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El Estado al servicio de la familia
El Estado democrático se empeñó generalmente en favorecer y en proteger las solidaridades familiares


Por: Michel Schooyans | Fuente: Familia y Solidaridad



Contradicciones del Estado reclutador

El Estado al servicio del consenso de los individuos


Históricamente, a pesar de su exaltación del individualismo, en el plano institucional tanto político como jurídico, el Estado democrático se empeñó generalmente en favorecer y en proteger las solidaridades familiares, según los dos ejes de éstas: conyugal y parental. Se podría incluso mostrar que la preocupación por respectar estas solidaridades se encuentra ya inscripta en el derecho romano. En esta tradición realista, la institución natural que es la familia fundada en el matrimonio es reglamentada por la legislación positiva. Esta organiza y protege la transmisión y el compartir del patrimonio, el régimen según el cual los cónyuges son casados, distingue hijo legítimo e hijo natural.
Ahora bien, bajo la influencia de las corrientes de democracia política, y del individualismo que esta postula, el Estado se hace reclutador y se enreda cada vez más en una contradicción insalvable. Legisla dando cada vez más libertades a los individuos. En esta circunstancia, la ley no tiene más consideración por la realidad natural que es la familia, es decir por esta institución natural donde la solidaridad se pone en práctica. La ley procede, o se supone que procede, del consenso de los individuos; no se contenta de dar a la institución familiar natural un cuadro jurídico ¡sino que va hasta a definir la institución misma!

Organizar la negación de la solidaridad
Entre los innumerables ejemplos que se podrían citar a este respecto, podemos mencionar, en desorden, la tendencia a colocar en igualdad de posición los niños nacidos fuera del matrimonio, naturales o legítimos. Ciertamente, estos niños tienen todos derecho a una protección legal eficaz, pero no pueden ser tomados como rehenes en una maniobra, de la cual ellos serían las primeras víctimas, puesto que ella tiene como objetivo y como efecto debilitar la familia. La misma observación con respecto al trabajo fuera del hogar de las mujeres. El respeto debido a las justas aspiraciones de realización profesional individual no debe ser desviado en beneficio de una oportunidad de trabajo remunerado que acarree riesgos para la solidaridad familiar. La misma observación también con respecto a los diferentes casos de cohabitación, hetero u homosexuales. La facilidad con la cual se hacen y se deshacen estas uniones recuerda que el repudio, aunque sea legalizado, es destructor de solidaridad. Otro ejemplo: tradicionalmente la principal causa de la fragilización de las solidaridades naturales era el deceso de uno de los cónyuges. Que muriese el padre o la madre, los niños quedaban inmersos, por motivos en parte diferentes según los casos, en una situación donde la primera forma de solidaridad, familiar, se encontraba quebrantada en su existencia misma, a pesar de la dedicación de parientes o de amigos. Ahora bien, hoy en día la causa principal de la fragilización de las solidaridades naturales, es el aumento de la divorciabilidad y la facilidad de divorciarse que la ley ofrece con complacencia a los individuos. Este fracaso de la solidaridad conyugal repercute inmediatamente sobre la solidaridad de la cual se beneficiaban los hijos antes del divorcio de sus padres. Último ejemplo, el más trágico: las leyes que legalizan el aborto ponen un término a la existencia del ser humano más vulnerable y más inocente. Organizado por la ley, la negación de la solidaridad con relación a este ser inclina a constatar que, de ahora en más, toda forma de solidaridad humana se encuentra suspendida al tenue hilo del consenso de los individuos, dando lugar a una legalización puramente positiva.

El Estado obsequioso
El resultado de estos comportamientos legalizados, es que las solidaridades familiares naturales se desagregan, y que el Estado, hechizado, debe inevitablemente acelerar esta desagregación. En efecto, los individuos requieren al Estado que multiplique sus intervenciones en todo tipo de dominios para paliar la precariedad familiar que ¡el mismo Estado, en su obsecuencia, organiza adulando a los individuos! En adelante, el Estado ignora la realidad natural que es la institución familiar; se reserva definirla e imponer su definición. Sin embargo, bajo la presión de aquellos a los que sació de libertades individuales, ¡el Estado debe inventar formas sustitutivas de solidaridad, definidas consensualmente por los individuos!

Delimitar el campo de la solidaridad y de la exclusión
Así como se lo constata, el Estado políticamente democrático y jurídicamente liberal somete la solidaridad familiar a un doble proceso: la descontruye e intenta reconstruirla. La familia no solo es desinstitucionalizada, sino que es negada en su realidad natural, y reconstruida de manera voluntarista, por la ficción jurídica de la ley positiva. Esta desconstrucción-reconstrucción hipoteca en su fundamento toda forma de solidaridad natural. El campo de extensión de la solidaridad es en adelante delimitado por decisiones voluntaristas, que, por imagen especular, delimitan el campo de las exclusiones. Otrosí, los estudios sobre el post divorcio muestran que allí donde la unión conyugal es precarizada, las solidaridades se debilitan volviendo a los hombres, mujeres y niños tanto más vulnerables.

Vuelta al Estado «subsidiario»

En resumen, los niños así como las personas ancianas son las primeras víctimas de una crisis de solidaridades naturales, que están fundamentadas en la familia. Bajo el impulso de corrientes hiperindividualistas, la dependencia de estos dos grupos con relación a su familia tiende a ser transferida hacia el Estado. Pero, por su naturaleza, el Estado no es capaz ni siquiera de proporcionar a los individuos una solidaridad de sustitución; lo que de todas formas sería solo de pacotilla – un Ersatz de solidaridad. Otro nombre de la sociabilidad, del «cuidado» del prójimo, de la «proximidad», la solidaridad es una disposición inscrita en el corazón del hombre, en su constitución ontológica. Ella es anterior al Estado y a toda legislación positiva que intentase regular su ejercicio. En este dominio como en otros, el papel del Estado es y debe permanecer subsidiario: debe ayudar a las personas y a los grupos intermediarios a estrechar los lazos de solidaridad natural que tejen la comunidad humana. Hay, por cierto, que obrar para la solidaridad institucionalizada por las autoridades competentes; la historia es rica en ejemplos a este respecto. Pero esta institucionalización tiene sus límites y, de todas maneras, solo puede funcionar si la familia le aporta su referencia fundadora.

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Familia y solidaridad
 





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