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Liturgia en la Misa

La palabra de Dios vivida en la liturgia
Sobre las lecturas de la Misa y su importancia


Por: Arturo Reyes | Fuente: Catholic.net



«La importancia de la Sagrada Escritura en la celebración de la liturgia es sumamente grande, puesto que de ella se toman las lecturas que luego se explican con la homilía y los salmos que se cantan» (SC 24)

Generalidades

La Palabra de Dios ocupa un puesto preeminente en la celebración litúrgica, pues es vital para la comunidad cristiana: «la Iglesia se edifica y crece escuchando la Palabra de Dios» (OLM 7: Ordenación de las Lecturas de la Misa, 1981, 2ª. edición típica). Por eso «la Iglesia siempre ha venerado las Sagradas Escrituras como lo ha hecho con el Cuerpo de Cristo, pues sobre todo en la sagrada liturgia, nunca ha cesado de tomar y repartir a sus fieles el pan de vida que ofrece en la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo» (DV 21).

En el Concilio fueron los documentos sobre la revelación (DV: Dei Verbum), sobre la Iglesia (LG: Lumen Gentium) y la liturgia (SC: Sacrosanctum Concilium) los que más subrayan esta renovada estimación hacia la Palabra. En el magisterio posterior destacan en este sentido documentos como “La Enagelización en el mundo contemporáneo” (EN: Evagelii Nuntiandi), de Pablo VI en 1975; “La catequesis en nuestro tiempo”, de Juan Pablo II en 1979 (CT: Catechesi Tradendae ); “La misión del redentor”, de Juan Pablo II en 1990 (RM: Redemptoris Missio). Cf. También las páginas de Juan Pablo II dedicada a la palabra de Dios en sus cartas “Vicesimus Quintus annus” de 1988, n. 8; “Dominicae Cenae”, de 1980 n. 10 y recientemente en su Carta apostólica, , “Dies Domini”, n. 39-41, del 31 de mayo de 1998, sobre la santificación del domingo.

En el centro de la comunidad cristiana se encuentra siempre el misterio pascual de Jesucristo. Este acontecimiento central y cualquier otro aspecto de la economía salvífica se convierte en objeto de una celebración litúrgica desde el momento en que son anunciados, proclamados y celebrados en la Liturgia de la Palabra.

Por lo tanto, queremos resaltar en este tema la importancia de la lectura-proclamación de la Palabra divina como fundamento del diálogo entre Dios y su Pueblo y uno de los modos de la presencia de Cristo en la Liturgia.

La Sagrada Escritura vivida en la Historia

Antes de ver el proceso de la Palabra de Dios celebrada en la historia debemos resaltar el hecho que, todas las liturgias de Oriente y Occidente han reservado un puesto privilegiado a la Sagrada Escritura en todas sus celebraciones. La versión de los LXX fue el primer libro litúrgico de la Iglesia (cf. 2 Tim 3,15-16).

El aprecio y la celebración de la Palabra de Dios ya era un valor heredado de los judíos: desde las grandes asambleas del AT, para escuchar la palabra (Ex 19-24, Neh 8-9) y la estructura de la celebración en el culto sinagogal, centrado en las lecturas bíblicas y en la oración de los salmos. Era fácil de ahí el paso a la celebración cristiana, con la conciencia de que Dios, que había hablado a su pueblo por boca de los profetas, ahora nos ha dirigido su palabra por medio de su Hijo (cf. Heb 1,1-2), la Palabra hecha persona (Jn 1,14).

El propio Jesús, que citaba las Escrituras del Antiguo Testamento, aplicándolas a su persona y a su obra, no solamente mandó acudir a la Biblia para entender su mensaje (Jn 5, 39), sino que, además, nos dio ejemplo ejerciendo el ministerio del lector y del homileta en la sinagoga de Nazareth (cf. Lc 4,16-21) y explicando a los discípulos de Emaús «cuanto se refería a él comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas» (cf. Lc 24,27), antes de realizar la «fracción del pan» (cf. Lc 24,30). En efecto, después de la resurrección hizo entrega a los discípulos del sentido último de las Escrituras, al «abrirles las inteligencias» para que las comprendiesen (cf. Lc 24,44-45).

Hacia el año 155, en Roma, San Justino dejó escrita la más antigua descripción de la eucaristía dominical. La celebración comenzaba con la Liturgia de la Palabra (cf. San Justino, I Apología 67). Es muy probable que, desde el principio, la liturgia cristiana siguiera la práctica sinagogal de proclamar la Palabra de Dios en las reuniones de oración y en particular en la Eucaristía (cf. Hch 20,7-11). Por otra parte, es fácilmente comprensible que, cuando empezaron a circular por las Iglesias los «los recuerdos de los Apóstoles», su lectura se añadiese a la del Antiguo Testamento. Más aún, muchas de las páginas del Nuevo Testamento han sido escritas después de haber formado parte de la transmisión oral en un contexto litúrgico.

La proclamación de la Palabra es un hecho constante y universal en la historia del culto cristiano, de manera que no hay rito litúrgico que no tenga varios leccionarios, en los que ha distribuido la lectura de la Palabra de Dios de acuerdo con el calendario y las necesidades pastorales de la respectiva Iglesia.

La Sagrada Escritura en la teología del Vaticano II

El Concilio Vaticano II no dudo en referirse a los leccionarios de la Palabra de Dios como tesoros bíblicos de la Iglesia, disponiendo que se abriera con mayor amplitud (SC 51; cf. 92). En este sentido el Concilio afirmó también la importancia de la Sagrada Escritura en la Celebración de la liturgia (cf. SC 24).

Esta abundancia obedece a la convicción de la presencia del Señor en la Palabra proclamada. «En efecto; en la Liturgia Dios habla a su pueblo y Cristo sigue anunciando el Evangelio. Y el pueblo responde a Dios, ya con el canto ya con la oración.» (SC 33). La Iglesia sabe que, cuando abre las Escrituras, encuentra siempre en ellas la Palabra divina y la acción del Espíritu, por quien la «voz del Evangelio resuena viva en la Iglesia» (DV 8; cf. 9, 21).

La Palabra leída y proclamada en la liturgia es uno de los modos de la presencia del Señor junto a su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica : «Está presente con su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura» (SC 7). En efecto, la Palabra encarnada «resuena» en todas las Sagradas Escrituras, que han sido inspiradas por el Espíritu Santo con vistas a Cristo, en quien culmina la revelación divina (cf. DV 11-12; 15-16, etc.).

La misma homilía, cuya misión es ser «una proclamación de las maravillas obradas por Dios en la historia de la salvación o misterio de Cristo: misterio, que está siempre presente y activo en nosotros, particularmente en las celebraciones litúrgicas.» (SC 35,2; cf. 52), goza también de una cierta presencia del Señor, como afirma el papa Pablo VI: «(Cristo) está presente en su Iglesia que predica, puesto que el Evangelio que ella anuncia es la Palabra de Dios y solamente se anuncia en el nombre, con la autoridad y con las asistencia de Cristo...» (cf. Mysterium Fidei , n. 20).

El leccionario, dinamismo celebrativo de la Palabra de Dios

Se llama leccionario al libro que contiene un sistema organizado de lecturas bíblicas para su uso en las celebraciones litúrgicas, aunque también se aplica al de las páginas patrísticas del Oficio de Lecturas (antiguo oficio de Maitines, hoy celebración basada en una más abundantes meditación de la Palabra de Dios que puede hacerse a cualquier hora del día [cf. OGLH 55]), y que mantiene no obstante, el carácter nocturno de la liturgia coral [cf. SC 88]).

Como ya hemos intuido, la comunidad cristiana al principio leía directamente la Biblia, con amplia libertad de elección, «mientras el tiempo lo permite», como decía el año 150 San Justino. Pero pronto se vio la conveniencia de una selección de lecturas para los diversos tiempos y fiestas. Según el modo de indicar las varias perícopas o unidades de lectura bíblica este libro se fue llamando «capitulare», que señalaba las primeras y las últimas palabras de cada pasaje, o bien «comes» o «liber comitis» -en la liturgia hispánica «liber commicus»- (de «comma», sección, coma), en que constan las lecturas íntegras. Según los contenidos, más tarde se diversificaron el «epistolario» y el «evangeliario», cuando se organizaron por separado esas lecturas.

Las diversas familias litúrgicas de Oriente y Occidente fueron configurando con criterios de selección propios sus leccionarios. Casi siempre fueron fieles a las tres lecturas: el profeta, el apóstol y el evangelio, para la Eucaristía. Algunos de los más antiguos y famosos son el «Comes de Würzburg», el más antiguo en Occidente, y el Leccionario armenio de Jerusalén, en Oriente.

En la reforma del Vaticano II, una de las realidades que más riqueza a aportado a la celebración son los nuevos Leccionarios. Antes teníamos un «misal plenario», con lecturas y oraciones juntas. Ahora el Misal Romano consta de dos libros: el Misal, que es el libro del altar o de las oraciones, y el Leccionario, el «Ordo Lectionum Missae» (=OLM). Este segundo está dividido en varios volúmenes: el leccionario dominical en tres ciclos, el ferial en dos, el santoral, el ritual para los sacramentos, el de las misas diversas y votivas, siguiendo así la consigna del Concilio de ofrecer al pueblo cristiano una selección más rica y más variada de la Palabra de Dios (cf. SC 51). La primera edición latina del nuevo Leccionario apareció en 1969. En 1981, al publicarse la segunda, se enriqueció notoriamente su introducción.

Hay Leccionario bíblico también para el Oficio de Lectura de la Liturgia de las Horas, con la peculariedad de que, además de la serie de lecturas que consta el libro oficial, se anunciaba ya desde el principio, aunque se ha tardado mucho en realizar oficialmente la idea, un leccionario bienal que permite leer íntegramenrte en dos años toda la Biblia, excepto el evangelio, que se reserva para la Misa (cf. IGLH 140-158).

Para las misas con niños, su Directorio (DMN 43) sugiere a las Conferencias Episcopales que, si lo creen conveniente, confeccionen un Leccionario para estas Misas. Para las cuarenta y seis Misas Votivas de la Virgen María (1987) también han aparecido los dos libros: el Misal con las Oraciones y el Leccionario.
El Leccionario usado en la celebración liutúrgica debe ser digno, decoroso, que manifieste en su misma apariencia el respeto que a la comunidad cristiana le merece su contenido: la Palabra que Dios nos dirige (cf. OLM 35-37). Por eso se rodea de signos de aprecio: el que proclama el Evangelio besa el Libro, que antes se puede llevar en procesión al inicio de la Misa e incensar en días festivos, etc.

El leccionario proclamado, domingo tras domingo, o día tras día, a la comunidad cristiana, es el mejor catecismo abierto, que continuamente alimenta y ayuda a profundizar la fe (cf. OLM 61).

El Salmo Responsorial parte integrante de la Liturgia de la Palabra

Aunque el testimonio de Justino, en el siglo II, no nos habla todavía de un salmo intercalado, sabemos que es antiquísima su existencia, heredada en la liturgia judía. En tiempo de San Agustín era de uno de los elementos preferidos de la Liturgia de la Palabra: él mismo, en sus homilías, lo cita con frecuencia y a veces lo convierte en tema principal de sus palabras.

En los siglos posteriores se fue dando más importancia a la música que al texto del salmo y se fue complicando su realización, convirtiéndose en patrimonio de especialistas, con el canto gregoriano de los «graduales» y «tractos». En la actual reforma se ha ido clarificando el papel de este salmo en el conjunto de la celebración de la Palabra. Al principio a veces se llamó «canto interleccional», pero luego se prefirió más ajustadamente llamarlo «salmo responsorial»: primero porque no es un canto cualquiera, sino un salmo; y además, porque su forma de realización es responsorial, o sea, la comunidad va respondiendo con su estribillo o antífona, a ser posible cantada, a las estrofas que va recitando o cantilando el salmista. En la liturgia hispánica se llama «psallendum».

La OLM, el nuevo Leccionario, describe la finalidad y las modalidades de realización de este salmo responsorial (OLM 19,22 y 56). Se trata de dar a la celebración un tono de serenidad contemplativa: el salmo prolonga poéticamente y ayuda a la comunidad a interiorizar el mensaje de la primera lectura bíblica. Por eso debe ser dicho «de la manera más apta para la meditación de la Palabra de Dios» (OLM 22), sobre todo el canto, porque éste «favorece la percepción del sentido espiritual del salmo y la meditación del mismo» (OLM 21).





 

 

 





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