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Las pedradas de un chiquillo
Dios y Personajes Biblia

En el cielo, hay alguien mucho más grande que nosotros, más que nuestros problemas, más poderoso que nuestros "Goliats".


Por: H. Vicente David Yanes | Fuente: Catholic.net





Podríamos decir que las pedradas cambian el curso de la historia.. Incluso hay pedradas que han rodeado de éxito y laureado las sienes de sus ejecutores. Tal es el caso de un chiquillo "bíblico", de profesión pastor y de nombre David. Mucho tiempo nos separa de tan singular personaje. Sin embargo, en su niñez fue muy parecido a nuestros niños: se la pasaba fuera y tardaba mucho en sentarse a comer. Incluso el mismo día en que el profeta Samuel lo buscaba para ungirle, el muchacho llegó tarde pues estaba pastoreando según su costumbre (1 S 16, 1-13).

Pero vamos a las pedradas (1 S 17 ). El pueblo de los revoltosos y aguerridos filisteos declaró la guerra al pueblo de Israel. Al frente de los filisteos estaba un hombrón (es decir, todos le llegaban al hombro) tan fuerte como orgulloso. En pocas palabras dijo que él solo bastaba y sobraba para el encuentro, que designaran a uno que luchara contra él un “mano a mano”. Se jugaban el todo por el todo, pues el pueblo del luchador que muriese sería esclavo del otro.

En una ocasión, David fue enviado por su padre al campamento para llevar provisiones a sus tres hermanos mayores. Fue ahí donde pudo escuchar el reto que hacía Goliat, quien ya llevaba cuarenta días ofreciéndose para el duelo pero continuaba sin conseguir pareja. Mientras todos los hombres huían como ratas ante la sombra del gigante, al pequeño David esas palabras airadas le sabían a blasfemia. “¿Cómo un pagano se atrevía a decir que podría derrotarse al pueblo elegido, al pueblo del Dios único, Yahveh? Ni pensarlo. Ese gorila filisteo necesita que le aclaren las ideas...”. Para el ardor juvenil no hay obstáculos imposibles. Diré aún más, para quien ama a Dios no hay enemigo insuperable. Porque David no confiaba el éxito a sus músculos (que eran de risa) sino a la compañía y fidelidad indefectible de su Señor. Con esa confianza se presentó a Saúl, rey de Israel.

Debido a la relevancia del evento revisten a David con la armadura del mismísimo rey (ya entonces se había inventado la publicidad), pero su delgado cuerpecillo nadaba en ese forraje de metal. Si se pone el casco no ve nada y no puede despegar la espada del suelo. Le faltaba masa para llenar un uniforme militar, pero le sobraba valentía temeraria: David salió al encuentro de Goliat como había venido. De camino tomó unas cuantos guijarros de río: ése era su secreto. Al verlo Goliat se sintió ofendido: “¿Acaso soy un perro, pues vienes contra mí con palos?”. “Tú vienes contra mí con espada, lanza y jabalina”, pero yo voy contra ti en nombre de Yahveh , Dios de los ejércitos de Israel”- respondió el atrevido pastorcito. Y sin decir “agua va”, cogió una de sus piedras, la puso en su honda y ¡zaz!, la incrustó en la frente de Goliat, que quedó como alcancía. Se desplomó dando un grito, que cesó cuando David le separó la cabeza del tronco con su misma espada. Todo con una simple pedrada: pobreza en los medios, pero una gran confianza en Dios que es lo que cuenta.

Surge la pregunta, ¿para qué puede servirme el ejemplo de un pastorcito que mata a un gigante lanzándole una pedrada? Es cierto que dicha situación fue única y podemos excluirla de nuestra lista de proyectos. No nos tocará enfrentarnos con un violento Goliat de carne y hueso, pero sí tenemos en nuestra vida esos “Goliats” que son nuestros compromisos académicos o laborales. Tareas y deberes, obligaciones y responsabilidades que nos superan, que nos hacen sentirnos pequeños e impotentes bajo su sombra. La gama es muy amplia y abarca desde un examen trimestral de Física cuántica o de Termodinámica hasta la cruz pesada de quien tiene la urgencia por llevar dinero a casa para tener algo que comer. Con esa pedrada David quiso enseñarnos que allá arriba, en el cielo hay alguien mucho más grande que nosotros, mucho más grande que nuestros problemas, mucho más poderoso que nuestros “Goliats”. ¿Por qué no pedirle su ayuda a Dios, que es nuestro Padre y que nos ama?

Años después cantaría en un salmo: “El Señor es mi fuerza, mi roca y salvación” (Salmo 61). Quizá en memoria de una célebre pedrada...
 





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