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A Don Carlos Abascal
Gracias por la enseñanza del honor y la nobleza de tu alma grande. Por dejarnos aprender que el verdadero hombre, sólo dobla la rodilla delante de su Dios


Por: René Mondragón | Fuente: Yo influyo.com



Tenía que ser así, porque así eras tú.

Siempre fiel a cada compromiso, a tu cita con el buen Dios acudiste con esa puntualidad tan tuya siempre. No podía ser de otra forma, cuando se acepta a la congruencia como virtud del caballero cristiano de nuestro tiempo, y cuando es el honor la norma de conducta diaria.

No sé a cuantos jóvenes formaste. Fuimos muchos los que leíamos tus obras, tus traducciones, tus estudios e investigaciones. En todos nosotros dejaste una huella tan formidable como imperecedera. Nos cambiaste la vida.

Muchos otros aprendimos a debatir con la fuerza de los ideales y las convicciones arraigadas, porque tu pedagogía de vida era nuestra mejor enseñanza.

Tú, amigo Carlos, fuiste de aquellos que como decía Bernardo Monsegú, siempre preferían el palpitar al calcular; de los que mueren porque no mueren; de los que siempre evidenciaron sus ansias de eternidad. Creo que por eso la tierra ya te resultaba poca cosa. Necesitabas estar con Él; y Él -así te lo demostró toda la vida- quiso también necesitarte un poco. Por eso te llamó en tiempo y forma.

¡Claro que duele el hecho de no tenerte cerca! No será fácil dejar de escuchar tus consejos, tu palabra prudente; ni dejar de compartir contigo la agudeza y audacia de una visión de largo alcance como la que Dios te regaló.

Cuando estabas entre nosotros, tu sola presencia hacía que viéramos las cosas de un modo diferente. Ahora, será tu recuerdo lo que nos impulse a continuar luchando, por Dios y por la Patria, igual que lo hizo tu padre en su momento. ¿Sería por eso, el especial fervor que ponías en tu oración a los pies de la Morenita del Tepeyac durante la festividad de Tomás Moro?

Nos llamaba la atención que llegaras a la Basílica de Guadalupe, sin el boato ni la parafernalia de los funcionarios de alto rango. Te postrabas a los pies de María, tal y como cualquier otro de sus hijos. Nada más, pero nada menos. Sabías que al salir de ahí, te esperarían los anatemas de los jacobinos y las acusaciones incendiarias de los intolerantes. Pareciera que nos decías “no tengan miedo, porque el cielo es de los que lo arrebatan”.

Amigo Carlos, déjame decirte algo: ¡no creo en la resignación cuando un amigo como tú se va! Considero que ese espíritu de “conformidad adolorida” puede quedarse, con aquellos que aseguran que la muerte es el final de todo; que ahí termina todo y que no hay más nada qué hacer.

Para quienes tenemos el privilegio de la fe y creemos que el hecho de morir es la bienvenida a la cercanía con Dios; a Su visión beatífica y a Su amistad en la gloria eterna; es una mixtura con la alegría; un encuentro con la esperanza de saber que estás ahí, con Él; mejor que antes y mejor que siempre. Es saber que Dios siempre se lleva a los mejores. De eso se trata cuando sobrenaturalizamos las cosas.

Me parece que no es tardío, sino oportuno, darte las gracias amigo mío.

Gracias por enseñarnos a vivir la vida con una perspectiva trascendente, dándole el valor divino a lo humano.

Gracias, Carlos, por la pedagogía del Servicio que nos enseñaste, con tu ejemplo a tiempo y a destiempo; en especial, cuando nos mostraste que el poder carece de sentido, si no logramos entender que viene de lo Alto.

Gracias por tu congruencia y tu tozuda hidalguía en nuestra lucha a favor de la vida, de la libertad, de los valores superiores que poco a poco han venido transformando nuestra querida Patria.

Gracias por la enseñanza del honor y la nobleza de tu alma grande. Por dejarnos aprender que el verdadero hombre, sólo dobla la rodilla delante de su Dios.

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