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La Virgen del Pilar, Santiago y la Evangelización
Nuestra Señora fue proclamada por Juan Pablo II Estrella de la Nueva Evangelización. Ella fue la primera en acoger el Evangelio, la Buena Nueva


Por: José Rafael Sáez March | Fuente: www.forumlibertas.com



Se celebran hoy tantas cosas a la vez, que se confunden en lo que ha acabado siendo una mera ocasión para un ansiado ´puente del Pilar´: Día de la Hispanidad, Día de las Fuerzas Armadas, Festividad de la Patrona de España, la Virgen del Pilar, etcétera. Tal vez no todos ustedes conozcan en su completa profundidad la bellísima y esperanzadora tradición de ésta última.

Soy consciente de la dificultad de discernir en la tradición qué es historia y qué es leyenda. En este caso y pese a mi mente científica, no me importa demasiado. Porque hay dos cosas sobre las que no albergo dudas: que la Virgen pudo hacer eso y mucho más, y que el mensaje de esperanza, valentía y constancia que contiene es de valor universal y perenne.

Un mensaje entrañable y esperanzador para todos aquellos que intentamos trabajar desde nuestras pobres fuerzas en las distintas formas y vías de evangelización, sea desde la catequesis directa de boca a oído, desde el diálogo académico fe-cultura, desde los medios de comunicación o desde la participación social en defensa de la verdad y del bien.

Una cariñosa embajada que trasciende el tiempo y el espacio, y que hoy vuelve a nosotros con más fuerza y oportunidad que nunca. Una palabra de ánimo que sobrepasa incluso las creencias de cada uno, para hacer diana en el corazón de todas las personas de buena voluntad que combaten cada día por la verdadera libertad, sean creyentes, ateos o agnósticos.

La tradición vincula en esta historia a la Virgen María con el apóstol Santiago, conocido también como Santiago el Mayor o “de Zebedeo”, para distinguirlo del otro apóstol Santiago, el “de Alfeo”. Jacob, este es su nombre original antes de ser transformado por el tiempo (“Yacob” - “Yago” - “San-Yago” - “Santiago”) era hermano de San Juan, uno de los “boanerges” o “hijos del trueno”, como los llamaba Jesús por su vehemente carácter.



Lo cierto es que nuestro Santiago, Jacob, Yago, Tiago, Jaime, Diego, Jaume, o como queramos llamarle, fue uno de los tres apóstoles “íntimos de Jesús”. Fue uno de los primeros convocados al grupo apostólico y estuvo junto al Maestro en momentos clave de su vida, como la Transfiguración o Getsemaní, junto con Pedro y su hermano Juan. Como los demás apóstoles, tras recibir el Espíritu Santo en Pentecostés, fue enviado a evangelizar.

Según la tradición, su destino fue, cruzando en barco todo el Mediterráneo, España, entonces Hispania, provincia romana. El relato se bifurca en cuanto a su entrada en Hispania. Según una versión, entró por “Gallaecia” (Galicia), dando un gran rodeo. De acuerdo con la otra tradición, desembarcó en “Tarraco” (Tarragona), siguió el valle del Ebro y llegó a la actual A Coruña, tras conectar con la vía romana que llevaba allí desde Cantabria.

No murió entonces, sino tras sufrir martirio en Jerusalén, como atestiguan los Hechos de los Apóstoles (Hch 12,2), adonde volvió, según los evangelios apócrifos, para estar junto a la Virgen María y los demás apóstoles en el momento de su dormición, deseo del mismo Jesús, imposible debido a la gran dispersión en que se hallaban los doce por todo el mundo conocido, pero que se hizo realidad a través de múltiples milagros y apariciones marianas.

Sigue la tradición contándonos que, tras haber sido martirizado y asesinado bajo mandato de Herodes Agripa, sus discípulos se las arreglaron para llevar su cuerpo a Iria Flavia, en Galicia, donde el obispo Teodomiro lo descubrió en el “campus stellae” (Compostela), gracias al aviso de un ermitaño, Paio, que vio extrañas luces como estrellas móviles en un campo desierto.

Pese a las dudas de rigor histórico, no es nada descabellado pensar que tan aguerrido y fiel apóstol quisiese llegar, siguiendo el mandato de Jesús de llevar el Evangelio “hasta los confines de la Tierra”, al “Finis Terrae” (hoy cabo de Finisterre), considerado como “el fin de la Tierra” en la geografía latina y precolombina. Tampoco sería nada extraño que sus discípulos quisieran enterrar su cuerpo en la tierra que evangelizó.



Al parecer, con su predicación en Galicia fundó una pequeña comunidad, de la que existen indicios arqueológicos. Allí escogió, para que prosiguieran su misión, a los famosos “Siete Varones Apostólicos”, que fueron ordenados obispos en Roma y que a su retorno a España fueron acompañados por el mismo Santiago, siguiendo la vía tarraconense.

Aquel equipo de misioneros encontró tal resistencia y rechazo a su predicación conforme avanzaban hacia el noroeste por la cuenca del Ebro que, desalentados por la falta de frutos pese a sus denodados esfuerzos, sintieron la insidiosa y lógica tentación de arrojar la toalla y volverse por donde habían venido. Justo en esos momentos, intervino María.

Antes de su dormición y asunción, sobre el año 40 y “en carne mortal”, Nuestra Señora se apareció al atribulado grupo sobre una columna de jaspe en Zaragoza, sobre el famoso “pilar” que ha dado nombre a su advocación como “Virgen del Pilar”, la “Pilarica”. Con su presencia les dio los ánimos que necesitaban para perseverar pese al aparente fracaso.

Gracias a la Virgen María, aquel grupo de misioneros inició la evangelización de España y España, más tarde, la del mundo entero. Por eso es la Patrona de España y de la Hispanidad. La Iglesia se apoya en los Apóstoles y ellos en Cristo y en María. La “Pilarica” se constituyó para siempre en base sólida en la que sustentarnos cuando todo viene en contra, cuando ya no podemos más, cuando se nos quiebra el valor, la fuerza e incluso la esperanza.

Nuestra Señora fue proclamada por Juan Pablo II “Estrella de la Nueva Evangelización”. Ella fue la primera en acoger el Evangelio, la Buena Nueva. En su seno físico gestó a Jesús y en su seno espiritual, la Iglesia, nos gesta a nosotros a la fe. En ella retornamos al seno materno para nacer de nuevo. Bajo su amparo podremos recobrar siempre el consuelo y la “parresia”, esto es, el coraje para perseverar aun cuando nos acogoten las dificultades.

Que hoy sea un día santo en el que, además de disfrutar del necesario asueto, acudamos a la Santísima Virgen y hallemos en ella el pilar, la columna indestructible de donde partir con renovadas fuerzas, cada cual a su misión.
 

 

 

 

 





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