad divinas;
c. cierta gradación y sucesión en la producción de las cosas, comenzando en la creación de los primeros elementos y terminando con la formación del hombre;
d. la creación totalmente peculiar del hombre, a imagen de Dios (lo que implica necesariamente la creación de un elemento espiritual);
2º A la forma literaria pueden reducirse:
a. las imágenes antropomórficas que representan a Dios hablando o trabajando;
b. la descripción del cielo, mar, lluvia, plantas y animales, donde se usan no descripciones científicas, sino las apariencias, las ideas de la época y el modo de hablar de aquel tiempo;
c. el orden de la narración (al modo de una semana); etc.

Es claro que si distinguimos de esta manera, no hay problema para armonizar el relato bíblico con los datos que maneja la ciencia (siempre y cuando ésta se mantenga en sus límites). Por tanto, cuando se nos pregunta si las descripciones que hace la ciencia del origen y evolución de nuestro planeta y de las etapas del desarrollo de la vida en él (fósiles prehistóricos; desplazamiento de continentes, cataclismos remotos, etc.) se pueden tomar como objeciones a la veracidad del relato bíblico o de la fe judeo-cristiana, hay que responder que no existe tal dificultad. Puede resultar interesante sobre este tema la lectura del trabajo de Mariano Delgado (Doctor en Biología y en Teología), Concordancia del Génesis con la ciencia moderna. Adán Eva y el hombre prehistórico .

Otro tanto puede decirse respecto del origen del hombre. Ya hemos indicado que los datos bíblicos sobre el origen del hombre que no pueden ponerse en duda desde el punto de vista de la fe se pueden reducir a los siguientes: la creación singular del hombre, la diferencia esencial con todos los demás seres vivientes (por tanto, la creación de su alma espiritual e inmortal), yo me inclino a pensar que también la unidad del género humano pertenece a estos datos de fe (monogenismo; pues, si bien hay teólogos que dicen que el poligenismo no ofrece dificultades para entender el dogma del pecado original y de la redención universal hecha por Cristo, sinceramente no llego a ver esa “ausencia de dificultades”) y los datos referentes al pecado original.
Respecto de estos datos no hay verdaderas objeciones por parte de una posible evolución de alguna especie animal hasta llegar al hombre, ni menos todavía por parte de la existencia de las diversas razas en que se divide hoy la humanidad.
Comencemos por este último tema. Las diferentes razas humanas han sido el pretexto para que algunos escritores negasen en algún momento la unidad de la especie humana (especialmente para defender el poligenismo). Las principales razas humanas son tres: la blanca o caucásica, la amarilla o mongólica y la negra o etiópica; tienen ciertamente características diversas en cuanto a la pigmentación y rasgos físicos (principalmente faciales). En realidad estas tres son sólo razas principales, pero si se quiere ser preciso habría que señalar también las numerosas subrazas en que éstas se subdividen. En realidad, estas diferencias no son diferencias suficientes para defender el poligenismo, porque: (1º) la coloración de la piel es un fenómeno de poca importancia fisiológica, producido fácilmente por la influencia del medio y del régimen alimenticio, y de ningún valor específico; (2º) el cabello –que según Haeckel diferencia las especies humanas– carecen totalmente de valor, siendo tan mudables hasta el punto de que en el mismo individuo pueden cambiar de forma y color fácilmente, y presenta variaciones mucho menos profundas que el pelaje de los animales clasificados en la misma especie; (3º) las diferencias anatómicas no son tan exclusivas de una raza que no se encuentren en individuos de otras; igualmente vemos mucho más pronunciados los caracteres anatómicos en individuos animales de la misma raza; (4º) las diferencias intelectuales no son exclusivas de las razas, sino que depende fundamentalmente de los individuos (hay coeficientes intelectualmente altos en todas las razas y bajos también en todas); (5º) menos todavía las diferencias lingüísticas pues incluso encontramos lenguas irreductibles entre sí entre individuos de una misma raza (como ocurre con algunas tribus negras del Sahara Oriental).
Por el contrario, entre las diversas razas lo que prevalece son las coincidencias fundamentales: la misma formación genética, al punto de que se encuentra el mismo DNA mitocondrial –que se transmite exclusivamente por vía materna– en todas las mujeres de todas las razas humanas, lo que ha llevado a algunos científicos a postular la existencia de una misma madre original (la Eva mitocondrial), tema, de todos modos, discutido por el momento. Además de esto son remarcables las semejanzas anatómicas, fisiológicas y psicológicas. Anatómicas en cuanto todas las razas presentan los mismos órganos, la misma estructura anatómica y la misma correlación de órganos. Fisiológicas porque idénticos en todas las razas son los fenómenos de la vida orgánica y sensitiva, mientras difieren notablemente en las razas animales; así se consideran como pertenecientes a una misma especie y descendientes de un tronco común los animales que al unirse engendran productos dotados de una fecundidad continua; al contrario, se consideran pertenecientes a diferentes especies aquellos animales cuyo ayuntamiento es estéril o cuyos productos son infecundos; ahora bien, desde tiempo inmemorial las razas humanas se han entrecruzado engendrando generaciones y generaciones de individuos sanamente fecundos. Psicológicas porque si bien hay diversidades psicológicas accidentales entre las razas (unos más secos y reservados, otros más locuaces y abiertos; unos más crédulos y supersticiosos, otros más escépticos) y entre los individuos de la misma raza, sin embargo, todos los hombres sanos, sea cualquiera su raza, poseen lenguaje articulado, tienen nociones del bien y del mal, son por naturaleza religiosos, progresan en todos los órdenes, son industriosos, etc.
Basta con esto para ver que no es ésta una dificultad para sostener la unidad del género humano sino todo lo contrario. Dejemos a la discusión de los más peritos las teorías sobre cómo se fueron diferenciando las razas y qué factores influyeron en este proceso.

Podría mencionarse aquí otro tema que en cierta manera se relaciona con el nuestro. ¿Podría haber existido antes de nuestros primeros padres otra humanidad ya desaparecida en el tiempo de la creación de Adán? Algunos lo postularon en el pasado con la doctrina del preadamismo (sostenida por Isaac de la Peyrère en 1655); esta teoría sin embargo no hablaba de la extinción de los preadamitas sino que sostenía que de ellos descenderían los paganos, mientras que de Adán sólo los judíos (evidentemente Isaac de la Peyrère era judío); la teoría cayó dos años después con la conversión de su autor. Los enciclopedistas del siglo XVIII la repitieron. Tal vez alguien la proponga para explicar algunos de los hallazgos arqueológicos de individuos que no parecen encuadrar completamente en la especie humana (homo sapiens). Digamos que no tenemos datos para sostenerla bíblicamente, pero tampoco habría dificultades para aceptarla (salvo el que debe ser probada y no sólo presentada a modo de hipótesis) mientras se sostenga o bien que estas razas sub-humanas o pre-humanas o para-humanas o incluso humanas pero anteriores a Adán, desaparecieron antes de la creación de Adán, o subsistieron junto a la raza humana sin mezclarse con ella y perecieron después. Esto es puramente hipotético, pero no toca lo esencial del dogma: la creación de la raza humana por intervención divina y la unicidad de ésta (por los motivos ya dichos).
En cuanto a una posible evolución animal que habría terminado en el hombre actual hay que decir que en sí no hay estricto choque con la enseñanza de la fe cristiana mientras se acepte la dirección providencial sobre esta evolución y la creación, en un momento dado, del alma humana espiritual y su infusión –en este caso– en el individuo que comenzaría la raza estrictamente humana.
Sobre esto vuelvo al artículo más arriba citado de M. Artigas: “En 1950, en la encíclica Humani generis, el Papa Pío XII declaró que: ‘el Magisterio de la Iglesia no prohíbe que, según el estado actual de las disciplinas humanas y de la sagrada teología, se investigue y discuta por los expertos en ambos campos la doctrina del evolucionismo, en cuanto busca el origen del cuerpo humano a partir de una materia viviente preexistente ya que la fe católica nos manda mantener que las almas son creadas directamente por Dios’ (...) En un discurso de 1985, dirigido a los participantes en un simposio sobre fe cristiana y evolución, el Papa Juan Pablo II recordaba textualmente la enseñanza de Pío XII, afirmando que: ‘en base a estas consideraciones de mi predecesor, no existen obstáculos entre la teoría de la evolución y la fe en la creación, si se las entiende correctamente’ (...) Queda claro que ‘entender correctamente’ significa admitir que las dimensiones espirituales de la persona humana exigen una intervención especial por parte de Dios, una creación inmediata del alma espiritual; pero se trata de unas dimensiones y de una acción que, por principio, caen fuera del objeto directo de la ciencia natural y no la contradicen en modo alguno. Teniendo en cuenta las precisiones anteriormente señaladas y remitiendo de nuevo a la enseñanza de Pío XII, Juan Pablo II enseñaba en su catequesis, en 1986: ‘Por tanto, se puede decir que, desde el punto de vista de la doctrina de la fe, no se ven dificultades para explicar el origen del hombre, en cuanto cuerpo, mediante la hipótesis del evolucionismo. Es preciso, sin embargo, añadir que la hipótesis propone solamente una probabilidad, no una certeza científica. En cambio, la doctrina de la fe afirma de modo invariable que el alma espiritual del hombre es creada directamente por Dios. O sea, es posible, según la hipótesis mencionada, que el cuerpo humano, siguiendo el orden impreso por el Creador en las energías de la vida, haya sido preparado gradualmente en las formas de seres vivientes antecedentes. Pero el alma humana, de la cual depende en definitiva la humanidad del hombre, siendo espiritual, no puede haber emergido de la materia’ . En 1996, Juan Pablo II dirigió un mensaje a la Academia Pontificia de Ciencias, reunida en asamblea plenaria. De nuevo aludía a la enseñanza de Pío XII sobre el evolucionismo, diciendo que: ‘Teniendo en cuenta el estado de las investigaciones científicas de esa época y también las exigencias propias de la teología, la encíclica Humani generis consideraba la doctrina del evolucionismo como una hipótesis seria, digna de una investigación y de una reflexión profundas, al igual que la hipótesis opuesta’ . Y poco después añadía unas reflexiones que tienen gran interés, porque se hacen eco del progreso de la ciencia en el ámbito de la evolución en los tiempos recientes: ‘Hoy, casi medio siglo después de la publicación de la encíclica, nuevos conocimientos llevan a pensar que la teoría de la evolución es más que una hipótesis. En efecto, es notable que esta teoría se haya impuesto paulatinamente al espíritu de los investigadores, a causa de una serie de descubrimientos hechos en diversas disciplinas del saber. La convergencia, de ningún modo buscada o provocada, de los resultados de trabajos realizados independientemente unos de otros, constituye de suyo un argumento significativo en favor de esta teoría’ . Estas palabras no deberían interpretarse como una aceptación acrítica de cualquier teoría de la evolución. En efecto, inmediatamente después de esas palabras, Juan Pablo II añade reflexiones importantes acerca del alcance de las teorías evolucionistas, de sus diferentes variantes, y de las filosofías que pueden estar implícitas en ellas. Especialmente interesantes son las amplias reflexiones que el Papa dedica a las ideas evolucionistas aplicadas al ser humano. Incluso podría decirse que ése es el núcleo de este documento del Papa (...)En este contexto, recuerda literalmente las palabras de Pío XII en la encíclica Humani generis, según las cuales el alma espiritual humana es creada inmediatamente por Dios. Y extrae la siguiente consecuencia: ‘En consecuencia, las teorías de la evolución que, en función de las filosofías en las que se inspiran, consideran que el espíritu surge de las fuerzas de la materia viva o que se trata de un simple epifenómeno de esta materia, son incompatibles con la verdad sobre el hombre. Por otra parte, esas teorías son incapaces de fundar la dignidad de la persona’ (...) Juan Pablo II afirma que nos encontramos, en el ser humano, ante ‘una diferencia de orden ontológico, ante un salto ontológico’, y se pregunta si esa discontinuidad ontológica no contradice la continuidad física supuesta por la evolución. Su respuesta es que la ciencia y la metafísica utilizan dos perspectivas diferentes, y que la experiencia del nivel metafísico pone de manifiesto la existencia de dimensiones que se sitúan en un nivel ontológicamente superior, tales como la autoconciencia, la conciencia moral, la libertad, la experiencia estética y la experiencia religiosa. Añade, por fin, que a todo ello la teología añade el sentido último de la vida humana según los designios del Creador ” .

4. A modo de visión conclusiva

“...La actividad científica supone que existe un orden natural –dice Artigas, de quien transcribo todo este párrafo–. La ciencia experimental busca conocer ese orden, y cualquiera de sus logros es una manifestación particular del orden natural. Puede decirse de modo gráfico que a más ciencia, más orden: cuanto más progresa la ciencia, mejor conocemos el orden que existe en la naturaleza, aunque obviamente lo conocemos a nuestro modo, a través de representaciones que no siempre son simples fotografías de la realidad (...) Cuando reflexionamos sobre esta cosmovisión actual, que se encuentra penetrada de sutileza y de racionalidad, resulta inverosímil reducir la naturaleza al resultado de la actividad de fuerzas ciegas y casuales. Es mucho más lógico admitir que la racionalidad de la naturaleza refleja la acción de un Dios personal que la ha creado, imprimiendo en ella unas tendencias que explican la prodigiosa capacidad de formar sucesivas organizaciones, enormemente complejas y sofisticadas, en diferentes niveles, hasta llegar a la complejidad necesaria para que pueda existir el ser humano.
No me resisto a comentar aquí una especie de definición de la naturaleza propuesta por Tomás de Aquino, y que me parece más completa y profunda que las definiciones usuales. Al final de uno de sus comentarios a la Física de Aristóteles, Tomás de Aquino va mucho más allá que su maestro y escribe: ‘La naturaleza no es otra cosa sino el plan de un cierto arte, concretamente un arte divino, inscrito en las cosas, por el cual esas cosas se mueven hacia un fin determinado: como si quien construye un barco pudiese dar a las piezas de madera que pudieran moverse por sí mismas para producir la forma del barco’ .
La comparación es mucho más actual ahora que en el siglo XIII: entonces no pasaba de ser una simple comparación, mientras que ahora podría ser la pura realidad. Contemplada bajo la perspectiva teísta, la naturaleza no pierde nada de lo que le es propio; al contrario, su dinamismo y sus potencialidades aparecen asentadas en un fundamento radical, que no es otro que la acción divina, que explica su existencia y sus notables propiedades. Toda la naturaleza aparece como el despliegue de la sabiduría y del poder divino que dirige el curso de los acontecimientos de acuerdo con sus planes, no sólo respetando la naturaleza, sino dándole el ser y haciendo posible que posea las características que le son propias. Dios es a la vez trascendente a la naturaleza, porque es distinto de ella y le da el ser, e inmanente a la naturaleza, porque su acción se extiende a todo lo que la naturaleza es, a lo más íntimo de su ser.
Esta perspectiva muestra que las presuntas oposiciones entre evolución y acción divina carecen de base. El naturalismo pretende desalojar a Dios del mundo en nombre de la ciencia, pero para ello debe cerrar los ojos a las dimensiones reales de la empresa científica. Puede hablarse de un ‘naturalismo integral’ que, en la línea de las reflexiones anteriores, contempla a la ciencia natural juntamente con sus supuestos y sus implicaciones, cuyo análisis conduce a las puertas de la metafísica y de la teología.
Muchos científicos de primera línea admiten que la evolución y la acción divina son compatibles. Por ejemplo, Francisco J. Ayala, uno de los principales representantes del neodarwinismo en la actualidad, ha escrito que la creación a partir de la nada ‘es una noción que, por su propia naturaleza, queda y siempre quedará fuera del ámbito de la ciencia’ y que ‘otras nociones que están fuera del ámbito de la ciencia son la existencia de Dios y de los espíritus, y cualquier actividad o proceso definido como estrictamente inmaterial’ . En efecto, para que algo pueda ser estudiado por las ciencias, debe incluir dimensiones materiales, que puedan someterse a experimentos controlables: y esto no sucede con el espíritu, ni con Dios, ni con la acción de Dios. Por otra parte, Ayala recoge la opinión de los teólogos según los cuales ‘la existencia y la creación divinas son compatibles con la evolución y otros procesos naturales. La solución reside en aceptar la idea de que Dios opera a través de causas intermedias: que una persona sea una criatura divina no es incompatible con la noción de que haya sido concebida en el seno de la madre y que se mantenga y crezca por medio de alimentos... La evolución también puede ser considerada como un proceso natural a través del cual Dios trae las especies vivientes a la existencia de acuerdo con su plan’ (...)
La doctrina católica afirma que todo depende de Dios, y que ‘la creación tiene su bondad y su perfección propias, pero no salió plenamente acabada de las manos del Creador. Fue creada en estado de vía (in statu viae) hacia una perfección última todavía por alcanzar, a la que Dios la destinó. Llamamos divina providencia a las disposiciones por las que Dios conduce la obra de la creación hacia esta perfección. Dios guarda y gobierna por su providencia todo lo que creó, alcanzando con fuerza de un extremo al otro del mundo y disponiendo todo con dulzura (Sb 8, 1). Porque todo está desnudo y patente a sus ojos (Hb 4. 13), incluso lo que la acción libre de las criaturas producirá’ . En esta perspectiva, se habla de Dios como Causa Primera del ser de todo lo que existe, y de las criaturas como causas segundas cuya existencia y actividad siempre supone la acción divina: ‘Es una verdad inseparable de la fe en Dios Creador: Dios actúa en las obras de sus criaturas. Es la causa primera que opera en y por las causas segundas (...) Esta verdad, lejos de disminuir la dignidad de la criatura, la realza’ . No es que Dios sea simplemente la primera entre una serie de causas del mismo tipo: su acción es el fundamento de la actividad de las criaturas, que no podrían existir ni actuar sin el permanente influjo de esa acción divina.
La existencia de Dios y su acción en la naturaleza serían, según el naturalismo, innecesarias. La naturaleza, incluido el hombre, sería el resultado de fuerzas ciegas. El darwinismo suele ser utilizado en este contexto para afirmar que Darwin ha hecho posible ser ateo de modo intelectualmente legítimo, porque el darwinismo mostraría que no es necesario admitir la acción divina para explicar el orden que existe en el mundo . Se dice también que el darwinismo permitiría mostrar que debe desecharse la jerarquía de ideas que coloca a Dios en la cumbre e interpreta todo a partir de Dios: la explicación darwinista proporcionaría una especie de algoritmo general que explicaría, de modo ventajoso, lo que anteriormente se pretendía explicar recurriendo a la acción divina .
Estas doctrinas naturalistas suelen incurrir en un error filosófico básico: concretamente, suelen dar por supuesto que la acci&oac

 





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