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A los hermanos migrantes y residentes en el extranjero
Mensaje al Pueblo de México y a los hermanos migrantes y residentes en el extranjero, CEM, 15 de noviembre de 2002


Por: + Luis Morales Reyes y + Abelardo Alvarado Alcántara | Fuente: Conferencia del Episcopado Mexicano



Perseveren en el amor fraterno. No descuiden la hospitalidad. Al practicarla, algunos hospedaron ángeles sin saberlo. (Hb. 13,1-2)

Cuando era forastero me acogieron. (Mt 25,36)

Introducción

1. Los Obispos de México reunidos en Asamblea Plenaria enviamos nuestro saludo al pueblo mexicano y a los millones de hermanos migrantes y residentes en los Estados Unidos de América. Dirigimos también nuestra palabra respetuosa a las autoridades de ambos países que comparten con nosotros la preocupación por el fenómeno migratorio.

2. Hemos dedicado las labores de nuestra LXXIV Asamblea al tema de las migraciones. En la reflexión nos acompañó un hermano Obispo de la Conferencia Episcopal Guatemalteca y otro de la de los Estados Unidos, además de representantes del Gobierno mexicano, algunos sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles laicos.

3. Motivados por el espíritu de solidaridad promovido por la exhortación apostólica Ecclesia in America del Papa Juan Pablo II, por primera ocasión los Obispos de los Estados Unidos y los de México, hemos coincidido en las labores de nuestras respectivas Asambleas, tratando de elaborar un documento conjunto que recoja la visión, retos y respuestas binacionales al fenómeno migratorio,

Lo que nos lastima

4. Las migraciones son connaturales al ser humano: así se pobló nuestro continente. En efecto, el nacimiento y crecimiento de nuestras naciones ha sido fruto de flujos migratorios heterogéneos y el intercambio de migrantes entre ambos pueblos es una constante de nuestra historia. Esto ha favorecido las relaciones e intercambios culturales y comerciales de los dos países; sin embargo, nos preocupa el hecho de que el fenómeno de las migraciones se haya incrementado hacia el interior y exterior del país, involucrando cada vez un mayor número de indígenas, mujeres y niños, que son el sector más vulnerable de la sociedad; nos preocupan sobre todo, las causas de este aumento desmedido, las condiciones en que se vive y el impacto que causa en los migrantes, en sus familias y en nuestros pueblos.

5. Lamentamos que las condiciones socioeconómicas del país, no favorezcan el amor y el arraigo a la propia tierra y alimenten en muchos mexicanos el espejismo del sueño americano. Esta escasez de oportunidades de desarrollo, es una de las más importantes causas generadoras de la migración en México. Creemos que este fenómeno no puede frenarse ni mitigarse sólo con leyes y medidas restrictivas que coartan el derecho que los migrantes tienen de buscar su propia manutención y la de su familia, y que por tanto, deben abordarse bilateralmente la pobreza y el desempleo que originan la migración forzada.

6. Reconocemos el derecho que tienen los Estados soberanos de proteger sus fronteras y el esfuerzo de las autoridades de los Estados Unidos al acoger a cientos de miles de mexicanos cada año; sin embargo, queremos señalar que cuando las leyes y políticas migratorias se vuelven rígidas e inflexibles, imposibilitan la migración legal y provocan la no legal, dando lugar a mafias sin escrúpulos que trafican con personas y lucran con su necesidad y su vida. Cuando se intensifican los operativos de vigilancia en las fronteras, éstas se convierten prácticamente en trampas donde mueren muchas personas.

7. Si la entrada ilícita a un territorio se cataloga como un delito, se ignora la dignidad y los derechos fundamentales de los migrantes indocumentados. Éstos, posiblemente infringen una norma, pero no son delincuentes y no es lícito tratarlos como tales y menos aprovecharse de su situación de desventaja para violar sus derechos humanos y laborales.

8. Después de los sucesos dolorosos del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington, es comprensible que las autoridades y el pueblo de los Estados Unidos de América experimenten una gran preocupación por la seguridad nacional. Esto, sin embargo, no es razón para etiquetar a todo migrante como presunto terrorista y mucho menos para que algunos ciudadanos por propia iniciativa se dediquen, bajo este pretexto, a la persecución y cacería de los mismos, como si se tratara de simples animales.

9. Por otra parte, con la migración se agudiza la desintegración familiar, pues la familia del migrante resulta profundamente afectada por las largas ausencias del padre, de la madre o de los familiares. Al no poder reunirse sus miembros en un tiempo relativamente corto -en virtud de los severos mecanismos de inmigración-, se fractura esta institución de manera grave y se impide el sano y armonioso desarrollo social. Consideramos urgente que se facilite el tránsito legal de los jornaleros temporales.

10. No hay que olvidar que los migrantes, además de su fuerza de trabajo, llevan consigo un bagaje cultural y religioso, capaz de enriquecer su lugar de destino; no obstante, al no encontrar el acompañamiento apropiado, corren el riesgo de perder estas raíces, que son las que alimentan fundamentalmente a la persona.

11. Los mexicanos que laboran en los Estados Unidos, por concepto de remesas, envían a nuestro país alrededor de 8 a 10 mil millones de dólares anuales. Constituyen así para la nación, la tercera fuente de ingresos en divisas extranjeras. A pesar de lo anterior, las autoridades no han instrumentado, hasta la fecha, mecanismos idóneos y justos para que llegue este dinero a sus destinatarios sin mengua alguna.

12. Irónicamente, al pretender conseguir una vida digna y mejor, muchos migrantes la pierden o en caso de sobrevivir, sufren fuera de su país vejaciones sin cuento y en su propia patria son esquilmados por retenes abusivos y por cobros excesivos que se apoderan del fruto de su trabajo.

13. Al denunciar las injusticias padecidas por los mexicanos en los Estados Unidos, no podemos menos que avergonzarnos del trato inhumano dado muchas veces en México a los migrantes de Centro y Sudamérica e incluso a nuestros paisanos que emigran a otras entidades del país.

Lo que creemos y pensamos

14. La ley evangélica que nos manda auxiliar al necesitado y acoger al peregrino y que hace del cumplimiento de este precepto materia de bendición o de maldición eternas (Cf Mt 25,38s), se expresa en la terminología de la doctrina social de la Iglesia como el derecho inalienable que tiene toda persona a una vida digna, y, por tanto, a encontrar en su patria las oportunidades suficientes para lograr con su trabajo el sustento propio y el de su familia. El trabajo honesto reclama un salario digno que será sólo el salario justo.

15. Cuando estas condiciones no se dan en el propio país, le asiste al ser humano igual derecho a migrar, derecho que debe ser respetado tanto por el país de origen como por el de destino. Los Estados y sus leyes legítimas de protección de fronteras, serán siempre un derecho posterior y secundario respecto al derecho de las personas y de las familias a la subsistencia. La entrega de la tierra al hombre, el destino universal de los bienes por disposición del Creador y la solidaridad humana, son anteriores a los derechos de los Estados. Por tanto, la condición de irregularidad legal no permite menoscabar la dignidad del emigrante, el cual tiene derechos inalienables, que no pueden violarse ni desconocerse (Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada del Migrante, 1995).

16. Estos derechos son de valor universal, pues se fundamentan en la común naturaleza humana creada a imagen y semejanza de Dios, pero a la luz de la fe, son parte del Evangelio y se elevan a la condición de preceptos obligatorios para todos los creyentes en Cristo. En efecto, en el misterio del Hijo de Dios hecho hombre, todos los hombres adquirimos una dignidad igual e insuperable de hijos de Dios. Esta dignidad y estos derechos, deben ser respetados, tutelados y promovidos en primer lugar por los legisladores y las autoridades, seguidos por los patrones, por los empleadores, por el personal de las aduanas, por la policía y por todos y cada uno de los fieles. Es la comunidad cristiana como tal, la que debe mirar por sus miembros sujetos al rigor y a los peligros de la migración forzada a causa del hambre y de la injusticia. Los pobres deberán sentirse en la Iglesia como en su propia casa, ha dicho el Papa (Cf. NMI, 50), y las familias de emigrantes deben tener la posibilidad de encontrar en la Iglesia su patria (Mensaje, 1993).

Lo que proponemos

17. Sabemos del creciente interés de parte de las autoridades de nuestro país por este tema tan lacerante para la conciencia nacional y de los esfuerzos que están haciendo por lograr acuerdos benéficos para ambos países con las autoridades de los Estados Unidos de América. En este contexto y en cumplimiento de nuestro deber cristiano y de pastores, hemos formalizado, ahora a nivel de Conferencias Episcopales, el diálogo que se tiene desde hace tiempo con los Obispos de la frontera norte, para colaborar de manera más estrecha en la toma de conciencia de ambos países; así podremos conjuntar acciones que vayan abriendo caminos a una mayor comprensión del problema y a su mejor solución, conscientes de que en la Iglesia nadie es extranjero, y la Iglesia no es extranjera para ningún hombre y en ningún lugar (J. Pablo II, Mensaje, 1995).

18. Puesto que las parroquias son el lugar teológico concreto donde la salvación y el amor de Cristo se hacen presentes, pedimos a los señores párrocos y por su medio a todos los fieles, que abran espacios y sobre todo el corazón a los migrantes, sin ninguna distinción. Cada migrante deberá sentir en las parroquias que encuentra a su paso, un poco del calor del hogar que por necesidad tuvo que abandonar.

19. A los hermanos migrantes les pedimos acatar las leyes civiles y trabajar por el bienestar del país que los acoge. Los exhortamos a mantenerse firmes en su fe y a dar testimonio de ella, bajo el amparo de la Santísima Virgen de Guadalupe; les recordamos su deber de ser fieles a su familia, solidarios con sus semejantes y de cuidar y administrar con prudencia los bienes que con tanto esfuerzo han conseguido.

20. Agradecemos a los hermanos Obispos cuyas diócesis se encuentran en las fronteras del país y en el extranjero, por preparar esta Asamblea y avivar nuestra conciencia sobre problema tan acuciante. Igualmente pedimos a Dios recompense la caridad abnegada y eficaz de los señores párrocos, de los sacerdotes, de las congregaciones religiosas masculinas y femeninas y de las numerosas organizaciones eclesiales y civiles que trabajan al servicio de los hermanos mexicanos y extranjeros que cruzan el país y sus fronteras.

21. La santa Familia de Nazaret: Jesús, María y José, perseguidos y migrantes en busca de cobijo y pan, sabrán cuidar a quienes se hallan en situaciones semejantes para que vuelvan con salud y bienestar a su hogar.

Lago de Guadalupe, 15 de noviembre de 2002

+ Luis Morales Reyes
Arzobispo de San Luis Potosí
Presidente de la CEM


+ Abelardo Alvarado Alcántara
Obispo Auxiliar de México
Secretario General de la CEM
 





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