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La que quiso ser feliz lejos de Dios
Dios y Personajes Biblia

No podemos construir la felicidad lejos de Dios, sino a su lado


Por: P. Juan J. Ferrán | Fuente: Catholic.net





Encontramos esta figura del Evangelio en Jn 8, 1-11.

Jesús es acechado permanentemente por los fariseos, personajes turbios del evangelio, que se creían justos ante Dios y condenaban fuertemente el mal en los demás hasta el punto de dar gracias a Dios porque no eran como los demás hombres. En este relato, con el fin de poner a Cristo a prueba le llevan a una mujer sorprendida en adulterio. Según la ley aquella mujer tenía que morir. Y para tentarle, le preguntan a Jesús qué piensa él al respecto. Y Jesús no responde nada al principio, sino que se puso a escribir en el suelo. Ante la insistencia, les responde que tire la primera piedra aquel que esté sin pecado y volvió a escribir en el suelo. Los acusadores se empiezan a retirar hasta quedar solo Jesús con la mujer. Finalmente aquel diálogo sencillo y maravilloso: "Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado? Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más".

Ejemplo claro de lo que es una vida que quiere afirmarse y ser feliz lejos de Dios es esta mujer, sorprendida en flagrante adulterio, a quien todos llamamos "la adúltera". Tal vez por falta de formación o por otras razones, aquella mujer llevaba una vida desordenada, o bien porque estaba casada y se relacionaba con otro hombre o bien porque se relacionaba con un hombre casado. Sin duda, quería ser feliz, o porque no le funcionaba bien su matrimonio o bien porque se aprovechaba de los incautos para obtener sus favores. Simplemente al margen de todo era una pecadora.

Siempre detrás del pecado hay en el ser humano una profunda mentira: el construir la felicidad lejos de Dios, no a su lado. No acabamos de entender que cuanto más lejos estamos de Dios más difícil es tener paz y vivir felices. Esta mujer así lo entendió y las consecuencias llegaron a su vida. Según la ley judía tenía ella y su compañero que haber muerto lapidados. Sin llegar a tanto, el pecado no puede menos que proporcionar al pecador tristeza, amargura, desencanto, a pesar de que en un primer momento el pecado "sepa bien". Es como todo aquello que en el paladar es rico, pero después produce dolor y sufrimiento.

La adúltera es acusada de su pecado por hombres tan pecadores como ella ante la misma Inocencia, frente a Aquél que fue igual que nosotros, a excepción del pecado. Y Jesús que la va a defender, no justifica su pecado ni le resta importancia. Lo que hace es más bien reorientar su camino con aquellas palabras: "Vete, y en adelante no peques más". No vale la pena el pecado. "Es mejor un día en tus atrios que mil lejos de ti". Para San Pablo la vida es basura con tal de alcanzar a Cristo. Los santos han visto el cielo abierto y han dado su vida a pesar de que podían salvarla. Es la lucha pluri-secular entre el bien y el mal en el hombre.

Seguramente la Adúltera, cuando se vio acusada por aquellos hombres, pensó que todo había llegado a su fin y se lamentaría de haber sido tan frívola, tan tonta, tan corta de miras. Afortunadamente se encontró no con el tribunal frío de los fariseos, sino con el amor de Cristo. Y fue precisamente aquel amor el que la salvó. Fue aquel amor quien le abrió otras puertas, otros rumbos, otras perspectivas. De repente se dio cuenta de que la felicidad que buscaba estaba más en Dios que en otras cosas. De repente entendió cómo había vivido equivocada. De repente vio una nueva luz para su vida. Al lado de Dios siempre tendría paz y gozo.

Curiosamente un pecado tan llamativo como el adulterio, tan reprobable para muchas conciencias, un pecado de "comisión", permite a Jesús introducirnos sin más en el pecado de los buenos, en el pecado de omisión. Antes y después de decir que tirara la primera piedra el que estuviera sin pecado, Jesús escribía en el suelo. ¿Qué escribía? Algo terrible debió ser, porque cuando dijo aquellas palabras, mirando a la conciencia de aquellos hombres, no tuvieron más remedio que irse, empezando por los más viejos. Se dieron cuenta de que Cristo leía sus pensamientos, de que los conocía mejor que ellos a sí mismos, que había otros pecados que, no por no ser cometidos, son menos graves.

En la vida de cualquier cristiano se da desgraciadamente un pecado que ante los ojos de Dios tiene una gravedad muy especial y que es el pecado de omisión. No se trata esta realidad de un pecado que se mide por sus hechos, sino por sus consecuencias. Se trata de un pecado, tal vez que pasa desapercibido ante los ojos de los demás, pero no ante los de Dios que escruta los corazones y sabe cuál es el grado de santidad al que ha llamado a cada uno. Tendríamos todos que ser menos hipócritas al censurar a los demás y asomarnos un poco más al interior de nuestro corazón, para constatar si este pecado no vive dentro de nosotros con toda tranquilidad a pesar de ser tan horrible.

Aquellos hombres condenaban a una pobre mujer y con toda razón, pero no se daban cuenta de que su corazón estaba podrido por entero. ¿Quién era ella y quiénes eran ellos? Ella tal vez una mujer que se había echado en brazos del pecado castigada por sus pasiones, y ellos hombres de bien pero que omitían el verdadero bien. Ella tal vez una mujer frívola e inconsciente, pero ellos eran hombres sabios y conocedores de la ley. Ella tal vez una mujer acosada por la desesperación y ellos hombres que sabían guardar las apariencias para impresionar a los demás. Ella encontró, por ello, en Cristo el perdón y el aliento para abandonar aquella vida, y ellos, en cambio, se fueron corriendo de aquel lugar.

Es importante meterse dentro del propio corazón con la verdad en la mano para preguntarse si le estamos o no dando a Dios todo lo que él espera de nosotros, no siendo que tal vez nos estemos escondiendo detrás de muchos sofismas para dejar de realizar aquello que Dios nos ha confiado. El drama del mundo cristiano no radica en el mal que se hace, sino en el bien que se deja de hacer. Hay muchos cristianos cómodos, pasotas, acostumbrados sólo a evitar el mal, sin ver la gran fuerza del cristianismo que los convierte en luz y sal de la tierra. Recapacitemos para que Cristo no escriba en el suelo ciertas cosas.

Pidamósle a Dios que nos haga comprender, como Él comprende, el pecado con el fin de odiarlo, de vivir lejos de él, de no vivir nunca en sus garras. Escuchemos la invitación de Cristo a no caer en él: "Vete y no peques más".



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